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lunes, 21 de enero de 2013

Días bajo el cielo


Días bajo el cielo, de José Ignacio Foronda, es un libro raro en nuestros días. Raro y necesario. Afortunadamente, Pepitas de calabaza, la editorial que ha decidido apostar por él, no tiene complejos a la hora de publicar originales cuyo acomodo en el mapa de géneros resulta difícil (ya lo ha demostrado sobradamente con libros como Diarios, de Iñaki Uriarte). Porque actualmente, y a pesar de la sobreabundancia de novedades y la proliferación de editoriales más o menos independientes de los grandes grupos empresariales, la literatura meditativa parece no tener la importancia que debiera en un momento en el que la novelística vigente  parece haber renunciado casi por completo a la reflexión moral, a otear lo circundante con el ánimo preclaro de aprehender la realidad.

Y es que el libro que nos ocupa es, básicamente, un libro de reflexiones que nacen de la contemplación de la naturaleza. Nos encontramos ante una sucesión de apuntes al natural, disímiles y sugerentes, que el autor pergeña los fines de semana y periodos vacacionales que pasa con su familia en un pequeño pueblo de La Rioja. Notas al margen del vértigo de una sociedad donde el individuo parece hallarse en fuga permanente, donde el reloj de los de arriba nos marca el compás con el que, paso a paso, le vamos dando la espalda a un acontecer pleno, más humano, franco y horizontal, a un presente más nuestro.

Foronda nos enseña, por tanto, a vivir profundamente, a mirar por primera vez lo que acaso hemos ignorado siempre. Utiliza el atrezo de la naturaleza para testimoniar la necesidad del cambio, de la vuelta al tiempo de los hombres. Literatura meditativa, decimos, cuyo principal valor reside en aspirar a que cada cual recupere su presencia en el mundo (ese estar más pegado a lo que de verdad importa). Hablamos, por supuesto, de la necesidad de recuperar una mirada que amplifique nuestra empatía, nuestra capacidad para aceptar la soledad del otro, su radical independencia, su particular belleza.

El autor, en suma, acaba por formar un puzle en el cada una de sus piezas nos enseña cuál es el hueco que la sociedad actual, esa que Lipovestky situaba en la era del vacío, abre en cada uno de nosotros. Vacío que deviene de nuestra falta de consciencia, de nuestra abúlica curiosidad, de nuestra sensibilidad inicua. Una pobreza moral y vivencial que pretendemos evitar consumiendo a todo tren y padeciendo las experiencias escapistas prefabricadas por el mercado para salir del pozo de nuestras rutinas hundiéndonos todavía más en él.  

Para finalizar, hablamos de un libro que bebe de una tradición cuyo epígono sea quizás Henry David Thoureau, el anarquista estadounidense, autor de Walden, que fue el padre de la desobediencia civil. Otro motivo más para acercarnos a él.

- Reseña publicada en el número 2 de la revista Estudios.

sábado, 30 de junio de 2012

Uriarte, Chéjov; diarios y cuaderno de notas


i
 
Dice Iñaki Uriarte en la página 143 de sus Diarios:

CADA VEZ QUE alaban a Chéjov, me pongo en guardia. Hay que tener un paladar muy en forma para degustar a Chéjov (con tanto tabaco y tanta coca cola yo a menudo no noto nada). Y para componer relatos como los suyos, hay que haber escrito también cosas tan aéreas y vivas como sus obras de teatro.

ii

Imagino que Bernardo ya los habrá leído los dos. Creo que me comentó hace unos meses que se iba a comprar el Cuaderno de notas de Chéjov. En todo caso, si tuviera que pensar ahora mismo en un par de libros que prestarle, sin duda serían estos dos. Él tiene un paladar fino, desde luego que sí, y conoce los alrededores de la literatura como pocos. El Cuaderno de notas de Chéjov, que no deja de ser un documento de trabajo, merece ser destripado por un lector como él.

iii

Confieso que al principio no me gustaba Chéjov. Confieso que al principio no me gustaba leer relatos. Ahora leo y releo a Chéjov cada cierto tiempo, cuando quiero ver mecanismos, estilográficas rusas deslizándose, tan secas, por la estepa siberiana. Se aprende con Chéjov y con casi todos los rusos. Leed a Turgueniev, leed a Gorki, leed a Tolstoi y también a Dostoievski, no os olvidéis de Bulgakov.

Y leed también a Iñaki Uriarte. Es la primera vez que compro un libro justo después de leer una reseña y no me he arrepentido de hacerlo. Eso no lo hagáis. No os dejéis llevar jamás por el criterio de un solo reseñista. Os aconsejo no malgastar dinero comprando libros que luego no os van a gustar. No hay nada que ayude más a dejar de leer que gastarse una pasta en un libro insulso. El de Uriarte no lo es.