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martes, 20 de septiembre de 2022

Poetas chinos por el páramo castellano

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Este verano ha sido complicado. No lo voy a explicar aquí, pero quedaos con eso. Si miro hacia atrás, pienso en todas las vueltas —una tras otra, una tras otra— que he dado en la cama antes de poder dormir. El imsonio, claro, también es una cuestión de clase.

Verano complicado, digo, tierra en la boca, polvo en los bolsillos, nubes negras en una cabeza que solo quiere escapar. Pero es imposible.

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Este verano solo hay dos cosas que me han calmado los nervios; uno: pasear por los caminos devastados del páramo castellano donde vivo desde hace siete años, y, dos: leer a los poetas chinos de la dinastía Tang.   

De lo primero, me quedo con la paz dolorosa que siempre encuentro cuando paseo, cerca ya del anochecer, por los caminos que atraviesan el eriazo castellano como cicatrices ciegas. De lo segundo, con los poemas sencillos de esos maravillosos poetas chinos; poemas esquivos, luminosos y algo fríos, que parecieran estrellas rutilantes cuya luz nos llegara precisamente ahora, cuando la poesía se parece a una mosca que chocara una y otra vez contra el cristal de las pantallas que no la dejan respirar.

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Y en todo este desastre, el deslumbrón de los grabados de Otto Dix. Una tarde de principios de agosto, pude visitar la sala del Museo Reina Sofia donde han estado expuesto los grabados del pintor alemán. Y entonces el pellizco... Entonces los ojos vueltos sobre la caja negra donde guardo toda esa maraña de sentimientos que canalizo a través de él, de su pintura. Y vuelvo a aquel pequeño texto.

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Este puto verano, sí, pero aquí sigo. A pesar del insomnio, la mala suerte, el cansancio, la desesperación. A pesar del miedo, el temblor de manos, la lengua seca, la desesperación. A pesar de la desesperación. Y a pesar, también, de lo estúpido de la esperanza que siempre me acaba por sacar del pozo...

Quiero que llueva durante cuarenta días seguidos.

domingo, 30 de agosto de 2015

La memoria compartida de Otto Dix


Ya he escrito en otras ocasiones sobre el pintor alemán en este mismo blog. Hasta siete entradas están etiquetadas con su nombre y el post La mirada de Otto Dix es el segundo más con más visitas de La banda de los 4. Ahora os dejo con un artículo que me sirvió para colaborar con Arte o Muerte, una web que da soporte a un proyecto cultural que os sugiero que conozcáis.

LA MEMORIA COMPARTIDA DE OTTO DIX

Los siete pecados capitales (1933)
Esta mañana escribo de Otto Dix como si fuera de un amigo muerto, una presencia familiar que no desaparece porque se fuera haciendo cada día más indeleble, un recuerdo grabado a sangre y fuego que uno siempre llevara en el morral, junto a las cosas imprescindibles para el viaje. «Ten presente que las cosas que te metes en la cabeza están ahí para siempre», era lo que decía el padre caminante a su hijo, todavía esperanzado, en el asfalto de La carretera, la novela de Cormac McCarthy. Otto Dix sabía bien de eso: imágenes cosidas con un hilo invisible, sedal inencontrable que al final se vuelve cuerpo. La historia, por tanto, es una historia íntima; me refiero a la que me une a Otto Dix. 

En los primeros sueños, siempre aparecía como un soldado desharrapado y ojeroso, su pelo rubio lleno de barro, arrastrando una cuerda a cuyo extremo había atado algo que ya no estaba. En ese tiempo, poco sabía de él. Su nombre aparecía a cada tanto en las historias de soldados y escritores con las que estaba familiarizado, pero su vida siempre se escondía entre otras muchas. Por entonces, había tres sombras que parecían devorarlo todo, casi como el gas de las trincheras; me refiero a Georg Trakl, Ernst L. Kirchner y Franz Marc. Entre ellas -esquivo a los fastos de la muerte, temprano en su férrea voluntad de permanencia- el fantasma de Otto Dix empezó a entrecruzarse en el camino de las secretas obsesiones de una generación, tal vez la mía, deshabitada de memoria. 

El precio fue el trastorno, a veces la náusea; otear desde la cima del caos el paisaje desolado de una vida despojada de su nombre. Árboles quebrados como esqueletos suplicantes, caballos encendidos con el vientre abierto, ratas hambrientas sin menor humanidad que la del hombre... Eso fue la guerra. Eso es. Lo dijo él mismo: «Hay que haber visto a los hombres es ese estado voraginoso para saber algo sobre ellos». A partir de entonces, la memoria se convierte en un interruptor: apaga la esperanza de una redención total, enciende la presciencia de una salvación mínima. Todo nace precisamente ahí, de la necesidad de ver y, por tanto, de la pulsión por orillar el autoengaño. En sus palabras: «Soy un hombre de la realidad. Tengo que verlo todo». 

Retrato de Anita Berber (1925)
Contra ese instinto, de nada vale sostener la venda. Él no quiso ponérsela. A través de sus cuadros empecé a saber lo que de mío tienen los otros: el veterano mutilado que se arrastra por el suelo pidiendo limosna, la prostituta con el hijo enfermo, el niño atravesado de ausencias primerizas o el joven periodista despedido por decir la verdad. Tipos humanos nacidos del barro de una realidad esquizoide, en un tiempo profundo, al cabo hecho surcos, que devora el sueño de una humanidad mayúscula. 

Su gesto serio, a veces triste, que ya no puedo imaginar afable, se alumbra con la mirada del que, pensamos en Nietzsche, lleva un campo de batalla dentro; un hombre tocado que hace lo que tiene que hacer, pintar, un hombre que tiene en sus manos las marcas de un tiempo preñado de naufragios, en cuyas obras espejea la enigmática belleza de lo que nunca brilla, de lo que fue amputado, de lo deforme, de un mundo todavía no infectado por la asepsia del olvido. 

Finalmente, la historia de Otto Dix se mezcla con la historia de la literatura a medias, mi historia de la literatura a medias. Porque confieso que llevo varios años tomando notas para una novela que, ahora ya lo sé, no voy a escribir, cuya trama tiene que ver con los cuadros de la primera etapa del pintor alemán y en la que tiene mucho que ver mi propio acercamiento a la Alemania de entreguerras. Una historia inacabada, claro está, que sin embargo no está muerta y a la que vuelvo a cada tanto, como justamente ahora. Se la debo a la mirada de Otto Dix, el que quiso verlo todo y no cerró los ojos, del que aprendimos a mirar sin pensar las consecuencias. 

Enlace al artículo en Arte o Muerte

domingo, 3 de mayo de 2015

El niño, la poeta y el pintor

Mascha Kaléko (1907-1975)
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El diario de las obsesiones crece. Ahora se trata de mantener la calma y controlar la náusea. Es algo distinto esta vez: no ves al ciervo tirado en la esquina, temblando casi exhausto, sino al niño ciego que tantea por el pasillo queriendo saber más. Pero las obsesiones... En el sueño la poeta deambulante, su mirada inteligente oteando lo que hago detrás del cristal de la cafetería antigua. Entra. Nos intercambiamos un par de cuadernos. El mío está lleno de poemas breves que pretenden ser certeros. El suyo, sin embargo, solo tiene dibujos a lápiz de un autor que, aparentemente, creo conocer bien. Es Otto Dix

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Él no aparece, claro. Su historia apenas se pergeña en un par de anotaciones hechas en una libreta vieja que por ahí anda perdida. Yo también quise escribir con la mirada puesta en el desastre consiguiente a la Gran Guerra. Pero ya no. Mi gran guerra ganó también su sitio y entonces fue imposible darle espacio a la ficción. Ya no bastaba con imáginar y tener ganas. El sueño del escritor se derrumbó cuando la pesadilla tomó cuerpo y las manos se retorcieron -como en un cuadro de Schiele- incapaces de escribir con claridad cuatro palabras. Volvamos al sueño.

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Otto Dix (1891-1969)
El niño ciego avanza tanteando por el pasillo a oscuras. Su madre, Mascha Kaléko, le sigue lentamente por detrás. Sus libros han sido quemados en la hoguera y sus versos, melancólicos y urbanos, parecieran resguardarse del espanto sumergidos en el sueño de los jovenes poetas neoexpresionistas. En tu cuaderno demuestras que conoces el destino que le espera al niño. Tienes un dibujo de Otto Dix tatuado en la garganta y Mascha Kaléko te sabe entre los suyos. En el sueño, poco antes de acabar, le has ofrecido protección con un pequeño gesto, sin duda estúpido, que ella te ha sabido disculpar con elegancia. Se despide regalándote un poemario de Georges Trakl. Ya no recuerdas nada a partir de ese momento. Solo quedó prendida su media sonrisa, sabia e interrogante, brillando en la memoria bajo el sol de esta mañana cálida.

lunes, 27 de agosto de 2012

Trincheras llenas de ratas


Tengo los pies hundidos en el barro. A lo lejos escucho el estallido de los obuses. Avanzo durante días por el campo de batalla sin apenas sufrir bajas; pero ahora, cuando el invierno ha caído sobre la estepa, nos dejamos miles de vidas para avanzar una veintena de metros. Es así... Lo podría decir alguno de mis personajes... Dejemos la I Guerra Mundial para la novela corta que pespunteé hace unos meses. Toquemos página.

Ahora solo hablaré de literatura. Ahora solo hablaré de lo que hablo en el cuaderno gris. Ahora hablaré de los meses que llevo sin escribir algo decente. Qué difícil salir vivo... El gas se cuela entre los párrafos. Es imposible dejar de imaginar para decir sin estrecheces... Pensé que todo sería fácil después de arrasar al enemigo con artillería pesada. Todo fueron vagas suposiciones... Te esperaban pertrechados bajo túneles hormigonados y bien abastecidos. No pudiste hacer nada para frenar el contraataque... Regresaste a las posiciones iniciales.

Desde tu última derrota te guareces en la trinchera que cavaste hace unos años. Una trinchera abandonada, ya casi colmatada por el paso del tiempo, y que muy pronto, justo después de que caigan las primeras lluvias, se llenará de barro. Una trinchera atestada de ratas... Ahora lo recuerdas: ni siquiera enterraste los cadáveres de los que allí murieron.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Tiros al corazón

 Franzi Fehrmann (foto de E. L. Kirnchner)
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Sacamos la baraja y escogemos: toca empezar por el final. Al final se llega con el nombre Kirchner entre los dientes, como el explorador que arrastra la panza de aventurero bien pagado por el barro; así, de esa manera, nos escurriremos también por esta entrada. Si dijimos empezar por el final, diremos que allí se refleja la imagen de un hombre que se echa las manos a la cabeza; le han requisado más de cien cuadros a los que han llamado degenerados, echa la vista atrás: se siente solo, el futuro es la boca de un niño llena de polvo... Ese hombre se abre un botón de una camisa, tiene 58 años y quizá no ha visto demasiado, pero sí lo suficiente. Mete el cañón de una pistola en ese hueco, apunta al corazón. Se pega dos tiros.

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Setenta años después, un joven estudiante de Humanidades compra un pequeño libro de arte sobre el expresionismo alemán. Le apasiona la Alemania de entreguerras, pero sabe poco del mundo cultural de aquellos años y siente la necesidad de aprender un poco más. Muy pronto un nombre: Ernst Ludwig Kirchner. Y luego otro, quizá más intrigante aunque casi desconocido; hablamos de Marcella Fehrmann. Dos nombres sobre los que levantar un proyecto que toma forma a la luz de un flexo, en las madrugadas ya no diría plomizas sino férreas de los veinte años, cuando no importaba perder (ganar) el tiempo y daba igual que nadie le entendiese si lo hacía ella.

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Después de diez años el proyecto sigue vivo, crece, se alimenta cada verano, adquiere tintes épicos. Las vacaciones alemanas del joven humanista le hacen sentirse vivo, de cuerpo presente en la memoria de los hijos de Europa, esa historia grande... De Kirchner a Otto Dix, de los veinte a los treinta... La mirada melancólica de Marcella permanece, incólume, en mi memoria dinosaucer. A veces tengo la sensación de que mi mayor victoria continúa siendo mantener intacta mi libertad interior, aquella de la hablaba Stefan Zweig, sin caer en el absurdo ni en el recurrente solipsismo de aquellos que se creen únicos.

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Volvemos al principio. Si no estás solo, si eres imprescindible para alguien, renuncia a la solución Zweig, renuncia a la solución Kirchner. No, ya no es por la cuestión del egoísmo sino por el daño que se inflinge a aquel a quien se ama... O es que ya no aman los suicidas... Sí, claro que sí, el austríaco murió abrazado al pecho de su mujer muerta. Tampoco aquí hay absolutos. Podría ser un tema central en la novela o quizás sería interesante trazar un puente entre Dix, Kirchner y Stefan Zweig. Ya se verá. Hay tiempo. La vida no es tan breve como se piensa, lo decía B.

viernes, 2 de marzo de 2012

La jungla, Sinclair y Kuper


Mis amigos saben lo que me gusta. Para mi cumpleaños me han regalado muchos libros y un par de comics. Uno de ellos, La jungla, lo tenía fichado desde hace tiempo. Es una adaptación de la novela de Upton Sinclair realizada por Peter Kuper.

Cartel electoral pidiendo el voto para Sinclair

Upton Sinclair es un escritor de largo recorrido y con una vasta obra. De origen humilde, ejerció mil oficios antes (y durante) de obtener cierto reconocimiento literario (en 1943 llegó a ganar el Pulitzer con Los dientes del dragón). Comprometido con la lucha del movimiento obrero en su país, EE.UU., desde joven estuvo vinculado a los partidos marxistas estadounidenses, llegando a presentarse a gobernador. En España sus obras tuvieron una amplia difusión, sobre todo en los círculos obreros. Las ediciones baratas de, entre otras, la editorial Cénit y la impagable labor de los ateneos libertarios, posibilitó que las mejoras obras de Sinclair fueran leídas por varias generaciones de trabajadores especialmente afectos a este tipo de narrativa social, muy en boga en la época (años 20 y 30).

Portada de uno de sus libros publicados por Cénit, editorial vinculada al movimiento libertario

Pero volvamos a La jungla. La adaptación de Kuper es muy ajustada a la novela original. En La jungla se cuenta la historia de una familia lituana que emigra a los Estados Unidos buscando una mejor vida. Si bien en un primer momento las cosas parecen rodar solas, más pronto que tarde todo empieza a torcerse, quedando la familia a merced de un destino que parece cebarse con los más débiles. El cómic, como la novela, finaliza de manera un tanto abrupta, y a mi entender precipitada, pero ni siquiera eso le quita valor a la adaptación del dibujante de Ohio.


En La jungla Kuper despliega todo su arsenal de recursos narrativos y gráficos. Su estilo, influenciado -qué duda cabe- por el expresionismo alemán, la obra de Otto Dix y el trabajo de los futuristas italianos, nos recuerda en algunas de sus viñetas al mejor George Grosz.


En definitiva, un gran cómic que hace justicia a la novela de Sinclair. Si no tenéis dinero para comprarlo, podéis leerlo, por ejemplo, en la Biblioteca Pública Provincial de Jaén. Lo encontraréis en la sección de cómic. Su signatura es C - KUP - jun

domingo, 5 de febrero de 2012

Misceláneas domingueras

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A tiempo para mi cita semanal con el Cifu; café, tostadas, ganas de trabajar... Tengo una montaña de apuntes de Antropología del Parentesco sobre la mesa y una calculadora afilada, lista para hincarle el diente a la bestia cuantitativista. Abominar de la estadística se está convirtiendo en un resorte absurdo. El jazz, menos mal, amansa a las fieras, les acaricia el lomo. Ya está bien... La Banda de los 4 está de siesta en la trinchera. A lo lejos suena el estallido del primer obús.

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Pelea entre comunistas e integrantes del Reichbanner, la milicia del SPD. Fuente.

¿Cuántas historias a medias? Pienso, por ejemplo, en la que apareció este verano como si fuera un niño que hubieran abandonado en la puerta de mi casa. Os hablo de una historia con la frente amplia de Otto Dix al fondo. Un transhistórico frontón. De nuevo la Alemania de entreguerras: pasar la madrugada estudiando la evolución de la guerra callejera entre las bandas paramilitares de los partidos políticos. Dejaremos las conclusiones, el resumen hecho ayer, para mi blog de historia, que algunos dicen que lo actualizo demasiado poco.

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También toca seguir destripando el primer número de la nueva revista Estudios, en cuyo consejo de redacción me han metido a pescozones, de manera inteligente, sí, pero ariconándome, aun de forma dulce. Si a un gato te lo llevas a una esquina y sin dejarle más salida te pones a contarle un cuento, qué hace, eh, qué es lo que hace... Pues dormirse como un niño chico. Por eso no me queda otra que abrir un nuevo frente (Operación Barbarroja: miles de nazis medio muertos deambulan desesperados por la calcinada estepa rusa).

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Gabriel Celaya contando un chiste

La poesía es un arma cargada de futuro. Eso era lo que decía Celaya, cuyo centenario celebramos este año. Lo he leído poco, desde luego; de su quinta he leído mucho más a Blas de Otero, aunque jamás prestaría alguno de sus libros. Sin embargo, hace poco he introducido en mi particular potlatch con Bernardo Munuera un libro que antologa lo mejor de la obra poética de Raymond Carver; hablo de Todos nosotros, nada más y nada menos que uno de los cinco libros que eligió Philip Rogina antes de abandonar a su mujer.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Noventa años menos

Cartel de la exposición del grupo Die Brücke en la Galeria Arnold de Dresde (E. L. Kirchner)

Si tuviera noventa años menos no escribiría ni sería de aquí, y bebería más, mucho más. Intentaría ser pintor, viviría en Berlín y pasearía de la mano de la baronesa Meyer, una joven desclasada tras su temprano matrimonio con un aprendiz de artista, por aquel entonces yo, fabulado yo. Si tuviera noventa años menos y estuviera casado con la baronesa, iría todas las tardes a tomar cerveza a casa de Otto Dix, para verlo pintar, echarle un cable y debatir, siempre debatir, sobre la situación política del país y la necesidad del compromiso. Seguramente él y su mujer me recomendarían que me olvidase del asunto, que no fuera gregario y que me dedicara a pintar encerrado en mi pequeño estudio. Pero no les haría caso. Mi mujer, la baronesa, sería militante del KPD y amiga de Rosa Luxemburgo. Yo no sé si al final me comprometería, pero odiaría profundamente a los camisas pardas de las SA y me daría miedo el futuro.

Si tuviera muchos menos años de los que tengo hoy, si tuviera, por ejemplo, esos noventa menos de los que os hablo, sería un diletante admirador de los genios de Die Brücke y un pintor solitario, enemigo de las modas. Llevaría una vida espartana junto a mi mujer y escucharíamos jazz. Leeríamos toda la noche a la luz titilante de un candil de aceite y jamás pasaríamos frío. Nuestra vida correría paralela al pulso del mundo y no le daríamos la espalda a la violencia. Seríamos pintores hiperviolentos, lectores hiperviolentos. Nos iríamos del país cuando todo se viniera abajo y los nazis alumbraran su reinado quemando libros, montañas y montañas de libros... Lloraríamos. Aspiraríamos a ser valientes.


Paula Modersohn-Becker

Si tuviera noventa años menos y fuera un joven pintor alemán, le besaría la barrigota a Paula Modersohn-Becker y cuidaría de su hija tras su muerte. También le quitaría las ganas de pegarse un tiro en el corazón a Kirchner. Sonreiría cada mañana al salir el sol y abriría las ventanas de par en par. Sé que no me gustaría lo que vería en las calles (niñas prostituidas, mutilados de guerra, judíos increpados por la turba nazi) pero lucharía por mantenerme intacto. La baronesa y yo viviríamos encerrados en un amor parecido a una cueva. Si tuviera noventa años vería Europa hecha cenizas y tal vez huyera lejos, muy lejos, por ejemplo junto a Stefan Zweig, pero jamás me mataría. La vida sería dura, tal vez irrespirable, y quizá desearía tener noventa años más para ser un joven escritor que pasase la vida encerrado en su habitación, mientras el mundo se vuelve loco y el amor devora sus entrañas. Tal vez supiera quién soy yo.

jueves, 25 de agosto de 2011

La mirada de Otto Dix


Ya casi termino estas vacaciones terrizas, de interior, en un Madrid -hace unos días bajo palio- esplendidamente desierto tras la eclosión del agujero negro que parece haberse merendado a todos los peregrinos de la JMJ. Lástima que no hayan desaparecido en él todos los policías tarados que tienen secuestrada a la ciudad... Unas vacaciones, continúo, a medio camino entre la capital de este país de risa y Berlín. Puente aéreo entre la vieja ciudad partida y mi pequeña biblioteca estival. Claro, no me moví de España.

Leo una biografía de Otto Dix. Me tiro de cabeza al mar de mierda de la Alemania de entreguerras. De lleno en Weimar, su república ilustrada y fugaz, su paisaje bruegheliano: las putas moribundas y los cafés bohemios, el jazz, recién aterrizado en la vieja Europa, y los mutilados de guerra asaetados por el rencor, las peleas callejeras entre comunistas y camisas pardas, el dadá, los últimos coletazos del expresionismo, el arte en la calle de la Bauhaus... Y, por supuesto, Otto Dix, lo que luego llamarían la Nueva Objetividad.

Bucead en su obra. A través de ella se llega a una historia que me ronda la cabeza desde hace algunos meses y que pide paso. Una historia sobre los caminos retorcidos que conducen al honor. Una historia sobre la irrespirable existencia de aquellos que no quisieron transigir. Una historia sobre el dolor de ser lo que se es... Una historia sobre la traición también.

Le digo a un buen amigo que tengo que cerrar frentes. Algunas historias avanzan por el papel como en la guerra relámpago. En algunas ocasiones me siento como un pequeño Guderian. Y es que a veces quisiera encerrarme en una habitación y no salir hasta haber escrito lo que quería escribir. ¿Dónde puede comprar un joven escritor pirulas de benzedrina? Acaso no era esta anfeta la que mantuvo en pie a Kerouac durante las tres semanas en la que escribió On the road... No sería para tanto.

No hace falta perder el tiempo de esa manera... No hace falta escribir por escribir ni avanzar sin saber qué demonios vamos a hacer cuando lleguemos a las puertas de Leningrado. A mí me gusta que las novelas maduren solas, que los relatos me crezcan en las esquinas de mis lecturas. Quiero no tener prisa. Me lo digo a mí mismo como si fuera un conjuro. Otto Dix me puede servir de ejemplo. Su mirada paciente y decidida a ir hasta el final.