Conozco a Àgueda desde hace muchos años. He leído sus blogs y ella ha leído los míos. Yo he seguido sus aventuras de exploradora ártica y ella observa mi giro sempiterno de derviche. En cierta forma, estamos conectados por un hilo invisible que nos atraviesa la piel y nos hace afilar una sentimentalidad común, plasmada de forma irremediable en nuestros textos.
De hecho, ahora nos ha dado por volver a los fanzines. Hace unos días me llegó el suyo a casa. Es un honor que haya publicado en Porta Costelleta los 57 sueños de El rastro de Cesárea; sueños que, todo sea dicho, me decidí a escribir tras leer los suyos. Ambos queríamos homenajear a nuestro escritor favorito imitando su delicioso paseo por la literatura.
Seguro que, a pesar de la distancia, seguiremos juntos durante mucho tiempo. Nos unen los libros (y las tormentas).

