Mostrando entradas con la etiqueta campo de tiro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta campo de tiro. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de enero de 2017

Tú como el otro

Foto de Michal Macku
He visto su rostro surgir del sueño. Nada había debajo de los párpados que no fuera esa sucia sensación a incertidumbre. Quisiera limpiar de la memoria el escorzo blanquecino contrapuesto al oscuro amanecer de aquellos días, cuando de nada me valió recordar que había nacido para caminar sin miedo. Nadie elige el suyo. El mío habita en los pliegues de esa piel que no comprendo, que no puedo leer porque se escapa de su propia humanidad. He sido incapaz de adivinar la marca de sus gestos en papel. La animalidad de sus palabras marca el ritmo con el que temo adivinarme uno de ellos. ¿Qué de mí queda en esa almohada crepitante? ¿Cuánto de vosotros heredé sin yo saberlo? No quiero respuestas… Necesito, únicamente, descansar de su mirada, salir del foco de mi propio espanto, ser capaz de imaginar y darle forma a la puntual iniquidad con la que suelo traicionar la pesadilla. Se trata quizás ―quiero decirme― de combatir el mal haciendo frente a su legado, ejecutando el baile a sabiendas de que, más allá de la impostura, existe una pequeña posibilidad de redimirnos de la culpa. Recuerdo la lección del matemático: menos por menos es más. Cruzo los dedos invocando un signo que me ayude a sortear la maldición de los cobardes. Quiero sacudirme el asco y eliminar la náusea. En el sueño, arrumbado en un rincón, me he visto temblar como un venado enfermo. Si tuviera ceniza para limpiar la habitación… De noche vuelvo a la cama con un arma en la conciencia. Quiero darle batalla. Que venga, pues, el rostro a destapar la caja. Ahora sé qué es lo que hay dentro y no me asusta. Ya comprendí el símbolo.

martes, 27 de septiembre de 2016

El escritor es un tramposo


No nos vamos a engañar. El escritor es un tramposo y al primero al que se la juega es a él mismo. Siempre hay un engaño. Uno de ellos, quizás el más recurrente, es pensar que se puede dejar la vida en suspenso dedicándose a escribir. Cómo si no hubiera vida en la literatura... Qué va, es imposible. 

Sucede a veces que quisiéramos apartarnos de todo, esquivar de forma definitiva el abrazo de la necesidad, huir del tiempo material que nos fue dado y centrarnos en lo que nos gusta (burda forma de llamar a lo que no nos incomoda). Es una especie de sueño redentor que uno acaricia a cada tanto y que -pensamos- podría alejarnos de la miserable realidad que nos amamanta día tras días. Pero todo es mentira.

Un escritor escribe. No necesita hacer de su oficio una coartada ni un truco de magia para desaparecer sin dejar rastro. Qué inútil determinación la de escapar del mundo dormitando en la ficción. Él sabe que es imposible huir. La literatura nos confronta con todo aquello que anhelamos olvidar y lo hace más vívido. No hay historia que nos resguarde. Un relato por escribir puede parecerse a un campo de minas, solo que es uno mismo quien las pone y quien las quita, quien lo cruza con el alma en vilo y quien puede salir volando. Al fin y al cabo, la literatura también puede concebirse como un tablero de ajedrez. Con algo de suerte, el peón puede atravesarlo entero, coronar y convertirse en dama. ¿Pero eso nos sirve de algo? Ningún tipo de gloria puede torcer el rumbo de lo irreparable. 

domingo, 3 de mayo de 2015

El niño, la poeta y el pintor

Mascha Kaléko (1907-1975)
i

El diario de las obsesiones crece. Ahora se trata de mantener la calma y controlar la náusea. Es algo distinto esta vez: no ves al ciervo tirado en la esquina, temblando casi exhausto, sino al niño ciego que tantea por el pasillo queriendo saber más. Pero las obsesiones... En el sueño la poeta deambulante, su mirada inteligente oteando lo que hago detrás del cristal de la cafetería antigua. Entra. Nos intercambiamos un par de cuadernos. El mío está lleno de poemas breves que pretenden ser certeros. El suyo, sin embargo, solo tiene dibujos a lápiz de un autor que, aparentemente, creo conocer bien. Es Otto Dix

ii

Él no aparece, claro. Su historia apenas se pergeña en un par de anotaciones hechas en una libreta vieja que por ahí anda perdida. Yo también quise escribir con la mirada puesta en el desastre consiguiente a la Gran Guerra. Pero ya no. Mi gran guerra ganó también su sitio y entonces fue imposible darle espacio a la ficción. Ya no bastaba con imáginar y tener ganas. El sueño del escritor se derrumbó cuando la pesadilla tomó cuerpo y las manos se retorcieron -como en un cuadro de Schiele- incapaces de escribir con claridad cuatro palabras. Volvamos al sueño.

iii

Otto Dix (1891-1969)
El niño ciego avanza tanteando por el pasillo a oscuras. Su madre, Mascha Kaléko, le sigue lentamente por detrás. Sus libros han sido quemados en la hoguera y sus versos, melancólicos y urbanos, parecieran resguardarse del espanto sumergidos en el sueño de los jovenes poetas neoexpresionistas. En tu cuaderno demuestras que conoces el destino que le espera al niño. Tienes un dibujo de Otto Dix tatuado en la garganta y Mascha Kaléko te sabe entre los suyos. En el sueño, poco antes de acabar, le has ofrecido protección con un pequeño gesto, sin duda estúpido, que ella te ha sabido disculpar con elegancia. Se despide regalándote un poemario de Georges Trakl. Ya no recuerdas nada a partir de ese momento. Solo quedó prendida su media sonrisa, sabia e interrogante, brillando en la memoria bajo el sol de esta mañana cálida.

jueves, 23 de abril de 2015

Una oscuridad habitable


i

La noche crece, inesperada, en tu interior. No es malo. No es bueno. Sabes cuál es tu precondición. Saboreas el tiempo de este acontecer distinto. Quizás subestimaste tu propia capacidad. No sabes cuántos pasos te harán falta para dar el salto... Ya ni siquiera te preocupas por eso. Tal vez sea esa tu mejor victoria; la única irrefutable.

ii

Tus lecturas abandonadas en un rincón de este lugar del mundo. Habitaste estas paredes con la extraña determinación de un morador de paso. Ir desde aquí al sitio que elegiste cuando, hace mucho tiempo, renunciaste a pastorear junto a los otros. Ya te da igual presentir esa tormenta. No habrá nadie que te arranque tu secreta satisfacción. 

iii

La alegría, te dices, con la media sonrisa de tu boca torcida. No sabes ni por qué te mereciste renacer de nuevo. Esa maldita primavera, una vez más, incombustible. Todos los caminos te parecen habitables. Esa aventura ciega que está por llegar... De la mano del antiguo salmo, resbalas consecuente con la vieja lección del cuerpo. Te meces en el viento de su piel y ya no temes. El deseo que no sacias testimonia tu bendita curiosidad. Tu sed ya no es la otra. Cuánta fortuna al fin. 

iv

Qué llueva o truene, da igual, llevas la marca de los que nunca desesperan. La paciencia ya te colma de esperanza. Un paso delante y luego otro... Giraste la cabeza y viste destellar los ojos de la fiera. Que te huela y te persiga, te dices con las manos llenas de polvo. Miras al cielo sin miedo. Caen las primeras gotas. Ya llueve. Sientes como se hincha el mundo (y tú con él). Podrías dormir mil años. 

sábado, 14 de marzo de 2015

Apartamiento

i

Pero míralo. Él es el paseante. No te interesa precisamente por eso. Ya has hablado demasiado del camino. Ya te sabes todo aquello de las huellas por marcar, lo de la lección de los maestros o el rumor del invisible. Ahora es otro. Otra cosa también. No es el camino, piensas, el hecho de avanzar, anticiparse, recorrer con tino la ruta marcada, sino el gesto simple de apartarse, quedarse atrás, abandonar el rastro y renunciar al premio secundario del reconocimiento.

ii

Entonces otra cosa, dices. Barajas la idea de sacar al personaje. Pero hoy no. Aquí y ahora, tú sin zarandajas, tú expuesto al tú que te amartilla y acompaña, allí del otro lado, de pie -eso imaginas- del teclado donde cueces la espera. Ese otro tú que estar por llegar, ahora te aguarda, pero exige apartamiento. Y eso significa renunciar al verbo fácil, despreciar el palabreo y el querer estar. Que salgan a la luz los hijos del tiempo plano, que no te importe ni un segundo su estúpida afición a la luz de los teatros. Esa insipidez no ha de bailar contigo.  Saber ser implica enmudecer a veces, aunque va quedando menos.

iii

Te palpas la boca y ya no te sabe a hilo. Falta poco para empezar la cuenta; y la cuenta es una historia hasta hace poco muda. Vas a perderte una vez más. Solo tú conoces de qué está hecha esa niebla. Te arraigará bien pronto. Aprendiste la lección del viejo loco, pero no verás la nieve de tan cerca. No todavía.

martes, 18 de noviembre de 2014

Dedos


i

El relato es frío. Lo escribes boqueando, procurando contener el aire. Ya no te asfixias. El relato es áspero, te tiene miedo y sale a trozos. El relato (te) es incómodo. Te huele a traición. Es imposible no perderse en lo que cuentas. Tu imaginación viene del sueño y en el sueño se prendió la angustia. Todo lo demás, ceniza.

Un ciervo herido se estremece de dolor en una esquina de tu vieja terraza. Da igual cómo demonios llegó hasta allí. Esa es la imagen. El cuento quiere escapar de ella, pero es imposible (porque tú estás dentro).

Pero ese es el sueño. Lo del relato es otra cosa; es esto que quieres narrar ahora. Una mujer y un hombre bajo un farol, en plena noche; frío polar y un saludo apenas intuido en la manera de mover las cejas. Se diría que son desconocidos. Y es que en verdad lo son.

ii

Caminan por las callejuelas del casco viejo. La fiesta muere cuando amanece el miedo. Pero eso es para otros. Hablamos de otra cosa... Se trata del frío, que pretende devorarlo todo. La memoria de la inconsistencia de las cosas. El amor, esa presencia ciega, derretido en las baldosas por donde caminó con los fantasmas. Se trata de la tierra muerta, el bosque quemado, la memoria hecha papel y las palabras.

El cuento sigue. Llega a la boca del portal. Él saca las llaves y ella se quita la chaqueta con gesto de cansancio. Sin luz en la escalera, abren la puerta de la casa a tientas. Les saluda una oscuridad aún más profunda. Vacía y ya sin muebles, la casa es todo lo contrario a un floreciente hogar. Allí no hay más fulgor que el de sus cuerpos.

iii

La habitación es muy pequeña. La persiana rota no deja pasar sino un tímido haz de luz artificial. No pueden ver nada. Uno frente al otro, se desnudan mutuamente casi tiritando. Ni tan siquiera hay mantas. En el relato, los cuerpos se acomodan en el suelo; uno de ellos apoya la espalda en la pared y, poco después, comienza el baile. Se prestan el sexo, hacen y deshacen, callan. Ambos guardan un silencio que no es cómplice sino justo lo contrario, les sirve de espectador. En el relato, se miran traspasando la barrera de la niebla, intuyen sus ojos a través de tanta sombra. La piel, apenas encendida, barrunta la tormenta del placer. Sus cuerpos guardan la memoria de la supervivencia, pero no se aman; sus cuerpos cuentan una historia que va más allá de las palabras fáciles. Sus cuerpos son dolor. Y lumbre, hoguera vieja en la casa del hombre. Pero hay espinas dentro de él.

iv

Él siente la noche como una prolongación de su ceguera. El frío no le asusta porque más lleva por dentro. Abre la boca. Él abre la boca.

Ella le mete los dedos dentro. 

La habitación se estira y el calor hace más ancho el gozo. Después de un par de horas, ya huele a cuerpos, ya huele a vieja -y nueva- humanidad triunfante. Lugar propicio para el sueño y el descanso, uno encima del otro duermen hasta que sale el sol.

v

Ella recoge sus cosas. Ahora se ve algo. Él duerme de espaldas, desnudo, hecho un ovillo... El ciervo tiembla en su sueño. Alguien vendrá a apuñalarlo. Ella baja las escaleras corriendo. La prisa del lunes le hace olvidar el bolso. Cuando llama al portero, ve la mancha de sus dedos. Es roja. Él abrió la boca. La mujer los metió dentro. No será ella quien tendrá que rematarle. Se habrá de cobrar el precio, el viejo cazador sin rostro.  

jueves, 24 de julio de 2014

Boca cerrada


i

Cierras los ojos cuando todo queda en silencio. No duermes entonces. Horas después sí. Ese es mi cálculo. Poco tardas en despertar. Sin descanso y sin aurora, abres los ojos acosado por el susurro de un enemigo que conoces a la perfección. Hoy te habla en sueños. Ayer te agarraba de las tripas como un veneno astuto.

ii

Sales a pasear cuando todavía es de noche. No hay nadie en las calles. Miras hacia arriba y ves prenderse alguna luz. Tú como ellos, tendrás que ir al trabajo. Antes, el paseo te sacude la vieja sensación de asfixia. Trincheras y máscaras. Una vez fuera, lejos de ti, todo parece transcurrir distinto. Ya no miras como antes. Ya ni tan siquiera ves.

iii

Entras en una cafetería. Solo estás tú y un camarero, medio dormido, que friega los platos de un público ausente. Pides un cortado. Miras la tele. Noticias. Quieres olvidarlo todo. Se suceden las imágenes como en una ensoñación líquida. El camarero baja el volumen y ahora solo ves la imagen de un hombre que enseña una foto. Clama. La foto es el horror, no eso que te pasa por la piel ahora -insisto- sino aquello que te cruje cuando te vuelves otro; no lo que resbala y luego se olvida, sino eso, lo que queda y permanece, la voz y esa maldita imagen que no te puedes sacar de la cabeza, como esta otra... Eso es. Él mientras tanto, clama. El otro, clama. Enseña la foto a una audiencia que cierra la boca. Callan. Ellos callan. Le miran y callan. Ese hombre abre los ojos con desesperación, luego los baja. Mantiene la foto en alto. Tú bajas la mirada también. Hoy no podrías soportarlo... Finalmente, callas; como ellos, tú. 

miércoles, 2 de julio de 2014

Uno dentro de otro


En el sueño es de noche. Ella camina delante de ti, pero ni siquiera ves su espalda. Hace frío y tienes un mal presentimiento. La angustia te hace caminar despacio. Ella se aleja. Recuerdas la vieja pesadilla intrusa. Un sueño dentro de otro, dices. A los lados, no se ve nada. La antigua compañía abandonó hace ya tiempo. Saliste de la guerra solo. Finalmente, pierdes de vista tu propio camino. Ella no está. Y tú tampoco.

En el sueño es de noche. Has tenido el valor de caminar entre las bestias y la suerte de salir indemne. Por ahora. No sabes qué es lo que te acecha entonces. El animal informe aguarda su oportunidad postrera. Te abres paso entre malezas. No ves nada y las espinas se te clavan en la piel a cada tanto. Solo quieres vivir. Es el instinto. Al cabo de unas horas, detrás de una arboleda, intuyes una mancha más negra que la propia oscuridad. Te acercas. Pones un pie. Y luego el otro. Algo se parte. Caes.

En el sueño es de noche y ruedas por una duna infinita. Sientes el rostro abrasado por la arena helada. Si pudieras verte, descubrirías tu rostro cubierto de una pátina salada y blanca. Una máscara doliente. Pintura sacrificial. Cuando llegas al fondo, escupes sin saberlo un pedazo de piel muerta. Estaba dentro de ti. Nadie diría que tuvieras el coraje de las serpientes, de aquellos animales que también se autoliquidan. Ni veneno ni memoria, ese es tu sino. Avanzas. No tienes mapa. Hueles a humo. Aquello lo viste en otro sueño reciente.

En el sueño es de noche. De reojo, a un lado, cazas el brillo de algo parecido al metal. Si hay luz, hay esperanza. Si hay luz, también hogar. Poco después, nublada tu mente de tanta sed, descubres la palmera ardiente. Brilla su cuerpo iluminado por el fulgor del fuego. Tiene los brazos cubiertos de pequeñas partículas de cuarzo. Ella también te ve. El desierto os robó la historia y al miraros os sabéis seres rehechos. Te acercas. La sed desaparece al tiempo que os reconocéis distintos. Ahora puedes recordar aquel final... Olía a futuro. 

Entonces despiertas. Un sueño dentro de lo que a veces parece una pesadilla irreal. Te giras y tocas su cuerpo tibio. Ella duerme a tu lado. Hace un poco de frío. Pones la oreja en ese lugar donde no llega la voz. La abrazas. Abre los ojos. Te mira tan hondo que no puedes ocultarle nada. Sabrá que la amas. Sabrá que tu enemigo es ciego. Sabrá del sueño y de la pesadilla oculta. La brisa de la mañana agita ligeramente las cortinas. Sonríes. Sabrá que has dejado de huir.

domingo, 15 de junio de 2014

Noche abierta con Trakl

Quién puede dormir, Georg... Quién puede dormir ahora. Nadie. Nadie puede dormir ahora. Tú, con tus poemas amarillos y la foto de tu hermana arrugada en el bolsillo de atrás. Yo, con tus libros y mis cuadernos mezclados sobre la mesa, ya con la lengua hinchada y la historia rota, el paladar partido. Recuerdo el verso... Es parecido a una tormenta. No quiero mirar de nuevo. Me susurras al oído que meta la cabeza dentro, que abra los ojos. Es muy viscoso. Por qué salió mal, Georg, cómo podemos soportar tanto.

Un poema que habla de castillos abandonados, casas en ruinas, un pozo en el que alguien tira toda su ropa, todos sus libros... El fracaso resbalando por la piel. Huele muy fuerte. Tú lo sabes bien, Georg, a qué hemos venido aquí. No tengo guerra y luego tampoco hay paz... Oyes sus gritos. Todavía los oyes. Cuántos muertos dependen de ti... No tienes vendas con qué curarme, Georg; se te acabó el tiempo y la morfina y ahora esos chillidos clavados en el vientre. Mis poemas ya están morados, huelen a cieno. Te dije que no vivirías para contarlo. Te dije que olvidaras a tu hermana. Te dije que me enseñaras a olvidar.

Cuando me coges las manos y me miras de frente, todo el presente me sabe a polvo. No tengo fuerzas, Georg, tú sabes de lo que hablo cuando te escribo aquello de los caballos muertos abiertos en canal. Sus ojos inconsolables, la vida como ese soplo de viento frío... Tú los has visto. Vamos a huir de madrugada. Destruyámoslo todo. Que no quede más esperanza que dar o regalar, que no queramos empezar de nuevo, que se aleje de una vez el aire limpio, el tiempo del amor inesperado sobre la cama vieja. Vamos a cavar un pozo. Será un poema negro, ancho y hondo, como uno de aquellos cráteres. Tú me dirás lo que hay que echar. Por no tener, ya no me queda ni tan siquiera angustia. Pesa demasiado esto que sabe a decepción.

Leo tu vida como si fuera un cuento, Georg, un cuento ruso. Fuiste valiente. Fuiste obstinado. Confundo aquellos versos con las palabras del sueño. Es mucho más que eso... No es solo la ceniza de la víspera, sino el jardín seco. Si sigo tu consejo, me acabaré convirtiendo en alguien que no quise ser. Me aferro a las espinas para no caerme. Es el desequilibrio. Poemas amarillos en el centro de la noche enferma. Hace calor, pero yo tengo frío. Te miro a los ojos como si pudieras revelarme algo, darme la clave de tanto error. Pero tú callas. No puedo dormir.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Plata

 Una obra de Kenton Nelson

1

El personaje se asoma a la ventana. La ventana es vieja y detrás la noche. El estómago arde. Pasó la náusea.

Se da la vuelta. Ella duerme a su lado. Respira hondo y habla en sueños, aunque solo a veces. El personaje se echa a su lado. Cierra los ojos. El roce de la sábana tibia le reconforta. Huele a oscuridad.

De pronto, como un destello en la memoria, el brillo de sus pulseras de plata. Sonríe. Ya le da igual dormir. Rehúye la idea de que está siendo feliz. Se aferra al sueño.

2

Por la mañana, la tos augura una mañana complaciente. Este eres tú, te dices al mirarte de reojo en el espejo. Nada ha cambiado. Domingo de verano: café, tiempo, libros en el alféizar, como rosales en flor contra el desastre.

Ella camina desnuda por el salón. Su cuerpo tintinea y él cruza los dedos. Será posible una vez más... Después, la primavera. Después, la insondable terquedad de la esperanza.

3

Un gato negro camina por el tejado. Apartas la lectura para hacerle un sitio a la pregunta. Ella te observa con la mirada interrogante de los primeros días. Quisieras no asustarla. El gato maúlla exigiendo algo. Conoces su desconsuelo. Ya no habrá paz. Es lo que piensas. Celebras la tregua con la piel de punta. Te sabes, una vez más, con suerte. Podría haber sido distinto.

jueves, 6 de marzo de 2014

Un ovillo en la garganta

i

El personaje quiere decir, quiere contar, pero al final guarda silencio. Hace días que no sale el sol y mientras barre, mira por la ventana. La niebla se cierne sobre las casas del monte. No hay gente en el bar de abajo y todavía no llueve. Se pregunta si eso fue todo.

Poco después, en la cocina, friega los platos con el cuerpo en otra parte. Literalmente, no está. El dolor de tripas es algo en lo que cae de tarde en tarde. Se trata, pues, de una sensación vaga, más difícil de identificar y, por tanto, mucho más turbia. El dolor es otra cosa. El dolor es limpio y cristalino, como los ojos de los pájaros, como el agua de un pozo olvidado a las afueras de una vieja aldea.

El personaje acepta, esta vez sí, una llamada. Discute con ella por un asunto menor. Ni una voz más alta que otra. Todo en su justa medida: el monocorde tono aséptico de los que no quieren mancharse. También aquí, la cobardía. También aquí, la pena como una bola de cañón entre los dientes.

ii

No, por mucho tiempo que permanezca bajo la ducha, no cesará la angustia. Tampoco extinguirá el dolor salir a caminar durante horas. Todo es más pesado. Todo es más urgente. Aquí no valen las recetas de los libros de autoayuda ni la miserable lección de los sepultureros. 

Cuando vuelve a casa, la noche le desploma sin apenas advertirlo. Lúcidamente, y ahora por primera vez, valora en su medida cuál ha sido la dimensión del daño. La sequía ha cuarteado su identidad y ahora todo son grietas. Nada sano puede crecer ahí. 

Al tirarse en la cama, se hace un ovillo y mira el reloj. Esa es su única certeza ahora. La vieja cicatriz custodia la lección de la supervivencia. Nada es tan grave. De madrugada, y tras el vértigo, el personaje cae rendido finalmente. Esa mañana, le hubiera gustado recordar el sueño. De hecho, despierta con un sabor nuevo en la boca, que no mitiga la náusea, pero, eso sí, le hace sonreír unos instantes. Por ahí se empieza. 

sábado, 25 de enero de 2014

Ya no le vi. Se fue perdiendo


Ya no le vi. Se fue perdiendo.

La última vez lo encontré en la biblioteca. Yo me escondí. No me atreví a saludarle. Le vi rebuscar libros en la sección de poesía. Tenía poco dinero, era normal. Supe qué libros estaba hojeando. Releía mucho. Me escondí detrás de una estantería cercana y le vi echar mano de un libro de pasta negra con las letras rojas. Sé cuál era; una antología de George Trakl. Le gustaba ese poeta. No sé por qué. Quizá no tanto por su biografía alucinante, ni por su doloroso final, sino por la cruda parquedad de sus poemas. Lo habíamos leído juntos.

Recuerdo una vez. Él había llegado molido del trabajo. Eran las tres o cuatro de la madrugada y yo estaba durmiendo en el sofá. No lo recuerdo bien, pero por aquel entonces estaba cerrando El libro del estómago y dormía bastante mal. Los dos dormíamos mal. Era invierno y llovía con fuerza. Hicimos el amor sin mirarnos a la cara. Tenía en la piel la marca de la pena y me abrazaba como si hubiera escapado de una tormenta. Lo sé, claro que lo sé... En aquel momento la muerte aparecía en su reflejo como un testigo ciego. Su silencio era tan impenetrable... Después nos duchamos con agua casi hirviendo y nos tiramos en el suelo del salón, sobre la alfombra. Presentíamos que la noche se haría larga. Entonces Trakl. Sacó ese libro, lo abrió por la mitad. Recitó un poema como quien reza una oración y supe que estaba cruzando los dedos, rogando suerte, pidiendo perdón, aunque no sé a quién. Sentí miedo... Lo supe. Que se estaba yendo ya, que no iba nunca a comprender que veía detrás de esa ventana por donde se colaban todos esos fantasmas.

Trakl es un nombre. Él también tiene. Nunca pensé que aquella sería la última vez que le viera. Salió con dos o tres libros y el gesto rehecho de quien escapó de un trance. No sé qué le pasaba... Pensé seguirle por la calle durante un tiempo, pero temí encontrarme con él de frente. Si hubiera sabido que le íbamos a perder el rastro, hubiera corrido detrás de él. Lo siento tanto... Da igual. No sé por qué le echo de menos. Yo no podía vivir con él. Me hubiera gustado aprender su lenguaje; el lenguaje de su cuerpo, de sus gestos, de sus silencios. Tal vez así hubiera podido interpretar aquellos poemas que encerraban tantos secretos. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Estírate y espera


El personaje llega a casa con los pies destrozados. El día fue duro. Tira la chaqueta en la cama. Una racha de viento golpea las ventanas del salón. Toda la noche por delante... Enciende el equipo de música y se sube las mangas. Friega los platos con la mirada perdida en el sueño de esa mañana. La espuma se escurre y las macetas florecen. Quisiera cobijarse en esa sensación de paz. Entonces recuerda de qué iba esa letra... Siempre le sorprendió esa extraña forma de conectar con su inconsciente. Preguntas sin contestar, y ya no hay miedo.

Otra vez en el salón, sube las ventanas y mira hacia arriba. Las nubes le impiden ver el cielo estrellado. Debajo, justo en la esquina, una mujer se abrocha el último botón de su chaqueta negra y se da prisa. El personaje sonríe. Se da la vuelta y busca el cuaderno. Hace poco que leyó el libro de Carver. Ya no sabe si ha sido la cuarta o quinta vez... Se orilla en el sofá y cruza las piernas. Recuerda el vestido rojo. "Tendida en el suelo como un charco de sangre". Ya no piensa en las hormigas sino en aquel otro poema que habla de la noche en el desierto y el fulgor de la palmera ardiente. 

Poco después ya escribe. Son las tres de la mañana y se cubre con una manta. Su cuento se arremolina entre sueños y el rastro de una canción que le hace recordar la brillantez de sus derrotas. Si pudiera, si por una vez pudiera plantarse en un instante, diría este es el momento, este es el aquí. Ignora el peso de la historia fallida. Hay que morir mil veces. Lo importante es no perder de vista el fuego. 

Raymond Carver, desahuciado por los médicos, siguió escribiendo hasta sus últimos días. Tuvo diez años de regalo. De la mano de su segunda mujer, dejó la bebida y se recorrió el mundo. Plantó rosas e hizo las paces con sus hijos. Compuso sus mejores poemas. Murió feliz. Su último texto, a pesar de su crudeza, da cuenta de una vida bien vivida, ancha y honda, como un océano en calma.

El personaje lo aprendió leyéndole hasta la saciedad. Sabe que es alguien más que un poeta... Carver, no él. Toda la noche por delante, repite para sí. El viento sigue golpeando las ventanas. El personaje te mira. Quisieras imitarle y Carver te ayuda. Sigue.  

martes, 5 de noviembre de 2013

Puertas, cuadernos y ropa tendida

Mujer planchando, de Pablo Picasso
Lo mira por el hueco de la puerta. Literatura. 

El personaje está allí. Ella da vueltas. Limpia la mesa y friega los platos. Da un portazo que ni siquiera sabe bien interpretar. El personaje baja la cabeza. La página a medias. Al otro lado de la pared, los gritos de siempre, la violencia implícita de ese cerrojazo que, todos las tardes, abre la puerta al llanto. Los niños no han llegado todavía. Él cierra la puerta. Su mujer enciende la radio y masculla una plegaria. No perder. No callarse. No ablandarse. No decepcionar. 

Lo mira por el hueco de la puerta. Falta poco para que el frío regrese. El que se llama escritor aduce una razón perfecta para evadirse por un instante de su quehacer diario. Al otro al lado, el personaje imperfecto, el argumento.

El otro está allí. Ella da vueltas. El peso de su precondición salvaje. No domesticarse. No claudicar. Banderas de guerra en pie. Él sigue escribiendo. La historia no acaba y a veces le ahoga. Le gustaría abrazarla hasta partirla en dos, besarla hasta quedarse sin aire, pegar otro portazo y marcharse de una vez por todas. Se dicen -él primero y ella después- que no saben cuándo se prefiguró el desastre, cuándo se estuvo a tiempo de salvar la ropa y minimizar la pérdida. No, claro que no saben la respuesta. La noche es larga y en ese invierno llueve por primera vez. El frío se cuela por la ventana mal cerrada del salón. 

El otro, el que se llama escritor, cierra la puerta después del cuaderno. Qué demonios quiere contar con esa historia fragmentaria y seca... Sale a la calle con el ánimo tibio. Desea pasear un poco. Está desierta. Son las 23:58 y un coche de policía se detiene junto a él. Nada cambia, se dice. Aplaca su inquietud pelando el argumento. Se queda solo. El semáforo se pone en verde. Camina con las manos en los bolsillos y el cuello subido. Sin saber por qué, se siente feliz.

domingo, 13 de octubre de 2013

De nuevo el barro


Tengo un relato atravesado y no sé cómo cerrarlo. Es la historia de un hombre obsesionado con la I Guerra Mundial que colecciona fotos macabras de ese conflicto: soldados deformados por los gases químicos, niñas capturadas exhibidas como trofeos de guerra y muchos caballos muertos. La historia se ha detenido en un punto en el que la mujer del protagonista se ha quedado embarazada poco después de descubrir la colección de su pareja. A partir de ahí, no sé cómo continuar la historia. Las ideas que tenía en la cabeza a la hora de ponerme a escribir ese relato me llevaron a otra cosa. Quería escribir un cuento tipo Vida de Anne Moore, pero todo ha girado hacia una historia donde el barro y las trincheras, ahora llenas de ratas (en las que no paro de pensar desde hace días), han aparecido finalmente. ¿Y ahora qué? Creo que dejaré ese relato durante bastante tiempo y comenzaré otro. Después espero retomarlo con ideas frescas. Tengo que terminarlo. Es un pequeño reto.

sábado, 3 de agosto de 2013

Pespunteando personajes (II)



Aquí está el personaje. Lleva pantalones vaqueros y una camiseta blanca. Vive en un poblado de caravanas. Está solo y tiene un perro sin nombre. Trabaja descargando camiones de ganado y lee novelas de Julio Verne. En la noche, cuando se escuchan los grillos, nuestro personaje sale de su caravana, se sienta en un viejo sillón y fuma a la luz de una bombilla de escasa potencia. De vez en cuando, toca la guitarra; melodías tristes que aprendió de joven. A lo lejos se divisa una autopista. Detrás, el mar. El personaje ha encontrado su sitio. Un lugar construido sobre el silencio. No piensa en el futuro. Ya superó el pasado. Solo habita en un presente áspero y ancho, como un erial. El personaje ha de contemplarse desde la distancia. Es imposible leerlo cerca. Hay que dejarlo en paz. A ciencia cierta, sería un personaje incapaz de soportar un libro. No querría que escribieran de él. Tú quieres mantenerlo lejos. Le has visto. Quisieras invitarle a compartir una botella de bourbon, aunque no te guste. Sí, claro que le has visto. Escuchaste aquella melodía en sueños.

martes, 14 de mayo de 2013

Una historia plana


Toda la sobriedad del mundo. Toda la dedicación del mundo. Toda la elegancia del mundo. Él sabe lo que va a contar. Una historia sin principio ni final, una historia plana. Un hombre doblado sobre sí mismo. El mundo gira y todavía llueve de arriba abajo. El hombre del que hablamos tiene las manos sucias, manchadas de tinta. Solo hace una cosa y su único deseo es lograr hacerla bien. Sí, el mundo gira y el sol sale todos los días, pero el futuro se agrieta. Toda la sobriedad del mundo, decía. Una habitación sin muebles y una bombilla que ilumina apenas. Imagina una vida lejos de la desesperación. Algo limpio, algo bien hecho, y tiempo, mucho tiempo. La felicidad no es eso, lo sabe. Siempre se le antojó que era algo parecido a un arcoíris químico. Insistimos: es una historia plana. Sin final, sin principio. Solo un presente ancho y profundo como un océano negro.

lunes, 29 de abril de 2013

No la mujer de Panero, ni la madre de los Panero, ni siquiera Felicidad Blanc, sino la otra, la de los sueños (II)

Las 4:00. Madrugada. Insólito frío. Ya no sé si duermo o aún estoy despierto. Dejo la luz del flexo prendida. Escucho como se abre la puerta de mi habitación. Una mano blanca y todavía joven, se posa en el marco. Miro hacia ella, pero no aparece nadie. 

-Pasa -le digo-, no tengas miedo.

Pienso en lo extraño de mis palabras. Justo después, entra despacio, avanza mirándome a los ojos. No sé si sueño. La mujer de la fotografía, esta, no la madre de los Panero, ni la esposa de Panero; ni tan siquiera la otra, la de hace unos días, sino precisamente esta, la de la foto: ella es quien aparece en mi habitación.

Se sienta a mi lado. Intento incorporme, pero no puedo. Cierro los ojos y la sigo viendo. Ha dejado de hacer frío. Templo mis nervios. Abro los ojos y sigue allí. Me mira, ahora me mira. Sé que no existe. Luego sonríe. Mete la mano bajo las sábanas y me golpea con el puño justo encima del corazón.

Entonces despierto. La busco y no encuentro nada. Ha desaparecido. La luz se ha apagado. Tengo frío otra vez. De nuevo escucho el sonido de la puerta. Algo acaba de salir de mi habitación a oscuras. No tengo miedo. Ni siquiera ahora se me eriza la piel. Siento, sin embargo, un extraño calor a la altura del esternón. Me subo la camiseta. Tengo una mancha roja en el pecho. La toco y está caliente. Es como si tuviera el corazón en llamas. Cierro luego los ojos e intento dormirme. Nadie aparece. Definivamente, me estoy volviendo loco. 

Antes de caer rendido, escucho como empieza a llover. Y eso me tranquiliza.

jueves, 25 de abril de 2013

No la mujer de Panero, ni la madre de los Panero, ni siquiera Felicidad Blanc, sino la otra, la de los sueños

Esa señora se coló la otra noche en mi vida. Entre sueños, después de ver El desencanto, no la señora de Panero ni la madre de los Panero ni la viuda joven y rica que paseaba Leopoldo María, sino la otra, la que no es ni por asomo viuda, ni por asomo joven, ni madre ni rica ni mujer de poeta, sino otra mujer, la de las fotos, la que viaja por mis sueños y veo dormir entre las ruinas y escucho recitar mientras mi corazón bombea una extraña mezcla de deseo y extrañeza. La que no se llama Felicidad Blanc.

Esa mujer, que no señora, que ya tampoco musa sino mujer a secas, la de los sueños, tiene una marca en las rodillas y quisiera creer que la persigo de lejos, acudo a sus recitales y me presento así, como el que no quiere la cosa, en la puerta de su trabajo y en la tienda donde compra manzanas y en el parque donde pasea su mirar sereno, sus labios tranquilos, sus pasos sin prisa.

No, la verdad es que no sé qué es lo que hace esa mujer nevada, allá en las cocinas de mis sueños, ya casi de día, y una vez tras otra. No sé si querrá decirme algo, darme un consejo o quizás leerme ese poema que hablaba de aquellas hormigas que corrían por el cuerpo de la joven desnuda. Da igual. Seguro que esta noche esa mujer, la de la foto, la que sonríe sin saber a quién lo hace, la que aparece en una esquina en plena madrugada y no me suelta, la que recita esos poemas que hacen que despierte con sabor a polvo en la garganta, seguro que esa mujer -digo- vendrá esta noche a visitarme. Ella pondrá el tablero y las piezas. Miraré sus manos. Estarán limpias y tal vez frías. Y sin hormigas. Y sin presagios.  

jueves, 24 de enero de 2013

Correcciones (las fiestas)

Corregir, releerse, es como transitar un pasillo en penumbra. Releerse, digo, es colocarse un embudo en la boca y echar gasolina, hincharse de una nostalgia pesada, dulce y amarga como el caramelo de azúcar, que nunca sacia y a veces hasta produce angustia.

Revisitar un relato te lleva a un rostro, a una conversación. Hubo un tiempo en que las fiestas lo eran todo. O casi todo. El relato no tiene nada que ver con eso. Tampoco Fresán. Tampoco Borges. Ni siquiera Bolaño tiene que ver con eso. Las fiestas siempre implicaban la posibilidad de acabar arrinconado frente a la estupidez del imbécil de turno o de ser arrastrado por la corriente al rincón más estrecho de la casa para, sin saber muy por qué, entablar conversaciones sobre temas superficiales que tratábamos con una solemnidad absurda.

Las fiestas, a veces, lograban que uno dejara de hacerse preguntas, calmaban el gesto, serenaban las tripas. En una de aquellas me perdí siguiendo el rastro de una pequeña biblioteca con apenas treinta libros. No sé de quién era la casa, pero recuerdo bien de quién eran los libros. Eran de una chica holandesa a la que había visto en un par de ocasiones, pero a la que no había escuchado nunca. La pequeña biblioteca estaba en el pasillo, justo al lado de su habitación. Al poco tiempo me di cuenta de que ella me estaba mirando. Permanecía de pie, junto a su cama; tenía un cuaderno en la mano. Me pidió que entrara en su cuarto y después cerró la puerta. La música se oía atenuada. Sonaba She´s lost control, de Joy Division, y supe que ni ella ni yo lo habíamos perdido. Me preguntó en un español casi perfecto que si había leído esos libros. Sin miedo a parecer pedante, le dije que sí, que los había leído todos, y supe que para ella era más importante leer que comer. Luego me preguntó si me podía leer algo. Afirmé con la cabeza y procuré no mirarla directamente a los ojos. A través de las cortinas se intuía el amanecer. Entonces, por encima del sonido imnótico del bajo de Peter Hook, aquella chica comenzó a leer un poema oscurísimo, pesado, dulce y a la vez lleno de agustia, como los besos de los borrachos; un poema que hablaba de la incapacidad de amar, de la incapacidad de escribir y de la imposibilidad de comprender a los demás si no es a través del duelo y el dolor de la pérdida.

En las fiestas siempre se corre el riesgo de que unas palabras te dejen noqueado para siempre. 

Alguien llamó a la puerta. No supe qué hacer ni qué decirle. Volvieron a llamar. Le dije que el poema me había gustado mucho y ella no contestó nada. Le dije que si quería que saliese y me dijo que sí. Abrí la puerta. Al otro lado había otra chica extranjera. Ni siquiera me miró a la cara. Después supe que aquella chica era su hermana y que la poeta holandesa tenía problemas mentales.

Volví al salón y cogí una cerveza. Nadie me vio salir.

Amanecía. Caminé sin dirección fija. Las calles estaban vacías y tomé una acera por donde empezaba a dar el sol. Tirité una vez. Tirité dos veces. Tirité tres veces. Después entré en calor. Me bebí la cerveza de un par de tragos. Metí las manos en los bolsillos. Recordé las palabras de la poeta holandesa. Me supe tocado por una suerte extraña. Algunas noches deseé cruzarme con ella. No la volví a ver.