i
Tengo su foto delante de mí. Está impresa en tamaño A4, en papel de pegatina de mala calidad. Ahora ya sé quién es. Lo he recordado. Hace un rato, esa imagen me hubiera dicho poco. Tal vez hubiera rescatado un eco en la penumbra de estos días donde mi rostro se espejea en cuadernos viejos.
Llueve. Hace frío. He abierto la caja de Pandora pretendiendo poner en orden una cajonera que está llena de cosas. Esa manía de archivar... Lo he conseguido. Y me he venido arriba. En la montaña de carpetas que he logrado escalar luego, una que no sé qué demonios hacía allí. Dentro una foto, esta de la que os hablo, y unas cuantas páginas impresas de Wikipedia, una web de música clásica y una revista digital de historia. También unos apuntes tomados a mano en una hoja arrancada de un bloc de notas que todavía anda por casa, arrumbado en el cajón de los cuentos nunca escritos. Papeles que aluden a la biografía de la mujer cuyo nombre titula la carpeta: Frieda Belifante.
ii
Ahora sé quién es, eso os decía, pero no lo sé del todo. Como tampoco he llegado a conocer a esas mujeres que han aparecido en La Banda... como estrellas fugaces. Pienso en Philomena Franz. Pienso en Ceija Stojka. Pienso en Patricia Heras. Pienso en Mascha Kaléko. Pienso en Carson McCullers. Pienso en Felicidad Blanc. Pienso en Eva Justin...
Todas siguen aquí.
iii
Abro esa carpeta como quien desentierra a un muerto. Me pregunto quién era yo antes de la tormenta.
A pesar del frío, la niebla de las mañanas; a pesar de las calles vacías y la lluvia, que no para de azuzar presentimientos, sigo sintiendo el calor de la curiosidad. Aquí está, eso le digo, yo a ti te conozco.
Mientra Eva Justin medía el cráneo de las gitanas y tomaba notas en su cuaderno de asesina en serie, justo antes de mandarlas a las cámaras de gas, Frieda Belifante —esa perra judía lesbiana— se manchaba sus preciosas manos de violonchelista, que sabían del amor y la belleza, de la paz y la memoria, del bien y la justicia, con la tinta con la que falsificaba documentos para los judíos, con la pólvora con la que voló el archivo del registro civil de Ámsterdam, el 27 de marzo de 1943. Y ahí está la conexión, ya lo recuerdo... La chispa que prendió la mecha que me hizo interesarme en ella. Esos papeles hechos ceniza.
iv
Están aquí, conmigo, en mi imaginación... Mis compañeros, mis compañeras, con el corazón en vilo, nerviosos, llorando ante la pérdida, quemando las fotografías, los periódicos, las circulares, las actas, las fichas de afiliación, las miles de hojas de papel que daban cuenta del mundo nuevo que estaban construyendo con sus manos y las manos de los compañeros muertos, las de los obreros y obreras que soñaron con la Revolución y no vivieron para verla. Están aquí, conmigo, los militantes que arrasaron con nuestros archivos para que aquellas palabras, escritas con las manos preciosas de las modistas, los jornaleros, los albañiles, las criadas, los camareros..., no cayeran en manos del enemigo y les pusieran frente a un pelotón de fusilamiento.
Mi patria es ese mundo arrasado por las cenizas de la historia. El mundo que no fue. Mi memoria viva, como un ascua que no muere... Y que todavía puede incendiarlo todo.

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