Os dejo por aquí el prólogo que escribí hace unos meses para Trapo, el último poemario de Ángel Rodríguez, publicado por Talón de Aquiles.
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En el panorama poético actual, no suelen prodigarse los poemarios dedicados a los animales; ni siquiera a los perros, que llevan acompañando al hombre desde su Prehistoria. Pero es que Trapo es un libro de poemas completamente inusual en los tiempos que corren.
Primeramente, porque Ángel Rodríguez ha logrado tejer una hermosa letanía de homenaje a su galgo que sostiene su belleza a lo largo de todo el texto y acaba por conmover al lector, haciéndole partícipe de una vida compartida donde no sabemos muy bien quién es el animal y quién el humano.
Y en segundo lugar —para mí, el más interesante— porque el sujeto poético de la obra adopta la máscara mortuoria del perro homenajeado, planteando un juego de espejos donde la enternecedora animalidad del perro se abre, para el hombre, como una maravillosa oportunidad de redescubrimiento de una vida lejos del mal y la vileza.
Continuando con lo anterior, solo el profundo conocimiento de la vida rural, que interpela al autor desde sus primeros contactos con la literatura, permite esbozar una sentida crónica de las vidas y miserias de un animal, su galgo, nacido para el padecimiento, pero que pudo encontrar en la casa del autor, un hogar a salvo del dolor del abandono. Y esto, Rodríguez lo consigue echando mano de un vocabulario que hunde sus raíces en las prácticas agrarias ancestrales; hablamos de un ramillete de palabras que emergen, plenas de significación y trascendencia, en un libro de poemas donde cada verso abre una ventana a un mundo reverdecido por el amor del poeta.
Y es que, si hay algo que llama la atención en la obra poética de Ángel Rodríguez, es su gusto por armar poemarios construidos sobre la base de un imaginario que resiste a la seducción por lo moderno; un imaginario que sirve de puente entre unos libros y otros, y que da cuenta del lugar, felizmente marginal, desde el cual escribe el autor de Jaén. Porque no hay gusto por el entretenimiento en los versos del poeta, ni recreo en el dolor ni individualismo egótico; tampoco solemnidad.
Muy al contrario, volvemos a reconocer en Trapo el valor que Rodríguez le otorga a las historias menores, a los personajes orillados por la gran Historia, a las gentes sencillas que, lejos de reclamar los focos para sí, viven sus vidas desde el hacer preciso, lento y sostenido del trabajo con las manos. Será en ese marco, donde el relato poético de la vida de un galgo, ese perro nacido para cazar, nos acabe por reconectar con una genealogía que, presos del afán urbano por vivir rápido, pareciera que hemos olvidado casi del todo: la que nos conecta con el mundo campesino que fue la cuna de nuestros antecesores; un mundo de cuyas ruinas apenas si quedan tan solo unos rescoldos.
Por todo lo anterior, celebremos la publicación de este poemario que, mientras celebra la existencia de un ser vivo irrepetible, nos invita a mirarnos en los ojos de los animales. Y no es una cuestión menor… En un momento de la historia donde la guerra, la codicia y el odio al diferente, parecen haberse normalizado, encontrar la oportunidad de pensarnos desde un lugar libre de las jaulas del pensamiento reaccionario, puede ayudar a reafirmarnos en nuestro compromiso con un presente enajenado del terror y la barbarie creada por los hombres.

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