Mostrando entradas con la etiqueta Stefan Zweig. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Stefan Zweig. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de enero de 2022

Cimientos

 

 i

Ahora que he cerrado el Diario de un editor de piedra, no sé muy bien dónde desarrollar algunas de las ideas que apunto cuando estoy trabajando con los textos de Piedra Papel Libros. Al editar La literatura no es lugar para pobres, de Sergio Chesán, no he parado de pensar en todo lo que tiene que ver con la construcción social de la literatura; algo de lo que ya he hablado bastantes veces en este mismo blog y que me trae de cabeza desde hace mucho tiempo. La excelencia. El tiempo para la excelencia. La tranquilidad para escribir. Dinero.

ii

No leí prácticamente nada hasta que llegué a los últimos años del instituto. En mi casa había unos poquitos libros, que mi padre guardaba como un tesoro, una enciclopedia vieja -que me recuerdo ojear buscando entradas raras sobre sectas, guerras e historias de segunda fila- y los tomos de un curso de encargado de obras que Lorenzo había comprado poco después de volver de Barcelona, y no sé muy bien por qué, ya que era el mejor albañil del mundo.

De hecho, creo que empecé a fabular mucho antes de que me leyera mi primer libro. Todavía recuerdo que en la escuela, tendría once o doce años, me mandaron que resumiera un librito de Barco de Vapor que contaba la historia de un ángel. O algo así. Yo no sabía que si le entregaba a la maestra una redacción inventándome todo el contenido del libro, se iba a dar cuenta de que no me lo había leído. «Se puede saber qué es esto, Juan. Te lo has inventado todo». Imaginad mi cara.

iii

La siguiente imagen es la del personaje. Tiene los pies molidos, arrastra sueño y siente que no puede hacer más con lo poco que tiene. Estira. Estira. Estira todo lo que le pasa por las manos. Sueña con una vida ancha, llena de curiosidad, fuerza y libertad para dejarse guiar por ella. Sueña. Y también lee. En los momentos robados al bar. En los momentos robados al jefe. En los momentos robados a la preocupación constante de cómo estirar lo poco que hay. Se pierde, también, entre los pasillos estrechos de la pequeña biblioteca de la pequeña ciudad. Los libros, sin embargo, son tan amplios como una mansión vacía, abandonada y habitada por cuervos, profundos como un mar que le separa de la precariedad, la falta de tiempo, el cuerpo molido de no poder dormir, el pellizco de no llegar a ser... La exigencia ajena. Pero los libros. Siempre cerca. Suyos, a pesar de devolverlos en el mostrador de préstamo. Suyos, como ese mundo secreto del que hablaba Stefan Zweig. Suyos. Como un precioso talismán contra el desánimo.

lunes, 30 de septiembre de 2019

«Ahora puedo recordar que una vez fui escritor»: correspondencia de Carl Einstein


Las últimas moscas del verano revolotean por el salón. Dentro de poco, el frío del otoño castellano dará cuenta de ellas. Sobre la mesa, un libro del que me cuesta apartarme, Carl Einstein en la Revolución española, una pequeña compilación de textos del crítico alemán que incluye varias cartas, una de ellas dirigida a Pablo Picasso. Copio un fragmento:

«No puede usted imaginarse hasta qué punto me siento feliz por haber luchado junto a sus compatriotas. Se trata probablemente del mayor recuerdo de mi vida. Y nadie que no lo haya vivido puede saber hasta qué punto me emociona la fidelidad de mis compañeros. Cuando nos reunimos, nos sentimos felices sin necesidad de decir gran cosa. Son hombres verdaderos, llenos de dignidad y devoción, unos magníficos soldados. Lo único que me preocupa es no haber hecho lo suficiente pese a haber dado todo lo que tenía. Créame, siempre estaré dispuesto a dar mi vida por su país, y no estoy haciendo literatura».

Claro que no lo hacía. Hoy, que no me puedo quitar de encima esta extraña desafección con respecto a la literatura, pienso en el Einstein cansado, derrotado en la guerra de España, el mismo que, en el intento de huir a Inglaterra, fue detenido y deportado a un campo de concentración. Pienso en aquellas cartas que le mantenían unido a su antiguo mundo, el de sus viejos amigos, un territorio afectivo que se acabaría estrechando cada vez más. Rotos los puentes, solo le quedó saltar de uno.

La historia de Carl Einstein siempre me ha sacudido. En una carta escrita a un amigo, el marcharte Daniel-Henry Kahnweiler, el 6 de enero de 1939 desde Barcelona, anotó: «Ahora puedo recordar que una vez fui escritor [...] Vivir sin miedo es la única manera de existir». Apenas tres meses después, acabaría la guerra y cruzaría la frontera con Francia. En ese país, que Einstein amó también hasta las trancas, pasaría su último año de vida, intentando huir de los nazis, sí, pero también cansado de un mundo que parecía sucumbir sin remedio al espanto del totalitarismo. Y ese cansancio no es una cuestión menor. Creo que lo sentían Zweig, Toller y Benjamin, entre otros. Yo solo estoy cansado de escribir y de no hacerlo al mismo tiempo. Nada comparable a lo vivido en esos años de tormenta. Pienso finalmente en la última carta de Benjamin a Theodor Adorno, en aquel fragmento en el que hablaba de la falta de esperanza para ellos y -cómo no hacerlo- me pregunto si habrá esperanza para nosotros.

Acabo con un fragmento de una carta que Gottfried Benn dirigida a su amigo Einstein: «En resumen, albergar esperanzas es: tener ideas equivocadas sobre la vida, sobre lo que esta exige y sobre lo que puede ofrecer y, principalmente, sobre lo que uno ha de hacer y soportar sin esperanza».

domingo, 17 de febrero de 2019

La resistencia íntima


i

Quería olvidarme de La resistencia íntima. Quería echarle un vistazo, volver a las páginas dobladas, a los subrayados y contaros cuatro cosas de por qué me gustó el libro. Y he pensado que no, que no voy a guardarlo, que no voy a enterrarlo entre las paredes, cada vez más estrechas, de la pequeña librería de nuestro exiguo salón, donde ya no caben más libros. Muy el contrario, he decidido que permanezca cerca, bien cerca, para volver a cada tanto a él, echarle un tiempo a cada párrafo subrayado, perseguir sus referencias, apuntar los libros que cita Josep M. Esquirol y pensar en lo que dice de vez en cuando.

ii

He pensado que tampoco voy a hablaros del libro. No. Tan solo os diré que he decidido no guardarlo después de releer un fragmento de la página 153 donde se cita el pasaje del Libro de Job (Job 2:13) donde los amigos del profeta, al verlo abatido por el terrible padecimiento al que le ha condenado la maldita apuesta entre Dios y Satanás, le acompañan guardando silencio durante siete días y siete noches. Nadie abre la boca. Todo está mal, algo está bien; quizá es porque callan.

iii

En todo caso, si no hablo del libro, sí que hablaré de un recuerdo de su lectura. Una mañana de hace un par de años acabé en el Retiro. No sé qué hacía allí. El caso es que empezó a llover con mucha fuerza y apenas si se veía gente en el parque. Me refugié en el Templete de la Música y, sin nada que hacer más que esperar a que parara de diluviar, me senté en el suelo y me puse a leer La resistencia íntima. Recuerdo algunas cosas de aquella pequeña experiencia, pero solo os diré que en aquel momento, y quizá no tanto por lo que leí en ese justo momento, sino por el estado de ánimo al que me había llevado el libro, sospeché que tal vez fuera posible guarecerse en la libertad interior de la que siempre hablaba Stefan Zweig, esa libertad que a veces toma forma de resistencia y nos permite no ser aplastados por el discurso y la propaganda de los otros, sustraernos del ruido.

domingo, 2 de julio de 2017

El hombre de las gafas redondas: Carl Einstein y los lazos geométricos


Hace unos días, viendo un pequeño documental sobre Carl Einstein producido por la UNED, volví a pensar en las conexiones imaginarias que me llevan desde el historiador alemán a un puñado de nombres, escritores la mayoría, de los que suelo hablar en este blog: Benjamin, Zweig, Celan... Irremediablemente, esas conexiones, pensadas de manera geométrica, me hicieron recordar también los dibujos locos de Amalfitano, ese atractivo personaje de 2666, la novela de novelas de Roberto Bolaño; un libro del que también he hablado en varias ocasiones en este mismo blog.

Los esquemas de Amalfitano, en 2666, de Roberto Bolaño
El caso es que aquí está el mapa con esos puentes que menciono, un dibujo cutre el mío que recuerda a aquellos esquemas para estudiar filosofía que hacíamos en el instituto y que ayudaban tanto a simplificar la pesada historia de las ideas. No obstante, son vínculos que quizá no tengan demasiado que ver con lo historiable, con los hechos de los que se podría hablar con propiedad para, de una manera sólida, poder vincular a Carl Einstein con alguno de estos nombres antes citados. Los lazos de los que hablo son más bien de otro tipo, muy personales, apegados a mi propia biografía. De hecho, si no me acabo cansando, abriré una pequeña serie de entradas en LBDL4 para seguirle la pista a esos vínculos emocionales, esquivos y huidizos la mayoría de las veces, a los que quizá pueda echar el lazo si me detengo lo suficiente como para olfatear su rastro. Ya lo veremos.

miércoles, 19 de abril de 2017

Novela de ajedrez: un apunte en blanco y negro


i

Creo recordar que hace más de un año, en un documental sobre Stefan Zweig, supe por primera vez del nombre de uno de sus libros que no me sonaba de nada: Novela de ajedrez. Hace unas semanas me topé con ese título en una pequeña librería de Burgos. Un fragmento del texto de contraportada me cautivó: «Si Novela de Ajedrez nos presenta el choque de dos naturalezas antagónicas, nos muestra también, y en buena medida, la capacidad de resistencia del ser humano sometido a una presión extraordinaria». Y me lo compré. Ya en casa descubrí una pequeña obra maestra de menos de cien páginas. Una historia certera, contenida y, a la vez, pespunteada de símbolos que permiten hilar la propia historia de Zweig, que al mismo tiempo es la de Europa.

ii


Nunca he sabido jugar bien al ajedrez. No ando sobrado de la paciencia requerida para jugarlo con pericia. Sin embargo, sí he reconocido la obsesión por ese juego en varios amigos que, al mismo tiempo, son amantes de la buena literatura. Uno de ellos, mi amigo David, lector aventajado de clásicos de aventuras y terror, se quedó prendado del campo de escaques hace unos años. Él, tan punki y descreído, al final se ha convertido en un soberbio ajedrecista.


iii

Y sin embargo, no sé muy por qué, imaginé un diálogo irreconciliable sobre la cuestión de los libros de relatos como una partida de ajedrez en la que cada intervención fuera asemejable al movimiento de una pieza. Eso fue lo que hice en «Problema en blanco y negro», uno de los dos relatos que forman parte del «Anexo para fanáticos» con el que se cierra El Club de los Poetas Hiperviolentos. Un problema irresoluble, decía, el de la naturaleza de los libros de relatos que, como no podía ser de otra manera, solo podía acabar en tablas.

sábado, 10 de agosto de 2013

Los escritores fríos


Stefan Zweig. Joseph Roth

Un futuro a medio camino entre los dos escritores. El hombre que jamás abjuró de su libertad interior. Y el beodo alegre. Hombres que amaban la vida, aun siendo conscientes del inmenso dolor que nos rodea al cabo. Dolor, fuera de la piel y dentro, sobre todo dentro. Lucidez y valentía, no ya para morir de alguna forma, sino para vivir conforme al guion que se dictaron. Dar testimonio es poco. Caminar según el mismo es lo que hicieron ambos. Eso ―lo pienso mientras leo su correspondencia― es lo que llamo estar de pie sobre este mundo, a pesar de tanto espanto y mugre.

Qué sabré yo, no obstante. Judíos perseguidos, hijos de la vieja Europa, capearon la tomenta de distinta forma; pero solo durante un tiempo. Naufragaron, claro que naufragaron. No pudo haber sido distinto.

Entonces sí, la palabra aceptación nos calma. El ovillo de los días rueda y nadie nos dice que trampas teje el azar con ese hilo. Si quedamos atrapados dentro de nuestro mismo traje, a quién echar la culpa. Solo hay una respuesta posible: a nosotros mismos. Fue ese su caso. Llevaron puesto un traje de identidad sin taras. Demasiado caro para los hijos de la feliz abulia. Demasiado estrecho para nuestro perfil cobarde.

martes, 2 de abril de 2013

La sombra de Zweig


El sol brillaba con plenitud y fuerza. Mientras regresaba a su casa, de pronto observé mi sombra ante mí, del mismo modo que veía la sombra de la otra guerra detrás de la actual. Durante todo ese tiempo, aquella sombra no sé apartó de mí; se cernía sobre mis pensamientos noche y día; quizá su oscuro contorno se proyecta también sobre muchas páginas de este libro. Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, solo éste ha vivido de verdad.

- El mundo de ayer. Memorias de un europeo, de Stefan Zweig.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Tiros al corazón

 Franzi Fehrmann (foto de E. L. Kirnchner)
i

Sacamos la baraja y escogemos: toca empezar por el final. Al final se llega con el nombre Kirchner entre los dientes, como el explorador que arrastra la panza de aventurero bien pagado por el barro; así, de esa manera, nos escurriremos también por esta entrada. Si dijimos empezar por el final, diremos que allí se refleja la imagen de un hombre que se echa las manos a la cabeza; le han requisado más de cien cuadros a los que han llamado degenerados, echa la vista atrás: se siente solo, el futuro es la boca de un niño llena de polvo... Ese hombre se abre un botón de una camisa, tiene 58 años y quizá no ha visto demasiado, pero sí lo suficiente. Mete el cañón de una pistola en ese hueco, apunta al corazón. Se pega dos tiros.

ii

Setenta años después, un joven estudiante de Humanidades compra un pequeño libro de arte sobre el expresionismo alemán. Le apasiona la Alemania de entreguerras, pero sabe poco del mundo cultural de aquellos años y siente la necesidad de aprender un poco más. Muy pronto un nombre: Ernst Ludwig Kirchner. Y luego otro, quizá más intrigante aunque casi desconocido; hablamos de Marcella Fehrmann. Dos nombres sobre los que levantar un proyecto que toma forma a la luz de un flexo, en las madrugadas ya no diría plomizas sino férreas de los veinte años, cuando no importaba perder (ganar) el tiempo y daba igual que nadie le entendiese si lo hacía ella.

iii

Después de diez años el proyecto sigue vivo, crece, se alimenta cada verano, adquiere tintes épicos. Las vacaciones alemanas del joven humanista le hacen sentirse vivo, de cuerpo presente en la memoria de los hijos de Europa, esa historia grande... De Kirchner a Otto Dix, de los veinte a los treinta... La mirada melancólica de Marcella permanece, incólume, en mi memoria dinosaucer. A veces tengo la sensación de que mi mayor victoria continúa siendo mantener intacta mi libertad interior, aquella de la hablaba Stefan Zweig, sin caer en el absurdo ni en el recurrente solipsismo de aquellos que se creen únicos.

iv

Volvemos al principio. Si no estás solo, si eres imprescindible para alguien, renuncia a la solución Zweig, renuncia a la solución Kirchner. No, ya no es por la cuestión del egoísmo sino por el daño que se inflinge a aquel a quien se ama... O es que ya no aman los suicidas... Sí, claro que sí, el austríaco murió abrazado al pecho de su mujer muerta. Tampoco aquí hay absolutos. Podría ser un tema central en la novela o quizás sería interesante trazar un puente entre Dix, Kirchner y Stefan Zweig. Ya se verá. Hay tiempo. La vida no es tan breve como se piensa, lo decía B.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Noventa años menos

Cartel de la exposición del grupo Die Brücke en la Galeria Arnold de Dresde (E. L. Kirchner)

Si tuviera noventa años menos no escribiría ni sería de aquí, y bebería más, mucho más. Intentaría ser pintor, viviría en Berlín y pasearía de la mano de la baronesa Meyer, una joven desclasada tras su temprano matrimonio con un aprendiz de artista, por aquel entonces yo, fabulado yo. Si tuviera noventa años menos y estuviera casado con la baronesa, iría todas las tardes a tomar cerveza a casa de Otto Dix, para verlo pintar, echarle un cable y debatir, siempre debatir, sobre la situación política del país y la necesidad del compromiso. Seguramente él y su mujer me recomendarían que me olvidase del asunto, que no fuera gregario y que me dedicara a pintar encerrado en mi pequeño estudio. Pero no les haría caso. Mi mujer, la baronesa, sería militante del KPD y amiga de Rosa Luxemburgo. Yo no sé si al final me comprometería, pero odiaría profundamente a los camisas pardas de las SA y me daría miedo el futuro.

Si tuviera muchos menos años de los que tengo hoy, si tuviera, por ejemplo, esos noventa menos de los que os hablo, sería un diletante admirador de los genios de Die Brücke y un pintor solitario, enemigo de las modas. Llevaría una vida espartana junto a mi mujer y escucharíamos jazz. Leeríamos toda la noche a la luz titilante de un candil de aceite y jamás pasaríamos frío. Nuestra vida correría paralela al pulso del mundo y no le daríamos la espalda a la violencia. Seríamos pintores hiperviolentos, lectores hiperviolentos. Nos iríamos del país cuando todo se viniera abajo y los nazis alumbraran su reinado quemando libros, montañas y montañas de libros... Lloraríamos. Aspiraríamos a ser valientes.


Paula Modersohn-Becker

Si tuviera noventa años menos y fuera un joven pintor alemán, le besaría la barrigota a Paula Modersohn-Becker y cuidaría de su hija tras su muerte. También le quitaría las ganas de pegarse un tiro en el corazón a Kirchner. Sonreiría cada mañana al salir el sol y abriría las ventanas de par en par. Sé que no me gustaría lo que vería en las calles (niñas prostituidas, mutilados de guerra, judíos increpados por la turba nazi) pero lucharía por mantenerme intacto. La baronesa y yo viviríamos encerrados en un amor parecido a una cueva. Si tuviera noventa años vería Europa hecha cenizas y tal vez huyera lejos, muy lejos, por ejemplo junto a Stefan Zweig, pero jamás me mataría. La vida sería dura, tal vez irrespirable, y quizá desearía tener noventa años más para ser un joven escritor que pasase la vida encerrado en su habitación, mientras el mundo se vuelve loco y el amor devora sus entrañas. Tal vez supiera quién soy yo.

lunes, 11 de julio de 2011

Memorias de un europeo

Bernardo me chivó que en la Feria del libro antiguo y de ocasión, celebrada hace unos meses en Jaén, había una caseta que vendía libros de Acantilado a 10 euros. No seamos maniqueos... Chivar, ese denostado verbo, es bueno a veces, aunque pocas... Tuve la suerte de comprarme al fin El mundo de ayer, las memorias de Stefan Zweig. Un libro que leo despacio, muy despacio, y del que subrayo párrafos enteros. Sí, subrayar, ese a medias denostado verbo, es bueno a veces, casi todas. Dice Zweig:


Nosotros, unos jóvenes completamente inmersos en nuestras ambiciones literarias, reparábamos poco en los peligrosos cambios que se producían en nuestra patria: tan sólo teníamos ojos para libros y cuadros. No mostrábamos ni el más remoto interés por los problemas políticos y sociales: ¿qué significaba para nuestras vidas aquellas trifulcas a gritos? La ciudad hervía durante las elecciones y nosotros íbamos a la biblioteca. Las masas se levantaban y nosotros escribíamos versos y discutíamos de poesía. No veíamos las señales de fuego en la pared; sentados a la mesa como antaño el rey Baltasar, saboreábamos, despreocupados y sin temer al fututo, los esquisitos manjares del arte. Y tan sólo varias décadas más tarde, cuando las paredes y el techo se desplomaron sobre nuestras cabezas, reconocimos que los fundamentos habían quedado socabados ya hacía tiempo y que, con el nuevo siglo, simultáneamente había empezado en Europa el ocaso de la libertad individual.