domingo, 1 de marzo de 2026

«Tener la verdad del mar, / la paciencia del mar, / respirar como él».

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«Tener la verdad del mar, / la paciencia del mar, / respirar como él».

El personaje repasa las notas de su cuaderno. Se encuentra con ese pequeño poema que escribió en Portugal. Ha pasado tanto tiempo, que ya no sabe conectar con él. De qué verdad le hablaba, se pregunta mientras pasa página y, a través de la ventana, observa cómo se disipa la niebla. 

Anota: «Quizá no sepa de la verdad del mar, pero sé de la verdad de la carne, del hueco que abre su abrazo en este pecho que se creía desierto». 

ii

El personaje sale a pasear casi de noche. Hace frío. Siente que respira mejor. Una pareja de cuervos se cruza con él. Recuerda aquello que le dijo un amigo sobre la tierra en barbecho. Ojalá esa calma, la tierra desbrozada; ya sin cosecha, sí, pero limpia de cizaña y malas hierbas. Hay algo que brilla en el fondo de toda esa oscuridad.  

iii

Escampa después de dos meses lloviendo. El personaje sale al balcón. El canto de un mirlo le recuerda aquellos días de encierro y muerte. Cierra los ojos. Algo se atraviesa en la garganta cuando recuerda la voz de su padre, el olor de sus manos, su manera de caminar. A lo lejos escucha un sonido que le devuelve al presente. Un hombre le mira desde otro balcón. Se da la vuelta y las ve a lo lejos. «Ya están aquí». Las grullas. 

iv

El personaje repasa cada borrón, cada tachadura, cada palabra fracturada por un guion, cada renglón torcido, cada verso astillado y feo, cada relato inacabado, cada página escrita de manera cobarde... Cada trozo de papel manchando con lo que se pensó imperfecto. Y piensa que también hay una historia de lo incorrecto que merece ser contada.

Pero no será hoy.  

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