lunes, 15 de junio de 2026

Inma o la memoria pequeña


Se cumplen tres años del fallecimiento de Inma, teleoperadora de Konecta, cuya muerte no detuvo el trabajo en el call center donde murió. 

Hay grandes memorias. Memorias monumentales, impuestas a sangre y fuego, obligatorias, prescriptivas, incuestionables. A veces, esas memorias ocupan el espacio público; toman forma de hitos, estatuas o placas conmemorativas. En otras ocasiones, esas grandes memorias colonizan el nomenclátor de nuestras ciudades y pueblos, dando nombre a calles y plazas, edificios públicos, polígonos industriales, parques… Esta memoria con mayúsculas, imbricada en el relato urbano y desposeída de su carácter indeleble, se acaba por asociar a nuestros propios recuerdos, connotando los espacios de sociabilidad donde transcurre la vida y, en cierta forma, moldeando nuestra manera de reconocernos en el mundo. Un mundo que no es nuestro... De momento.

Hace tres años, el 13 de junio de 2023, Inma, una teleoperadora de 60 años, murió en su puesto de trabajo. Konecta, la empresa para la que trabajaba, no detuvo la faena inmediatamente y obligó a sus compañeras a seguir atendiendo llamadas, durante casi una hora, con el cuerpo presente de la fallecida. Este caso, que nos habla a las claras del nivel de deshumanización al que estamos llegando, no solo da cuenta de las condiciones de trabajo en un sector tremendamente precarizado, como es el telemarketing, sino que muestra cómo el capital se reproduce socavando los cimientos que dignifican nuestra existencia.

Detenerse a escribir un texto que recuerde la muerte de una trabajadora anónima, no deja de ser un ejercicio de reconocimiento póstumo, de memoria pequeña, pero nos sirve —a mí al menos— para saber de dónde venimos, quiénes son nuestros compañeros y compañeras, y a qué y quiénes nos enfrentamos. Y ese recordatorio, en mi historia personal, me lleva a otros momentos donde recordar no solo fue una forma sencilla de rendir homenaje, sino que se acabó convirtiendo en una parte indisolublemente unida a la lucha por nuestra gente. Pienso, por ejemplo, en la campaña de denuncia que, allá por 2007, la CNT de Jaén puso en marcha para denunciar la muerte de Carlos Do Santos, un albañil portugués de 53 años que perdió la vida en la construcción de El Cortes Inglés de la ciudad. Un pequeño gesto, sí, este también, pero que nos permite preguntarnos qué pasaría si ocupáramos el espacio público con una memoria colectiva, popular, que no rindiera pleitesía al poder, y nos hiciera partícipes del legado experiencial de, por ejemplo, aquellos y aquellas que pusieron el cuerpo para luchar por los derechos que hoy disfrutamos.

Por suerte, hay muchos ejemplos que nos permiten responder a la pregunta anterior. El trabajo de la Asamblea Richard Vive, que conecta la memoria de Ricardo Rodríguez García  —joven de Alcorcón asesinado por un grupo neonazi en 1995— con las luchas del antifascismo actual, es uno de ellos.

Pero volvamos a Inma. Recordarla hoy, tres años después, nos hace presente la necesidad de organizarnos en cada centro de trabajo, en cada sector laboral, en cada empresa. Recordarla hoy, tres años después, nos conmina a tomar conciencia de nuestra condición social y, a partir de ahí, actuar en consecuencia. Vayamos a ello. 

- Artículo publicado en El Salto

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