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miércoles, 2 de marzo de 2016

Sobre el proceso creativo de "El nombre de los hombres"

Baile del Sol.- El nombre de los hombres es un poemario que parece narrar una historia, ¿qué camino dirías que recorren sus poemas

Juan Cruz López.- Supongo que el del acabamiento. Y no es malo. Mi intención, que está detrás de mi propia lectura de la obra, era construir un sujeto poético cuya corporeidad fuera porosa o indiferenciable con respecto a su propio lenguaje. Por eso mismo, los poemas incorporan una biografía propia, también finita. 

BdS.- Encontramos búsqueda, vacío, soledad, desconcierto, un cierto cuestionamiento del existencialismo en los versos... 

JCL.- El poemario, a pesar de las lecturas ficcionales, nace de un contexto personal en el que estaban muy presentes algunas de esas ideas que citas, sobre todo la de búsqueda… Por otro lado, empecé a trabajar El nombre de los hombres en un periodo de cierto aislamiento o recogimiento, y eso también se hizo presente en la composición del libro. 

BdS.- ¿Es la poesía un lenguaje adecuado para plantearse la trascendencia

JCL.- Por supuesto, de hecho creo que es un espacio privilegiado para ello. Remarco lo de «espacio» porque, ahora mismo, opino que lo poético desborda lo comunicacional y, de alguna manera o de otra, configura un territorio por explorar donde decir/escribir no es lo más importante. 

BdS.- ¿Qué acontecimientos, pensamientos o lecturas te han llevado hasta El nombre de los hombres? 

JCL.- Compuse este poemario hace unos años, cuando —por decirlo de alguna manera— me encontraba agotado. Y seco. Los libros, como siempre, fueron importantes para mirar con otros ojos. Si tuviera que quedarme con algunas lecturas del momento, podría citar varias: la obra de Georg Trakl, la de Manuel Lombardo y el Antiguo Testamento. 

BdS.- Hacia el final del libro parece que el amor se eleva como única forma de comprensión, ¿podría serlo

JCL.- En un sentido amplio, tal vez sí. En el poemario creo que se vislumbra una lectura del amor que podría ser pre-cultural, algo que quizá nos haga intuir formas de identidad pretéritas, anteriores a la construcción de nuestra subjetividad como individuos dóciles. En ese sentido, no me interesa tanto lo que podemos comprender a través del amor, sino lo que hay detrás de todo lo que no comprendemos de él. Ese es el lugar que se busca en el poemario. 

BdS.- También le das mucha importancia a la palabra, al nombre, al Verbo..., ¿pueden las palabras desvelar los misterios de la existencia

JCL.- Son una llave. 

BdS.- ¿Qué diferencias encuentras como autor entre la narrativa y la poesía? 

JCL.- Conforme va pasando el tiempo, me voy dando cuenta de que, escriba lo que escriba, me siguen interesando los mismos temas, solo que poco a poco se van difuminando las fronteras entre un género y otro. No es algo que haya hecho a propósito, desde luego, pero me siento muy cómodo en terrenos liminares como el de la autoficción. Más allá de eso, para mí la poesía desborda los márgenes de la literatura y, quizá por ello, tiene mucho que ver con el silencio. 

BdS.- ¿Cuáles dirías que son tus principales referentes literarios

JCL.- ¡Buf! Sinceramente, me sería muy complicado responderte, pero hay ciertas literaturas que me han interesado siempre; la narrativa centroeuropea, por ejemplo, o la norteamericana de posguerra. Sigo leyendo novelas de aventuras y clásicos de ciencia ficción. En poesía, siento especial predilección por la Generación de los 50. También me interesa la tradición epigramática y, con respecto a lo presente, la poesía de la conciencia crítica. 

BdS.- ¿En qué proyecto estás trabajando actualmente? 

JCL.- En varios a la vez. De hecho, ahora mismo estoy finiquitando alguno de ellos. Concretamente, dentro de un par de meses publicaré mi tercer libro de cuentos y, si todo marcha bien, cerraré un nuevo poemario antes de que acabe el año. Avanzo poco a poco, la verdad, pero bien es cierto que intento no dejar ninguna buena idea en la estacada. 

 - Fuente AQUÍ.

domingo, 15 de junio de 2014

Noche abierta con Trakl

Quién puede dormir, Georg... Quién puede dormir ahora. Nadie. Nadie puede dormir ahora. Tú, con tus poemas amarillos y la foto de tu hermana arrugada en el bolsillo de atrás. Yo, con tus libros y mis cuadernos mezclados sobre la mesa, ya con la lengua hinchada y la historia rota, el paladar partido. Recuerdo el verso... Es parecido a una tormenta. No quiero mirar de nuevo. Me susurras al oído que meta la cabeza dentro, que abra los ojos. Es muy viscoso. Por qué salió mal, Georg, cómo podemos soportar tanto.

Un poema que habla de castillos abandonados, casas en ruinas, un pozo en el que alguien tira toda su ropa, todos sus libros... El fracaso resbalando por la piel. Huele muy fuerte. Tú lo sabes bien, Georg, a qué hemos venido aquí. No tengo guerra y luego tampoco hay paz... Oyes sus gritos. Todavía los oyes. Cuántos muertos dependen de ti... No tienes vendas con qué curarme, Georg; se te acabó el tiempo y la morfina y ahora esos chillidos clavados en el vientre. Mis poemas ya están morados, huelen a cieno. Te dije que no vivirías para contarlo. Te dije que olvidaras a tu hermana. Te dije que me enseñaras a olvidar.

Cuando me coges las manos y me miras de frente, todo el presente me sabe a polvo. No tengo fuerzas, Georg, tú sabes de lo que hablo cuando te escribo aquello de los caballos muertos abiertos en canal. Sus ojos inconsolables, la vida como ese soplo de viento frío... Tú los has visto. Vamos a huir de madrugada. Destruyámoslo todo. Que no quede más esperanza que dar o regalar, que no queramos empezar de nuevo, que se aleje de una vez el aire limpio, el tiempo del amor inesperado sobre la cama vieja. Vamos a cavar un pozo. Será un poema negro, ancho y hondo, como uno de aquellos cráteres. Tú me dirás lo que hay que echar. Por no tener, ya no me queda ni tan siquiera angustia. Pesa demasiado esto que sabe a decepción.

Leo tu vida como si fuera un cuento, Georg, un cuento ruso. Fuiste valiente. Fuiste obstinado. Confundo aquellos versos con las palabras del sueño. Es mucho más que eso... No es solo la ceniza de la víspera, sino el jardín seco. Si sigo tu consejo, me acabaré convirtiendo en alguien que no quise ser. Me aferro a las espinas para no caerme. Es el desequilibrio. Poemas amarillos en el centro de la noche enferma. Hace calor, pero yo tengo frío. Te miro a los ojos como si pudieras revelarme algo, darme la clave de tanto error. Pero tú callas. No puedo dormir.

sábado, 25 de enero de 2014

Ya no le vi. Se fue perdiendo


Ya no le vi. Se fue perdiendo.

La última vez lo encontré en la biblioteca. Yo me escondí. No me atreví a saludarle. Le vi rebuscar libros en la sección de poesía. Tenía poco dinero, era normal. Supe qué libros estaba hojeando. Releía mucho. Me escondí detrás de una estantería cercana y le vi echar mano de un libro de pasta negra con las letras rojas. Sé cuál era; una antología de George Trakl. Le gustaba ese poeta. No sé por qué. Quizá no tanto por su biografía alucinante, ni por su doloroso final, sino por la cruda parquedad de sus poemas. Lo habíamos leído juntos.

Recuerdo una vez. Él había llegado molido del trabajo. Eran las tres o cuatro de la madrugada y yo estaba durmiendo en el sofá. No lo recuerdo bien, pero por aquel entonces estaba cerrando El libro del estómago y dormía bastante mal. Los dos dormíamos mal. Era invierno y llovía con fuerza. Hicimos el amor sin mirarnos a la cara. Tenía en la piel la marca de la pena y me abrazaba como si hubiera escapado de una tormenta. Lo sé, claro que lo sé... En aquel momento la muerte aparecía en su reflejo como un testigo ciego. Su silencio era tan impenetrable... Después nos duchamos con agua casi hirviendo y nos tiramos en el suelo del salón, sobre la alfombra. Presentíamos que la noche se haría larga. Entonces Trakl. Sacó ese libro, lo abrió por la mitad. Recitó un poema como quien reza una oración y supe que estaba cruzando los dedos, rogando suerte, pidiendo perdón, aunque no sé a quién. Sentí miedo... Lo supe. Que se estaba yendo ya, que no iba nunca a comprender que veía detrás de esa ventana por donde se colaban todos esos fantasmas.

Trakl es un nombre. Él también tiene. Nunca pensé que aquella sería la última vez que le viera. Salió con dos o tres libros y el gesto rehecho de quien escapó de un trance. No sé qué le pasaba... Pensé seguirle por la calle durante un tiempo, pero temí encontrarme con él de frente. Si hubiera sabido que le íbamos a perder el rastro, hubiera corrido detrás de él. Lo siento tanto... Da igual. No sé por qué le echo de menos. Yo no podía vivir con él. Me hubiera gustado aprender su lenguaje; el lenguaje de su cuerpo, de sus gestos, de sus silencios. Tal vez así hubiera podido interpretar aquellos poemas que encerraban tantos secretos. 

martes, 11 de septiembre de 2012

Sal en la lengua


i
A la mitad del camino, cuando todavía no estabas cansada, te lo encontraste dormido, tendido boca abajo en el suelo del salón, la botella casi vacía y el libro de Trakl manchado, sus páginas dobladas sobre un charco de vómito. Era la tercera vez que le veías huir, echarse las manos a la cabeza para intentar robarse aquello que se arrebató el solo... Te preguntaste por qué volvías una y otra vez con él. No era aquella una historia real, de peso, ni siquiera un cuento de hadas que al final se acabara convirtiendo en una pesadilla habitable. Le tocaste las costillas con el pie. Hizo un gesto de dolor. Se dio la vuelta y viste su nariz rota, sus ojos -siempre tan expresivos- velados por la fiebre, apenas significantes, mudos. Quisiste abandonarle, dejarle allí, solo y para siempre, solo, como siempre. Pero te quedaste quieta. Le abrazaste. Pensaste que se pondría a llorar, aunque tampoco. Nunca lo habías visto tan débil. Supiste que había metido la cabeza en la boca del dragón.

ii

Después el tiempo llenó de polvo el camino. En uno de los cruces lo encontrarte a la salida de una biblioteca de la ciudad. Comenzaste a seguirle. Lo viste caminar con una determinación que te resultó extraña. Te acercaste un poco más. Parado en un semáforo, reconociste la tapa negra de uno de sus cuadernos. Supiste su destino y quisiste dar la vuelta. Tu marido te esperaba con la cena hecha, los platos limpios, la ropa doblada y el cuarto de los trastos ordenado al fin. Diste un paso y luego otro... No era solo curiosidad. Antes de entrar al bar se dio la vuelta, como si estuviera esperando a alguien. Te paraste junto a la entrada. No sabías si pasar, pero te viste adelantando un brazo, empujando la puerta del local despacio, muy despacio... Finalmente decidiste entrar. Te confundiste entre la multitud. Supiste que todo tu presente se estaba poniendo en juego una vez más. Sentiste un pinchazo en el estómago... Le viste junto al escenario. Una mujer a la que no conocías de nada le estaba diciendo algo. Él miraba hacia abajo. Luego ella se acercó un poco y le dijo algo al oído. En ese momento él levantó la mirada y te miró de frente, como si supiera donde estabas desde hacía un buen rato. Le viste mover los labios, decir secamente la palabra no. Apareció entonces la náusea, ese malestar antiguo. Alguien dijo su nombre por el micro. Le tocaba su turno. No podrías soportarlo. Saliste a la calle y empezaste a andar muy rápido, cada vez más rápido, hasta que al cabo de unos cientos de metros empezaste a correr. 

Versos en la cabeza, sal en la lengua, un cansancio que no sacia la sed de claridad.

iii

Al principio, justo la primera vez, también le viste dormido, recién salido del trabajo en la fábrica, tendido en el césped del campus de la universidad. Estaba tan cansado que ni siquiera se había dado cuenta de que tenía el rostro lleno de hormigas. Decidiste despertarle, quitarle los insectos, pero cuando viste el libro de Trakl te quedaste paralizada, completamente quieta, como si tus pies se hundieran poco a poco en la tierra, lígeramente húmeda. Dijiste Hay un campo de rastrojos donde una negra lluvia cae. Jamás podrías olvidar aquellos versos... Entonces él abrió los ojos, te miró los pies y luego la cara. Se sacudió la suya. Te dijo que que las hormigas se te estaban subiendo por la pernera del pantalón. Sentiste algo a medio camino entre la fascinación y el pánico. Todo comenzó entonces.