martes, 28 de julio de 2026

La llama, siempre viva, de la Revolución Social

 
 Obreras de una fábrica de tejidos de Barcelona donan ropa para las milicias. Archivo Fundación Anselmo Lorenzo (CNT)

Este fin de semana, no son pocos los actos conmemorativos del 90 aniversario del comienzo de la Guerra Civil. A la sombra de estos fastos, el movimiento libertario recuerda el estallido, en el verano de 1936, de la Revolución Social.

Este domingo, 19 de julio, se conmemora en muchos puntos de la geografía española el 90 aniversario de la Revolución Social. No se recuerda solo en España. La efeméride también se celebra en distintos países como Argentina, Francia, Italia, Chile, Grecia o Suecia, entre otros. En decenas de ciudades se han organizado charlas, exposiciones, seminarios de estudios, exhibiciones de películas producidas durante la Guerra Civil… Estas celebraciones pretender rendir homenaje a lo que el movimiento anarquista internacional, pero no solo, recuerda como uno de los procesos revolucionarios más singulares del siglo XX: la Revolución Española.

¿Pero de qué revolución hablamos? Hablamos del proceso de transformación social acelerado que tuvo lugar en España a partir del 19 de julio de 1936, más concretamente en aquellas zonas del territorio español no controladas por Franco tras el alzamiento militar. Un proceso revolucionario en el que el movimiento libertario tuvo un papel destacado y para el que los anarquistas se habían estado preparando durante décadas.

Y es que, si hablamos de la presencia del anarquismo en el Estado español, tenemos que pensar que las organizaciones locales de inspiración ácrata vinculadas al movimiento obrero internacional, tuvieron una implantación considerable desde el último tercio del siglo XIX. A partir de ahí, ni los procesos de criminalización orquestados por el Estado, ni la pugna ideológica con los sectores marxistas, ni la conflictividad interna del propio movimiento, lograron que la cultura política anarquista dejara de tener cierta prevalencia en el seno del movimiento obrero español. Una cultura política, la libertaria, que ponía en el centro de su programa político la preparación para la revolución, ya no solo fomentando la autocapacitación cultural, ideológica y militante de cada trabajador o trabajadora afín, sino prefigurando el mundo del mañana a través de la paulatina consolidación de una institucionalidad autónoma que no solo pasaba por la conformación de sociedades obreras, sino que también tenía que ver con la urdimbre de ateneos, escuelas racionalistas, periódicos, editoriales o grupos naturistas, por citar solo algunos ejemplos, que insuflaban vida a ese mundo propio.

En todo caso, y para entender todo lo que ocurrió a partir de julio de 1936, la creación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), ya en 1910, supuso un hito de consideración que explica cómo la articulación del anarquismo español en torno a una organización de masas, en este caso de carácter sindical, posibilitó que el movimiento libertario, paulatinamente minorizado a nivel internacional en el primer tercio del siglo XX, siguiera teniendo una implantación considerable en el seno del movimiento obrero español. Una pujanza que, en el plano interno, se vio asegurada por la toma de acuerdos que reforzaron el músculo sindical de la organización —como la creación de los Sindicatos Únicos (1918-1919)— y también se vio favorecida por el prestigio alcanzado por la organización anarcosindicalista tras el triunfo de la huelga de La Canadiense, que posibilitó la aprobación de la jornada laboral de 8 horas en el marco del Estado español.

Sin embargo, el crecimiento de la CNT y la proliferación de un movimiento obrero no sometido a directrices partidistas, autónomo y revolucionario, no fueron bien recibidos por el Estado y la patronal, quienes primero intentaron amedrentar a la militancia cenetista con la violencia terrorista ejercida por las bandas de pistoleros del Sindicato Libre (una violencia que, entre decenas de sindicalistas asesinados, se llevó por delante a dos secretarios generales de la CNT: Evelio Boal y Salvador Seguí), y luego, tras la llegada al poder de Miguel Primo de Rivera por la vía dictatorial, consiguieron la ilegalización del sindicato anarquista y el paso a la clandestinidad y exilio de buena parte de sus militantes más destacados.

LA CNT EN LA SEGUNDA REPÚBLICA

Tras más de ocho años de régimen dictatorial encabezado, primero, por Miguel Primo de Rivera, y luego por Dámaso Berenguer, la llegada de la II República (1931) fue saludada con esperanza por buena parte de los sectores populares, ansiosos de un cambio de régimen que ampliara las libertades políticas e hiciera frente a las desigualdades sociales. Sin embargo, la “república de trabajadores”, tal y como rezaba el artículo 1 de la Constitución republicana, demostró muy pronto su incapacidad para colmar las ansias de justicia social de una clase trabajadora cuyas organizaciones sindicales, la CNT y la UGT, reforzaron de manera considerable su implantación y número de cotizantes a partir del 14 de abril.

Sería precisamente en este contexto político de inestabilidad creciente, donde las tímidas reformas emprendidas por la República eran constantemente torpedeadas por los sectores reaccionarios y la amenaza fascista empezaba a cobrar forma, en el que la clase trabajadora empezó a dar fuste al proyecto revolucionario, movilizando sus demandas por la vía de la acción directa y sufriendo una dura represión por ello; los sucesos de Castilblanco, Arnedo, Alto Llobregat, Casas Viejas o Asturias, dan buena cuenta de lo anterior.

Sin embargo, serían las fuerzas conservadoras quienes darían el paso que pondría en jaque al régimen republicano. El 18 de julio de 1936, el golpe de Estado de una parte del ejército, apoyado por los sectores reaccionarios de la sociedad española y los regímenes fascistas de Italia y Alemania, consiguió imponerse en algunas zonas del Estado español, pero no logró su objetivo de aniquilar rápidamente cualquier conato de resistencia en los núcleos poblacionales de mayor peso. Por el contrario, en buena parte del país y a pesar de la oposición de algunos dirigentes republicanos a entregar armas al pueblo, las organizaciones obreras lideraron la respuesta al alzamiento, derrotando a los militares rebeldes en ciudades tan importantes como Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao o Málaga.

En relación a lo anterior, y aunque a día de hoy siga vigente, en buena medida, la idea de que la respuesta al golpe de Estado por parte de las organizaciones populares fue prácticamente improvisada, la realidad es que en muchas localidades con fuerte implantación de la CNT y la FAI, el movimiento libertario había estructurado Comités de Defensa y Comités de Preparación Revolucionaria que, a la hora de la verdad, allanaron el camino para que la movilización obrera, también armada, contra el alzamiento fascista, acabara teniendo éxito.

UNA TRANSFORMACIÓN INTEGRAL DE LA SOCIEDAD

Fracasada la intentona golpista, el 19 de julio se abría un horizonte de posibilidades revolucionarias que los trabajadores y trabajadoras, y muy especialmente los hombres y mujeres del movimiento libertario, quisieron experimentar de forma decidida, iniciando un proceso de transformación acelerada que afectó de manera profunda a todas las esferas de la sociedad española.

En el plano económico, las organizaciones populares, con los sindicatos CNT y UGT a la cabeza, emprendieron un proceso de toma de control de los medios de producción que, bajo distintos regímenes de gestión obrera, favoreció que los resortes de la producción, la distribución y el consumo, tanto en las zonas urbanas como en las zonas rurales de la retaguardia antifascista, estuvieran en manos de los trabajadores y trabajadoras. Cambios radicales en la economía política del tejido productivo que involucraron tanto al sector público como al sector privado.

El proceso de colectivización afectó a las grandes empresas, incluyendo aquellas vinculadas a sectores industriales participados por el capital extranjero, pero también a fábricas, talleres y centros de trabajo de menor tamaño. En el ámbito rural, buena parte de las tierras abandonadas por los grandes tenedores, pasaron a ser gestionadas por las colectividades agrarias, muchas de las cuales, animadas por las organizaciones sindicales, jugaron un papel indiscutible en la mejora de las condiciones de vida de la población campesina y jornalera de las comarcas agrarias.

Por otro lado, y aunque uno de los aspectos fundamentales del proceso revolucionario fue la transformación estructural de los sectores primario y secundario de la economía, no fue menor la impronta del programa sindical en el resto de esferas económicas, como el sector servicios y, más concretamente, en todo aquello relacionado con la cultura. Un buen ejemplo de lo anterior lo tenemos en las transformaciones acaecidas en el terrero de la enseñanza, que dejó de estar en manos de la Iglesia y tuvo tiempo de desarrollarse al amparo de instituciones donde la impronta de la pedagogía libertaria resultó incuestionable (como el Consejo de la Escuela Nueva Unificada, en Cataluña). Otro ejemplo es el sector del espectáculo, con industrias de alto desarrollo técnico, como la cinematográfica, donde el proceso de socialización se desplegó vertiginosamente, permitiendo, por ejemplo, que el Sindicato Único de la Industria del Espectáculo de la CNT produjera más de cuarenta películas en plena guerra civil.

También la gobernanza política de las ciudades y pueblos de la retaguardia antifascista se vio alterada de forma radical. El estallido del conflicto armado y los cambios en la estructura de poder de muchos pueblos y ciudades, afectaron sobremanera al desarrollo habitual de las entidades locales en la España no controlada por Franco. No solo se crearon consejos municipales para sustituir a los antiguos ayuntamientos, sino que aparecieron nuevas instituciones —de vida efímera, eso sí— como el Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, el Comité Interprovincial de Asturias y León o el Consejo Regional de Defensa de Aragón, presidido por el cenetista Joaquín Ascaso, que emanaron directamente de la situación política y social de los primeros meses de guerra.

Hablamos, por tanto, de un proceso revolucionario, de base federativa y rápido desarrollo, donde fueron los trabajadores y trabajadoras, a través de sus organizaciones sindicales, quienes tomaron el control de buena parte de los resortes de la vida pública, descomponiendo rápidamente, aunque de manera parcial, la estructura de poder previa al 19 de julio y dando forma a una nueva sociedad donde el trabajo colectivo no tenía como finalidad enriquecer a una clase privilegiada, sino dignificar y cubrir todas las necesidades de la mayoría social.

LA REVOLUCIÓN EN LOS FRENTES

Pero todas estas transformaciones revolucionarias, que amenazaban la estructura de las relaciones de poder consolidadas en la sociedad española tras siglos de dominación oligárquica, debían ser defendidas en los frentes de batalla. Para ello, los trabajadores y trabajadoras, algunos de ellos enconados pacifistas que durante años se habían opuesto a la guerra —fueron los anarquistas quienes organizaron el Congreso Internacional de la Paz (Ferrol, 1915)— y a la política colonial del Estado español —pensemos, por ejemplo, en los orígenes de la Semana Trágica (1909)—, se organizaron rápidamente en milicias populares que tuvieron la difícil tarea de hacer frente al ejército sublevado durante los primeros meses de guerra. Un ejército rebelde que, recordémoslo, contó desde primera hora con el apoyo de los regímenes fascistas de Europa (Alemania, Italia y Portugal).

En contraposición a este apoyo internacional al ejército sublevado, y al margen del papel jugado por las Brigadas Internacionales en defensa de la República, el eco de la Revolución Social en el plano internacional favoreció que una pléyade de voluntarios de la anarquía se incorporara, o bien en el frente o bien en retaguardia, a las filas de las organizaciones revolucionarias. Como consecuencia de lo anterior, cientos de militantes anarquistas, anarcosindicalistas y sindicalistas revolucionarios, procedentes de Italia, Alemania, Suiza, Francia, Suecia, Argentina y otros países, incorporados a la lucha y afiliados en origen a sindicatos y organizaciones libertarias solidarias con la CNT, contribuyeron con su esfuerzo, dando la vida en muchos casos, a la defensa de las transformaciones revolucionarias impulsadas por la clase trabajadora en el Estado español.

Más allá de su mayor o menor cercanía con el ideario ácrata, Camilo Berneri, Emma Goldman, Simone Weil, Georges Orwell, Carl Einstein, Clara Thalmann, Simón Radowitzky, Kati Horna, Margaret Michaelis o Mika Etchebéhère, son una decena de estos voluntarios internacionales de la revolución.

Tampoco fueron pocos los comités y organizaciones antifascistas que, repartidos por medio mundo, intentaron contribuir a pesar de las dificultades generadas por sus gobiernos y el eco de la propaganda contrarrevolucionaria— al sostenimiento de la lucha desigual emprendida por las organizaciones del movimiento libertario español. Sin ellos, las fuerzas políticas y sindicales favorables al proceso revolucionario, hubieran estado completamente aisladas en el plano internacional, estando aún más desatendidas de armamento, apoyo financiero y soporte propagandístico.

LAS ORGANIZACIONES LIBERTARIAS: MÚSCULO DE LA REVOLUCIÓN

Aunque los principios, tácticas y finalidades revolucionarias formaban parte del ADN del movimiento libertario español desde sus comienzos, la implantación de las organizaciones ácratas había sido desigual según las épocas y los territorios, transitando, incluso, largos periodos de clandestinidad que dificultaron en grado sumo las posibilidades de intervención política, social y cultural de los y las anarquistas.

Sin embargo, en mayo de 1936 la CNT llegó a su IV Congreso (Zaragoza) con más de medio millón de afiliados, igualando, como mínimo, las cifras de afiliación de la Unión General de Trabajadores (UGT). Los importantes acuerdos tomados en ese congreso, junto con la implantación territorial y el músculo militante de los afiliados y afiliadas, posibilitaron que la organización anarcosindicalista fuera la espina dorsal del proceso revolucionario en buena parte de los territorios de la España antifascista (sobre todo en Cataluña, Levante y la zona de Aragón no controlada por Franco).

Junto a la CNT, la Federación Anarquista Ibérica (FAI), la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL), Mujeres Libres (que llegó a federar a 28000 obreras en enero de 1938), Solidaridad Internacional Antifascista (SIA), los ateneos libertarios, las escuelas racionalistas, y todo el tejido de grupos y pequeñas organizaciones que se reconocían en la genealogía del anarquismo español (como, por ejemplo, la Federación Ibérica de Estudiantes Revolucionarios), experimentaron un notable desarrollo organizativo, contribuyendo de manera singular a la obra constructiva de la Revolución Social.

En todo caso, y para complejizar, el proceso revolucionario también fue sostenido por otros sectores políticos y sindicales que, conscientes de las posibilidades que para el conjunto de la clase trabajadora abría el escenario de guerra social, apostaron de manera decidida por la vía revolucionaria. En muchas zonas rurales, la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (FNTT) de la UGT jugó un papel destacado en el proceso de colectivización de tierras, poniendo en marcha grandes colectividades agrarias, muchas veces de la mano de la CNT, y oponiéndose, al menos en algunas zonas, a la política de contención revolucionaria de Vicente Uribe, ministro de Agricultura (PCE). También es conocida la apuesta revolucionaria del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM); una apuesta que, como sabemos, le costaría cara a partir de mayo de 1937.

LOS FRENOS DE LA REVOLUCIÓN

Sin embargo, no fueron pocos los problemas que tuvo que enfrentar la Revolución Social desde el primer momento. A los condicionamientos impuestos por la guerra, le hemos de sumar la oposición del capitalismo internacional y, en el plano interno, la labor contrarrevolucionaria de las fuerzas políticas a quienes, por distintas razones, incomodaban las transformaciones sociales puestas en marcha por los trabajadores y trabajadoras a partir del 19 de julio.

Los Sucesos de Mayo del 37, la disolución del Consejo de Aragón o la política de partido (comunista) desplegada por la mayor parte del comisariado en el seno del Ejército Popular de la República, son solo tres ejemplos de lo anterior; tres ejemplos, sí, que también nos hablan del papel jugado por el estalinismo en el transcurso de la guerra.

Tampoco podemos olvidarnos de otros asuntos que, sin duda alguna, contribuyeron a la irrupción de airados debates en el seno del movimiento libertario. Uno de ellos fue la obediencia al Decreto de Militarización de las Milicias Populares promulgado por el gobierno republicano a finales de septiembre de 1936. Pero sería la participación de militantes anarquistas, no solo en el gobierno de la República, sino en cientos de consejos municipales y otras instancias gubernamentales, el asunto más discutido entre la militancia libertaria en el otoño de la Revolución. Una decisión que no solo acabaría laminando la unidad de acción del movimiento libertario en un contexto político en el que se encontraba relativamente aislado, sino que acabaría refrendando las posiciones más hostiles a la CNT de una parte del anarquismo internacional.

LA MEMORIA DE LA REVOLUCIÓN

La pérdida de la guerra no solo supuso la imposición de un sistema dictatorial que vino a restaurar las relaciones de poder que había quebrado el proceso revolucionario. Significó también la persecución y práctico exterminio de una cultura política muy singular, la representada por el movimiento libertario, que, como decíamos anteriormente, a principios de los años treinta ya se encontraba muy minorizada en el plano internacional.

Precisamente por lo anterior, por la conciencia de la importancia que tenía para el futuro el recuerdo de la revolución, los anarquistas, las anarquistas, no solo se preocuparon de salvar buena parte de la documentación producida durante la guerra civil por la CNT y la FAI, evacuándola al Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam, sino que, durante los años del exilio, procuraron mantener viva la memoria del proceso revolucionario, abordando un ejercicio colectivo de reflexión crítica que se tradujo, antes que nada, en la proliferación de un sinfín de relatos testimoniales que, de una manera u otra, vinieron a complejizar la historia de aquella experiencia histórica.

Unas décadas después, sería justamente esa memoria revolucionaria, esa conciencia colectiva de la vigencia del legado de prácticas y experiencias de la Revolución Social, uno de los factores clave que explica cómo la CNT mantuvo su coherencia en el contexto de la llamada Transición; una conciencia colectiva que, recordémoslo, ayudó también a que la militancia anarcosindicalista sostuviera al mismo tiempo un empeño, no menor, en el marco de una sociedad capitalista con capacidad para disciplinar la disidencia a través de su asimilación: el afán de impedir que el anarquismo se convirtiera en una moda política más, el afán de hacerlo valer como una herramienta útil, ya no solo para el conjunto de la clase trabajadora, sino de todos los sectores sociales desposeídos.

Sea como fuere, la memoria de la Revolución Española no solo se mantiene viva en el seno de la militancia libertaria actual, sino que ha servido de inspiración a otros movimientos sociales que, por un lado, se siguen reconociendo en esa tradición libertaria, y, por otro, han aterrizado en su quehacer político buena parte de los principios organizativos de los que tradicionalmente han hecho gala las organizaciones anarquistas. Un legado, también, que atraviesa fronteras y forma parte de la genealogía política de luchas tan dispares como las emprendidas por las mujeres del Kurdistán, los zapatistas mexicanos o la miríada de organizaciones sindicales de matriz revolucionaria que se reparten por todo el mundo.

- Artículo publicado en El Salto

lunes, 15 de junio de 2026

Inma o la memoria pequeña


Se cumplen tres años del fallecimiento de Inma, teleoperadora de Konecta, cuya muerte no detuvo el trabajo en el call center donde murió. 

Hay grandes memorias. Memorias monumentales, impuestas a sangre y fuego, obligatorias, prescriptivas, incuestionables. A veces, esas memorias ocupan el espacio público; toman forma de hitos, estatuas o placas conmemorativas. En otras ocasiones, esas grandes memorias colonizan el nomenclátor de nuestras ciudades y pueblos, dando nombre a calles y plazas, edificios públicos, polígonos industriales, parques… Esta memoria con mayúsculas, imbricada en el relato urbano y desposeída de su carácter indeleble, se acaba por asociar a nuestros propios recuerdos, connotando los espacios de sociabilidad donde transcurre la vida y, en cierta forma, moldeando nuestra manera de reconocernos en el mundo. Un mundo que no es nuestro... De momento.

Hace tres años, el 13 de junio de 2023, Inma, una teleoperadora de 60 años, murió en su puesto de trabajo. Konecta, la empresa para la que trabajaba, no detuvo la faena inmediatamente y obligó a sus compañeras a seguir atendiendo llamadas, durante casi una hora, con el cuerpo presente de la fallecida. Este caso, que nos habla a las claras del nivel de deshumanización al que estamos llegando, no solo da cuenta de las condiciones de trabajo en un sector tremendamente precarizado, como es el telemarketing, sino que muestra cómo el capital se reproduce socavando los cimientos que dignifican nuestra existencia.

Detenerse a escribir un texto que recuerde la muerte de una trabajadora anónima, no deja de ser un ejercicio de reconocimiento póstumo, de memoria pequeña, pero nos sirve —a mí al menos— para saber de dónde venimos, quiénes son nuestros compañeros y compañeras, y a qué y quiénes nos enfrentamos. Y ese recordatorio, en mi historia personal, me lleva a otros momentos donde recordar no solo fue una forma sencilla de rendir homenaje, sino que se acabó convirtiendo en una parte indisolublemente unida a la lucha por nuestra gente. Pienso, por ejemplo, en la campaña de denuncia que, allá por 2007, la CNT de Jaén puso en marcha para denunciar la muerte de Carlos Do Santos, un albañil portugués de 53 años que perdió la vida en la construcción de El Cortes Inglés de la ciudad. Un pequeño gesto, sí, este también, pero que nos permite preguntarnos qué pasaría si ocupáramos el espacio público con una memoria colectiva, popular, que no rindiera pleitesía al poder, y nos hiciera partícipes del legado experiencial de, por ejemplo, aquellos y aquellas que pusieron el cuerpo para luchar por los derechos que hoy disfrutamos.

Por suerte, hay muchos ejemplos que nos permiten responder a la pregunta anterior. El trabajo de la Asamblea Richard Vive, que conecta la memoria de Ricardo Rodríguez García  —joven de Alcorcón asesinado por un grupo neonazi en 1995— con las luchas del antifascismo actual, es uno de ellos.

Pero volvamos a Inma. Recordarla hoy, tres años después, nos hace presente la necesidad de organizarnos en cada centro de trabajo, en cada sector laboral, en cada empresa. Recordarla hoy, tres años después, nos conmina a tomar conciencia de nuestra condición social y, a partir de ahí, actuar en consecuencia. Vayamos a ello. 

- Artículo publicado en El Salto

domingo, 17 de mayo de 2026

El arte de invocar la memoria

 

Leí El arte de invocar la memoria, de Esther López Barceló, hace un año y medio, en un verano horrible, cuando sentía que el mundo se estaba resquebrajando bajo mis pies y ya intuía la dureza del golpe. En ese momento tan complicado, que atravesaba temblando, conteniendo la respiración y sosteniéndome de un hilo de esperanza y autoengaño, ese libro se convirtió en una especie de faro. Porque eso es la memoria: una luz en la noche del presente.

Años antes, en otros veranos donde también me sobrevolaron negros presagios, fueron otros los libros que me mantuvieron en pie, con el amor a la vida poniendo al dramatismo en su sitio. Pienso, por ejemplo, en aquellos meses en los que releí los Trescientos poemas de la dinastía Tang, un libro que ahora lo sé seguiré leyendo a lo largo de toda mi vida.

Pero volvamos al ensayo de López Barceló y al verano de 2024. Abro el libro por la página 37. Hay una pequeña rama de hierbabuena seca. Acerco la nariz a la página. Olfateo como un sabueso. No huelo nada. Pero cojo la ramita, la dejo a un lado y es entonces cuando ocurre el milagro… Me acerco los dedos a la nariz y aquí está el olor, humilde, limpio y elegante de esta planta que tanto me recuerda a mi tierra.

Con ese olor abriendo la ventana del recuerdo, leo unas líneas subrayadas en esa misma página: «Cuando los victimarios negaron a sus víctimas la posibilidad de una tumba, no solo buscaban ocultar las pruebas del crimen, sino también vedar el duelo a quienes les sobrevivieron. Un dolor que, como un gorrión atrapado, les arañaba la garganta en su intento por huir en forma de aullido».

Año y medio después, ese pequeño párrafo me sacude la entereza, hace más frío el frío de este día lluvioso de finales de octubre. Porque sé que el duelo es el hueco que le abrimos al tiempo para sanar y curar nuestras heridas.

Decía al principio que El arte de invocar la memoria me sirvió de faro. Hoy sé que nuestra memoria política, generacional, está directamente vinculada con la trasmisión del trauma. Y el trauma, en este país desmemoriado, es consecuencia directa de las situaciones de violencia que favorecen las condiciones de desigualdad social. En ese sentido, reconocer la herida, saber de dónde viene, ponerle nombre a ese dolor, nos hace reconocernos en el sufrimiento compartido. Por eso mismo, el dolor heredado por las familias que, de una manera u otra, padecieron la represión del régimen franquista, teje un mapa que impide que nos perdamos. Y saber quiénes somos, no desdibujarnos, es el mayor tesoro que tenemos.

Es precisamente de eso, del arte de trazar esa cartografía de la memoria, de lo que trata este pequeño ensayo de 157 páginas. Un libro sobre el valor de recordar y la tarea colectiva del movimiento memorialista. Un libro sobre las distintas maneras de hilar nuestras genealogías de lucha. Un libro, en definitiva, que nos hace sentir de dónde viene la importancia de mirar al pasado.

-Publicado en el número 2 de la revista Esporas

domingo, 3 de mayo de 2026

A la mierda la autoestima, dadme lucha de clases


Me pregunto cuántos libros se habrán comprado tan solo por su título... En mi caso, reconozco que unos cuantos. A la mierda la autoestima, dadme lucha de clases, de Jean-Philippe Kindler, es uno de ellos. Me acerqué a este libro por el título, sí, pero también por una cuestión a la que no paro de darle vueltas últimamente y que, intuía, podía abordarse en este ensayo de apenas 111 páginas.

Sin duda alguna, uno de asideros más importantes del capitalismo de pantallas ha sido la socialización exitosa de un mantra estúpido y engañoso: ¡tú puedes con todo! Pareciera que la solución a todos nuestros problemas estuviera en nuestras manos y que solo se tratase de hacer caso de los consejos del coach de turno e intentarlo en serio. Es como si todo fuera una cuestión de actitud.

Bajo mi punto de vista, lo mejor del libro de Kindler es, primeramente, el desvelamiento de esa ilusión, pero, sobre todo, la forma en que lo hace. Porque no se necesita dar vueltas una y otra vez en torno al mismo argumentario para que este tenga fuerza. Qué va. En este caso, el autor alemán articula su análisis en torno a unas pocas ideas sólidas, plasmadas de forma breve y bien articuladas entre sí.

Precisamente, una de esas ideas fundamentales del libro sea la industrialización de las distintas ramas de la psicología positiva y la autoauyuda; un análisis poco original, claro está, pero que en este caso es presentando de manera sencilla y convincente: «En contraste con la psicología tradicional, orientada a la patología, la psicología positiva pretende centrase en los aspectos positivos de la vida humana, especialmente en la felicidad individual, que es presentada como aquello que cada uno logra trabajando en su propio yo, independientemente de las circunstancias económicas».

Y como lado oscuro de lo anterior, la construcción de unas subjetividades atravesadas por la idea del éxito social, la optimización del branding personal y la autoafirmación en una singularidad egótica y abstraída de la realidad material. Escribe Kindler: «Lo singular es un producto cultural de masas disponible en el mercado, producto especialmente jugoso para los coaches de la felicidad».

Nos encontramos, por tanto, con un panorama hostil a la trama de sociabilidad que posibilita la urdimbre de sujetos colectivos fuertes, capaces de sostener luchas comunes que atajasen de raíz las causas de los problemas colectivos cuyo padecimiento es individualizado y enajenado de su origen estructural.

Por eso mismo, el autor plantea que es necesario volver a situar la lucha de clases en el centro del proyecto político de la mayoría social. Y esto, que pudiera parecer el enésimo panfleto contra la izquierda de las identidades, no lo expone de manera especialmente elaborada; tampoco echa mano de un marco teórico que le aporte autoridad. Muy al contrario, para esta parte concreta de la obra maneja un registro bastante coloquial, de militante de base.

Sea como fuere, se agradecen estas pequeñas obras, sugerentes por su análisis pero también por su atinada contención y su falta de impostura.

-Publicado en el número 2 de la revista Esporas

miércoles, 1 de abril de 2026

¿Qué machacamos en el gym?

 

A día de hoy, el gimnasio se ha convertido en una pieza clave en la socialización exitosa de una idea de salud y bienestar que, paradójicamente, adolece de invisibilizar el origen de nuestros malestares.

Se han convertido en un elemento reconocible del espacio urbano. Sus fachadas no pasan desapercibidas: colores sólidos y llamativos, vinilos publicitarios con mensajes motivacionales y modelos esbeltos. Con amplios ventanales y locales insonorizados, sus diseños arquitectónicos respiran una modernidad solemne. Además, ahora que forman parte de grandes grupos empresariales, hasta se anuncian en televisión. A la entrada, tornos para fichar; se diría que dan cuenta del momento en el que hay que poner a producir el cuerpo.

Los gimnasios, claro está, siguen siendo el lugar adecuado para rendirle culto a cierta idea de salud, pero también se han convertido en espacios de sociabilidad donde exhibir el éxito en la carrera por lograr un cuerpo fit, o, en el peor de los casos, dar cuenta de la fe en el progreso personal y la voluntad de cambio. Porque se diría que, a día de hoy, el gimnasio se ha convertido en una institución del capitalismo de pantallas a través de la cual perseguimos una optimización permanente de nuestra marca personal; un ejercicio de branding capaz de combinar elementos de la filosofía clásica, con disciplina militar y una compleja maraña de tendencias nutricionales.

Y no se trata solo de cuerpos musculados… Pareciera que la preocupación obsesiva por nuestro bienestar y nuestra imagen corporal, se inserta a la perfección en los discursos del crecimiento personal y la autosuperación que, al mismo tiempo que aumentan nuestro capital social y nuestra escala de valor en las aplicaciones de citas, alimentan el scroll de las redes sociales, facilitan la extracción de nuestros datos y multiplican los beneficios de la industria del coaching y la psicología positiva.

Porque somos muy conscientes de que nuestra imagen comunica. Y lo somos, además, en un momento en el que se compite ferozmente por el tiempo y la atención de otros. Por eso, quizá, aprovechamos cualquier pedazo de nuestra piel para contarnos cuentos, para lanzar mensajes al exterior. En este contexto, da pánico pensar en los miles y miles de cuerpos de clase obrera, machacados por el trabajo y la ansiedad, que lucen tatuado un mensaje no consumado nunca: carpe diem.

Nuestra imagen comunica, decimos, y añadimos, como lo ha hecho siempre. Pero si pensamos en el gimnasio, en su historia más reciente, resulta inquietante pensar que son los menos quienes los usan para entrenar el cuerpo de cara a la práctica deportiva continuada. Efectivamente, a pesar de las apariencias, el gimnasio se ha desconectado de su genealogía. Porque sí, vamos al gimnasio para cuidarnos y mantener la forma necesaria para la competición, pero también para machacarnos; nos tiramos a los aparatos con el ánimo de reparar algo que estuviera roto, con la intención de agotarnos, desfogar, olvidarnos de los problemas de una manera sana y consecuente con nuestros deseos de transformación (individual).

Nos atraviesa el mantra de que acudir al gimnasio una hora al día es una forma de autocuidado. Y podemos verlo así. Pero invertimos tanto tiempo en reparar lo que hace en nuestras vidas un sistema desquiciado, creemos tanto en ello, que ya ni cuestionamos el origen de nuestros problemas. Y no, no hablamos del capitalismo como sistema. Es que no tenemos ni diez minutos para hablar con nuestros compañeros de trabajo de cómo mejorar nuestra situación en el curro, dejamos que sean otros quienes luchen contra el cierre del consultorio de nuestro barrio o ignoramos que tenemos en nuestras manos un margen de actuación que podría cambiarlo todo... Y ese todo, nos afecta directamente, también a nuestro cuerpo, también a nuestra salud mental y física.

Por mucho que intentemos minorizar el daño, la historia nos enseña que no hay escapatoria posible si nos pensamos solos, que no hay soluciones que partan del individualismo egótico y solipsista que nos está vaciando por dentro.

Llegados a este punto de la reflexión, pensamos que no puede haber cuerpos sanos en una sociedad intoxicada por el veneno de la desigualdad y la cultura del privilegio. No puede haber cuerpos sanos en una sociedad tutelada por los valores del capital y avocada al desastre ecológico. No puede haber cuerpos sanos en una sociedad que se desprecia a sí misma, porque desprecia la vida.

Y lo anterior no quiere decir que aboguemos por descuidar el cuerpo, sino justo lo contrario. Debemos pensar en cuidarlo desde una perspectiva materialista que no lo piense aislado y que tampoco lo idealice. Precisamente por eso, debemos pensar en cuáles son los discursos que nos animan a moverlo de una determinada manera, en unos determinados espacios, para unas determinadas finalidades. Frenar el proceso de total desposesión al que nos está sometiendo el capital, empieza por pensar cómo nos relacionamos con nuestro propio cuerpo, y eso implica analizar políticamente qué papel juegan los gimnasios en la socialización de una idea de salud y bienestar que no cuestiona el origen de nuestros malestares.

-Artículo publicado en El Salto

domingo, 1 de marzo de 2026

«Tener la verdad del mar, / la paciencia del mar, / respirar como él»

 i

«Tener la verdad del mar, / la paciencia del mar, / respirar como él».

El personaje repasa las notas de su cuaderno. Se encuentra con ese pequeño poema que escribió en Portugal. Ha pasado tanto tiempo, que ya no sabe conectar con él. De qué verdad le hablaba, se pregunta mientras pasa página y, a través de la ventana, observa cómo se disipa la niebla. 

Anota: «Quizá no sepa de la verdad del mar, pero sé de la verdad de la carne, del hueco que abre su abrazo en este pecho que se creía desierto». 

ii

El personaje sale a pasear casi de noche. Hace frío. Siente que respira mejor. Una pareja de cuervos se cruza con él. Recuerda aquello que le dijo un amigo sobre la tierra en barbecho. Ojalá esa calma, la tierra desbrozada; ya sin cosecha, sí, pero limpia de cizaña y malas hierbas. Hay algo que brilla en el fondo de toda esa oscuridad.  

iii

Escampa después de dos meses lloviendo. El personaje sale al balcón. El canto de un mirlo le recuerda aquellos días de encierro y muerte. Cierra los ojos. Algo se atraviesa en la garganta cuando recuerda la voz de su padre, el olor de sus manos, su manera de caminar. A lo lejos escucha un sonido que le devuelve al presente. Un hombre le mira desde otro balcón. Se da la vuelta y las ve a lo lejos. «Ya están aquí». Las grullas. 

iv

El personaje repasa cada borrón, cada tachadura, cada palabra fracturada por un guion, cada renglón torcido, cada verso astillado y feo, cada relato inacabado, cada página escrita de manera cobarde... Cada trozo de papel manchando con lo que se pensó imperfecto. Y piensa que también hay una historia de lo incorrecto que merece ser contada.

Pero no será hoy.  

sábado, 17 de enero de 2026

No sé quién era

 

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Tengo su foto delante de mí. Está impresa en tamaño A4, en papel de pegatina de mala calidad. Ahora ya sé quién es. Lo he recordado. Hace un rato, esa imagen me hubiera dicho poco. Tal vez hubiera rescatado un eco en la penumbra de estos días donde mi rostro se espejea en cuadernos viejos.

Llueve. Hace frío. He abierto la caja de Pandora pretendiendo poner en orden una cajonera que está llena de cosas. Esa manía de archivar... Lo he conseguido. Y me he venido arriba. En la montaña de carpetas que he logrado escalar luego, una que no sé qué demonios hacía allí. Dentro una foto, esta de la que os hablo, y unas cuantas páginas impresas de Wikipedia, una web de música clásica y una revista digital de historia. También unos apuntes tomados a mano en una hoja arrancada de un bloc de notas que todavía anda por casa, arrumbado en el cajón de los cuentos nunca escritos. Papeles que aluden a la biografía de la mujer cuyo nombre titula la carpeta: Frieda Belifante.

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Ahora sé quién es, eso os decía, pero no lo sé del todo. Como tampoco he llegado a conocer a esas mujeres que han aparecido en La Banda... como estrellas fugaces. Pienso en Philomena Franz. Pienso en Ceija Stojka. Pienso en Patricia Heras. Pienso en Mascha Kaléko. Pienso en Carson McCullers. Pienso en Felicidad Blanc. Pienso en Eva Justin... 

Todas siguen aquí. 

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Abro esa carpeta como quien desentierra a un muerto. Me pregunto quién era yo antes de la tormenta. 

A pesar del frío, la niebla de las mañanas; a pesar de las calles vacías y la lluvia, que no para de azuzar presentimientos, sigo sintiendo el calor de la curiosidad. Aquí está, eso le digo, yo a ti te conozco. 

Mientra Eva Justin medía el cráneo de las gitanas y tomaba notas en su cuaderno de asesina en serie, justo antes de mandarlas a las cámaras de gas, Frieda Belifante  —esa perra judía lesbiana— se manchaba sus preciosas manos de violonchelista, que sabían del amor y la belleza, de la paz y la memoria, del bien y la justicia, con la tinta con la que falsificaba documentos para los judíos, con la pólvora con la que voló el archivo del registro civil de Ámsterdam, el 27 de marzo de 1943. Y ahí está la conexión, ya lo recuerdo... La chispa que prendió la mecha que me hizo interesarme en ella. Esos papeles hechos ceniza.

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Están aquí, conmigo, en mi imaginación... Mis compañeros, mis compañeras, con el corazón en vilo, nerviosos, llorando ante la pérdida, quemando las fotografías, los periódicos, las circulares, las actas, las fichas de afiliación, las miles de hojas de papel que daban cuenta del mundo nuevo que estaban construyendo con sus manos y las manos de los compañeros muertos, las de los obreros y obreras que soñaron con la Revolución y no vivieron para verla. Están aquí, conmigo, los militantes que arrasaron con nuestros archivos para que aquellas palabras, escritas con las manos preciosas de las modistas, los jornaleros, los albañiles, las criadas, los camareros..., no cayeran en manos del enemigo y les pusieran frente a un pelotón de fusilamiento. 

Mi patria es ese mundo arrasado por las cenizas de la historia. El mundo que no fue. Mi memoria viva, como un ascua que no muere... Y que todavía puede incendiarlo todo. 

domingo, 28 de diciembre de 2025

El susurro filológico: sobre Demonios y nihilistas, de Costas Despiniadis



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Os voy a contar un secreto. Os hablo ahora como editor de Piedra Papel Libros. He publicado un libro que ni tan siquiera he leído. Y no lo he hecho porque ya lo había leído mi amigo Juan Merino, el traductor de la obra. Fue él quien me dijo que el libro merecía la pena. Me fío de mis amigos. Esa confianza es una forma de amor.

También me fío de los libros. Hay un libro del que me fío mucho; se llama Franz Kafka. El anatomista del poder. Ese sí lo he leído. Es un librazo. Quedaos con eso de momento.

Ahora os voy a contar otro secreto. Este es peor. El libro que he publicado es un ensayo sobre Dostoyevski. Nunca sé cómo se escribe... Dostoyevski, un gigante de la literatura universal del que solo he leído una novela breve, El jugador; un librito que me gustó en su día y que por lo visto está directamente conectado con la biografía del escritor ruso, adicto al juego durante algún tiempo.

Pero vayamos al lío. El libro que he publicado es Demonios y nihilistas. El Dostoyevski político, de Costas Despiniadis, traducido, como sabéis, por el infatigable Juan Merino. Lo hemos coeditado varios sellos afines. Costas Despiniadis es el autor de ese otro libro del que os hablaba antes, el ensayo sobre Kafka; un texto que no solo analiza la obra del escritor checo desde un enfoque libertario, sino que nos presenta las conexiones entre el autor de La metamorfosis y los círculos anarquistas de Praga.

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Hay libros que no podemos leer sin quitarnos otros de encima. Libros que tienden puentes entre ellos sin saber muy bien ni cómo. A mí me ha pasado eso. Hablo ahora como lector. Una de las cosas que más me han interesado de Demonios y nihilistas es el recorrido que hace Costas Despiniadis por la historia filológica de la obra del autor de Los demonios. Despiniadis nos explica cómo determinados críticos literarios, entre ellos Visarión Belinski, contribuyeron a que Dostoyevski fuera conocido y celebrado como autor emergente a mediados del siglo XIX en Rusia. También nos ayuda a entender cómo influyó el trabajo de algunos filólogos en la manera de leer su obra desde la muerte del Dostoyevski, en 1881, hasta la actualidad.

Pero lo que os quería contar, en realidad, es que todo lo anterior lo he leído con el mismo apasionamiento con el que leí en su día «La parte de los críticos», ya sabéis, una de las partes que componen 2666 de Roberto Bolaño, su novela póstuma. En ese libro, cuatro filólogos —Pelletier, Morini, Espinoza y Norton— trabajan de manera coordinada para que la obra de un escritor prácticamente desconocido hasta el momento, Benno von Archimboldi, consiga el reconocimiento que merece; algo que consiguen finalmente y que les permite adquirir un prestigio agradecido e inesperado.

Quizá lo que me interesa de ambas historias, la real de Dostoyevski y la ficcional de Archimboldi, es que ambas nos permiten intuir cuáles son los distintos agentes que operan en la construcción social de la literatura, un tema al que le hemos dado muchas vueltas en este blog. Porque pensamos que leemos solos, pero en realizar lo hacemos con los ojos de los muertos. Leemos libros con el susurro filológico de aquellos, de aquellas, que se pasaron la vida defendiendo una determinada manera de mirar, que no es otra cosa que una determinada manera de leer la obra de un autor. Y eso es fascinante.

Si tenéis ocasión, leed a Costas Despiniadis.

viernes, 21 de noviembre de 2025

Socavando la montaña mercantilizada


Lo hemos visto en demasiadas ocasiones: decenas de montañeros haciendo cola para poder coronar una cumbre de las que llaman míticas. O montañas de basura acumuladas en parajes alpinos que parecieran haber sucumbido a la pasión del ser humano por las alturas. Hablamos, claro, de los efectos secundarios del alpinismo bajo el régimen del capitalismo de pantallas.

Lo hemos visto por la televisión o en nuestros teléfonos móviles, pero no hace falta ir muy lejos para darse cuenta de hasta qué punto las dinámicas sociales del capitalismo han permeado la práctica de los deportes de montaña en la actualidad. Depredación del medio ecológico, turistificación de entornos naturales, proliferación de rocódromos vinculados a grandes grupos empresariales, deportivización extrema… Y junto a todo lo anterior, la casi obligada exhibición del logro, la integración del éxito deportivo en el branding personal que favorecen las redes sociales y la búsqueda de una anhelada singularidad que, por un lado, corroe los vínculos humanos y, por otro, nos desconecta de toda la otredad que atesora la montaña.

Una tónica generalizada en la mayor parte de los deportes, sobre todo en los que se practican individualmente, y que se replica, al menos en lo que tiene que ver con la explotación de la marca personal y la búsqueda desesperada de una singularidad exclusiva, en aquellos entornos cerrados destinados a la optimización del cuerpo y la mente, ya sean gimnasios, spas o retiros espirituales.

Y es que, a día de hoy, la práctica deportiva y el cuidado del cuerpo, se diría que junto a la psicología positiva y el coaching, se han convertido en dos elementos clave en la producción de una subjetividad que contribuye a la fragmentación social, la individualización de las problemáticas sociales y su patologización; una subjetividad que, a partir de lo anterior, pareciera relacionarnos con el mundo exterior a través de una manera de vivir compuesta de sucesivas experiencias de consumo. Porque sí, la montaña también puede ser consumida, y al menos para algunos lobbies empresariales, debe serlo sin cortapisas, ya que la explotación de los entornos naturales ha de ser un elemento de primer nivel en la reestructuración de la industria de servicios que ha de sostener la nueva fase del capitalismo verde.

Sin embargo, y como casi en todos los ámbitos de la sociedad, también en la práctica del alpinismo y la escalada hay voces disidentes. El pasado 19 de junio, por ejemplo, en una mesa redonda organizada por Piedra Papel Libros en la sede madrileña de la Fundación Anselmo Lorenzo, se dieron cita varios colectivos para hablar de montañismo desde una óptica anticapitalista y eminentemente libertaria. Entre estos colectivos, la Unión de Grupos Excursionistas Libertarios de Madrid, que podría considerarse heredera de aquellos grupos anarquistas que antes de la Guerra Civil hacían de la conexión con la naturaleza una herramienta clave para la autoemancipación de la clase trabajadora, apuesta por un modelo de alpinismo y escalada que, al mismo tiempo que fomenta una práctica desmercantilizada y anticompetitiva, contribuye a volver a conectar el alpinismo con el legado de valores revolucionarios asociados al anarquismo ibérico.

Precisamente, esas genealogías militantes, más concretamente, aquella que conecta a los colectivos anarquistas de montaña de la actualidad con los grupos naturistas y excursionistas libertarios de principios del siglo XX, se pueden rastrear, aun de manera parcial, en La bandera en la cumbre, de Pablo Batalla Cueto, autor también de La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista. Hablamos de dos libros que forman parte de una fecunda cosecha editorial en la que también podemos citar algunas obras importantes y arriesgadas, como Alpinismo bisexual y otros escritos de altura, de Simón Elías, Escalantes e Ingrávidas, de María Francisca Mas Riera, o Cartografías nómadas, Quebrantahuesos, La montaña apócrifa y Fin de cordada, de Olga Blázquez, responsable también del blog Antecima Anticima, donde se pueden leer y descargar gratuitamente algunos trabajos bien interesantes como Sociología del trabajado asociado al montañismo.

Nos encontramos, pues, en un momento donde la progresiva mercantilización del alpinismo y la escalada está siendo contestada, tanto a nivel teórico como práctico, por una pequeña constelación de grupos cuyo trabajo está abriendo nuevas vías de oposición al modelo hegemónico. Rocódromos autogestionados, colectivos anticapitalistas de montaña, grupos excursionistas de inspiración ácrata, libros y fanzines, encuentros y jornadas… No son pocos los proyectos e iniciativas que desde distintos ámbitos están planteando alternativas reales.

Esperemos, por supuesto, que este movimiento vaya creciendo en los próximos años, multiplicando esas voces disidentes y evidenciando que es posible intervenir en una arena política ―la del deporte― hasta hace bien poco pretendidamente desconflictivizada. Estaremos atentos.

- Artículo publicado originalmente en El Salto