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domingo, 1 de marzo de 2026

«Tener la verdad del mar, / la paciencia del mar, / respirar como él»

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«Tener la verdad del mar, / la paciencia del mar, / respirar como él».

El personaje repasa las notas de su cuaderno. Se encuentra con ese pequeño poema que escribió en Portugal. Ha pasado tanto tiempo, que ya no sabe conectar con él. De qué verdad le hablaba, se pregunta mientras pasa página y, a través de la ventana, observa cómo se disipa la niebla. 

Anota: «Quizá no sepa de la verdad del mar, pero sé de la verdad de la carne, del hueco que abre su abrazo en este pecho que se creía desierto». 

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El personaje sale a pasear casi de noche. Hace frío. Siente que respira mejor. Una pareja de cuervos se cruza con él. Recuerda aquello que le dijo un amigo sobre la tierra en barbecho. Ojalá esa calma, la tierra desbrozada; ya sin cosecha, sí, pero limpia de cizaña y malas hierbas. Hay algo que brilla en el fondo de toda esa oscuridad.  

iii

Escampa después de dos meses lloviendo. El personaje sale al balcón. El canto de un mirlo le recuerda aquellos días de encierro y muerte. Cierra los ojos. Algo se atraviesa en la garganta cuando recuerda la voz de su padre, el olor de sus manos, su manera de caminar. A lo lejos escucha un sonido que le devuelve al presente. Un hombre le mira desde otro balcón. Se da la vuelta y las ve a lo lejos. «Ya están aquí». Las grullas. 

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El personaje repasa cada borrón, cada tachadura, cada palabra fracturada por un guion, cada renglón torcido, cada verso astillado y feo, cada relato inacabado, cada página escrita de manera cobarde... Cada trozo de papel manchando con lo que se pensó imperfecto. Y piensa que también hay una historia de lo incorrecto que merece ser contada.

Pero no será hoy.  

sábado, 31 de agosto de 2024

Manos de arena

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El personaje se mira las manos. Lleva mucho tiempo sin escribir y ni siquiera sabe por qué se sienta de nuevo frente al teclado. Sabe que tiene cosas que decir, pero, con tanto ruido, cada vez le incomoda menos el silencio, la invisibilidad, el tranquilo correr del tiempo de la rutina... Pero ahí está de nuevo, con las manos sobre las teclas, con el cuaderno de notas sin estrenar y lejos de la presión de antaño.

No se trata, se dice, de cumplir aspiraciones. Tampoco de trascender. De la playa se ha traído una piedra blanca y la imagen de sus huellas en la arena, desapareciendo, trazando un rastro efímero. Precisamente, durante uno de esos paseos ha pensado en que, frente al deseo de trascender, siente la necesidad de hacer cosas con significación. Tal vez por eso se ha sentado frente al teclado; porque quiere llenar de sentido el tiempo. Porque desea escapar del brillo errático de las pantallas. Porque ha comenzado a darle valor al tacto.

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El personaje, ahora, se toca las manos. Son manos jóvenes, de piel oscura y dedos pequeños. Con esas manos, piensa, puede escribir historias, cuidar del jardín, acariciar a su mujer, darle la vuelta al reloj de arena... Con esas manos puede envejecer. Y ese poder es el único que le interesa.

Por la ventana abierta se cuela el ruido del vecindario. Se escuchan risas, el griterío de un grupo de niños jugando al fútbol, la conversación cómplice de dos mujeres jóvenes, una botella que se descorcha, una televisión que se enciende, un vaso roto, un portazo... El personaje escribe algo relacionado con el valor de la observación. Esconde ese mensaje en un pequeño cuento sobre un adolescente al que le cuesta dormir y que sólo concilia el sueño si rememora con detalle qué ha hecho durante el día; una historia sencilla, con un principio torpe y un final abierto, inesperado, que acaba de un tirón y no corrige.

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El personaje sabe que todas esas ficciones no irán a ningún lado. No serán leídas. No le robarán el descanso a nadie. Con media sonrisa, cierra el documento de texto, apaga el portátil, guarda el cuaderno de notas, que sigue en blanco, en un cajón. Saborea, una vez más, esa sensación placentera, cálida, de reposo y tranquilidad, que desde hace algunos meses le sorprende cada vez que hace algo sin esperar un resultado inmediato. Luego sale al balcón, abre una silla y observa cómo se hace de noche mientras se toma una cerveza. El cielo se ha cubierto de nubes. La presentadora del tiempo ha dicho que a las cuatro de la mañana empezará a llover.

domingo, 14 de abril de 2024

La espectralidad del cuerpo

 
Fotografía de Jordi Flores perteneciente a la serie Ignacio y Jessica.

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La espectralidad de nuestro propio cuerpo. Un cuerpo que solo aparece cuando siente dolor, cuando se muestra viejo, cuando cae sobre sí mismo por el cansancio. Porque el cuerpo, hoy, pareciera haber desaparecido. Se muestra, sí, cuando lo ponemos a producirse en el gimnasio o ejecutando el enésimo programa de entrenamiento con que probamos a ponernos en forma... A ponernos en formación.  

Porque hay un triple mandato: Tienes que estar sano. Tienes que cuidar tu cuerpo. Tienes que cuidar tu mente.

Pero sanos para qué. Qué puede significar, hoy, cuidar de nuestro cuerpo y nuestra mente que no sea otra cosa que estar en condiciones para producir, consumir... y venderse, ya que nuestro propio cuerpo se ha convertido en marca.

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La espectralidad de nuestro propio cuerpo. Un cuerpo sepultado bajo las ruinas de los continuos requerimientos, de la presión constante, del sordo malestar que nos produce no llegar a nada, hacer las cosas mal. Un cuerpo tachado, preso, en las listas de tareas diarias. Un cuerpo dopado de adrenalina que engulle el malestar y trata de ignorar su angustia.

Y así las cosas, la nostalgia del cuerpo. La añoranza de un cuerpo, consciente de sí mismo, que se sienta tranquilo, en calma. Un cuerpo sereno al que no le importa confundir paz con libertad. Se comprende así nuestra tendencia a identificar felicidad con tranquilidad, seguridad y tiempo para nosotros mismos. Una utopía estoica que, ahora sí, se antoja enajenada de cualquier proyecto de transformación social emancipatorio. Hablamos, por tanto, de una derrota del socialismo en el plano del imaginario: porque el anhelo de bienestar es la otra cara de la renuncia al conflicto.

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Miles de pantallas engrasan la maquinaria del consumo, crean identidades líquidas, alimentan una sociabilidad superficial que rehúye los compromisos y cimenta nuestro egotismo, pero son incapaces de ocultar la verdad del cuerpo. Envejecemos.

Nos negamos a reconocer las reglas del juego, las que marcan qué cuerpos son visibles y cuáles no. Solo pensamos en ellas cuando se hacen sólidas, cuando nos sentimos excluidos, al otro lado de la norma. Y es entonces cuando tenemos la oportunidad de ver todos aquellos cuerpos invisibilizados. Cuerpos vivos y cuerpos muertos. Los cuerpos de las trabajadoras que ponen la comida en nuestros platos, jornaleras migrantes enterradas bajo el plástico de los invernaderos. Los cuerpos arrugados de los ancianos, sí, pero también los cuerpos necesarios, imprescindibles ahora, de sus cuidadoras. Los cuerpos muertos de las miles y miles de personas sepultadas en la fosa del Mediterráneo. Los cuerpos desaparecidos de los asesinados por el fascismo... Los cuerpos de aquellos y aquellas que se lo jugaron todo por la Revolución.

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Una genealogía de nuestros cuerpos muertos, eso necesitamos. Y también una mirada desafiante y compasiva que se niegue a mirar a donde ellos quieren. Una mirada que tome conciencia de la materialidad del cuerpo y actúe en consecuencia.  

lunes, 13 de marzo de 2023

El pan del forastero

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Despierto temprano para dejar escritas algunas ideas. No ha sido una buena semana... Si me asomo a la ventana, veo a nuestro vecino, el que siempre está mirando, que ya está fumando en el balcón. Pronto pasará el invierno.

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Llego a la panadería. Saludo y un tipo me devuelve el «Buenos días» con una expresión gutural que no llego a entender bien. El gesto de su cara es hosco. La tendera levanta la mirada del mostrador, me observa dos segundos y sigue a lo suyo. Cuando llega mi turno y pago, revisa el billete varias veces y me da el pan como si fuera un regalo. Al salir, se despide con un «Adiós» que a mí me suena a «Ojalá no vuelvas nunca».

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Regreso a casa y la limpio de cabo a rabo. Me quiero olvidar de todo, pero hoy no puedo salir a pasear. La iglesia roja, abandonada y sucia, plantada entre pinos sobre la cantera de áridos, es la viva imagen del páramo al que hemos ido a parar. No sé qué demonios hacemos aquí...

Saco la ropa limpia de lavadora. Pienso que sería genial lavarse así por dentro. Planto el tendedor en el balcón y empiezo por las toallas. Justo debajo, en la terraza del bar, donde se apoltronan ya varios parroquianos, una mujer y un hombre a quienes no llego a ver, hablan en voz alta. «Los moros se llevan todos los trabajos». «Aquí o eres gitano o maricón o una mujer maltratada, o no mueven un dedo por ti». «Yo no soy racista, soy ordenada». «Esto yo lo arreglaba fácil: "venga, todos a vuestra puta casa"».

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Mi padre, joven, las manos llenas de yeso fresco y toda la vida por delante. Mi padre, que saca tiempo en los descansos para leer las novelitas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía. Mi padre, que se volvió a su tierra porque le pidió fuego a un paisano y el tipo ni tan siquiera se paró a negárselo. Mi padre, que me enseñó de dónde vengo. Mi padre, que me puso en la mano el miedo y me ayudó a convivir con él.

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Me digo que hay que ser paciente, que aquí también hay gente buena; pero cuesta...

Miro por la ventana. Mi vecino ya se ha ido y yo me tengo que ir a trabajar. Solo le pido al día que aclare también mi mente... No sé por qué no escucho el canto de los mirlos.

lunes, 9 de enero de 2023

Notas antiguas

Reviso notas de un cuaderno antiguo. Intento aproximarme a los instantes precisos en que fueron escritas:

«Ese momento en el que mi hermana dijo que siempre me recordaba solo de pequeño».  

«Despierto una mañana y el poema que venía rumiando desde ayer por la noche ha desaparecido como una huella en la playa. Pero no sé si ha desaparecido de verdad... El poema más allá de la literatura».

«Desacralizar la poesía, desalojarla de sí, de sus libros, sus poetas, sus recitales, sus pantallas. [...] Una poesía que no tenga miedo de ser tachada de conservadora en sus formas. Una poesía que no tenga miedo de ser tachada, sin más. Una poesía para la vida, que busque la verdad, insufle esperanza y aspire a la belleza».

«Hacer las cosas despacio como principio. Profundizar en ellas y hundirse en la curiosidad. Apunta bien estas palabras y el orden de las mismas: disfrute, calma, paciencia, constancia, determinación. No corras nunca».

Qué demonios pretendía al apuntar todas estas notas en los viejos cuadernos que me han acompañado en estos últimos años. Veo el océano, el eco de la poesía china, el deseo de no quedar atrapado en la redes digitales, el hartazgo de la poesía que se pretende contemporánea... Curioso ejercicio el de aproximarse a lo más pequeño de la literatura personal. 

jueves, 30 de diciembre de 2021

No le temo al año que entra

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Empiezo por elegir la imagen. Cielo gris sobre el páramo seco. Pienso en la tierra hambrienta. Atravesándola de parte a parte, los caminos por donde voy contigo, cogidos de la mano y sin mirar atrás. Aquí hemos llegado, mujer. Esta es nuestra casa, compañera. Donde hay amor, no hay miedo.

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Echo un vistazo al blog. He procurado escribir una entrada al mes en este último trimestre. Ese es mi objetivo mínimo. No quiero desconectarme de este espacio donde escribo sin mirar a quien me mira. Lo contaba ayer en «Despedida y cierre», el último post que publiqué en el Diario de un editor de piedra: necesito apartarme, dar un paso atrás y ensombrecer mi rastro. Habitar la esquina. Porque elijo el secreto. Elijo el papel y el lápiz. Me duelen los ojos de transitar por este mundo lleno de pantallas y, sin embargo, mudo.

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Acabo el año con palabras en la cabeza: vejez, bondad, sábana, tranquilidad, cariño, compromiso, trabajo, paz, poesía, belleza, lentitud, olas... Y padre. Pienso cada día en él. Huelo sus manos. Admiro su elegancia. Me emociona su tono de voz, su manera de aconsejarme, sus manos agrietadas, hechas para construir. Lorenzo, el albañil. En ti me planto. En tu recuerdo soy, estoy.

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Lo escribí hace unos años: «Nada arraiga en la niebla». Y le doy vueltas al mundo infinito de mi propia piel. Cómo esquivar las trampas de la virtualidad... Me toco la cara. Suenan las campanas marcando las once. Noche cerrada y silencio en el pueblo castellano. Qué hago aquí, pregunto. Hago lo que hago. Y basta. Como tú, padre, mi patria en mis manos. No le temo al año que entra.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Pensarse en el mutismo


A cada tanto, escribir implica confrontarse con la idea contraria. Imaginar el mutismo absoluto trae aparejado sensaciones ambivalentes. Es como si uno se dejara de una vez en paz. Sin embargo, no escribir, o escribir poco, a ratos sueltos, conlleva desligarse de una especie de autoimagen residual, un tanto benévola, que quizá tenga que ver con el concepto del oficio construido socialmente a través del cine, la televisión y la propia literatura. 

No obstante, pensarse en la escritura lleva aparejado asumir, también, cierta idea de fracaso que tiene que ver, antes que nada, con la manera en la que interiorizamos los discursos más prosaicos y enajenantes a propósito del éxito, pero también con la incapacidad para contar lo que queremos contar. Una incapacidad que, por otro lado, dice tanto de nosotros como aquello que escribimos y que, acaso bien leída, puede entenderse como una narración secreta, un cuento redundante y misterioso donde el escritor que no somos aparece retratado como un estúpido, un vago o, en el mejor de los casos, un diletante más.

Por el contrario, pensarse en el mutismo, imaginar una vida fuera de la pulsión por narrar lo que se quiere, implica aceptarse en la miseria de una realidad estrecha, muchas veces despreciable, donde no hay sitio para el aprendizaje o la creatividad, ya sea individual o colectiva. Precisamente por ello, abandonar la escritura, callar sin remisión y de forma definitiva, solo puede hacerse desde una posición de fuerza: la del que ya no necesita fabular para contener la náusea.

martes, 11 de agosto de 2015

El perro viejo y yo


La casa es una mandíbula enorme.
Ángel CALLE

El perro viejo se queda ciego.

Abre los ojos de par en par, pero no ve. O solo ve sombras. Siente el oleaje, la libertad perdida, los años por venir en una soledad gris (ya casi negra). Yo no puedo hacer nada. Conozco la tormenta de su mente, el miedo. Conozco el miedo dentro de la carne como un veneno espeso, que arde y paraliza, y al cabo te confunde, te hace sospechar, revolverte contra lo más profundo de tu ser, enajenarte del instinto.

Le acompaño, a veces de lejos, otras siguiéndole de cerca. Lo llevo hasta la playa como si fuera el final de todos los caminos y yo también comparto su ceguera, el corazón lleno de bocados quizás inmerecidos. Ahora da igual. Me suelto el pelo como queriendo rezar una oración que no conozco. Nos miramos. Los dos sabemos llorar, aunque nos cueste. Ninguno de los dos sabe ladrar en el momento exacto.

El perro viejo, nunca atado a nadie, marcándome el camino como una estrella guía... Siempre vigilante, mostraba su cariño rozándome de cerca, como si él también supiera que nada arraiga sin amor, que nada crece en la niebla.

Los dos llegamos al final. Cada uno tiene muchos. El perro viejo me mira con el alma entera y no sabe cómo hacer para no volverse loco. Si pudiera cambiarme, enfrentar con él esta tormenta y hacerle retroceder juntos, los dos, avanzando sin parar dentro de ese futuro espejo, también impredecible, oscuro y susurrante como una selva antigua.

Yo no te puedo ayudar, viejo perro enfermo, tú que has dado tanto y me has enseñado a mirar. Pero te juro que lo pasaré contigo. No me da miedo ahogarme.

viernes, 6 de junio de 2014

Más barro


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Tienes un relato atravesado. No sabes cómo cerrarlo. Es la historia de un hombre obsesionado con la I Guerra Mundial que colecciona fotos relacionadas con ese conflicto bélico: soldados deformados por los gases químicos, mujeres capturadas exhibidas como trofeos de guerra, niños famélicos, caballos muertos... La historia se ha detenido en un punto en el que la mujer del protagonista se ha quedado embarazada. Poco después, ella descubre la macabra colección de su pareja y su relación encalla. A partir de ahí, no sabes cómo continuar la historia. Las ideas que tenías apuntadas al principio ya no te valen para nada porque el relato gira sobre una trama distinta. Todo te esquiva. Querías escribir un cuento tipo Vida de Anne Moore, pero se ha convertido en una historia donde el barro y las trincheras han aparecido finalmente. Te preguntas qué cuenta de ti ese relato ahora. Has soñado con ratas. 

ii

El cuento se detiene justo como lo ha hecho la otra historia. Manejas las distancias con una sutileza que ya no es tal y al final tuerces la boca. Abres el cuaderno donde el relato duerme y escribes un poema al margen. Hablas de ella, de los poemas que leíste cuando la viste por primera vez. La otra historia se solapa con lo que quieres contar. Te preguntas qué pretendes coleccionar ahora... Miras su rostro. Duerme en el sofá y hace calor. Sientes como te punza un resquemor antiguo. Y sin saber por qué, intuyes que te juegas mucho más de lo evidente acabando ese maldito cuento. Si fuera posible escapar de tu cabeza... Tienes la boca llena de barro. Quisieras huir de tu propio imaginario. Escuchas el tronar de los obuses. Cuál es tu colección macabra... Qué es lo que te juegas al guardarte tanto dentro... Tal vez las ratas se hallen en tu propia conciencia. Una vez más, callas. Y continuar es imposible.

- Esta entrada es una reelaboración de esta otra.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Plata

 Una obra de Kenton Nelson

1

El personaje se asoma a la ventana. La ventana es vieja y detrás la noche. El estómago arde. Pasó la náusea.

Se da la vuelta. Ella duerme a su lado. Respira hondo y habla en sueños, aunque solo a veces. El personaje se echa a su lado. Cierra los ojos. El roce de la sábana tibia le reconforta. Huele a oscuridad.

De pronto, como un destello en la memoria, el brillo de sus pulseras de plata. Sonríe. Ya le da igual dormir. Rehúye la idea de que está siendo feliz. Se aferra al sueño.

2

Por la mañana, la tos augura una mañana complaciente. Este eres tú, te dices al mirarte de reojo en el espejo. Nada ha cambiado. Domingo de verano: café, tiempo, libros en el alféizar, como rosales en flor contra el desastre.

Ella camina desnuda por el salón. Su cuerpo tintinea y él cruza los dedos. Será posible una vez más... Después, la primavera. Después, la insondable terquedad de la esperanza.

3

Un gato negro camina por el tejado. Apartas la lectura para hacerle un sitio a la pregunta. Ella te observa con la mirada interrogante de los primeros días. Quisieras no asustarla. El gato maúlla exigiendo algo. Conoces su desconsuelo. Ya no habrá paz. Es lo que piensas. Celebras la tregua con la piel de punta. Te sabes, una vez más, con suerte. Podría haber sido distinto.

sábado, 11 de enero de 2014

Perseverar


Todo en silencio. Abro un espacio para dedicarle un tiempo a este cuaderno de notas que he tenido abandonado varias semanas. Ayer hablaba con J. de la necesidad de estar a solas. A ella también le preocupa a dónde nos lleva toda esta obsesión por la comunicación constante. Nadie lo sabe bien, pero es evidente que las redes sociales, las nuevas tecnologías y los medios de comunicación de masas han intoxicado nuestra manera de ser y estar; es como si solo importara la contingencia, como si solo fuéramos capaces de balbucear palabras sordas. Ya no hay escucha. Tampoco hay tiempo y se exige premura. Da igual lo que digas. Lo importante es que lo hagas rápido y que seas realmente ocurrente, original. Es enfermizo. El canal está infectado de autorreferencialidad y publicidad engañosa. Estamos perdiendo, además, nuestra capacidad para mantener la concentración en un solo ejercicio. Nuestra manera de leer ha cambiado radicalmente. Exigimos historias ligeras, que nos entretengan y nos entimulen de una forma simple, se diría que desde las tripas; nos gustan los cuentos que provocan una autoimagen cómplice, de seriedad sofisticada o inutilidad soberbia. Digerimos el espanto con una obscenidad insultante. Es como si ya no tuviéramos tiempo para descansar del trabajo o de la falta del mismo, de esa ociosidad suicida y vacía que nos conquista a través de las pantallas y la fibra óptica. Por eso regreso aquí, a este cuaderno: para demostrarme que aún puedo permanecer atento a lo que de verdad (me) importa. Esta noche al menos, lo he conseguido. Mañana habrá que sostener el impulso. Quizá de eso se trate. Le quito el polvo al viejo infinitivo y lo hago mío. Se trata precisamente de eso. Tengo que perseverar.  

lunes, 16 de diciembre de 2013

La historia

El personaje no duerme. No ha dormido. Amanece con un nudo en el estómago y el rostro cruzado por el dolor. El sufrimiento es un reloj parado, una rendija de sol mordiéndole la espalda, un torbellino de imágenes sordas que giran sin parar y con denuedo.

Lo ves pasar la noche con los ojos abiertos. Le sacuden los recuerdos y le conmociona el miedo. El futuro es una bolsa negra, llena. Te metes en su cabeza. Es lo que ves:

Un hombre y una mujer pegando carteles, ateridos de frío.

Un hombre y una mujer pintando unas pancartas.

Un hombre y una mujer que se aman en la calle, que se aman en los bares, que se aman en el autobús, abrazados en su pequeña cama, en el sofá y el suelo del hogar que comparten durante unos meses.

Un hombre y una mujer que pasan los veranos trasnochando, tirados desnudos sobre el colchón donde apuran la madrugada viendo películas y escuchando a sus vecinos charlar.

Un hombre y una mujer que se gritan y se besan y se acusan y se aman y se insultan y se agreden y luego se arrepienten, lloran, se huelen y se aman, y después, cuando amanece, comparten un café que les sabe a esperanza y vida nueva, líquido amuleto o poción contra el desastre.

Una mujer y un hombre que beben en plena oscuridad, anhelantes y enfrascados en una conversación silente.

Un mujer y un hombre, abrazados por el cuello, justo antes de decir palabras grandes, poseídos por una emoción salvaje y unas ganas de vivir que queman, pero también asustan.

Una mujer y un hombre, cruzados, junto a una fuente, borrachos y sanados, al fin, sin más rencor ni reproches que arrojarse, presintiendo -acaso por primera vez- el valor de la humildad y el precio a pagar por lo que presuponen una falsa independencia.

Una mujer y un hombre que se despiden para siempre, aunque es un siempre a medias.

Entonces, el personaje se levanta del sofá, se tambalea. Está borracho y tiene ganas de vomitar. Cuando se mira en el espejo, el personaje se descubre recordando otro espejo más grande. Es lo que ves:

Un hombre y una mujer desnudos frente al espejo, manchados, resolviéndose en los postres mientras escuchan a Coltrane y terminan una botella de vino.

Una mujer y un hombre bebiendo cerveza en la cama, en una habitación donde pasó una madrugada entera leyendo los relatos que escribiera el año que creyó volverse loco. Hablamos de él.

Una mujer y un hombre que se separan y se encuentran y se vuelven a separar.

Un hombre y una mujer abrazados en una esquina... Poco después de que la viera con el pelo revuelto, agitándose como una bandera, la única -pensaba, piensa- por la que dejarse matar, y luchar la vida entera.

Un hombre y una mujer que auscultan el desierto de la precariedad, la crisis y el futuro hecho cenizas de los que no fueron tocados con la suerte de la cuna amable.

Una mujer y un hombre apoyados en la barra, contándose secretos, lejanos a pesar de todo y, no obstante, volcados sobre sí cuando la piel les tira y se descubren el uno al otro, intactos y expectantes.

Una mujer y un hombre discutiendo una vez más, de frente y sin tapujos, pero de forma limpia, sin ensanchar la herida, haciendo honor a sus pisadas.

Una mujer y un hombre que ya no pueden más, llenos de polvo y con la lengua seca.

Basta. El personaje estrella una antigua maldición en la pared. El daño es otro. El golpe es otro. El personaje recoge el equipaje. La suerte negra. Habla de ruinas... Ojos llenos de arena. Tan cansado como nunca antes... Quisiera que los pasos no le hubieran conducido allí. Ya no hay remedio. El tiempo es plomo y su piel no se dibuja. Cierra los puños. Traga saliva. La foto sigue en su sitio. Sabía que diciembre sería el mes definitivo. Esta vez no; ya no hay preguntas.  

La historia no se detiene. La historia se resuelve sola. Un paso adelante y después otro... Es fácil. Así tan siempre, aunque el siempre, a veces, acaba siendo una palabra a medias.  
  

lunes, 28 de octubre de 2013

Malas hierbas


Hace unos días, al salir al patio para tender las sábanas, comprobé que algunas de mis macetas -a las que tengo descuidadas últimamente- se habían llenado de malas hierbas que, después de valorarlo, he decidido no arrancar. Ha pasado una semana y he vuelto a salir al patio. Las malas hierbas, después de la lluvia constante de los últimos días, han crecido mucho y en algunas macetas se han extendido por casi todo el diámetro del tiesto. Seguro que esas hierbas están quitando nutrientes a las plantas que me he esforzado por mantener vivas durante todos estos años que llevo residiendo aquí. Por eso me sorprende que ahora, de repente, haya dejado de preocuparme el destino de las macetas a las que hace poco procuré mimar. Tal vez me haya cansado de cuidar su frágil belleza; tal vez ahora, después de tantos cuidados, haya dejado de interesarme el precario equilibrio que las mantiene vivas, en perfecto estado para florecer cuando les toque. Quizás ahora quiera darle una oportunidad a esas hierbas salvajes que crecen tan rápido y se vuelven parasitarias. ¿Malas hierbas? No sé, quizá tan solo sean malas para nuestra mirada. En cierto sentido, tal vez no nos separe tanto de ellas. Nosotros también crecemos a la sombra de la belleza ajena y a menudo la parasitamos. Incluso a veces la aniquilamos con el único afán de hacer tragar nuestra mediocridad sin límites.

domingo, 13 de octubre de 2013

De nuevo el barro


Tengo un relato atravesado y no sé cómo cerrarlo. Es la historia de un hombre obsesionado con la I Guerra Mundial que colecciona fotos macabras de ese conflicto: soldados deformados por los gases químicos, niñas capturadas exhibidas como trofeos de guerra y muchos caballos muertos. La historia se ha detenido en un punto en el que la mujer del protagonista se ha quedado embarazada poco después de descubrir la colección de su pareja. A partir de ahí, no sé cómo continuar la historia. Las ideas que tenía en la cabeza a la hora de ponerme a escribir ese relato me llevaron a otra cosa. Quería escribir un cuento tipo Vida de Anne Moore, pero todo ha girado hacia una historia donde el barro y las trincheras, ahora llenas de ratas (en las que no paro de pensar desde hace días), han aparecido finalmente. ¿Y ahora qué? Creo que dejaré ese relato durante bastante tiempo y comenzaré otro. Después espero retomarlo con ideas frescas. Tengo que terminarlo. Es un pequeño reto.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Raíces


Sábanas tendidas en el patio. El olor del suavizante se cuela por la puerta y llega hasta aquí. Justo al otro lado de la casa, un jazmín cubierto de pulgones se resiste a dejar de florecer. Jazmín, sábanas limpias, la calma que precede a la tregua. Salgo al patio. Voy desnudo y siento algo de frío. Pienso en el jazmín enfermo, pienso en mis padres, en el verano que está llegando a su fin… Y poco después, el olor de las sábanas que antes me parecía suave, fresco, tranquilizador, me resulta de repente insoportable. Me doy la vuelta. Entro de nuevo en el salón. Releo algunas notas de este cuaderno. Como ese jazmín, a veces yo también me siento asediado por un enemigo casi invisible, que paraliza mi crecimiento y me impide florecer. Pienso en raíces.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Nada sano puede crecer sobre el olvido

Foto de J. García
Nada sano puede crecer sobre el olvido. La desmemoria es una epidemia galopante. Yo no quisiera olvidar. Escucho voces en la calle, justo al otro lado de la ventana. Hay un hombre que corre todos los días por esta misma calle, en plena madrugada. Le veo pasar. Ahora hay dos personas hablando en voz baja. No sé quiénes son. Escucho, casi susurran. Ellos ignoran que tras la pared hay un tipo que toma algunas notas sobre el olvido y que recuerda a un corredor nocturno que día tras día pasa por su calle mientras todo el mundo duerme y él escribe. El olvido, decía, esa enfermedad. Escribo para permanecer despierto. Por la noche, el silencio te aplasta contra el cuaderno; el silencio y la memoria. Me asomo a la ventana. Una pareja se besa. Sonrío. Ya nadie habla; pero yo escribo, aunque debería callar. Lombardo Duro: el salvaje que intenta / la belleza imposible / de la quietud suprema, / el vigor más extremo / del silencio y la nada.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Caballos en la nieve


Una historia de caballos. Un historia típica de Cuentos negros. Recuerda Stalingrado, aquellos relatos de los soldados alemanes que, al borde de la inanición, mataban a sus caballos y se comían sus sesos. Una historia de caballos y de hombres que mueren congelados en medio de la estepa, apretujados, unos contra otros; cadáveres olvidados en las cunetas de la Historia, abandonados por los señores de la guerra, víctimas, al cabo, de su inocencia, de su credulidad estéril. Víctimas anónimas –decimos- pero también partícipes del crimen, actores irremplazables, ejecutores al dictado de la sinrazón no inocente de los titiriteros. 

Historias de caballos y de hombres. Y en el centro de una de ellas, un caballo agonizante junto a su jinete muerto, en las ruinas de una ciudad en llamas, durante los primeros días del crudo invierno de 1943. El animal se desangra por la herida de metralla que le ha perforado el cuello. Un grupo de soldados desesperados pasa muy cerca. Poco después de muerto, alguien dará cuenta de él.

martes, 2 de julio de 2013

Mujer en la ventana


La memoria se agrieta. Veo a una mujer mirándome a decenas de metros de distancia. Me observa impasible y no apaga la luz. Ella no sabe que su mirada, lejos de incomodarme, me resulta familiar, acogedora, quizás como esos sueños que, muy de tarde en tarde, recordamos sin saber por qué, y de los que hablamos con los amigos.

Todavía está ahí. Una mujer, esa en concreto, me mira mientras fuma. No sé quién es, ni si se siente triste o contenta, o si, por el contrario, el suyo ha sido un día gris, de encefalograma emocional plano. Da igual, ella no importa. Es otra cosa; lo que su imagen arrastra sin quererlo hasta aquí. La memoria se agrieta. Me veo crujir, podrido, hecho pedazos entre medias de las ruinas de una ciudad perdida, quizás Nueva Gomorra. No sé, ya no recuerdo. Mi memoria se evapora sin remedio y ahora todo son sueños. Sueños sin raíces, grandilocuentes sueños, bagatelas.

- La imagen corresponde a Mujer en la ventana, de Josef Israels (1824-1911).

martes, 29 de enero de 2013

Todos con Shiryu


La crisis está destruyendo las perspectivas laborales de miles de jóvenes de este país. Nos pasamos estudiando media vida, recibiendo una formación específica que solo puede convertirnos en una pieza más del sistema productivo, para que, toda vez que hemos terminado de dejarnos buena parte de nuestros mejores años en esa universidad castrante, nos demos cuenta de que tanto sacrificio no ha servido para nada. Así, poco a poco, el sistema va perdiendo consistencia, capacidad de integración y recuperación.

Cada vez tiene menos sentido estudiar o hacerlo en el sistema formativo institucional. Si todo lo que aprendimos no valió para tener un trabajo estable que nos permita casarnos, tener un buen coche, criar un par de hijos y, sobre todo, hipotecarnos hasta las cejas, entonces tenemos dos opciones: asumir que tiramos nuestro tiempo por la borda o revertir la frustración poniendo en práctica nuestras capacidades de manera performativa, es decir, operativizando todo el saber adquirido de manera muy distinta a como lo desea el sistema. 

Hablando claro: se trataría pues de utilizar nuestra formación no para engordar al monstruo ni tragar con sus deseos, sino para enfrentarnos a él y revertir el curso de la cascada. Si el bueno de Shiryu lo consiguió, por qué nosotros no. Hay que mojarse.

martes, 8 de enero de 2013

Los caballos salvajes de la joven poeta rubia

 Fotograma de la película Vidas rebeldes*

En Mecanismos internos, Coetzee habla de Vidas rebeldes, una película protagonizada por Marilyn Monroe y Clarck Gable. Yo no la he visto. Coetzee resume el argumento. El personaje que interpreta Monroe acompaña a un grupo de vaqueros que pretenden capturar una manada de caballos salvajes, no para domarlos sino para comérselos. Coetzee alaba la interpretación de Marilyn. Hace unos días leí también unos cuantos poemas de los que escribió la actriz y justo después un artículo de Prado Esteban sobre la construcción de la identidad de la mujer occidental en base a mitos del cine como la propia Marilyn. Sinceramente, no sé con qué quedarme. Veré esa película, releeré sus poemas y contrastaré el artículo de Prado con aquellos otros que reivindican la figura de Monroe como ideal de rebeldía e incluso insumisión, pero sobre todo recordaré aquello de la caza de caballos… ¿Por qué esta obsesión por los caballos muertos? Pienso en Franz Marc, en los miles de caballos que murieron lentamente, destripados sobre el barro de los frentes de la I Guerra Mundial. Pienso en los sueños horribles de ese personaje que cuenta la historia de los Poetas Hiperviolentos [...] Una vez más, me pregunto si ese miedo anticipa una desgracia. Nunca me interesó la interpretación de sueños, pero siempre le presté oídos a mis fantasmas. Ya no oigo sus cadenas.

* Esta es una de las fotos que más me gustan de Marilyn. Parece una mujer corriente, y es precisamente eso lo que más me seduce. Desde otro punto de vista, se podría decir que esta foto difumina el cotorno de la figura mítica, permitiéndonos intuir lo que hay por debajo de la estrella de cine: una mujer -aquí ya no tan joven- que padeció su suerte, como todos los demás. Es imposible ocultar siempre las marcas.