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lunes, 21 de marzo de 2016

Telegrama helado

No suelo leerme nada de un tirón. Ninguna novela, me refiero. Sin embargo, con las de Rafael Pinedo no puedo. Me pasé un día entero leyendo Plop; ahora me he pasado otro haciendo lo mismo con Frío.

De la trilogía de Pinedo, Frío me ha gustado menos que Plop, pero bastante más que Subte.

Que Pinedo se haya muerto es una verdadera faena. Levanta historias redondas con tan pocos elementos que, de alguna forma, su manera de contar se aleja de todo lo que suelo leer (novelas donde el estilo se evidencia por lo que se quiere mostrar y no por lo que se esconde).

La historia de Frío tiene como marco una institución religiosa aislada en medio de un páramo nevado. En ella, una mujer, asediada por la culpa y el pecado, intenta sobrevivir al frío y a la falta de alimentos. Las ratas son su única compañía.

Capítulos cortos, muy bien trabajados, que hilan una narración en la que el trasfondo apocalíptico es menos denso que en sus otras dos novelas. La concisión y parquedad en el uso del lenguaje no le restan magnetismo a la trama, sino justo lo contrario, le abren un hueco al lector por donde entra su imaginario. La crudeza y humanidad de las imágenes hacen el resto. Sin artificio ni aderezos, Frío consigue estar a la altura de las expectativas que uno se hace tras leer Plop.

domingo, 23 de febrero de 2014

Plop


Hoy solo vamos a hablar de un libro. En concreto, hoy solo vamos a hablar de Plop, la oscura novela del escritor argentino Rafael Pinedo. En España ha sido publicada por la editorial Salto de Página, que la editó a finales de 2007. 

Plop es una novela distópica inusual. La trama se sustenta en la historia de un personaje que asciende socialmente hasta convertirse en el reyezuelo de un extraño clan de desarrapados. El marco donde se desenvuelve la historia permanece desdibujado. Efectivamente, el paisaje donde crece la narración parece arrasado por alguna especie de cataclismo de origen incierto. Todo lo que vemos, por el contrario, es un mundo lleno de barro, donde los hombres sobreviven agrupados en clanes que parecieran sobreponerse a las circunstancias utilizando diferentes estrategias. En ese sentido, Plop es la historia de uno de esos clanes y, más concretamente, la historia de uno de sus líderes. 

Como decíamos anteriormente, es la historia del ascenso social del personaje principal la que sostiene la novela; un argumento que, contado a la manera de Pinedo, tiene algo de ensayo antropológico cuyo carácter ficcional pareciera no restarle verosimilitud. Por eso mismo, no sería demasiado aventurado leer la novela de Pinedo como un breve trabajo de antropología-ficción, donde, acaso una vez más, el papel protagonista recaiga de manera soterrada en la misma especie humana. 

En otro orden de cosas, un aspecto que llama la atención es el estilo seco y despegado de Pinedo. Un estilo que, al menos en nuestra opinión, posibilita un acercamiento a la historia poco mediatizado por elementos externos a la propia lógica interna de la narración. Finalmente, quizá sea el final del libro el aspecto menos cuidado de la obra, pues a pesar de adoptar una sugerente estructura circular, pareciera no haber agotado la potencialidad de una historia que probablemente hubiera merecido un recorrido mayor. No obstante, os invitamos a leer esta interesante obra.

- Reseña publicada en el número 5/10 del fanzine COTARRO.

lunes, 20 de enero de 2014

Hijos de ciegos


i

Sale en los sueños. Vuelve, no se va. Es imposible olvidar el ojo, el triángulo, el lunar y aquella curva somnolienta justo en el centro de su espalda. También ahí, en aquel bar. Podría ser ese, aunque podría ser otro. Frío. Viento. Lluvia. Las puertas se abren y huele a refugio. Hay gente. Debería preguntarle si fue este... Estaba demasiado borracho entonces como para acordarme ahora; pero no se pueden olvidar los vasos vacíos sobre la barra, la elegancia del gesto, la tibieza de la marca de sus bragas negras y su olor a cansancio. Siempre ese olor. Se apaga la luz. Ahora lo sé. Sí que es el sitio. Y ahora la pena.

ii

Estoy cansado de la espera. Todo el mundo mira y nadie baila. Ella sí. La música es apenas un ronroneo. La luz se apaga a cada tanto y se oyen los roces. La oscuridad nos vuelve ciegos. Heredo el tiempo del que aguarda y ya no sé ni comportarme. Los vasos se vacían al tiempo que el recuerdo se abate sobre el silencio amigo. Ciego. Mudo. Tan solo el tacto esquivo de su pelo consigue sacudirme de repente. Estoy perdido, pienso. Tengo ganas de dormir, digo. Salimos a la calle y la helada nos golpea el rostro. Después la carretera, las horas que vendrán tras el cristal. Libros y tiempo. Tiempo y memoria. Dicen que va a nevar.

iii

Me prestan Subte. Otra novela de Rafael Pinedo. Me lo dejan sabiendo que el escritor me gusta. Hablo del libro: el escenario es todavía más estrecho; túneles de metro, pozos sin luz, hombres y mujeres que viven a ciegas, enterrados bajo el asfalto, tan solo supervivientes. La novela se agita, me hace recordar aquello del gusano en la noche inacabable, lo de los sueños rojos. Un mundo a ciegas donde todo es oscuridad. Perros y hombres atrapados en las tripas de un mundo cadáver. Esa es la pesadilla, pienso. Precisamente ese es el lugar del que hay que huir. Tachas la frase nació con la mirada hecha ceniza. Te lo has leído de un tirón (el viaje ha sido largo).

iv

Oscuridad y ceguera. Estiras las manos. Quieres tocar. Deseas que la venda en los ojos te sirva para sentir más. Deambulas a tientas. Tienes los verbos sucios. Sueñas con que la noche te haga descubrirte otro; otro mejor y otro más justo. No herir a nadie. No tener miedo a golpearse la cabeza una y mil veces. Huir de la elección de los cobardes y tomarle el pulso a la partida. No hacer lo que ella hizo. Ver en lo negro el contorno de lo más negro todavía. No tener miedo a descender más hondo. Piensa en el libro. Tiene la fuerza de convocar un pensamiento firme, una idea salvaje. Huir no es la palabra. Y prosperar tampoco. La forma del mensaje se dibuja en tu conciencia. Toca mirar con cinco letras.

v 

La oscuridad. Los apagones de Nueva York. Recuerda aquel artículo sobre el de 1961. No hubo robos, ni incendios ni pillajes. La gente se dedicó a follar. Al año siguiente, nacieron muchos más niños. Pequeños neoyorkinos hijos de padres ciegos. Hijos benditos de la oscuridad. Neonatos de un mundo que, a cada tanto, debería apagarse. Tal vez así sabríamos el peso del aquí y ahora. Tal vez así tendríamos conciencia del precio del presente y escucharíamos mejor la música del baile. Necesitamos, todos, un apagón y cuenta nueva. Ahora veo con otros ojos. Da menos miedo el cero.

* La fotografía viene de aquí.

sábado, 4 de enero de 2014

La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes


Pues claro; una vez más, de pie sobre un montón de ruinas.

2013 knock out.

El viento de estos días se lleva el polvo. Se descubren los huesos. Si no me repugnara tanto eso de volver a empezar, vestir todo de nuevo, olvidarse de los malos ratos...

2014 es un perro abandonado en la cuneta.

El lector se agita como un gusano sobre el sofá. Lee. El libro empieza con lo que a él se le antoja un niño metido en un pozo. Desde arriba le escupen. Desde arriba se preparan para echar tierra en el pozo y callar la voz del niño que no era. Hablo de Plop.

La madrugada vela los sueños de regeneración. De fondo, un canal de dibujos animados con el volumen apagado. Sobre la mesa, varios cuadernos. Notas sobre la sinrazón de los consensos. Notas sobre la evolución de un personaje. Notas sobre las máscaras de la traición. Notas sobre propósitos incumplidos y libros a medias. Notas sobre la Banda de los Cuatro y los jemeres rojos. Notas sobre las ganas de vivir, Antonio Gamoneda y eso que llamas «dinamita existencial».

La noche avanza. El libro crece. Hace mucho tiempo que se fueron los feriantes. Entre esas cuatro paredes, nada que celebrar (o acaso nada visible). El libro se hace ancho. El lector se agita como un gusano. Es una incomodidad buscada. A las 6 de la mañana sigue sin tener sueño. Le quedan 50 páginas. Una historia distópica, fuera de todo, apenas con unas cuantas referencias al mundo real. Una historia, piensas, de cazadores-recolectores, jefes y brujos, violencia, poder y clanes en lucha. Un libro de antropología ficción.

Cuando amanece, te encuentras -quizá como otras veces- lamentando el pasado, los años muertos. Te agitas con angustia. La historia te contamina y piensas que nunca fue tan caro jugar a las muñecas. Te tanteas la lengua. Tienes espinas. El libro se acaba y entra la luz por las ventanas del salón. Unas cuantas campanadas te recuerdan que sigues aquí, que el mundo es grande, ancho y antiguo, y que la vida seguirá por mucho tiempo festejando su inocencia, su falta de crueldad. La malicia es una invención humana.

Sabes, por supuesto, que has leído el mejor libro del año, pero lo ignoras premeditadamente. No quieres ubicarlo en una lista. El libro, ese también, te acompaña en el desastre y sientes que poco se puede recuperar de los escombros. De pie sobre las ruinas, te sabes solo. No es nada romántico. Es una sensación que aplasta y moldea tu mirada, cada vez más descreída, menos imperativa y mucho más silente. Nada que decir, nada que escribir. Eres un mago enfermo. Te sacas de la boca una palabra de esperanza y ya no sabes ni a qué huelen los dientes. Si naciste para pelear, fue extraña desde siempre esta batalla. 

Tienes la cita: «La belleza no es / un lugar donde van / a parar los cobardes» (Antonio Gamoneda dixit).   

martes, 24 de diciembre de 2013

2013: este es el libro


A última hora, de madrugada, un libro -no sé si con historia- irrumpe y me consigue. Sin balbuceos: lo mejor que he leído este año.