Esa señora se coló la otra noche en mi vida. Entre sueños, después de ver El desencanto, no la señora de Panero ni la madre de los Panero ni la viuda joven y rica que paseaba Leopoldo María, sino la otra, la que no es ni por asomo viuda, ni por asomo joven, ni madre ni rica ni mujer de poeta, sino otra mujer, la de las fotos, la que viaja por mis sueños y veo dormir entre las ruinas y escucho recitar mientras mi corazón bombea una extraña mezcla de deseo y extrañeza. La que no se llama Felicidad Blanc.
Esa mujer, que no señora, que ya tampoco musa sino mujer a secas, la de los sueños, tiene una marca en las rodillas y quisiera creer que la persigo de lejos, acudo a sus recitales y me presento así, como el que no quiere la cosa, en la puerta de su trabajo y en la tienda donde compra manzanas y en el parque donde pasea su mirar sereno, sus labios tranquilos, sus pasos sin prisa.
No, la verdad es que no sé qué es lo que hace esa mujer nevada, allá en las cocinas de mis sueños, ya casi de día, y una vez tras otra. No sé si querrá decirme algo, darme un consejo o quizás leerme ese poema que hablaba de aquellas hormigas que corrían por el cuerpo de la joven desnuda. Da igual. Seguro que esta noche esa mujer, la de la foto, la que sonríe sin saber a quién lo hace, la que aparece en una esquina en plena madrugada y no me suelta, la que recita esos poemas que hacen que despierte con sabor a polvo en la garganta, seguro que esa mujer -digo- vendrá esta noche a visitarme. Ella pondrá el tablero y las piezas. Miraré sus manos. Estarán limpias y tal vez frías. Y sin hormigas. Y sin presagios.
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