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domingo, 17 de noviembre de 2024

Repensando la relación entre anarquismo y territorio


Un puntito amarillo en un mapa de otros colores. Eso era: un puntito amarillo que marcaba el único sitio donde se extraía oro en España. El mapa ilustraba el tema sobre la minería española que incluía mi libro de Sociedad, la asignatura vinculada al aprendizaje de ciencias sociales.

Estábamos a principios de los años noventa y no recuerdo bien qué curso de la EGB (Educación General Básica) estudiaba en aquel momento. ¿Séptimo? ¿Octavo? Da igual. Lo que sí recuerdo es que me gustaban mucho las asignaturas donde se impartían contenidos de Historia y Geografía Humana. El caso es que aquel punto amarillo señalaba una pequeña localidad de la provincia de Almería, Rodalquilar, donde se extraía oro desde principios de los años treinta. Lo que no sabía entonces era que la explotación aurífera había cesado en 1966 y que aquel punto amarillo era como esas estrellas, ya muertas, cuya luz vemos de noche; un reflejo de lo que fue.

Pasado el tiempo, echo la vista atrás y pienso que no han sido pocas las ocasiones en las que he pasado unos días en Cabo de Gata. Fue precisamente durante mi primera visita a ese parque natural cuando conocí en persona Rodalquilar, un pueblo que no llega a los doscientos habitantes y en cuyo paisaje destacan las ruinas de las instalaciones mineras; un pueblo ubicado en el centro de una zona casi desértica, llena de vida, que deslumbra por su belleza agreste.

Ruinas, desierto y un entorno inspirador… Ruinas que cuentan una historia de explotación salvaje de la tierra; una historia, también, de colonialismo y desmemoria; en una provincia, Almería, donde la tierra, a día de hoy, sigue siendo explotada por encima de sus posibilidades. La huerta de Europa, dicen. Miles y miles de hectáreas veladas por el plástico blanco de los invernaderos; como si fuera un glaucoma tóxico. Y fuera del foco, en las zonas de sombra que oculta el radiante negocio de la agricultura intensiva, el duro trabajo de cientos de jornaleros migrantes, la proliferación de infraviviendas, la falta de agua, el rosario interminable de pequeños vertederos incontrolados y otras agresiones constantes al medio ambiente.

Pero entonces —me refiero al momento en el que visité Rodalquilar por primera vez— aquellas ruinas no me interpelaban como lo hacen ahora y tampoco necesitaba recuperar la noción de lo que, en términos de la Geografía Humana, significa la palabra territorio. Hoy, sin embargo, el recuerdo reciente de esas ruinas me hace preguntarme cosas y me asomo a internet para obtener la definición que necesito. La anoto en un cuaderno. Es el fragmento destacado en la búsqueda de Google:

Para Geiger (1996), el territorio es una extensión terrestre que incluye una relación de poder o de posesión por parte de un individuo o de un grupo social, que contiene límites de soberanía, propiedad, apropiación, disciplina, vigilancia y jurisdicción, y transmite la idea de cerramiento.

Investigo un poco. Ese Geiger es Pedro Pinchas Geiger, un geógrafo brasileño, nacido en 1923, cuyas palabras —«propiedad», «vigilancia», «disciplina», «jurisdicción»— resuenan en mi conciencia política. Ecos, claro está, del diccionario del poder que nosotros mismos componemos conforme vamos ganando años de aprendizaje y bagaje político.

Ahora que las leo, pienso que todas esas palabras, cargadas de tanta significación, dan fuste a un término, territorio, que si bien ahora me interesa, hasta hace bien poco me ponía en alerta; una reacción lógica si tenemos en cuenta que, por culpa de mi estrecha mirada, siempre ubicaba esa palabra en el esquema teórico del nacionalismo político.

Pensar el territorio desde un lugar distinto

Lo escribe Santiago Alba Rico en una de las páginas de Ser o no ser (un cuerpo). Si quisiéramos crear un país de la nada, lo primero que necesitaríamos sería esto: territorio, gente, un nombre, un gobierno, una bandera, una moneda y un pasaporte. Ahí está: «territorio»; es la primera palabra que pone en su lista el filósofo madrileño. Lo primero que se necesita para armar un país, una nación.

Durante mucho tiempo he sido consciente de las consecuencias sociales de que buena parte de las personas cimenten su identidad sobre la base de constructos políticos derivados del nacionalismo y el patriotismo más rancio. Un aprendizaje que, al menos en su parte más teórica, he armado con materiales muy diversos. Por un lado, toda la literatura clásica del anarquismo. Por otro, el conocimiento reflexivo que, en relación al tema, aporta el estudio de la historia y la antropología social. Teniendo en cuenta esto, ese cuestionamiento de la naturaleza social de nuestra subjetividad nacionalista, unido a la interiorización de los valores del internacionalismo y la identidad de clase, siempre me han hecho alejarme de todo lo que, de cerca o de lejos, tuviera que ver con el nacionalismo político. Por eso mismo —entiendo— llevo años dando de lado a muchos problemas que, en la medida en que han interpelado a otros sectores políticos, más o menos nacionalistas, han dejado de interesarme a mí.

Sé que todo lo anterior quizá sea demasiado reduccionista, pero, si lo pienso en frío, creo que apenas si he echado mano de una parte mínima del utillaje político que pone a disposición la tradición libertaria para hacer frente a los problemas que nos rodean. Efectivamente, ha pasado mucho tiempo hasta darme cuenta de que mi pequeño anarquismo ha ignorado la cuestión del territorio porque siempre quise tener lejos el barro de las contradicciones. Y eso que la cuestión geográfica no ha sido ajena al pensamiento libertario… Ahí están las obras de Reclús, Kropotkin y Perron, entre otros, para demostrarlo.

Después de mucho tiempo replanteándome conceptos y prácticas políticas, tengo la sensación de que al fin he logrado desencajar el escenario del conflicto social. Ese escenario sigue siendo la fábrica, el taller, la oficina, el tajo, el espacio donde desarrollamos nuestro trabajo, el punto exacto del sistema donde contribuimos al enriquecimiento de la minoría social, aquella que tiene la sartén por el mango y apuntala sus privilegios gracias al manejo del aparato del Estado. Ese escenario sigue estando ahí, pero ahora entiendo, al fin, que la dominación también se halla en otros puntos del territorio: en el agua que bebemos, en la comida que comemos, en el aire que respiramos, en el techo que nos cobija, en las calles de las ciudades y pueblos donde vivimos la mayoría; en nuestros propios cuerpos.

Como decía antes, reconozco que durante mucho tiempo no he sabido reconocer las herramientas que el utillaje político del anarquismo me ofrecía para enfrentar esa esfera de la dominación, la que el capitalismo ejerce para poner la vida, el medio ambiente, al servicio de sus intereses. Yo reconozco que, a día de hoy, ese anarquismo de miras estrechas se lleva pegado a la piel porque, en buena medida, hemos madurado políticamente a través de sus lecciones, siempre cortoplacistas, siempre identitarias y tribales, siempre insuficientes. Hemos crecido proclamando la urgencia de algunos debates, fútiles e intrascendentes buena parte de ellos, mientras el mundo se iba por el desagüe. Nos hemos entretenido en la política pequeña cuando, sin nosotros y nosotras, contados grupos de valientes ponían pie en pared en los puntos donde la urdimbre del sistema-mundo se descosía. Pequeños grupos de valientes donde, ¡ojo!, también había anarquistas.

Llegados a este punto, pienso que ha sido la herencia de esa mirada reduccionista, tan estrecha, la que ha limitado mis posibilidades de entender las posibles amenazas a la vida que se dan en el territorio donde habito; un legado indeseable que no solo merma mi capacidad de hacer preguntas, sino que dificulta mis posibilidades de empatizar con las comunidades políticas que enfrentan la depredación voraz del capitalismo desde el movimiento ecologista. Y es ahí, justamente en esa falta de entendimiento y sensibilidad donde se cifra, pienso, buena parte de los problemas ligados a la destrucción del territorio. Sensibilidad para dejarse conmover por el miedo a la destrucción de nuestro entorno. Sensibilidad para sentir el dolor por lo común perdido. Sensibilidad, también, para pasar a la acción desde un sentido de la responsabilidad que, en palabras de Jorge Riechman, nace de la necesidad íntima de hacerse cargo de las cosas; una responsabilidad que alude al cuidado del tejido interdependiente de la vida.

Dicho esto, no hay aprendizaje que llegue tarde y pienso que somos muchos quienes sentimos la necesidad de dejar de errar el tiro, contribuyendo, aun sabiendo lo modesto de nuestros esfuerzos, a posicionar debates y tareas políticas que entendemos como impostergables. El papel que ha de jugar el movimiento libertario en la defensa del territorio es uno de ellos.

Se nos echa el tiempo encima y, antes que nada, es necesario cambiar la dirección del mundo para garantizar el sostenimiento de las condiciones ecológicas que permitan la reproducción de la vida humana sobre la tierra. Una vez que nos encontramos en este punto de no retorno, es el reloj de arena quien avisa de la inoperancia de las medidas reformistas que, de una manera u otra, pretenden conciliar la defensa de la vida con la reproducción perpetua del sistema capitalista. Un sistema criminal, desquiciado y ecocida que, mientras nos mantiene aislados y perdidos en el reflejo de las pantallas, socaba a diario nuestras posibilidades de supervivencia, arruinando nuestro futuro como especie y aniquilando miles de formas de vida en esa carrera ciega.

Teniendo en cuenta lo anterior, es la perentoria necesidad de una transformación de carácter revolucionario la que debe conminarnos en nuestro día a día a sentar las bases que la hagan posible, interrelacionando las luchas en defensa de la vida y favoreciendo la articulación de comunidades en lucha que, mientras enfrenten las políticas depredadoras del capitalismo, abran espacios de autogestión donde poner en práctica nuestras capacidades políticas, valorizando las estructuras de gobernanza horizontal y poniendo en marcha nuevas formas de inteligencia colectiva que impugnen la delegación permanente y los sistemas de representación cimentados sobre la base de los partidos políticos.

En un contexto como el actual, cuando el miedo y la incertidumbre crecen como una mancha de aceite por debajo del tejido social, el movimiento anarquista tiene herramientas de sobra con las que contribuir a la lucha contra la destrucción del mundo. Porque amamos el bien y la belleza, porque celebramos la vida y el regalo de la existencia, no podemos eludir la lucha por el territorio. Nos va la vida en ello.

- Artículo publicado en TxH.

martes, 8 de enero de 2019

Ser amable y comprensivo, a propósito del poema «Satisfacciones» de Bertolt Brecht

Bertolt Brecht jugando al ajedrez
Leo por caminos múltiples. Leo como todos. Un libro me va llevando a otro, un autor me va llevando a otro. Yo le llamo itinerarios de lectura. En este caso, creo que el hilo que me llevó al Penúltimos días, de Santiago Alba Rico, fue el Peces fuera del agua, de Jorge Riechmann. A su vez, ambos me recuerdan al Huérfanos de historia y utopía, de Armando B. Ginés, que editamos con Piedra Papel Libros el año pasado.

En todo caso, acabo de empezar el libro editado por Catarata, el de Santiago Alba Rico, y me está gustando mucho. Está formado por pequeños textos de tipo ensayístico sobre el estado actual del cuerpo, pareciera que incorrupto, del cadáver insepulto del capitalismo postindustrial. Se trata, no obstante, de un libro que parte de reflexiones que escapan al debate de los temas de actualidad menos noticiables, lo que sin duda se agradece.

De estas primeras páginas me quedo con un fragmento a propósito de lo placentero del ejercicio de dos virtudes que parecieran chirriar en el engranaje íntimo de la sociedad contemporánea: la comprensión y la amabilidad; una reflexión necesaria que toma como punto de partida el poema «Satisfacciones» de Bertolt Brecht.

Dice Santiago Alba Rico que «De todas estas "satisfacciones" diminutas [...] hay dos casi extinguidas, como los dinosaurios y los bisontes, incomplatibles con el orden del mercado capitalista  y que desde un coche último modelo o desde Disneylandia nos parecen extravagantes y perversas, casi escandalosas: "comprender" y "ser amable"».

lunes, 23 de julio de 2018

Notas melancólicas para varios finales (del mundo)

El triunfo de la muerte, Brueghel (detalle)

Una amiga me ha pedido un texto sobre el fin del mundo y no sé muy bien qué demonios contarle. He anotado varias ideas que me rondaban la cabeza para mandarle una colaboración más o menos seria, pero me ha sido imposible darles forma, algo de continuidad. Por eso no se me ocurre otra cosa que pasarle estas notas embrionarias, melancólicas (con respecto a lo que podrían haber sido…), al cabo balbuceantes, que espero no le desagraden en exceso.

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El fin del mundo, el de alguien en concreto al menos, proviene hoy de un recuerdo que me viene a la memoria no sé muy bien por qué. Hace varios años, mientras desayunaba antes de ir al curro, leí una noticia a la que le estuve dando vueltas durante unas cuantas semanas. En un pueblo de Jaén, ya no recuerdo cuál, a una madre se le había caído de los brazos su bebé y el niño había muerto tras golpearse la cabeza con el suelo. Recuerdo que, justo después de leer esa noticia, pensé en la fragilidad de la existencia, de nuestro mundo entero, y volví a guarecerme en un pensamiento antiguo: ni siquiera nuestra vida, en su sentido amplio, depende de nosotros mismos. Porque, cómo VIVIR tras un suceso así. Es imposible. Precipita el final (de todo) de una forma irrevocable.

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Una mañana desperté con un libro en la cabeza. Un libro entero, de ciencia ficción, basado en una historia postapocalíptica y terráquea. Podría ser una idea que hubiera muerto poco después de poner en marcha el día, tal vez inundada en el café o perdida en la vorágine de las primeras horas de trabajo, pero no: la historia siguió intacta durante toda la jornada. Hoy tengo anotadas varias páginas con su argumento, los personajes, el desarrollo de la trama y distintas variaciones del final. Como tantas otras ideas de este tipo, no sé si al final la acabaré desarrollando, pero eso no quita que todavía hoy tenga un libro entero en la cabeza, hilado de principio a fin, un relato postapocalíptico —como os decía— donde hay pocos personajes buenos y donde la especie humana se dirime entre la abolición de su cultura necrofílica o su extinción irremediable. Algo que quizá quede más cerca de lo que esperamos.

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Leer los ensayos apocalípticos de Jorge Riechmann produce una extraña sensación. Por un lado, siempre que cierro uno de sus libros sobre el proceso de barbarización subsiguiente al colapso de la civilización ecocida occidental, llego a la conclusión de que lo más sano y sensato a nivel individual sería desertar de todo antes de ver cómo el mundo se escurre por el desagüe de la estupidez. Por otro lado, hay un pensamiento que, de forma un tanto paradójica, me consuela y tranquiliza al mismo tiempo cuando pienso en el crack definitivo del planeta: si eso es así, si efectivamente nos vamos a la mierda por el cambio climático y sus consecuencias asociadas, aquí no se salvará nadie y, al menos en el desastre, quedaremos igualados de una maldita vez. Víctimas y verdugos, culpables e inocentes, pobres y ricos… Todos liquidados y juntitos en el mismo saco, como en las escenas del El triunfo de la muerte de Brueghel: un espanto socialista.

sábado, 9 de abril de 2016

El nombre de los hombres: Las citas (3 de 4)

Celso Emilio Ferreiro

Esa palabra existe 
y tenemos que buscarla sin descanso

Celso Emilio FERREIRO

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Yo nací el año en que murió él. Me refiero al poeta Celso Emilio Ferreiro.

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Yo no le conocía de nada. Pero un día, poco antes de salir de la Biblioteca Provincial de Jaén, vi un par de libros sobre una pequeña mesa. Estaban disponibles por expurgo. Uno de ellos, Poetas gallegos de posguerra, una antología de Basilio Posada, reunía unos cuantos poemas de este magnífico poeta, al que ligeramente empecé a conocer entonces. Me llevé el libro a casa.

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Sé que es imposible conocer a un hombre por lo que escribe. Yo no lo pretendo. Pero realmente quise levantar un libro sobre esa precisa cita. Entonces tomó forma algo que, acaso unos meses antes, solo pude intuir. El libro, El nombre de los hombres, se prefiguró de súbito. Supe que tenía que escribir ese poemario. Y esa misma noche, un sueño, un par de imágenes... La de la palmera en llamas. Y la otra. La que no se nombra.

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Esa palabra existe, claro, y tenemos que buscarla sin descanso.Una palabra para nombrar de nuevo al hombre. Una palabra, que transite la utopía, y acaso jamás sea precisa. Dice Riechmann que dice Gelman que la palabra justa pertenece al reino de la muerte. Pero sé por qué lo dice. La cita pertenece al ensayo El siglo de la gran prueba; la encontramos en la página 16.

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Y qué será de todos aquellos poetas secretos, grandes poetas, anchos y hondos, tragados por la historia de la literatura a secas. Qué será de nosotros, aquellos que los leímos con los ojos como platos y la lengua desgarrada, con envidia y fascinación. Desapareceremos sin dejar rastro, con nuestras voces sepultadas en la arena de la noche equinoccial, felices de una forma extraña. 

jueves, 16 de agosto de 2012

Letras selváticas


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Hace unos días volví a leer el artículo Desnudo en la bañera, asomado al abismo (Manifiesto literario tras el fin de la literatura y los manifiestos), del que ya hablamos aquí. Era necesario releerlo. Desde hace unas semanas vengo intercambiando opiniones con algunos amigos sobre el contenido del mismo y, la verdad, es como si no me lo pudiera quitar de encima. Repaso algunas notas de lectura. Esta es una de ellas: Cómo se llega a la literatura... Ahora pretendo contestarla. Por qué se empieza a escribir... Más certero: Por qué empezamos a escribir... Todavía no sé si yo tengo respuesta.

Barrunto ideas, líneas de fuga, cosas que sé (o creo saber). Y me doy cuenta de que no sé nada de los demás. Cambiemos la apuesta pues. Digamos entonces: Por qué empecé a escribir... Pasemos de las grandes palabras a lo anecdótico, lo pequeño, lo líquido, lo blogger, la sustancia de la que nos habla Iyer en el texto que citaba antes. Apliquemos entonces algo de lo que hemos aprendido estudiando epistemología de las ciencias sociales: reflexividad, conciencia de lo que se hace, apliquémosle -digo- a nuestro quehacer diario una interrogación constante (una interrogación también de carácter moral). Redondeando: sentemos a Ciceron a nuestro lado y preguntémonos hasta qué punto está bien lo que hacemos o hasta qué punto está bien hacer eso que solo sabemos hacer mal... ¿Otra cuestión inabordable? Puede ser. Definitivamente, volvamos a lo pequeño.

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Una vez aquí, cómo no traspasar la frontera, cómo no entrar en el abominable territorio de la confesión... Hablar de los primeros textos, de los primeros libros, de los primeros desengaños, de los primeros poemas, de nuestra pretendida marginalidad. ¿A quién demonios le interesa eso? Si no tenemos la capacidad de trascender la anécdota, si no queremos realizar el esfuerzo de investigar, de tomarnos en serio lo que hacemos, si no queremos trabajar, echarle tiempo y ganas e ilusión a nuestro oficio, si solo pretendemos balbucear, entonces para qué tanto palabreo, tanto ruido, tanta obscenidad... Tanto patetismo. En el suelo está, rota en mil pedazos, la brújula que ya no creímos necesitar. Una vez más, nos traicionó la soberbia.

Llegados hasta aquí, a este no-lugar, solo queda preguntarse hasta qué punto es posible escribir desde lo fallido, desde la incapacidad, la anomia, la incertidumbre, desde las tripas de esta oscuridad azul. No sé por qué empezamos a escribir. Ni siquiera sé por qué empecé a escribir yo. Ahora mismo, me basta con reconocer algunos temas de los que quiero hablar, de los que me apetece contar algo. Porque la literatura, la ficción en suma, siempre me ha ayudado a mapear mi entorno, a proyectar mis dudas, a cuestionar mis propios pasos... No sé si eso me hace fuerte, pero sí sé que es algo con lo que he construido mi identidad; tan solo un gesto, acaso una actitud, que reconozco como mío frente al espejo de mi extraño imaginario.

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Decía Lombardo Duro Escribir / no sirve para nada / si no es para decirse / uno a sí mismo / lo más duro y cruel / que jamás ha escuchado y creo que sus palabras, en cierta forma, muerden el pan de la verdad (Riechmann). No hay que creerse nada, por supuesto, pero debemos hacer de esa falta de certezas un territorio propicio desde el cual reconocernos en los demás, desde el que abordar lo inabordable, lo que escapa a ser nombrado, lo que está en fuga permanente... Hablo de lo que nos nombra desde fuera, lo que nos narra a todos, lo que nos cuenta. También en la literatura, perseguir la utopía es un valor que aporta dignidad y nos ayuda a ser perseverantes. Ahora mismo, solo nos queda reafirmarnos en aquellas intuiciones que nos abren paso. No queda otra que asumir un rol de explorador, vivir en la aventura y ser paciente, mucho, pues serán millones los mosquitos que nos van a picar. El premio es encontrar a Livingstone.