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domingo, 28 de diciembre de 2025

El susurro filológico: sobre Demonios y nihilistas, de Costas Despiniadis



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Os voy a contar un secreto. Os hablo ahora como editor de Piedra Papel Libros. He publicado un libro que ni tan siquiera he leído. Y no lo he hecho porque ya lo había leído mi amigo Juan Merino, el traductor de la obra. Fue él quien me dijo que el libro merecía la pena. Me fío de mis amigos. Esa confianza es una forma de amor.

También me fío de los libros. Hay un libro del que me fío mucho; se llama Franz Kafka. El anatomista del poder. Ese sí lo he leído. Es un librazo. Quedaos con eso de momento.

Ahora os voy a contar otro secreto. Este es peor. El libro que he publicado es un ensayo sobre Dostoyevski. Nunca sé cómo se escribe... Dostoyevski, un gigante de la literatura universal del que solo he leído una novela breve, El jugador; un librito que me gustó en su día y que por lo visto está directamente conectado con la biografía del escritor ruso, adicto al juego durante algún tiempo.

Pero vayamos al lío. El libro que he publicado es Demonios y nihilistas. El Dostoyevski político, de Costas Despiniadis, traducido, como sabéis, por el infatigable Juan Merino. Lo hemos coeditado varios sellos afines. Costas Despiniadis es el autor de ese otro libro del que os hablaba antes, el ensayo sobre Kafka; un texto que no solo analiza la obra del escritor checo desde un enfoque libertario, sino que nos presenta las conexiones entre el autor de La metamorfosis y los círculos anarquistas de Praga.

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Hay libros que no podemos leer sin quitarnos otros de encima. Libros que tienden puentes entre ellos sin saber muy bien ni cómo. A mí me ha pasado eso. Hablo ahora como lector. Una de las cosas que más me han interesado de Demonios y nihilistas es el recorrido que hace Costas Despiniadis por la historia filológica de la obra del autor de Los demonios. Despiniadis nos explica cómo determinados críticos literarios, entre ellos Visarión Belinski, contribuyeron a que Dostoyevski fuera conocido y celebrado como autor emergente a mediados del siglo XIX en Rusia. También nos ayuda a entender cómo influyó el trabajo de algunos filólogos en la manera de leer su obra desde la muerte del Dostoyevski, en 1881, hasta la actualidad.

Pero lo que os quería contar, en realidad, es que todo lo anterior lo he leído con el mismo apasionamiento con el que leí en su día «La parte de los críticos», ya sabéis, una de las partes que componen 2666 de Roberto Bolaño, su novela póstuma. En ese libro, cuatro filólogos —Pelletier, Morini, Espinoza y Norton— trabajan de manera coordinada para que la obra de un escritor prácticamente desconocido hasta el momento, Benno von Archimboldi, consiga el reconocimiento que merece; algo que consiguen finalmente y que les permite adquirir un prestigio agradecido e inesperado.

Quizá lo que me interesa de ambas historias, la real de Dostoyevski y la ficcional de Archimboldi, es que ambas nos permiten intuir cuáles son los distintos agentes que operan en la construcción social de la literatura, un tema al que le hemos dado muchas vueltas en este blog. Porque pensamos que leemos solos, pero en realizar lo hacemos con los ojos de los muertos. Leemos libros con el susurro filológico de aquellos, de aquellas, que se pasaron la vida defendiendo una determinada manera de mirar, que no es otra cosa que una determinada manera de leer la obra de un autor. Y eso es fascinante.

Si tenéis ocasión, leed a Costas Despiniadis.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Sobre La tribu del abecedario

En la columna titulada «La mejor banda», publicada en el Diari de Girona en 1999, y recogida posteriormente en la compilación de textos críticos que publicó Anagrama bajo el título de Entre paréntesis, Roberto Bolaño ofrecía una de las principales claves para entender su obra y también su particular forma de interpretar la literatura. En este artículo, afirmaba rotundamente que si tuviera que asaltar el banco más vigilado de Europa o de América y pudiese elegir a los miembros de la banda con la que llevar a cabo semejante acción, no lo dudaría ni un momento: su banda estaría compuesta, no por mercenarios o delincuentes habituales, sino por poetas, pues, para Bolaño, no hay nadie en el mundo más valiente que ellos, ni que sea capaz de enfrentarse al desastre con más dignidad y lucidez. A continuación, proseguía afirmando que los jóvenes que deciden optar por fatigar el camino de la poesía no lo van a tener nada fácil, ni con sus familias, ni con sus compañeros, ni con sus profesores; pero no importa, saldrán sin duda adelante, pues bajo su aparente fragilidad, se esconden los tipos más duros del mundo. Bolaño siempre admiró la vida de los poetas, de los poetas auténticos, quiero decir, a causa de lo desmesurado de su apuesta, y esta admiración está presente en gran parte de su obra. De hecho, probablemente sea esta la clave para entender una novela como Los detectives salvajes, una obra que supone un tributo al valor de unos jóvenes que apuestan todo lo que tienen por la poesía, por la vida poética, una vida que solo merece ser vivida si es apurada hasta sus límites, de manera extrema, con absoluta intensidad, aunque esto signifique, por otra parte, acabar bailando al borde del abismo y aceptando que al final del camino tan solo aguarda el fracaso. Sin embargo, esta vida merece ser celebrada: vale la pena el gesto audaz.

Sobre este valor insobornable, sobre esta apuesta excesiva por la poesía, sobre esta afirmación de la vida frente a la rutina que nos adocena trata La tribu del abecedario, la última obra de Juan Cruz, una obra de carácter híbrido donde convergen el aliento narrativo y el discurso poético; una obra libre, como su autor, como sus personajes, que se niega a encajar en los géneros canónicos de la literatura y que, de hecho, los dinamita.

El origen de esta tribu hay que buscarlo en la anterior colección de piezas narrativas de Juan Cruz, El club de los poetas hiperviolentos, en cuyo antepenúltimo relato, precisamente el que da título al libro, nos presenta la génesis y la temprana diáspora de este grupo de vanguardia literaria, compuesto por unos jóvenes y valientes poetas que se enfrentan con agresividad y a través de acciones de terrorismo poético al statu quo de una literatura acomodaticia, cobarde y vendida; unos jóvenes que arrastran, sobre todo, una tremenda sed de vivir y que, por ello, son capaces de jugárselo todo a una carta. Es probable que estos mismos personajes, una vez que Juan dio por terminado el relato, lo hayan estado rondando y presionando de alguna manera con el objeto de instarle a no poner tan pronto un punto final a su epopeya, a desarrollar con más espacio aquella aventura, a contar qué fue de sus protagonistas una vez que el fuego fue sofocado. Y así tenemos esta nueva obra, La tribu del abecedario, que viene a ahondar en aquel episodio y donde se nos presenta la voz de cada una y de cada uno de estos poetas locos o hiperviolentos que, en esta ocasión, nos cuentan, cada cual desde su punto de vista, cómo vivió aquella experiencia transformadora y cómo, después de que todo terminara, han continuado recorriendo, de una forma u otra, su propio camino.

Veintisiete poetas pues, tantos como letras tiene el abecedario. Veintisiete testimonios de, en palabras del propio autor, «una juventud en llamas» que decide hacer frente al espanto cotidiano, al vacío de la sociedad contemporánea, a la alienación de una literatura amaestrada; una juventud salvaje que entiende que una vida digna de tal nombre solo puede ser heroica y, por qué no, violentamente osada. Una juventud, por otra parte, condenada al fracaso, pero un fracaso pleno de belleza orgullosa. Como escribe F, uno de los narradores protagonistas, «nada merece la pena si no puede venirse abajo». Esta es su historia, estos son los restos de aquel incendio, unos restos calcinados que continúan humeando en los cielos de la ciudad buitre, de la ciudad infierno.

Veintisiete voces entonces, veintisiete interpretaciones de lo que ocurrió en los gloriosos días en que rondaban la noche, sonámbulos y peligrosos, los poetas hiperviolentos. Veintisiete registros, distintas maneras de contar aquellas vivencias: del estilo seco y directo al lírico, del discurso alucinado a la expresión más bronca, del enrarecido lenguaje onírico a las palabras iluminadas del místico. Y también veintisiete trayectorias erráticas que muestran que, a pesar de todo, estos  nuevos hijos de la ira lograron sobrevivir a los días de violencia, alcohol, drogas, sexo, camaradería y poesía indómita. Algunos abandonaron la escritura, otros se encerraron en sí mismos, otros encontraron la paz, otros iniciaron una huida interminable hacia ningún sitio, otros, incluso, se dedicaron a la escritura de libros de autoayuda, mientras que otros permanecieron obstinadamente inéditos. Esta es la crónica de aquellos jóvenes que, hastiados de la sociedad del espectáculo, escogieron escapar de la pesadilla de la vida contemporánea buscando, tal vez, la salvación a través de su feroz amor a la literatura, a la poesía. Un amor capaz de transformarlos, de reinventar sus vidas, un amor intrépido que los empujaba a romper los límites, a trazar nuevos caminos no señalados por mapa alguno. Ya lo dejó escrito Baudelaire, un claro antecedente de estos poetas locos, en la última parte de su poema «El viaje», fragmento que se ha convertido en una especie de himno litúrgico para aquellos que entienden la literatura como una empresa arriesgada llamada a transformar la vida:

«¡Oh muerte, vieja capitana, cuánto nos pesa este país!
Ha llegado la hora. ¡Levemos el ancla!
Aunque el cielo y el mar son negros como la tinta,
¡ya sabes que nuestro corazón es resplandeciente!

¡Sírvenos ya tu veneno y que nos reconforte!
¡Abrasados por su fuego ansiamos hundirnos
en el abismo, Cielo o Infierno! ¿Qué importa?
¡Sumirnos en lo desconocido hasta alcanzar la novedad!»

Con La tribu del abecedario, Juan Cruz nos ofrece, por lo tanto, su propio Aullido generacional, un canto de amor sin condiciones a la literatura y al valor de aquellos que se niegan a someterse a los dictados del amo, y un homenaje, también, a toda aquella genealogía de autores heterodoxos que escribieron con sangre y vivieron al margen del orden y las instituciones, aquellos que apostaron por el lado salvaje de la literatura, desde François Villon, primer poeta hiperviolento, a los escritores de la generación beat, con Ginsberg, Kerouac y Burroughs a la cabeza; desde Baudelaire, Rimbaud y Lautreamont hasta Roberto Bolaño y sus cuates infrarrealistas, desde las veladas-tempestad de los furibundos dadaístas a las derivas libertarias de los distintos movimientos que nacieron del situacionismo. Un canto de amor, sí, pero cargado de dinamita. Un canto de amor cargado de dinamita, sí, pero también de felicidad, de esa extraña y apasionante felicidad que solo puede ofrecernos la literatura.

Desde luego, debo agradecer a Juan Cruz que haya escrito esta obra inclasificable: su lectura me ha regalado unos momentos de feroz y radiante júbilo. Es, os lo aseguro, una obra inspiradora. No obstante, las autoridades literarias advierten de que la lectura de La tribu del abecedario perjudica gravemente la salud, pues el lector que recorra sus furiosas y lúcidas páginas sentirá un deseo irrefrenable de vivir la noche sin fin, de trasegar alcohol hasta perder el conocimiento, de amar libre e intensamente, de celebrar la vida y el encuentro, de repartir alguna que otra hostia y, en definitiva, de ser valiente como nunca. Estáis avisados.

Y quisiera cerrar esta presentación con unas palabras que me han visitado de manera incesante mientras leía el libro de Juan. Una cita que conocí gracias a nuestra común amiga, Isabel Bono, y que, en mi opinión, resume certeramente el espíritu de estas páginas desafiantes. Es una cita del poeta y editor José Luis Gallero y dice así: «La vida está llena de trampas, pero todos mis amigos son poetas».

Sergio R. Franco

domingo, 2 de julio de 2017

El hombre de las gafas redondas: Carl Einstein y los lazos geométricos


Hace unos días, viendo un pequeño documental sobre Carl Einstein producido por la UNED, volví a pensar en las conexiones imaginarias que me llevan desde el historiador alemán a un puñado de nombres, escritores la mayoría, de los que suelo hablar en este blog: Benjamin, Zweig, Celan... Irremediablemente, esas conexiones, pensadas de manera geométrica, me hicieron recordar también los dibujos locos de Amalfitano, ese atractivo personaje de 2666, la novela de novelas de Roberto Bolaño; un libro del que también he hablado en varias ocasiones en este mismo blog.

Los esquemas de Amalfitano, en 2666, de Roberto Bolaño
El caso es que aquí está el mapa con esos puentes que menciono, un dibujo cutre el mío que recuerda a aquellos esquemas para estudiar filosofía que hacíamos en el instituto y que ayudaban tanto a simplificar la pesada historia de las ideas. No obstante, son vínculos que quizá no tengan demasiado que ver con lo historiable, con los hechos de los que se podría hablar con propiedad para, de una manera sólida, poder vincular a Carl Einstein con alguno de estos nombres antes citados. Los lazos de los que hablo son más bien de otro tipo, muy personales, apegados a mi propia biografía. De hecho, si no me acabo cansando, abriré una pequeña serie de entradas en LBDL4 para seguirle la pista a esos vínculos emocionales, esquivos y huidizos la mayoría de las veces, a los que quizá pueda echar el lazo si me detengo lo suficiente como para olfatear su rastro. Ya lo veremos.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Regresa a casa


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2666 regresa a casa. Hace unos años le dejé el libro de Bolaño a uno de mis mejores amigos y hoy me lo ha devuelto. Ha sido capaz. Tampoco ha pasado por encima la parte de los crímenes, esas casi cuatrocientas páginas que mapean el horror de la frontera norte mexicana. Antonio, mi amigo, es un héroe de los que ya no quedan. Capaz de merendarse cincuenta libros al año, tiene fuerza para currar más de sesenta horas a la semana. 

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Antonio ha sido capaz de leer el libro. Pero quién lo haría, es decir, quién sería capaz de leer pacientemente un libro de 1125 páginas. Es más, quién sería capaz de leer un libro así hoy, cuando la narrativa también ha sucumbido a la thermomix y solo se degluten las novelas fáciles. Mal asunto el de alimentar la equivalencia entre lectura y ocio.

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Uno de los mejores libros de Bolaño escondido dentro de otro. Se lo he dicho a mis amigos en más de una ocasión: La parte de los críticos, el primer libro de los cinco que componen 2666, me parece de lo mejor que ha salido de las manos congeladas del autor chileno. 

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Y ahora no sé donde ponerlo. Cuál será su biblioteca, desde que rincón velará por nuestros sueños... No sé. Seguramente me siga alimentando sin tan siquiera yo saberlo. Solo me hace falta asomarme a alguna página doblada para intuir lo que hay detrás de cada subrayado pretérito. Como este: Los remordimientos desaparecieron como las risas en una noche de primavera. Cuánta vida junta.

lunes, 4 de abril de 2016

Los libros que me sostienen


A Isabel Bono

Hay un poema de Roberto Bolaño donde habla de los libros de su biblioteca y acaba diciendo algo así como que espera que sus libros protejan a su hijo Lautaro. Que los libros nos protejan...

Cuando las cosas vienen mal dadas, es difícil encontrar aliento, sobre todo si por azares de la vida se tiene a la gente que se quiere lejos. Eso es lo que me ha pasado a mí, una pequeña mala racha. Pero esta mañana, al ir a la oficina de correos a enviar unos cuantos paquetes de Piedra Papel Libros, la cartera me ha entregado tres sobres que me iba a dejar en casa esta misma mañana. Los tres paquetes están llenos de libros. Dos de ellos son de poetas amigos, que me mandan a casa lo último que han publicado (ambos con dedicatorias afectuosas). El otro es un paquete de la editorial Baile del Sol, con libros que compré hace algo más de una semana, y donde la buena gente de esa casa incluye siempre algún título más de regalo.

Los libros me gustan y me alimentan. Ahora mismo, me sacan del estado de estupefacción en que se queda uno tras recibir varias noticias malas. De todas formas, ahí están los libros y detrás los amigos, la gente que nos quiere y a la que amamos de una forma extraña; una forma limpia y al mismo tiempo descuidada. Como decía al principio, no recuerdo cuál era el poema de Bolaño, pero entiendo lo que decía cuando le encargaba a su biblioteca que protegiera a su hijo Lautarito. Los libros cuidan de nosotros. 

sábado, 16 de enero de 2016

Las ruinas de Bolaño

Roberto Bolaño en su estudio de la calle Tallers (Barcelona, 1979)
Hace poco hablaba con un amigo sobre las ventajas de releer a Bolaño en un contexto como el actual, de reflujo de la marea mediática a la que, todo hay que decirlo, casi todo el mundo ha contribuido, aunque sea de manera desigual. Un buen momento, digo, para volver a su obra sin la carga del relato paralelo de los suplementos culturales que, bajo mi punto de vista, tanto ha condicionado la lectura de una obra exigente, inopinadamente ardua para muchos lectores que se acercaron a ella tras sucumbir primero a la mitología generada en torno al autor.

Obviaré los cambios de opinión inesperados, los artículos risibles de aquellos opinólogos que hoy detestan su narrativa, cuando solo hace unos meses, en la cresta de la ola del espectáculo Bolaño, se partían la camisa por los libros del chileno, defendiendo su candidatura al estrellato de la sempiterna popularidad. Más allá de esto, decía, ahora se puede leer a Bolaño sin tener la necesidad de confrontar nada, volviendo al secreto, redescubriendo a un escritor cuya biografía ha de pesar tan poco como la de todo artista inteligente, que se sabe extraño al devenir de su obra.

Precisamente por ello, ahora, cuando ha quedado lejos la etapa de los fastos, podemos habitar las ruinas de su literatura, popularmente sobredimensionada, deformada sin piedad por el cotorreo de los publicistas; un legado literario que, sin embargo, sigue manteniendo intacto el nervio de su autenticidad. Ahora es cuando podemos regresar a Bolaño para, sin animo de distinción, resituar su obra en la historia de la literatura contemporánea, más allá del espantajo de las listas de ventas, su posicionamiento en los buscadores de noticias o las regalías que genera la gestión de su cadáver.

En definitiva, ha llegado el momento de volver a permitirnos un lujo ciertamente inesperado con respecto a su obra: el de asomarnos a ella sin esperar absolutamente nada. Yo, al menos, voy a intentarlo. 

jueves, 19 de septiembre de 2013

Porta Costelleta


Conozco a Àgueda desde hace muchos años. He leído sus blogs y ella ha leído los míos. Yo he seguido sus aventuras de exploradora ártica y ella observa mi giro sempiterno de derviche. En cierta forma, estamos conectados por un hilo invisible que nos atraviesa la piel y nos hace afilar una sentimentalidad común, plasmada de forma irremediable en nuestros textos. 

De hecho, ahora nos ha dado por volver a los fanzines. Hace unos días me llegó el suyo a casa. Es un honor que haya publicado en Porta Costelleta los 57 sueños de El rastro de Cesárea; sueños que, todo sea dicho, me decidí a escribir tras leer los suyos. Ambos queríamos homenajear a nuestro escritor favorito imitando su delicioso paseo por la literatura.

Seguro que, a pesar de la distancia, seguiremos juntos durante mucho tiempo. Nos unen los libros (y las tormentas).


miércoles, 8 de agosto de 2012

Tiros al corazón

 Franzi Fehrmann (foto de E. L. Kirnchner)
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Sacamos la baraja y escogemos: toca empezar por el final. Al final se llega con el nombre Kirchner entre los dientes, como el explorador que arrastra la panza de aventurero bien pagado por el barro; así, de esa manera, nos escurriremos también por esta entrada. Si dijimos empezar por el final, diremos que allí se refleja la imagen de un hombre que se echa las manos a la cabeza; le han requisado más de cien cuadros a los que han llamado degenerados, echa la vista atrás: se siente solo, el futuro es la boca de un niño llena de polvo... Ese hombre se abre un botón de una camisa, tiene 58 años y quizá no ha visto demasiado, pero sí lo suficiente. Mete el cañón de una pistola en ese hueco, apunta al corazón. Se pega dos tiros.

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Setenta años después, un joven estudiante de Humanidades compra un pequeño libro de arte sobre el expresionismo alemán. Le apasiona la Alemania de entreguerras, pero sabe poco del mundo cultural de aquellos años y siente la necesidad de aprender un poco más. Muy pronto un nombre: Ernst Ludwig Kirchner. Y luego otro, quizá más intrigante aunque casi desconocido; hablamos de Marcella Fehrmann. Dos nombres sobre los que levantar un proyecto que toma forma a la luz de un flexo, en las madrugadas ya no diría plomizas sino férreas de los veinte años, cuando no importaba perder (ganar) el tiempo y daba igual que nadie le entendiese si lo hacía ella.

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Después de diez años el proyecto sigue vivo, crece, se alimenta cada verano, adquiere tintes épicos. Las vacaciones alemanas del joven humanista le hacen sentirse vivo, de cuerpo presente en la memoria de los hijos de Europa, esa historia grande... De Kirchner a Otto Dix, de los veinte a los treinta... La mirada melancólica de Marcella permanece, incólume, en mi memoria dinosaucer. A veces tengo la sensación de que mi mayor victoria continúa siendo mantener intacta mi libertad interior, aquella de la hablaba Stefan Zweig, sin caer en el absurdo ni en el recurrente solipsismo de aquellos que se creen únicos.

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Volvemos al principio. Si no estás solo, si eres imprescindible para alguien, renuncia a la solución Zweig, renuncia a la solución Kirchner. No, ya no es por la cuestión del egoísmo sino por el daño que se inflinge a aquel a quien se ama... O es que ya no aman los suicidas... Sí, claro que sí, el austríaco murió abrazado al pecho de su mujer muerta. Tampoco aquí hay absolutos. Podría ser un tema central en la novela o quizás sería interesante trazar un puente entre Dix, Kirchner y Stefan Zweig. Ya se verá. Hay tiempo. La vida no es tan breve como se piensa, lo decía B.

domingo, 11 de septiembre de 2011

El rastro de Cesárea *


1. Soñé que saltaba de un edificio de once plantas y que el vacío era otra cosa.

2. Soñé que seguía la pista de un asesino en serie y que sus víctimas eran jóvenes poligoneras menores de veinte años. Jóvenes trabajadoras o paradas, pero casi nunca estudiantes, chicas salvajes amantes de la violencia, el sexo, la cerveza, el ron, los coches tuneados y las anfetaminas.

3. Soñé que era devorado por una mujer con piel de sapo.

4. Soñé, yo también, con las guerras floridas y con sacrificios humanos. Soñé con una tropa de mercenarios tlaxcaltecas penetrando como un río de sombras por la calle principal de una ciudad ya casi en ruinas.

5. Soñé con un ejército de poetas hiperviolentos armados con palos y escudos de papel.

6. Soñé con una batalla perdida y un sol rojo cayendo a plomo sobre el barrizal donde agonizaban los niños santos con los que soñó Bolaño, pero con los que jamás soñó la Comtessa d´Angeville.

7. Soñé con la sonrisa de los justos y la mirada avispada de los bandidos.

8. Soñé con Antonio Machado cruzando la frontera de la mano de su madre enferma, él también enfermo pero menos viejo que ella, quebrado por el dolor, como tantos otros, arrastrando una desesperanza tan profunda como un pozo de aguas podridas, ya negras.

9. Soñé que era vendido como esclavo en un lupanar de Atenas durante el mandato de Solón.

10. Soñé que era un meteco macedonio y que tenía la lepra y que caía en la ruina.

11. Soñé que mis hijos nacían medio muertos y que yo los remataba. Soñé que vivía disfrazado con la ropa de Cronos, el que se comía a sus vástagos, sin pensar por un momento que Cronos es gigante y que no existe.

12. Soñé con ciudades protohistóricas contaminadas por el loto negro.

13. Soñé que leía sin pestañear.

14. Soñé que un hombre parecido a mí se volvía loco y que yo le acompañaba a un sanatorio donde nos encontrábamos con Robert Walser, un Robert Walser mucho más joven, rico y apuesto de lo que dicen todos, eso sí, pero al fin y al cabo un Robert Walser de pura cepa.

15. Soñé que me cortaba una mano, la derecha, y que Julia me tapaba la hemorragia con una venda donde hace mil años un anciano persa escribió arcanos sortilegios. Luego soñé que la mano se regeneraba y que era negra como el carbón.

16. Soñé que arrancaba veinte páginas del cuaderno donde había escrito la mejor novela del mundo y que me las comía todas.

17. Soñé que un hombre arrojaba a otro por un desfiladero y que aquello no era Esparta, si acaso los alrededores de una pequeña ciudad como Cuenca, pero nunca Esparta, quizá los arrabales oscuros y traicioneros de Nueva Gomorra. O tal vez Roma.

18. Soñé que un joven iba a la guerra con un pequeño diario guardado en su mochila y que lo mataban de un tiro en la frente a las primeras de cambio, sin que hubiera escrito ni una sola letra.

19. Soñé que deambulaba por una trinchera llena de muertos y que me habían estallado los tímpanos. Soñé que en esa trinchera me encontraba con el fantasma de Franz Marc, un espectro triste y a la vez tranquilo, que me decía con una voz casi inaudible que Alemania perdería la guerra, que las perdería todas hasta que no pasaran a cuchillo a todos los primogénitos de la aristocracia prusiana. Es una locura, ya lo sé, pero eso fue lo que me dijo.

20. Soñé que una mujer nos decía adiós (no estaba solo) con un pañuelo desde la ventanilla de un avión que luego explotaba.

21. Soñé que caminaba por el desierto sahariano en plena noche y que a lo lejos se escuchaba el piano de Bill Evans.

22. Soñé que mi padre me tocaba la cara para poder reconocerme.

23. Soñé que apostaba a las carreras con Bukowski y jugaba al ajedrez con Fante. Soñé que vivíamos en la misma casa y que por la noche ninguno de los tres dormía.

24. Soñé que una mujer me arrancaba el corazón y se lo intentaba merendar. Soñé que la mujer tenía los colmillos romos y que no podía despedazarlo. Soñé que le daban arcadas y que era ridícula. Luego soñé que caminaba solo por una ciudad vacía, abandonada repentinamente.

25. Soñé que mis amigos me felicitaban después de recoger un premio con sabor a sangre y que ninguno de nosotros le daba importancia.

26. Soñé que la literatura se comía el mundo y que nadie se salvaba. Soñé que la ficción nos volvía locos.

27. Soñé que el tiempo de los hombres se acababa y no nacía nadie más.

28. Soñé con los niños verdugos de Münster.

29. Soñé que alguien me estrellaba una botella de champán en la cabeza y que del cráneo salía una procesión en miniatura de Jesús del Gran Poder, con sus nazarenos y todo.

30. Soñé que el padre de los Goytisolo hacía las paces con los milicianos de la FAI.

31. Soñé que fusilaban a mi abuelo, pero que luego revivía y se iba corriendo.

32. Soñé que a uno de mis hijos lo molían a palos en una cárcel argentina.

33. Soñé que un hombre, un tipo de unos cincuenta años, cantaba una saeta en un balcón de Sevilla adornado con una bandera nazi y que alguien le pegaba un tiro.

34. Soñé que un tipo colgaba un galgo de uno de los árboles que hay frente a mi casa y que Ángel lo buscaba por las calles, en plena noche, con la venganza en los bolsillos y una navaja abierta.

35. Soñé con una tribu de poetas ya no desesperados ni valientes, sino podridos de dinero y enajenados de comer sobras.

36. Soñé que John Coltrane venía a visitarme a la cárcel.

37. Soñé que una mujer despampanante me agarraba de las pelotas y me mordía el cuello, pero me hacía cosquillas. Soñé que la mujer se iba con el rabo entre las piernas y ese rabo era mi polla.

38. Soñé que el viento te despeinaba y eras tan bella que se me heló la sangre.

39. Soñé que un dolor antiguo me partía en dos, como si fuera un rayo.

40. Soñé que Frank Sinatra perdía al ajedrez conmigo y se marchaba refunfuñando. Soñé que aquella misma noche le encargaba mi asesinato a un mafioso italiano, un joven imbécil, cateto, con traje de verano beis y el rostro picado por la viruela.

41. Soñé que vivía en Tokio en 1968 y que regentaba un club de jazz donde Haruki Murakami la liaba todas las putas noches. Soñé que el pianista del local era Thelonious Monk y que de vez en cuando tocaban Charlie Parker o Milles Davis, y que a pesar de las broncas del imbécil de Murakami, a pesar de sus excesos (le había dicho mil veces que no se metiera coca en el servicio), el club estaba casi siempre lleno y mis amigos japoneses me decían ―en parte porque lo pensaban en serio, en parte porque querían que les invitara a copas― que el mío era el mejor club de jazz de la ciudad (aunque luego me enteré de que era el único).

42. Soñé que una noche me disfrazaba de poeta hiperviolento y una mujer me descubría.

43. Soñé que el tiempo de los míos también finiquitaba.

44. Soñé con el entierro de mi madre.

45. Soñé con un bonito poemario escrito con letras de sangre y con una oferta millonaria de una editorial judía que deseaba publicarlo. Esa misma noche soñé que el Grial era un vaso de cerveza olvidado en un portal de Malasaña.

46. Soñé que una mañana el sol se levantaba con un parche en el ojo izquierdo.

47. Soñé que una noche más de veinte millones de mejicanos salían a las calles del DF para cantar A las barricadas y que la vida se hacía tan ancha que las costuras del sistema se hacían añicos.

48. Soñé que Godzilla era escritor y que había máquinas de videojuegos donde los chavales manejaban a personajes como Chéjov o Nietzsche, y que a veces, muy pocas, algunos chicos me elegían a mí y acababan perdiendo siempre, rápido, muy rápido, aunque a aquellos chicos no les interesaban demasiado los videojuegos, sino más bien las fiestas, las mujeres y el olor de las mujeres. Jóvenes aterrados que pasaban todas las noches buceando entre canciones de rock, preguntándose, casi siempre borrachos como una cuba, en dónde se halla el secreto de los valientes.

49. Soñé que hacía las paces con el jefe de los tlaxcaltecas y que todo estaba listo para el sacrificio. Luego soñé que unas mujeres me desnudaban y me pintaban el cuerpo de azul y que una multitud se congregaba junto a la pirámide en cuya base se acumulaban los cuerpos ya sin vida de los prisioneros. Soñé que en aquel momento deseé con todas mis fuerzas que la historia del eclipse que contaba Monterroso fuera real.

50. Soñé con el fantasma delgaducho de Otto Dix.

51. Soñé con el momento en el que Rosa Luxemburgo ponía el último punto de El orden reina en Berlín, el texto que escribió la noche antes de morir a culatazos, la noche antes de que su cuerpo fuera arrojado al río, la noche antes de que pasara a convertirse en la musa-mártir de los situacionistas y los fuegos de París ardieran con la mecha de sus palabras.

52. Soñé que una sombra le dictaba los versos de El paraíso perdido a Milton y que el poeta ciego no era tan ciego entonces, sino algo más que miope.

53. Soñé con la sonrisa inmutable de uno de los locos del sanatorio de Mondragón, en concreto el más lejano a Leopoldo María Panero. Un joven tarado con la mirada perdida y la sonrisa inexpugnable de los benditos, un loco que más que poeta era un creador a secas, capaz incluso de improvisar algunos versos que tatuaron el alma acomplejada de sus loqueros. Versos negros como la mierda de los ulcerados.

54. Soñé que tenía noventa años menos y me casaba con la heredera de un barón inglés. Una joven que gracias a ese matrimonio acababa pobre como una rata, pero feliz y cuerda y amante de la vida ancha y de las formas menos militarizadas del compromiso, es decir, una mujer libre, hija de su tiempo y hermana de los vencidos.

55. Soñé que alguien me elegía para ser el joven secretario de Zhang Chunqiao, el perverso líder de La banda de los 4, y que al cabo de unos años era detenido por los esbirros de Deng Xiaoping. Soñé que pasaba años y años y años y años en una cárcel china y que en la cárcel no había ratas, aunque sí en nuestra comida.

56. Soñé con la Reina Juana, ya no loca sino enferma de dolor, caminando con el rostro helado al frente del cortejo fúnebre de su marido muerto, el rey Felipe, que murió de fiebre.

57. Soñé que una mujer vestida de blanco me daba un vaso de agua y que al beberlo me calmaba y no enfermaba como el rey Felipe, sino que me calmaba al fin. Luego supe que aquella mujer era Cesárea Tinajero, la poeta estridentista, y que su tumba, perdida en las entrañas del desierto de Sonora, estaba vacía y olía a rosas.

Doña Juana "la Loca", de Francisco Pradilla (1877)

* El rastro de Cesárea se lo debo a Roberto Bolaño, por supuesto, pero también a la Comtessa d´Angeville, quién realizó un inacabado homenaje a Cesárea Tinajero que ahora os traigo aquí. A la Comtessa d´Angeville, ahora Saoki, podéis seguirla en su nuevo blog, Meta incógnita, una bitácora para detectives helados y descarriados. Entre los tres sumamos 171 sueños, algunos locos y desesperados, otros absurdos, otros depravados y otros esperamos que premonitorios. Algunos me dan miedo de verdad. Que sirva de homenaje a los que viven con los ojos como platos.

martes, 30 de agosto de 2011

A propósito de César Aira

Rakel dice que este número toca literatura argentina.

Me quedo callado. Inmediatamente pienso en Borges, en Cortázar, y me digo que no. Me digo: no, no y no. Es imposible escribir sobre ellos. Tabú. Objeto ságrado. Tótem. No pongas tus sucias zarpas en el nombre de Yavhe. Cortázar y Borges van cogiditos de la mano hacia el abismo de la eternidad (me refiero a la eternidad inmediata).

Pienso en otros. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... Y ocho nombres. Sí, me quedo con el octavo. Es César Aira. Supongo que lo conoceréis.

Lo primero que me viene a la cabeza es lo fácil que resulta escribir sobre Aira un minuto después de barruntar la idea de balbucear algo a propósito de Borges o Cortázar.

César Aira y la literatura argentina. Escribiré estrictamente sobre el primero. Lo segundo, eso de la literatura argentina, no sé lo que es, no tengo ni idea. A decir verdad, sólo creo en la literatura a secas. Soy algo parecido a un monofisista literario. Llamadme talibán.

Al lío. De César Aira (Coronel Pringles, 1949) sólo he leído dos libros: Cómo me hice monja (1993) y Cumpleaños (2000). Teniendo en cuenta que ha escrito más de treinta libros, se puede decir que he leído bastante poco de él. No obstante, me atrevo a hincarle el diente al pastel.

Para mí, llegar a César Aira fue fácil. Caminé hacia él a través de un puente ancho y asfaltado llamado Roberto. El apellido, mis ilustrisimos lectores, ya sabéis cuál es. Decirlo hoy en día, escribirlo, cuando su figura se extiende como una mancha de petróleo por los mares del mercado, me da un poco de risa.

Recuerdo perfectamente que cuando leí Cómo me hice monja pensé que a partir de entonces entendería Argentina un poco mejor. Es lo que me pasa con algunos autores. Autores cuyos libros parecieran componerse de retratos emocionales que nos permitiesen, a nosotros los lectores, desplegar una cartografía sentimental a través de la cual, y aun de forma aproximativa, llegar al fondo de las cosas que pasan en el lugar. Podría ser una especie de literatura etnográfica, muy alejada a su vez del naturalismo europeo.

En Cumpleaños, sin embargo, nos enfrentamos a un ejercicio de literatura sin historia. Tenemos en este pequeño libro una obra cuya argumentalidad pivota sobre un eje muy alejado de la fabulación: el de la memoria. Cumpleaños se me antoja un libro exquisito, breve, certero, sin párrafos de adorno ni florituras estructurales. Es uno de esos libros contenidos y bien cerrados desde la primera página. Una obra que se levanta sobre el deber de callar.

Además, Cumpleaños es un libro que guarda lo que a mí siempre me ha parecido un tesorillo de los moros, sí, una pequeña historia de las que emocionan, y que jamás, jamás de los jamases, podré olvidar. Os dejo con ella. Espero que os guste tanto como a mí.

Una historia que me hace pensar: la muerte de Évariste Galois, a los veintiún años, en 1892. Una noche, en una taberna, tuvo una querella a propósito de una mujer, con unos brabucones que quizá eran provocadores profesionales, y no pudo evitar un duelo, pactado para el amanecer. Fue a su cuarto y esperó la hora escribiendo febrilmente, de modo de dejar registro de sus revolucionarios descubrimientos matemáticos. Con la primera luz acudió al campo de honor y lo mataron. Su obra había sido escrita en una noche, y es una obra de gran peso, fundadora de la matemática moderna. Es una historia triste, pero con un final hasta cierto punto feliz, porque pudo dejar el testimonio de su genio, y no vivió en vano. Pudo hacerlo en unas pocas horas, en unas pocas páginas. Un novelista en las mismas circunstancias no habría podido. Él pudo porque se trataba de matemáticas, y porque las matemáticas tienen una notación adecuada. En esto último creo que está la clave. Yo he pasado muchos años inútiles, toda mi juventud, buscando la notación de la literatura; dicho de otro modo, he empleado mi vana supervivencia en soñar el instante de mi muerte anticipada.

Sí, lo sé, os ha gustado. Muchas gracias.

- En La rara, número 2 (puede leerse online pinchando aquí).

lunes, 1 de agosto de 2011

Escritores en el frente ruso

Soldados soviéticos en la defensa de Stalingrado, 1943

-¿Y tú qué vas a hacer en vacaciones?
-Leer y escribir.
-Pues vaya vacaciones de mierda.
..

Lo de antes es un pequeño extracto de una conversación imaginaria. Tengo un vecino que sabe lo que es la vida de verdad, por eso cada agosto se va con su mujer y sus chiquillos a Torrenueva. A perderse, dice, como si se hubiera encontrado alguna vez. En mi tierra, a este tipo de personajes los llamamos sabeores. Pues eso, un sabeor de la pradera (sabedor de la pradera para los que habitéis al otro lado de Despeñaperros).

Leer y escribir, pero escribir dónde. Un buen amigo me dice que tengo demasiados frentes abiertos, y en verdad lleva razón. Pensar en frentes de guerra y en batallas monstruosas me hace recordar El Tercer Reich, de Bolaño, otra lectura veraniega. Entre sus libros, uno menor. Decía que demasiados frentes, pero cómo centrarse en uno... Él me dice que antes de empezar otro proyecto debería terminar de corregir los viejos. Aunque sé que su consejo no es exactamente ese, sino otro bien distinto. En realidad me está diciendo que no escriba más hasta que no vea publicado mi siguiente libro. Explea tu tiempo, quiere decir, en colocar tu obra, puto gilipollas, y no escribas más. Me lo dice con cariño, a pesar de que no me lo diga directamente, pero me lo dice con cariño y yo lo sé. Pero no, este verano tampoco voy a hacerle caso: pienso escribir de todo un poco, no me voy a cerrar en un solo proyecto. Voy a corregir, sí, voy a repasar el último libro de relatos que he cerrado, pero no voy a perder el tiempo. Quiero disfrutar, hacer de la literatura una casa en las afueras, un pequeño apartamento en primera linea de playa, pero en invierno.

Aunque bien es cierto que su consejo es oportuno. Desde un prisma, digámos, racional, digamos lógico, es muy oportuno su consejo. Y cuando pienso en el adjetivo oportuno estoy pensando más que nada en no perder oportunidades. Pero oportunidades de qué y para qué... No lo es todo publicar y tampoco ser leído. Recuerdo una entrada de Desóxido donde Bernardo Munuera hablaba de los pocos ejemplares que se habían vendido de una interesante novela de Esther García Llovet. Y además pienso en todos aquellos que salieron a darlo todo y perdieron todas las guerras, y me parecen mejores. Quizá no se trate tanto de organizar el trabajo como de tener ganas de trabajar, que es bien distinto.