martes, 8 de septiembre de 2020

Cinco semanas en globo

Hace mucho tiempo tuve un sueño recurrente maravilloso. Iba por el cielo en mi cama; esta quedaba protegida por una especie de bola de cristal que me aislaba de las inclemencias del tiempo y me permitía volar seguro por el cielo. Incluso podía meterme con ella dentro del mar y contemplar las profundidades. Aún sigue siendo delicioso recordar las sensaciones que tuve cuando, siendo un adolescente, despertaba después de haber tenido aquel sueño fascinante que, en cierta forma, me recordaba a las novelas de Julio Verne que leía por entonces.

En el verano de este año horrible, donde las malas noticias se multiplican y voy con la lengua fuera intentando llegar a todo, he vuelto a los clásicos para intentar aislarme y encontrar un poco de paz. He leído una novela increíble que tenía pendiente, el Frankenstein de Mary Shelley, y hace unos días acabé Cinco semanas en globo, de Julio Verne.

El libro de Verne lo compré hace mil años en una de las mejores librerías de viejo que conozco, la librería Mimo de Jaén. Por entonces acababa de leer Viaje al centro de la tierra y 20.000 leguas de viaje submarino, los dos títulos que, al menos hasta ahora, más me han gustado del escritor francés. Era una época en la que leía a Verne en clave libertaria, quizás influenciado por algunas biografías sesgadas que pasaban por alto parte de su obra. De hecho, Cinco semanas en globo, la primera novela de éxito de Verne, es un viaje en toda regla al epicentro del pensamiento colonialista europeo.

Ahora leo París en el siglo XX, también de Verne, una distopía que escribió justo después de Cinco semanas en globo y que fue rechazada por su editor. La novela fue encontrada a mediados de los noventa y yo supe de ella a través de El lenguaje secuestrado, de Antonio Orihuela, un ensayo que publicamos en Piedra Papel Libros. Ya os contaré.

domingo, 5 de julio de 2020

Cuando los trenes paraban en todas las estaciones


Quienes hemos nacido cerca de una estación de tren, sabemos de la herrumbre y el escombro. Muchos nodos ferroviarios, como Espeluy (Jaén), poco a poco se han ido desmantelando conforme el ferrocarril ha ido perdiendo peso en el transporte de viajeros y mercancías. Por otro lado, el hecho de que RENFE haya apostado de todas todas por la política suicida de la gran velocidad, con trenes como el AVE, ha destrozado el tejido ferroviario de media y corta distancia, que solo ha podido salvarse en los entornos metropolitanos.

El último libro de poesía de José Pastor, Cuando los trenes paraban en todas las estaciones, tiene mucho de este mundo antiguo, y no solo por lo relacionado con el ferrocarril. Porque el personaje que hay detrás de estos poemas es el cronista de un mundo que parece resistirse a las ínfulas de esta sociedad saturada de pantallas, atiborrada de basura emocional y pareciera que cosida, únicamente, por el hilo invisible de las redes sociales.

Lejos del marasmo de la sobreinformación, en algunos poemas, sobre todo de la primera sección, encontramos paisajes casi desérticos que me han recordado a Intemperie, la novela de Jesús Carrasco; hablamos de territorios que no merecen la atención de los medios y donde, aún hoy, es posible construir una vida disidente, desapegada del esquema de valores, basado en el consumo permanente, que nos pretenden inculcar a base de sueños de litio.

En este paisaje, también cultural, en el que acompañamos al protagonista al ritmo de Lou Reed o Camarón, nos encontramos con hombres y mujeres que persiguen justamente lo contrario de la impostación connatural a los medios digitales que utilizamos para mostrarnos públicamente: autenticidad. Es ahí donde se entiende este «y ser infinitamente feliz / y que mi reflejo en el espejo / no llegue a ser un espejismo».

No obstante, la melancolía de lo que se esfuma, esa tristeza sencilla de las cosas que se van, es algo constante en el poemario. Y como un reverso de esa presencia, el gusto por la vida en el momento, el disfrute del vino, la conversación, el silencio en un bar de parroquianos, la tranquilidad de la montaña y el amor, claro, la piel ajena como un territorio liminar, inexplorado, que nos permite guarecernos, aunque sea de manera temporal, del rigor de la tormenta que siempre implica vivir tan solo de lo que producen nuestras manos.

Hablamos, por tanto, de un libro de poemas que nos aproxima a un territorio invisible, que resiste y sigue vivo, donde es posible habitar y convivir de otra manera, lejos de la compulsividad, del desatino permanente de las notificaciones de WhatsApp, de la felicidad fingida y el esclavismo del trabajo, lejos, también, de la poesía imitativa que ni tan siquiera adquiere sentido para quien la escribe.

Os dejo por aquí el enlace a la web de Versátiles, la editorial onubense que ha publicado el libro: https://versatileseditorial.es/

domingo, 3 de mayo de 2020

Varena

Fotografía de Manuel Onetti
Si yo fuera el que escribiera las definiciones del diccionario de la RAE y no su comité de sabios, y junto a la palabra extravagante anotara, por ejemplo, la definición vagar por fuera, tendría mucho sentido afirmar que Varena es un diario extravagante. Lo es por todo lo que contaré a continuación, aunque podríamos empezar por lo evidente: Varena es el diario de un joven andaluz, muy interesado por el mundo del cine y la literatura, que acaba recalando en una pequeña ciudad de Lituania, la que da título al libro. Allí formará parte de una especie de comunidad internacional de jóvenes becarios con los que no se siente demasiado identificado.

El viaje toma una forma circular: Barcelona-Varena-Barcelona. Entremedias, la historia que nos cuenta Manuel Onetti se levanta sobre dos miradas, la del protagonista y la del narrador que le observa desde fuera. Esta tercera persona, atípica en la literatura diarística, parece mirar al personaje como si lo hiciera a través del ojo de una cámara. Aun en la distancia, es imposible no se pensar en Robert Walser paseando por la nieve cuando, a cada tanto, descubrimos al protagonista vagando por las calles nevadas de una ciudad que solo podemos imaginar en blanco y negro.

Una ciudad que, por otro lado, también tiene su propia historia. Una historia compartida con muchas ciudades de una zona de Europa donde las fronteras han saltado a la comba durante siglos. Y es que, tras la finalización de la I Guerra Mundial, Varena formaba parte de Polonia. Luego, al término de la Segunda Guerra Mundial, fue integrada en la Unión Soviética. Y tras la desintegración del país de los soviets, se convirtió en un pedazo de la Lituania libre que conocemos hoy; una joven nación que, sin embargo, arrastra cientos de años de historia y hoy presume de un exitoso proceso de occidentalización bajo el cual se han pretendido enterrar, con poco éxito, las fuertes contradicciones que padece su sociedad.

Precisamente, el programa de empleo internacional que provoca el viaje del protagonista, deriva de una de esas líneas de actuación que aspiran a la europeización del país báltico. Un programa que, como decíamos antes, integra al personaje en una pequeña comunidad internacional de jóvenes con un gran entusiasmo, pareciera que impostado, por todo lo que implica Europa. Y es allí donde naufraga el protagonista de Varena. Naufraga porque, para empezar, siente una profunda desafección con respecto a toda la filosofía del programa que, toda vez que se concreta en un trabajo con poco sentido en una biblioteca pública, no hace sino distanciarle del resto de sus compañeros. Será esto lo que le mueva a a recorrer la ciudad de punta a punta, como un flaneur helado.

En ese sentido, el vagar del personaje, su permanente errancia, nos invita a entender que el elemento cenital del relato es la falta de pertenencia de su protagonista, esa desafección de la que hablábamos antes. Esa es la primera consecuencia de una búsqueda que el personaje sabe fracasada, pero gracias a la cual el lector contempla su mirada insobornable; una mirada que, por otro lado, parece estar constantemente amenazada por la propia tensión del personaje, siempre entremedias de su afán por integrarse y una soledad buscada que obedece a su falta de credulidad. 

Sin embargo, y a pesar de la desolación del paisaje natural, y social, con el que se encuentra el protagonista, vamos descubriendo algunos asideros que impiden que nuestro personaje se hunda en la nieve. Kolia, un descendiente de los niños de la guerra de España, será uno de ellos. Pero también lo serán la escritura de su propio diario, la literatura y sus afinidades electivas en el mundo del cine y la poesía (Andréi Tarkovski, Jonas Mekas o los poetas de la Generación Beat, por citar algunos). Hablamos de la patria difusa de los creadores.

Finalmente, el lector descubrirá junto al protagonista, y no sabemos si junto al propio escritor, un territorio de posibilidad bajo ese clima hostil, que al final ya no lo es tanto. Porque, además de Kolia, descubrimos otros personajes que, como Olga o Yuri, se animan a recorrer parte de la historia de la mano del autor del diario, cuyo nombre nunca llegaremos a conocer.

Lo que sí espero que conozcáis es este libro, muy bien editado por Greylock, que supone un paso más en la carrera de Manuel Onetti, un creador interdisciplinar cuyo trabajo cinematográfico os invitamos a explorar en su web: http://manuelonetti.es/  

sábado, 28 de marzo de 2020

Razón para aferrarse


He aprovechado estos días de confinamiento para montar una pequeña plaquette con cuatro poemas seleccionados de una antigua serie, Razón para aferrarse, cuyos poemas se han ido publicando aquí y allá, pero que nunca ha visto la luz de manera independiente y unificada.

Espero que os gusten.

Os dejo por aquí el enlace de descarga:

lunes, 23 de marzo de 2020

«La Caja de Lot» y «Caja de Formas», una aventura editorial subterránea



Conocí a Sergio R. Franco a principios de 2010. Prácticamente recién aterrizado en Jaén, tuvo la genial idea de poner en marcha un ciclo de recitales, «En la masmédula (poesía)», en el que coincidimos un buen puñado de poetas de la ciudad y donde tuvimos la oportunidad de conocer de primera mano la obra de los mejores poetas de Málaga, que son muchos. Por allí pasaron Antonio Blanco, María Eloy, Beatriz Ros, Isabel Bono…
Aquel ciclo de recitales, cuyos carteles —diseñados por Judit Dato— conectaban, además, con el mapa sentimental de nuestros referentes literarios (pues en ellos aparecían los rostros de algunos de los poetas y escritores que más admiro y admiramos de los siglos xx y xxi), supuso el punto de partida para una estrecha colaboración entre Sergio R. Franco, Ángel Rodríguez, Yolanda Ortiz y yo; colaboración que, poco después de la clausura de «En la masmédula (poesía)», se tradujo en la organización del ciclo mensual de recitales «La Caja de Lot», que desde su inicio se ha venido celebrando en el bar Tijuana y que tomó como nombre una de las secciones de mi antiguo blog, «Nueva Gomorra».
Con el paso del tiempo, «La Caja de Lot» se fue consolidando como un espacio poético con muchas más dimensiones que la estrictamente literaria. Más allá de su evidente espíritu celebratorio, «La Caja de Lot» ha servido de lugar de encuentro para los poetas de Jaén de todas las generaciones. También se ha convertido en un espacio privilegiado para otear, sobre todo, el panorama poético andaluz. Y, cómo no, «La Caja de Lot» nos ha brindado la oportunidad de hacernos con las obras de los autores participantes, cuyos libros difícilmente podrían haber llegado a nuestras manos por las dificultades para la distribución que suelen tener los pequeños sellos editoriales de poesía y porque apenas si nos quedan librerías en Jaén.
Por otro lado, y de forma paralela a «La Caja de Lot», se fueron creando otras iniciativas culturales vinculadas al mundo de la poesía, como «El Club de los Imberbes» o el «Slam Jaén», que nutrieron la escena poética local de nuevos ingredientes, favoreciendo la aparición de nuevas voces y contribuyendo a la generación de un tejido emergente de actividades culturales que, en cierta forma, favoreció la presencia pública de jóvenes autores, generó puentes de diálogo entre poetas de distintas edades y, todo hay que decirlo, animó en cierta forma el ambiente cultural de la ciudad, bajo mi punto de vista demasiado dependiente de las iniciativas institucionales y mediatizado por el complejo de inferioridad que siempre trae aparejado el estar comparándose con otras ciudades permanentemente.
Sin embargo, con el paso del tiempo y la definitiva consolidación de la escena poética de la ciudad, algunos pensamos que no había una relación equilibrada entre esa esfera pública, celebratoria, vinculada a los recitales y distintos saraos literarios, y el paupérrimo tejido editorial jiennense, de tal forma que era recurrente que buena parte de los autores locales que pasaban por «La Caja de Lot» nos comentasen sus dificultades para publicar de manera decente, sin recurrir a la autoedición o a las editoriales instrumentales de las que solicitan dinero a cambio de poder publicar.
Fue a partir de lo anterior cuando pensé que quizá estaría bien abrir una colección de poesía en mi pequeña editorial, Piedra Papel Libros, hasta entonces especializada en el ensayo político, la historia social y el relato corto. Así nació «Caja de Formas».
El nombre es un guiño evidente a la procedencia de la iniciativa, pero también hace alusión al juguete con el que los niños entrenan su razonamiento espacial. Además, el diseño cerrado, muy compacto, de la colección (diez títulos de los que ya han sido publicados nueve*) pretendía poner en valor el concepto que hay detrás de «Caja de Formas», que no es otro que permitir un acercamiento a las distintas formas de entender la poesía que, a día de hoy, persiguen y encuentran la excelencia de maneras muy dispares; también en Jaén.
Desde ese momento, nueve títulos han encontrado cobijo en esta modesta colección que, a pesar de ello, nos ha brindado muchas alegrías a todos, empezando por los editores y terminando por todos los lectores que nos han felicitado por el desarrollo de la misma y con los que hemos tenido el gusto de compartir impresiones en las presentaciones y recitales organizados al calor de la salida de los distintos títulos publicados hasta ahora.
El primero de ellos fue No hay nada que huya, un libro de poemas que Joaquín Fabrellas, escritor jiennense experto conocedor de la obra de Manuel Lombardo Duro, estuvo incubando durante años y que supuso el relanzamiento de su trayectoria literaria tras un largo periodo de mutismo editorial.
Ni que decir tiene, del poeta malagueño Antonio Blanco, a quien tuvimos la suerte de escucharle recitar en una de las citas de «En la masmédula (poesía)», fue el segundo título de la colección. Su presentación en Jaén tuvo cabida en uno de los recitales de «La Caja de Lot» y fue una de las noches más memorables del ciclo.
Por su parte, Cuaderno de veredas, de José Pastor, tercer título de la colección, fue el primer libro de poemas del autor afincado en Las Alpujarras, muy querido en Jaén, que previamente había publicado en formato fanzine bajo el mítico sello Ediciones Raro y al que me une su especial querencia por la literatura bloguera.
 Poemas rescatados de las llamas, de Víctor Mesa, se convirtió en el cuarto libro de la colección, siendo el primer poemario de relativa extensión publicado por el autor jiennense. Hablamos de un libro que puede leerse como un viaje hacia el futuro de toda una generación asediada por la precariedad existencial que, sin embargo, resiste con lo que tiene: el amor, la amistad y el compromiso con la vida.   
Al ecuador de la colección llegamos con Las voces indomables, de Manuel Lombardo Duro, cuya obra seguimos desde hace años con fidelidad y que ya había publicado Nadie de nada con Piedra Papel Libros, un poemario extenso de carácter antológico preparado y prologado por José Viñals.
El sexto libro de la colección fue Pequeñas canciones para un circo mudo, de Ángel Rodríguez, uno de los organizadores de «La Caja de Lot». Se trata de una obra muy particular en la bibliografía de Rodríguez, pues se compone de poemas cortos, muy simbólicos, a través de los cuales se entrevé una historia personal de desamor marcada por la melancolía y el desconsuelo.
Vonlenska. Una historia finita, de Araceli Pulpillo, coeditora también de Piedra Papel Libros, se convirtió en el séptimo título de «Caja de Formas», siendo el primer poemario de relativa extensión publicado por la poeta de Rus, la más joven del grupo, que con una versión escueta del mismo había ganado previamente el Premio “Facultad de Humanidades” convocado por la Universidad de Jaén.
Por su parte, Manual para nadie, de Isabel Tejada, prologado por la escritora madrileña Layla Martínez, se convirtió en el octavo libro de la colección, dando continuidad a la trayectoria editorial de esta prolífica poeta jiennense, cuya obra ha recibido merecidos reconocimientos en distintos certámenes poéticos, y que animó durante mucho tiempo el programa de literatura Baldosas amarillas, emitido por la radio de la Universidad de Jaén. 
Finalmente, Bóveda celeste, de Sara M. Bernard, noveno título de la colección, ha sido también el primer libro de la periodista y escritora malagueña afincada en Galicia, conocida por su magnífico blog «Libres para nada» y que esperamos presentar pronto en Jaén.
Si todo sale bien, pretendemos cerrar la colección «Caja de Formas» con una obra inédita** de Yolanda Ortiz, otra de las coorganizadoras de «La Caja de Lot», y sin duda una de las voces con más futuro del panorama poético local. Con la publicación de su libro, cuya fecha de salida aproximada es hasta ahora incierta, llegaremos al final de esta pequeña aventura editorial que, al fin y al cabo, nos ha servido a todos como excusa para seguir celebrando la amistad, la literatura y el amor a la vida. No en vano, lo mejor de la poesía es eso.

Juan Cruz López
Artículo en Piedras Lunares

* A día de hoy, ya se han publicado los diez títulos de la colección.
** Tierra de malvas es el nombre del libro de Yolanda Ortiz que cerró la colección.

sábado, 18 de enero de 2020

Paisajes imperiales (y II)

Paisajes de El imperio, de Ryszard Kapuscinski. Del pintor y el poeta.


De Bruno Schulz decía un alumno suyo que a veces, cuando no tenían ganas de trabajar en clase, le pedían que les contara un cuento y él siempre accedía. Cada vez que pienso en la vida de Bruno Schulz, imagino el terror que le debió acompañar durante la ocupación nazi de Polonia. Schulz era judío y durante un tiempo pudo librarse de la muerte gracias a sus cuadros. Literalmente. Parece que fue un oficial de las SS quien tomó a Schulz bajo su protección, animándole a que pintara para él varios frescos y murales con los que decorar su casa. Sería otro maldito nazi quien, por un tema de rencillas personales con el protector de Schulz, le acabara matando de un disparo en la cabeza en plena calle. El asesino se llamaba Karl Günter. Que su nombre no se borre de la historia: fue él quien acabó con la vida de uno de los creadores más sobresalientes de la historia contemporánea de Polonia.


Yeghishe Charents, armenio, fue otro de los poetas revolucionarios que se enrolaron en el Ejército Rojo durante la Revolución rusa. Él también confió en el potencial salvífico del socialismo, creyó como otros tantos en la belleza de la destrucción y puso su pluma al servicio del PCUS. Durante años, cientos de artistas y poetas giraron la cara cuando la mano de hierro se cernió sobre otros compañeros de viaje... Nadie sabe muy bien qué oscuros mecanismos te acababan conduciendo al patíbulo durante el periodo de las purgas estalinistas, pero lo que sí sabemos con certeza es que Charents también fue víctima de ellas. Murió asesinado en 1937. Dice Kapuscinski que Charents era el poeta más preclaro de Armenia. A poco que uno lee cuatro cosas sobre él en internet, entiende que se le puede considerar uno de los mejores poetas armenios del siglo XX. También acabaron con su vida sin pestañear, sin considerar por un segundo qué sería lo que la historia contaría de sus asesinos. Llegados a este punto, pensar en Lorca es irremediable.  

lunes, 16 de diciembre de 2019

Paisajes imperiales (I)

Paisajes de El Imperio, de Ryszard Kapuscinski. Del templo y el músico loco.


5 de diciembre de 1931, Moscú. Por orden de Stalin, una pléyade de artificieros vuela por los aires la catedral de Cristo Salvador de Moscú, uno de los tempos religiosos más grandes de Rusia, cuya construcción finalizó en 1883. En su lugar, los planificadores comunistas querían construir el gigantesco Palacio de los Soviets, un proyecto que habría de ser coronado con una estatua de Lenin de 100 metros de alto. El estallido de la II Guerra Mundial abortó el proyecto. En 1961 se construyó en el mismo sitio una piscina pública.


Shogomon Gegorvi Soghomonian, llamado Komitas Vardapet (1869-1935). Músico armenio, nacido en Kütahya, en el antiguo territorio del Imperio Otomano. Le vio las orejas al lobo cuando los turcos le apresaron y estuvieron a punto de matarle durante el genocidio armenio. Solo la presión internacional sobre Turquía logró salvar su vida. Después de tan traumática experiencia, perdió la razón y acabó sus días en un psiquiátrico parisino donde murió a los sesenta y seis años. Está considerado un héroe nacional de su país.

lunes, 30 de septiembre de 2019

«Ahora puedo recordar que una vez fui escritor»: correspondencia de Carl Einstein


Las últimas moscas del verano revolotean por el salón. Dentro de poco, el frío del otoño castellano dará cuenta de ellas. Sobre la mesa, un libro del que me cuesta apartarme, Carl Einstein en la Revolución española, una pequeña compilación de textos del crítico alemán que incluye varias cartas, una de ellas dirigida a Pablo Picasso. Copio un fragmento:

«No puede usted imaginarse hasta qué punto me siento feliz por haber luchado junto a sus compatriotas. Se trata probablemente del mayor recuerdo de mi vida. Y nadie que no lo haya vivido puede saber hasta qué punto me emociona la fidelidad de mis compañeros. Cuando nos reunimos, nos sentimos felices sin necesidad de decir gran cosa. Son hombres verdaderos, llenos de dignidad y devoción, unos magníficos soldados. Lo único que me preocupa es no haber hecho lo suficiente pese a haber dado todo lo que tenía. Créame, siempre estaré dispuesto a dar mi vida por su país, y no estoy haciendo literatura».

Claro que no lo hacía. Hoy, que no me puedo quitar de encima esta extraña desafección con respecto a la literatura, pienso en el Einstein cansado, derrotado en la guerra de España, el mismo que, en el intento de huir a Inglaterra, fue detenido y deportado a un campo de concentración. Pienso en aquellas cartas que le mantenían unido a su antiguo mundo, el de sus viejos amigos, un territorio afectivo que se acabaría estrechando cada vez más. Rotos los puentes, solo le quedó saltar de uno.

La historia de Carl Einstein siempre me ha sacudido. En una carta escrita a un amigo, el marcharte Daniel-Henry Kahnweiler, el 6 de enero de 1939 desde Barcelona, anotó: «Ahora puedo recordar que una vez fui escritor [...] Vivir sin miedo es la única manera de existir». Apenas tres meses después, acabaría la guerra y cruzaría la frontera con Francia. En ese país, que Einstein amó también hasta las trancas, pasaría su último año de vida, intentando huir de los nazis, sí, pero también cansado de un mundo que parecía sucumbir sin remedio al espanto del totalitarismo. Y ese cansancio no es una cuestión menor. Creo que lo sentían Zweig, Toller y Benjamin, entre otros. Yo solo estoy cansado de escribir y de no hacerlo al mismo tiempo. Nada comparable a lo vivido en esos años de tormenta. Pienso finalmente en la última carta de Benjamin a Theodor Adorno, en aquel fragmento en el que hablaba de la falta de esperanza para ellos y -cómo no hacerlo- me pregunto si habrá esperanza para nosotros.

Acabo con un fragmento de una carta que Gottfried Benn dirigida a su amigo Einstein: «En resumen, albergar esperanzas es: tener ideas equivocadas sobre la vida, sobre lo que esta exige y sobre lo que puede ofrecer y, principalmente, sobre lo que uno ha de hacer y soportar sin esperanza».

domingo, 15 de septiembre de 2019

Escribir contra la muerte: Yevguenia Yarovslávskaia-Markón


Hace una semana y poco, cuando escribí el último post del blog, no pensaba que me iba a dar de bruces con otro texto escrito poco antes del asesinato de su autor. De hecho, no sabía nada de Insumisa (Armaenia, 2018) hasta hace unos cuantos días, ya que no leí ninguna de las reseñas que celebraron la aparición del libro en España y nadie de mi entorno me lo había recomendado hasta ahora.

El descubrimiento del manuscrito de su autora también fue casual. Según nos cuenta Irina Fliege, Directora del Centro de Investigación e Información "Memorial" de San Petersburgo, lo encontró en el Archivo del Servicio Federal de Seguridad de la Región de Arjánguelsk. Sé de buena ley que los archivos siguen guardando joyas literarias que esperan ver la luz y por eso me sigue pareciendo imprescindible la labor de los investigadores que deciden dedicar su vida a rastrear la memoria de los olvidados.

No conozco demasiadas historias sobre el gulag y tampoco he leído mucho sobre el tema. De hecho, hace unos meses, justo después de leer El Imperio, de Ryszard Kapuscinski, apunté unas cuantas referencias literarias e históricas sobre la red de campos de concentración soviéticos. Insumisa, sin embargo, me parece un relato que va mucho más allá de ser un mero texto de denuncia de la crueldad del régimen comunista. De hecho, y quizá porque tengo demasiado cerca la lectura de La gente del Abismo (Gatopardo Ediciones, 2016), las partes del libro que más me han interesado son aquellas en las que Yevguenia Yarovslávskaia narra su inmersión en lo que ella misma llama el mundo del hampa y el lumpenproletariado.

Más allá de lo anterior, la breve autobiografía de la autora cuenta su desencanto con la Revolución rusa, los vaivenes de su militancia política, el viaje por Europa con su compañero -el poeta anarquista Aleksandr Yaroslavski- y su espiral de detenciones e internamientos que, poco después del cierre de su cuaderno, acabaría con su fusilamiento.

Finalmente, otra de las cosas que me parecen más valiosas de la edición del libro es la colección de anexos que acompaña a la autobiografía. Por un lado, la literatura procesal -interrogatorio, acta y sentencia a muerte de Yevguenia- nos permite observar de cerca la maquinaria legal que posibilitó la persecución política de la disidencia. Por otro lado, el testimonio del guardia A. I. Mislitsin, que da cuenta de las últimas horas de la autora, nos ayuda a comprender el equilibrio de fuerzas, a veces tan precario, que sostuvo el aparato represivo del régimen soviético.

Si queréis ampliar, os recomiendo que le echéis un vistazo al espacio del libro en la web de la editorial.