Obreras de una fábrica de tejidos de Barcelona donan ropa para las milicias. Archivo Fundación Anselmo Lorenzo (CNT)
Este fin de semana, no son pocos los actos
conmemorativos del 90 aniversario del comienzo de la Guerra Civil. A la sombra
de estos fastos, el movimiento libertario recuerda el estallido, en el verano
de 1936, de la Revolución Social.
Este domingo, 19 de julio, se conmemora en muchos
puntos de la geografía española el 90 aniversario de la Revolución Social. No
se recuerda solo en España. La efeméride también se celebra en distintos países
como Argentina, Francia, Italia, Chile, Grecia o Suecia, entre otros. En decenas
de ciudades se han organizado charlas, exposiciones, seminarios de estudios,
exhibiciones de películas producidas durante la Guerra Civil… Estas
celebraciones pretender rendir homenaje a lo que el movimiento anarquista
internacional, pero no solo, recuerda como uno de los procesos revolucionarios
más singulares del siglo XX: la Revolución Española.
¿Pero de qué revolución hablamos? Hablamos del proceso
de transformación social acelerado que tuvo lugar en España a partir del 19 de
julio de 1936, más concretamente en aquellas zonas del territorio español no
controladas por Franco tras el alzamiento militar. Un proceso revolucionario en
el que el movimiento libertario tuvo un papel destacado y para el que los
anarquistas se habían estado preparando durante décadas.
Y es que, si hablamos de la presencia del anarquismo
en el Estado español, tenemos que pensar que las organizaciones locales de
inspiración ácrata vinculadas al movimiento obrero internacional, tuvieron una
implantación considerable desde el último tercio del siglo XIX. A partir de
ahí, ni los procesos de criminalización orquestados por el Estado, ni la pugna
ideológica con los sectores marxistas, ni la conflictividad interna del propio
movimiento, lograron que la cultura política anarquista dejara de tener cierta
prevalencia en el seno del movimiento obrero español. Una cultura política, la
libertaria, que ponía en el centro de su programa político la preparación para
la revolución, ya no solo fomentando la autocapacitación cultural, ideológica y
militante de cada trabajador o trabajadora afín, sino prefigurando el mundo del
mañana a través de la paulatina consolidación de una institucionalidad autónoma
que no solo pasaba por la conformación de sociedades obreras, sino que también
tenía que ver con la urdimbre de ateneos, escuelas racionalistas, periódicos,
editoriales o grupos naturistas, por citar solo algunos ejemplos, que
insuflaban vida a ese mundo propio.
En todo caso, y para entender todo lo que
ocurrió a partir de julio de 1936, la creación de la Confederación Nacional del
Trabajo (CNT), ya en 1910, supuso un hito de consideración que explica cómo la
articulación del anarquismo español en torno a una organización de masas, en
este caso de carácter sindical, posibilitó que el movimiento libertario,
paulatinamente minorizado a nivel internacional en el primer tercio del siglo
XX, siguiera teniendo una implantación considerable en el seno del movimiento
obrero español. Una pujanza que, en el plano interno, se vio asegurada por la
toma de acuerdos que reforzaron el músculo sindical de la organización —como la
creación de los Sindicatos Únicos (1918-1919)— y también se vio favorecida por
el prestigio alcanzado por la organización anarcosindicalista tras el triunfo
de la huelga de La Canadiense, que posibilitó la aprobación de la jornada
laboral de 8 horas en el marco del Estado español.
Sin embargo, el crecimiento de la CNT y la
proliferación de un movimiento obrero no sometido a directrices partidistas,
autónomo y revolucionario, no fueron bien recibidos por el Estado y la
patronal, quienes primero intentaron amedrentar a la militancia cenetista con
la violencia terrorista ejercida por las bandas de pistoleros del Sindicato
Libre (una violencia que, entre decenas de sindicalistas asesinados, se llevó
por delante a dos secretarios generales de la CNT: Evelio Boal y Salvador
Seguí), y luego, tras la llegada al poder de Miguel Primo de Rivera por la vía
dictatorial, consiguieron la ilegalización del sindicato anarquista y el paso a
la clandestinidad y exilio de buena parte de sus militantes más destacados.
LA CNT EN LA SEGUNDA REPÚBLICA
Tras más de ocho años de régimen dictatorial
encabezado, primero, por Miguel Primo de Rivera, y luego por Dámaso Berenguer,
la llegada de la II República (1931) fue saludada con esperanza por buena parte
de los sectores populares, ansiosos de un cambio de régimen que ampliara las
libertades políticas e hiciera frente a las desigualdades sociales. Sin
embargo, la “república de trabajadores”, tal y como rezaba el artículo 1 de la
Constitución republicana, demostró muy pronto su incapacidad para colmar las
ansias de justicia social de una clase trabajadora cuyas organizaciones
sindicales, la CNT y la UGT, reforzaron de manera considerable su implantación
y número de cotizantes a partir del 14 de abril.
Sería precisamente en este contexto político de
inestabilidad creciente, donde las tímidas reformas emprendidas por la
República eran constantemente torpedeadas por los sectores reaccionarios y la
amenaza fascista empezaba a cobrar forma, en el que la clase trabajadora empezó
a dar fuste al proyecto revolucionario, movilizando sus demandas por la vía de
la acción directa y sufriendo una dura represión por ello; los sucesos de
Castilblanco, Arnedo, Alto Llobregat, Casas Viejas o Asturias, dan buena cuenta
de lo anterior.
Sin embargo, serían las fuerzas conservadoras quienes
darían el paso que pondría en jaque al régimen republicano. El 18 de julio de
1936, el golpe de Estado de una parte del ejército, apoyado por los sectores
reaccionarios de la sociedad española y los regímenes fascistas de Italia y
Alemania, consiguió imponerse en algunas zonas del Estado español, pero no
logró su objetivo de aniquilar rápidamente cualquier conato de resistencia en
los núcleos poblacionales de mayor peso. Por el contrario, en buena parte del
país y a pesar de la oposición de algunos dirigentes republicanos a entregar
armas al pueblo, las organizaciones obreras lideraron la respuesta al
alzamiento, derrotando a los militares rebeldes en ciudades tan importantes
como Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao o Málaga.
En relación a lo anterior, y aunque a día de hoy siga
vigente, en buena medida, la idea de que la respuesta al golpe de Estado por
parte de las organizaciones populares fue prácticamente improvisada, la
realidad es que en muchas localidades con fuerte implantación de la CNT y la
FAI, el movimiento libertario había estructurado Comités de Defensa y Comités
de Preparación Revolucionaria que, a la hora de la verdad, allanaron el camino
para que la movilización obrera, también armada, contra el alzamiento fascista,
acabara teniendo éxito.
UNA TRANSFORMACIÓN INTEGRAL DE LA SOCIEDAD
Fracasada la intentona golpista, el 19 de julio se
abría un horizonte de posibilidades revolucionarias que los trabajadores y
trabajadoras, y muy especialmente los hombres y mujeres del movimiento
libertario, quisieron experimentar de forma decidida, iniciando un proceso de
transformación acelerada que afectó de manera profunda a todas las esferas de
la sociedad española.
En el plano económico, las organizaciones populares,
con los sindicatos CNT y UGT a la cabeza, emprendieron un proceso de toma de
control de los medios de producción que, bajo distintos regímenes de gestión
obrera, favoreció que los resortes de la producción, la distribución y el
consumo, tanto en las zonas urbanas como en las zonas rurales de la retaguardia
antifascista, estuvieran en manos de los trabajadores y trabajadoras. Cambios
radicales en la economía política del tejido productivo que involucraron tanto
al sector público como al sector privado.
El proceso de colectivización afectó a las grandes
empresas, incluyendo aquellas vinculadas a sectores industriales participados
por el capital extranjero, pero también a fábricas, talleres y centros de
trabajo de menor tamaño. En el ámbito rural, buena parte de las tierras
abandonadas por los grandes tenedores, pasaron a ser gestionadas por las
colectividades agrarias, muchas de las cuales, animadas por las organizaciones
sindicales, jugaron un papel indiscutible en la mejora de las condiciones de
vida de la población campesina y jornalera de las comarcas agrarias.
Por otro lado, y aunque uno de los aspectos
fundamentales del proceso revolucionario fue la transformación estructural de
los sectores primario y secundario de la economía, no fue menor la impronta del
programa sindical en el resto de esferas económicas, como el sector servicios y,
más concretamente, en todo aquello relacionado con la cultura. Un buen ejemplo
de lo anterior lo tenemos en las transformaciones acaecidas en el terrero de la
enseñanza, que dejó de estar en manos de la Iglesia y tuvo tiempo de
desarrollarse al amparo de instituciones donde la impronta de la pedagogía
libertaria resultó incuestionable (como el Consejo de la Escuela Nueva
Unificada, en Cataluña). Otro ejemplo es el sector del espectáculo, con
industrias de alto desarrollo técnico, como la cinematográfica, donde el
proceso de socialización se desplegó vertiginosamente, permitiendo, por
ejemplo, que el Sindicato Único de la Industria del Espectáculo de la CNT
produjera más de cuarenta películas en plena guerra civil.
También la gobernanza política de las ciudades y
pueblos de la retaguardia antifascista se vio alterada de forma radical. El estallido
del conflicto armado y los cambios en la estructura de poder de muchos pueblos
y ciudades, afectaron sobremanera al desarrollo habitual de las entidades
locales en la España no controlada por Franco. No solo se crearon consejos
municipales para sustituir a los antiguos ayuntamientos, sino que aparecieron nuevas
instituciones —de vida efímera, eso sí— como el Comité de Milicias
Antifascistas de Cataluña, el Comité Interprovincial de Asturias y León o el
Consejo Regional de Defensa de Aragón, presidido por el cenetista Joaquín
Ascaso, que emanaron directamente de la situación política y social de los
primeros meses de guerra.
Hablamos, por tanto, de un proceso revolucionario, de
base federativa y rápido desarrollo, donde fueron los trabajadores y
trabajadoras, a través de sus organizaciones sindicales, quienes tomaron el
control de buena parte de los resortes de la vida pública, descomponiendo
rápidamente, aunque de manera parcial, la estructura de poder previa al 19 de
julio y dando forma a una nueva sociedad donde el trabajo colectivo no tenía
como finalidad enriquecer a una clase privilegiada, sino dignificar y cubrir
todas las necesidades de la mayoría social.
LA REVOLUCIÓN EN LOS FRENTES
Pero todas estas transformaciones revolucionarias, que
amenazaban la estructura de las relaciones de poder consolidadas en la sociedad
española tras siglos de dominación oligárquica, debían ser defendidas en los
frentes de batalla. Para ello, los trabajadores y trabajadoras, algunos de
ellos enconados pacifistas que durante años se habían opuesto a la guerra
—fueron los anarquistas quienes organizaron el Congreso Internacional de la Paz
(Ferrol, 1915)— y a la política colonial del Estado español —pensemos, por
ejemplo, en los orígenes de la Semana Trágica (1909)—, se organizaron
rápidamente en milicias populares que tuvieron la difícil tarea de hacer frente
al ejército sublevado durante los primeros meses de guerra. Un ejército rebelde
que, recordémoslo, contó desde primera hora con el apoyo de los regímenes
fascistas de Europa (Alemania, Italia y Portugal).
En contraposición a este apoyo internacional al
ejército sublevado, y al margen del papel jugado por las Brigadas
Internacionales en defensa de la República, el eco de la Revolución Social en
el plano internacional favoreció que una pléyade de voluntarios de la
anarquía se incorporara, o bien en el frente o bien en retaguardia, a las
filas de las organizaciones revolucionarias. Como consecuencia de lo anterior,
cientos de militantes anarquistas, anarcosindicalistas y sindicalistas
revolucionarios, procedentes de Italia, Alemania, Suiza, Francia, Suecia,
Argentina y otros países, incorporados a la lucha y afiliados en origen a
sindicatos y organizaciones libertarias solidarias con la CNT, contribuyeron
con su esfuerzo, dando la vida en muchos casos, a la defensa de las
transformaciones revolucionarias impulsadas por la clase trabajadora en el
Estado español.
Más allá de su mayor o menor cercanía con el ideario
ácrata, Camilo Berneri, Emma Goldman, Simone Weil, Georges Orwell, Carl
Einstein, Clara Thalmann, Simón Radowitzky, Kati Horna, Margaret Michaelis o
Mika Etchebéhère, son una decena de estos voluntarios internacionales de la
revolución.
Tampoco fueron pocos los comités y organizaciones
antifascistas que, repartidos por medio mundo, intentaron contribuir —a pesar de las dificultades generadas por sus
gobiernos y el eco de la propaganda contrarrevolucionaria— al sostenimiento de
la lucha desigual emprendida por las organizaciones del movimiento libertario
español. Sin ellos, las fuerzas políticas y sindicales favorables al proceso
revolucionario, hubieran estado completamente aisladas en el plano
internacional, estando aún más desatendidas de armamento, apoyo financiero y
soporte propagandístico.
LAS ORGANIZACIONES LIBERTARIAS: MÚSCULO DE
LA REVOLUCIÓN
Aunque los principios, tácticas y finalidades
revolucionarias formaban parte del ADN del movimiento libertario español desde
sus comienzos, la implantación de las organizaciones ácratas había sido
desigual según las épocas y los territorios, transitando, incluso, largos
periodos de clandestinidad que dificultaron en grado sumo las posibilidades de
intervención política, social y cultural de los y las anarquistas.
Sin embargo, en mayo de 1936 la CNT llegó a su IV
Congreso (Zaragoza) con más de medio millón de afiliados, igualando, como
mínimo, las cifras de afiliación de la Unión General de Trabajadores (UGT). Los
importantes acuerdos tomados en ese congreso, junto con la implantación
territorial y el músculo militante de los afiliados y afiliadas, posibilitaron
que la organización anarcosindicalista fuera la espina dorsal del proceso
revolucionario en buena parte de los territorios de la España antifascista
(sobre todo en Cataluña, Levante y la zona de Aragón no controlada por Franco).
Junto a la CNT, la Federación Anarquista Ibérica
(FAI), la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL), Mujeres Libres
(que llegó a federar a 28000 obreras en enero de 1938), Solidaridad
Internacional Antifascista (SIA), los ateneos libertarios, las escuelas
racionalistas, y todo el tejido de grupos y pequeñas organizaciones que se
reconocían en la genealogía del anarquismo español (como, por ejemplo, la
Federación Ibérica de Estudiantes Revolucionarios), experimentaron un notable
desarrollo organizativo, contribuyendo de manera singular a la obra
constructiva de la Revolución Social.
En todo caso, y para complejizar, el proceso
revolucionario también fue sostenido por otros sectores políticos y sindicales
que, conscientes de las posibilidades que para el conjunto de la clase
trabajadora abría el escenario de guerra social, apostaron de manera decidida por
la vía revolucionaria. En muchas zonas rurales, la Federación Nacional de
Trabajadores de la Tierra (FNTT) de la UGT jugó un papel destacado en el
proceso de colectivización de tierras, poniendo en marcha grandes colectividades
agrarias, muchas veces de la mano de la CNT, y oponiéndose, al menos en algunas
zonas, a la política de contención revolucionaria de Vicente Uribe, ministro de
Agricultura (PCE). También es conocida la apuesta revolucionaria del Partido
Obrero de Unificación Marxista (POUM); una apuesta que, como sabemos, le
costaría cara a partir de mayo de 1937.
LOS FRENOS DE LA REVOLUCIÓN
Sin embargo, no fueron pocos los problemas que tuvo
que enfrentar la Revolución Social desde el primer momento. A los
condicionamientos impuestos por la guerra, le hemos de sumar la oposición del
capitalismo internacional y, en el plano interno, la labor contrarrevolucionaria
de las fuerzas políticas a quienes, por distintas razones, incomodaban las
transformaciones sociales puestas en marcha por los trabajadores y trabajadoras
a partir del 19 de julio.
Los Sucesos de Mayo del 37, la disolución del Consejo
de Aragón o la política de partido (comunista) desplegada por la mayor parte
del comisariado en el seno del Ejército Popular de la República, son solo tres
ejemplos de lo anterior; tres ejemplos, sí, que también nos hablan del papel
jugado por el estalinismo en el transcurso de la guerra.
Tampoco podemos olvidarnos de otros asuntos que, sin
duda alguna, contribuyeron a la irrupción de airados debates en el seno del
movimiento libertario. Uno de ellos fue la obediencia al Decreto de
Militarización de las Milicias Populares promulgado por el gobierno republicano
a finales de septiembre de 1936. Pero sería la participación de militantes
anarquistas, no solo en el gobierno de la República, sino en cientos de
consejos municipales y otras instancias gubernamentales, el asunto más
discutido entre la militancia libertaria en el otoño de la Revolución. Una
decisión que no solo acabaría laminando la unidad de acción del movimiento
libertario en un contexto político en el que se encontraba relativamente
aislado, sino que acabaría refrendando las posiciones más hostiles a la CNT de
una parte del anarquismo internacional.
LA MEMORIA DE LA REVOLUCIÓN
La pérdida de la guerra no solo supuso la imposición
de un sistema dictatorial que vino a restaurar las relaciones de poder que
había quebrado el proceso revolucionario. Significó también la persecución y
práctico exterminio de una cultura política muy singular, la representada por
el movimiento libertario, que, como decíamos anteriormente, a principios de los
años treinta ya se encontraba muy minorizada en el plano internacional.
Precisamente por lo anterior, por la conciencia de la
importancia que tenía para el futuro el recuerdo de la revolución, los
anarquistas, las anarquistas, no solo se preocuparon de salvar buena parte de
la documentación producida durante la guerra civil por la CNT y la FAI,
evacuándola al Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam, sino
que, durante los años del exilio, procuraron mantener viva la memoria del
proceso revolucionario, abordando un
ejercicio colectivo de reflexión crítica que se tradujo, antes que nada, en la
proliferación de un sinfín de relatos testimoniales que, de una manera u otra,
vinieron a complejizar la historia de aquella experiencia histórica.
Unas décadas después, sería justamente esa memoria revolucionaria,
esa conciencia colectiva de la vigencia del legado de prácticas y experiencias de
la Revolución Social, uno de los factores clave que explica cómo la CNT mantuvo
su coherencia en el contexto de la llamada Transición; una conciencia colectiva
que, recordémoslo, ayudó también a que la militancia anarcosindicalista sostuviera
al mismo tiempo un empeño, no menor, en el marco de una sociedad capitalista
con capacidad para disciplinar la disidencia a través de su asimilación: el
afán de impedir que el anarquismo se convirtiera en una moda política más, el
afán de hacerlo valer como una herramienta útil, ya no solo para el conjunto de
la clase trabajadora, sino de todos los sectores sociales desposeídos.
Sea como fuere, la memoria de la Revolución Española
no solo se mantiene viva en el seno de la militancia libertaria actual, sino
que ha servido de inspiración a otros movimientos sociales que, por un lado, se
siguen reconociendo en esa tradición libertaria, y, por otro, han aterrizado en
su quehacer político buena parte de los principios organizativos de los que
tradicionalmente han hecho gala las organizaciones anarquistas. Un legado,
también, que atraviesa fronteras y forma parte de la genealogía política de
luchas tan dispares como las emprendidas por las mujeres del Kurdistán, los
zapatistas mexicanos o la miríada de organizaciones sindicales de matriz
revolucionaria que se reparten por todo el mundo.
- Artículo publicado en El Salto.