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martes, 8 de enero de 2013

Los caballos salvajes de la joven poeta rubia

 Fotograma de la película Vidas rebeldes*

En Mecanismos internos, Coetzee habla de Vidas rebeldes, una película protagonizada por Marilyn Monroe y Clarck Gable. Yo no la he visto. Coetzee resume el argumento. El personaje que interpreta Monroe acompaña a un grupo de vaqueros que pretenden capturar una manada de caballos salvajes, no para domarlos sino para comérselos. Coetzee alaba la interpretación de Marilyn. Hace unos días leí también unos cuantos poemas de los que escribió la actriz y justo después un artículo de Prado Esteban sobre la construcción de la identidad de la mujer occidental en base a mitos del cine como la propia Marilyn. Sinceramente, no sé con qué quedarme. Veré esa película, releeré sus poemas y contrastaré el artículo de Prado con aquellos otros que reivindican la figura de Monroe como ideal de rebeldía e incluso insumisión, pero sobre todo recordaré aquello de la caza de caballos… ¿Por qué esta obsesión por los caballos muertos? Pienso en Franz Marc, en los miles de caballos que murieron lentamente, destripados sobre el barro de los frentes de la I Guerra Mundial. Pienso en los sueños horribles de ese personaje que cuenta la historia de los Poetas Hiperviolentos [...] Una vez más, me pregunto si ese miedo anticipa una desgracia. Nunca me interesó la interpretación de sueños, pero siempre le presté oídos a mis fantasmas. Ya no oigo sus cadenas.

* Esta es una de las fotos que más me gustan de Marilyn. Parece una mujer corriente, y es precisamente eso lo que más me seduce. Desde otro punto de vista, se podría decir que esta foto difumina el cotorno de la figura mítica, permitiéndonos intuir lo que hay por debajo de la estrella de cine: una mujer -aquí ya no tan joven- que padeció su suerte, como todos los demás. Es imposible ocultar siempre las marcas.

martes, 6 de diciembre de 2011

De pie junto al camino

Mecanismos internos, de J. M. Coetzee. Estoy con él y con otra pila de libros que arrastro con un placer extraño, que huele raro, como a frontera entre lo sano y la adicción. Ayer hablaba precisamente de eso con un buen amigo, es decir, nos preguntamos dónde está el límite, en qué lugar de la Mancha se encuentra la bombilla de la creación sin tregua.

Yo leo a Coetzee, que a su vez leyó (y lee) a tantos otros... Me gusta su manera de hacer crítica literaria. El primer capítulo es sobre Italo Svevo y el segundo sobre Robert Walser. Se dan algunos datos biográficos: En 1931, Walser se marchó de Berlín y regresó a Suiza como «un autor ridiculizado y fallido» (según sus propias, autodespreciativas palabras). Tomó una habitación en una clínica de reposo en la ciudad industrial de Biel, cerca de su hermana, y durante los siguientes años se ganó la vida precariamente publicando artículos en los suplementos literarios.

Walser. Walser, como Rimbaud, abandonando casi todo y escapando, quizá, del paredón de fusilamiento de la literatura. No resistir hasta el final o resistir precisamente haciendo lo contrario: tirando la toalla en apariencia. ¿Otro itinerario hacia el desatre? Tal vez muchas preguntas.

Me gusta la foto del escritor austriaco plantado junto al camino. ¿Quién sabe si no fue abierto por él para nosotros, sus lectores de mala muerte? ¿Quién sería capaz de seguir sus pasos?