domingo, 17 de mayo de 2026

El arte de invocar la memoria

 

Leí El arte de invocar la memoria, de Esther López Barceló, hace un año y medio, en un verano horrible, cuando sentía que el mundo se estaba resquebrajando bajo mis pies y ya intuía la dureza del golpe. En ese momento tan complicado, que atravesaba temblando, conteniendo la respiración y sosteniéndome de un hilo de esperanza y autoengaño, ese libro se convirtió en una especie de faro. Porque eso es la memoria: una luz en la noche del presente.

Años antes, en otros veranos donde también me sobrevolaron negros presagios, fueron otros los libros que me mantuvieron en pie, con el amor a la vida poniendo al dramatismo en su sitio. Pienso, por ejemplo, en aquellos meses en los que releí los Trescientos poemas de la dinastía Tang, un libro que ahora lo sé seguiré leyendo a lo largo de toda mi vida.

Pero volvamos al ensayo de López Barceló y al verano de 2024. Abro el libro por la página 37. Hay una pequeña rama de hierbabuena seca. Acerco la nariz a la página. Olfateo como un sabueso. No huelo nada. Pero cojo la ramita, la dejo a un lado y es entonces cuando ocurre el milagro… Me acerco los dedos a la nariz y aquí está el olor, humilde, limpio y elegante de esta planta que tanto me recuerda a mi tierra.

Con ese olor abriendo la ventana del recuerdo, leo unas líneas subrayadas en esa misma página: «Cuando los victimarios negaron a sus víctimas la posibilidad de una tumba, no solo buscaban ocultar las pruebas del crimen, sino también vedar el duelo a quienes les sobrevivieron. Un dolor que, como un gorrión atrapado, les arañaba la garganta en su intento por huir en forma de aullido».

Año y medio después, ese pequeño párrafo me sacude la entereza, hace más frío el frío de este día lluvioso de finales de octubre. Porque sé que el duelo es el hueco que le abrimos al tiempo para sanar y curar nuestras heridas.

Decía al principio que El arte de invocar la memoria me sirvió de faro. Hoy sé que nuestra memoria política, generacional, está directamente vinculada con la trasmisión del trauma. Y el trauma, en este país desmemoriado, es consecuencia directa de las situaciones de violencia que favorecen las condiciones de desigualdad social. En ese sentido, reconocer la herida, saber de dónde viene, ponerle nombre a ese dolor, nos hace reconocernos en el sufrimiento compartido. Por eso mismo, el dolor heredado por las familias que, de una manera u otra, padecieron la represión del régimen franquista, teje un mapa que impide que nos perdamos. Y saber quiénes somos, no desdibujarnos, es el mayor tesoro que tenemos.

Es precisamente de eso, del arte de trazar esa cartografía de la memoria, de lo que trata este pequeño ensayo de 157 páginas. Un libro sobre el valor de recordar y la tarea colectiva del movimiento memorialista. Un libro sobre las distintas maneras de hilar nuestras genealogías de lucha. Un libro, en definitiva, que nos hace sentir de dónde viene la importancia de mirar al pasado.

-Publicado en el número 2 de la revista Esporas

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