Mostrando entradas con la etiqueta policía literaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta policía literaria. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de agosto de 2011

Radicales extranjeros y provincianos desclasados: ¡todos culpables!


Los radicales extranjeros andan sueltos por España. ¡Cuidado! Se dedican a sabotear la paz social y están pagados por nuestros enemigos sempiternos (entiéndase Inglaterra, entiéndase Francia, entiéndase Grecia, sí, parece que Grecia también entra en el saco). Son peligrosos esos infiltrados: abogan por la violencia simbólica, dicen que no tienen miedo y, lo peor de todo, es que no lo tienen de verdad. Son malos.

Bien, pero volvamos a Los escritores contra la Comuna. Poco a poco el verano nos va quitando kilos y la cola de lecturas va disminuyendo, se va haciendo colín. Paul Lidsky, que ha trabajado como nadie la literatura anticommunarde, ya nos habla de ellos. Uno de los tipos clásicos de esta literatura, a la que se entregaron escritores como Zola después de la caída de la Comuna de París (1871), es el radical extranjero. Otro es el joven desclasado de provincias. Los dos asumen los papeles protagonistas en el teatro de la anarquía. La policía es muy vieja. Sus clichés son inmortales.

Fueron muchos los que pusieron el estómago por delante y pocos, muy pocos, los que optaron por mantenerse fieles a su radicalismo. Los contamos con los dedos de una mano: Vellès, Rimbaud, Verlaine, Villiers de L'Isle-Adam y Victor Hugo fueron los únicos que no dieron la espalda a la Comuna. Todos los demás, viejos bohemios amaestrados con cacahuetes, se hicieron policías, escritores con porra que ni siquiera se dignaron a conformarse con la indiferencia, sino que echaron más leña a la hoguera y confortaron las conciencias de los responsables del ametrallamiento de los 30.000 comuneros (entre ellos muchos niños) ajusticiados tras la debacle. Se hicieron mercenarios.

Lo único que me consuela es saber que mientras todo el mundo recuerda a Rimbaud, Verlaine y Victor Hugo, pocos, muy pocos, saben quiénes son Leconte de Lisle, Francisque Sacey o Gobineau. La historia de la literatura se los merendó hace tiempo.

viernes, 17 de junio de 2011

¡A la mierda con los tertulianos!

¡Opinadores del mundo, uníos! Este debería ser el nuevo grito de guerra de todos los comentaristas, tertulianos y opinadores profesionales de España. Todos unidos contra la violencia de los radicales y los perrofalutas, los costras y los sediciosos. Todos contra la amenaza de lo disforme, de lo que les cuesta trabajo nombrar. Pienso en El hombre que fue jueves.

Leed Contra los tertulianos, de Carlos Taibo, y sobre todo leed Los escritores contra la Comuna, de Paul Lidsky. Librazo que editan Los enemigos de Thiers. Prometo hacer una amplia reseña del mismo, porque estoy disfrutando con su lectura como un niño chico. Un ensayo sobre el papel de los escritores en la represión de la Comuna de París, aquella primera experiencia de gobierno obrero vivida en la capital francesa en 1871.

Al lío... Tertulianos bien pagados, opinadores profesionalmente encuadrados en la defensa mediática de los amos que les pagan. No hay diferencia en entre la pluma y la porra. La represión es la misma. Ellos son los mismos. Violencia legítima del sistema contra insurrectos armados con spray y botes de plástico. Todos los que ponen su mirada inquisitiva en los cuatro palomos a los que se les va la pinza, todos los que hablan de la infiltración de los antisistema entre la buena gente, son los que día tras día se callan como putas antes la pérdida de derechos sociales y laborales, los que les ríen las gracias a los criminales hijos de perra que nos están robando la vida.

Vamos a ver de qué violencia hablamos, señores opinadores bien pagados, porque si de violencia se trata, ustedes ganan por goleada. Lean Los escritores contra la Comuna y se sentirán retratados. Son ustedes un montón de mierda.

sábado, 28 de mayo de 2011

Porras literarias



Qué rabia. Acabo de perder la entrada por un fallo de blogger. Buff! Ya no sé lo que decía antes... Solo queda el título: Porras literarias. Hablaba en esa entrada triturada de que no creo demasiado en las batallas literarias, en la literatura militante. Prefiero estar en la calle. Sí, eso es lo que decía: que prefiero estar en la calle, una vez más delante de las porras volantes de la policía que encerrado en esta habitación revuelta, también insurrecta. La calle. Las plazas. Poco, muy poco tiempo para escribir. Si pudiera elegir la trinchera donde ubicarme eligiría otra que no fuera esta de ahora (la del teclado). Ahora bien, también existen porras literarias, y esa es otra guerra, quizá tan importante. En el mar de mierda de la literatura mercenaria abundan y crecen como ellas solas, las porras literarias, digo. Leed a Belén Gopegui y sabréis de qué os hablo. Leed con la mirada puesta en lo que os rodea y sabréis de qué os hablo. La policía de la literarura te sorprende detrás de, por ejemplo, la palabra productividad. La policía de la literatura aguarda en sus cuarteles y se despliega por las plazas de papel a la primera orden. Mejor deja tus ideas a remojo en el tendedero del balcón si quieres sumergirte en el bálsamo lacustre de la literatura de andar por casa. Mejor no te señales o sácate el carné del partido vencedor. El otro camino es más interesante pero mucho más jodido, eso tenlo claro. En el desierto uno puede ver como un padre de familia puede convertirse en un salvaje si le das un azucarillo con palabras como orden, ley, seguridad... Desde lejos se puede ver como ese ciudadano vestido con armadura de plástico reforzado se convierte en un guerrero garantista del establisment social... ¿A qué os recuerda eso? Sí, policías por todos lados, en las calles y en la literatura. Matrix. Porras voladoras como churros de chocolate: de madrugada, pero con sangre. En todos lados nos tendrán enfrente.