miércoles, 5 de noviembre de 2014

Pasos


nadie 
que tenga una vida 
se pertenece
por completo

Joan MASIP

Hubiera recorrido el mundo detrás de esos benditos pies.

viernes, 17 de octubre de 2014

De Madrid a Kobane: una vez más, ¡no pasarán!


Empiezo este artículo desde la incertidumbre. Para cuando se haya publicado, quizá dentro de una semana, tal vez haya caído Kobane. O quizás no. Es lo que espero. Mientras tanto, yo, como tantos otros, aguardamos en la frontera sin saber cómo ayudar, mirándonos en el espejo de la historia sin saber si ahora, al menos ahora, se nos está permitido imaginar una victoria que, a día de hoy, nos sigue pareciendo lejana.

En el imaginario, como no, las trincheras de la Ciudad Universitaria en el Madrid del 36 o la increíble resistencia que ofrecieron los soviéticos en Stalingrado, aquel invierno en el que el mundo parecía claudicar bajo la bota de la Wehrmacht. Ahora, digo, los ecos de aquellas otras luchas remanecen en la conciencia del momento en que se vive y no quisiéramos que, acaso por inacción, acabara claudicando la esperanza. No cometeremos el error de silenciar nuestros anhelos pensando que haremos demasiado poco. Menos es nada y ese menos, ya es importante.

Más de un mes llevan los kurdos resistiendo la ofensiva del Estado Islámico. Rodeados casi al completo, desabastecidos de armas y con la frontera turca cerrada, las milicias kurdas, los hombres y mujeres de las YPG/YPJ, combaten calle a calle, palmo a palmo, por defender Kobane de las garras del fanatismo islámico; una ciudad que, como toda la Rojava, quiere vivir libre de tiranos de todo pelaje. Por eso estamos con ellos.

Esta no es una batalla geoestratégica más. Ya sabemos que EEUU no considera prioritaria la defensa de Kobane y que Turquía hace oídos sordos a las peticiones que reclaman que abra su frontera para dejar pasar a los kurdos que quieren sumarse a la resistencia. Pero también sabemos por qué miran para otro lado. Lo ha dejado bien claro el antropólogo David Graeber en un artículo de reciente publicación. Quieren acabar con Kobane porque es el ejemplo de que es posible organizarse de manera autogestionaria; y eso, hoy por hoy, sigue siendo demasiado peligroso para el poder, lleve la máscara que lleve.

Por eso celebramos cada día que pasa sin que la ciudad haya caído en manos de ISIS. Por eso, y porque ―mal que nos pese― la encomiable resistencia de las gentes de Kobane ha conseguido que, al menos por esta vez, un importante sector de la opinión pública haya tenido la oportunidad de conocer una experiencia real, con sus luces y sombras, de autogestión política y económica generalizada. Y todo ello en una vasta región que, hasta hace bien poco, permanecía fuera del foco de la atención mediática. Sea por lo que fuere, solo podemos desear que la ciudad resista y logre sobreponerse al trauma. Al fin y al cabo, su futuro también es el nuestro: autogestión o tiranía, libertad o represión; esa es la lucha. Que no pasen pues.

- Este es mi segundo artículo publicado en el Murray Magazine.

lunes, 13 de octubre de 2014

563


No hay nadie en la playa. Nosotros regresamos corriendo. No hay nadie. Nadie. Es como si estuviera vacío, también, el hostal. Pienso en Detroit. L no habla: sueña y comienza a temblar, delira, la fiebre le come la cabeza como una mantis hambrienta.

Ya dentro de nuestra pequeña habitación, cierro las ventanas para no ver la lluvia. Enciendo un viejo calefactor y le seco el pelo. Dice que soy su hermano mayor. Tenemos una forma de querernos que se me antoja hexagonal. Tiene los ojos velados por el rastro de la enfermedad. Pero ella es fuerte, mucho más que yo.

Traigo mantas y ropa seca para los dos. Estamos cansados y ya es de noche. Pesa, extraña, la pena del pasado sobre nuestra espalda de niños poetas, poco acostumbrados al tenue calor de la renuncia. Pena, claro, y un sabor a hierba fresca en la boca. Fue la que arrancamos en la ruta de contrabando que tomamos para huir de nuestros propios fantasmas, de nuestros propios carceleros.

Al poco tiempo, ella empieza a soñar. Se da la vuelta y me mira sin mirarme. Balbucea cuatro palabras sobre el nicho 563. Sí, ya lo sé, estuvo allí enterrado. Allí dormimos cinco años junto a él. Nuestra historia, querida L, la tuya y la mía, cinco años, hueso sobre hueso, junto a él, junto a su cuerpo, infectado de derrota y carcomido por los gusanos que comieron de la flor de la morfina.

Poco más. Luego me quedé dormido. Y el que soñó fui yo. Soñé con la perra preñada que apedreamos sin clemencia aquel domingo que nos quedamos solos. Soñé con las mujeres que cruzaron la frontera por la carretera de la costa y con los niños que vieron la luz después de atravesar el túnel. Soñé con la playa helada donde habíamos contraido la enfermedad de la memoria. Soñé con la extinción de los secretos y la resurrección de los héroes inesperados.

Y luego desperté, bañado de un sudor liviano, cálido y limpio, como una mortaja. Pero tú estabas allí. Y a tu lado, mirándome curioso por encima de tu hombro, él, el hijo de Europa, ahora travieso, observando a su hermano enfermo, a su hijo enfermo, a su padre enfermo, al otro, una vez más, tocado por la mano del pavor, sumido en una confusión febril y compasiva.

Pero perdiste el miedo. Todo irá bien, eso fue lo que dijiste.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Sigo los pasos del viejo elefante enfermo...



Sigo los pasos del viejo elefante enfermo. Quisiera llegar a conocer la raíz de su abandono. A Georges Palante no le bastó con ser el niño enfermizo y raro, el joven meditabundo y afectado del que solo se podía sospechar; a Georges Palante no le bastó con esa maldita enfermedad, la acromegalia, que le hizo convertirse en el viejo elefante enfermo; no le bastó con ser objeto de mofa durante toda su vida... Tuvo, además -y esto lo dice Onfray-, que elegir el camino del descalabro. Alcohol, relaciones atormentadas, vida prostibularia, intransigente soledad... Y de postre, un duelo (o al menos su posibilidad). Pistola o espada, qué más daba, lo hubiera perdido igualmente.

Y sin embargo, aquí estamos, cien años después de que los lameculos de Durkheim le vetaran el acceso a la universidad, aquí estamos -decía- hablando de él como si no se hubiera pegado un tiro, como si todavía siguiera viviendo esa vida (en pie) que ahora le explica. Hace falta mucho más que un destino torcido para vivir con la apostura con que lo hizo Palante. Quizá sea algo cercano al coraje, tal vez algo más turbio y mucho menos literaturizable... No sé; al fin y al cabo, llegué hasta aquí para saberlo.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Cruzando la frontera




Estoy aquí con los que lloraron
arena en los campos, los que fueron ceniza,
los que siguieron viajando como fuga sin sentido

Ángel CRESPO

Te veo por el hueco de la historia. He recorrido el sendero mirándote la espalda. Fatigado y en cuclillas, dibujas en el polvo un símbolo que nadie entiende. Luego escupes… Lisa te recuerda que tenemos que seguir. Toses con fuerza y te acabas reincorporando. Sobre las piedras, hay un reguero de gotas de sangre. A lo lejos, ya se ve la bahía de Portbou. Yo me contengo.

Citaste a Kafka en la última hora. Dijiste que todavía quedaba esperanza para los demás… Para vosotros, sin embargo, no. Para vosotros barro en la boca y cal en la tumba. Que nadie les recuerde, dijeron. Pero yo digo contigo; yo digo con Arendt, digo con Crespo, digo con L. Son pequeñas nuestras palabras, claro, pero aquí están. Nadie contaba con ellas. Dos jóvenes perdidos en las tripas de la historia perra, siguiendo tus pasos de explorador insomne, diciendo contigo que más vale claudicar en un juego en el que uno marca sus reglas que inclinar la cerviz ante el jefe de los sepultureros.

Al llegar a la estación, me doy cuenta de todo. Huías de una muerte segura y encontraste otra muerte nueva, tu as bajo la manga. Jamás oveja, tras el click de los pestillos la morfina resplandece en tu viejo maletín de piel. Ahí está el lago… No te hacen falta piedras en los bolsillos para poder hundirte. Llevas el peso de tu pueblo encima, llevas el peso de tu condición errante e inconforme, llevas el peso ―tú como nosotros, Walter― del miedo a la vida confundida entre las órdenes de un kapo. La escena durará muy poco.

Yo miro la ventana. L y yo plantados frente a ella. Algunos veraneantes nos observan de reojo sin comprender muy bien qué hacemos. Siempre sobrevuela una especie de sospecha basta, poco disimulada. A nosotros nos da igual. Alzamos la vista, ausentes, sin saber ni tan siquiera cuáles son nuestras preguntas. No me importa demasiado saber qué pasó detrás de esas cortinas. A pesar de ello, barrunto la respuesta desde mi propia habitación, ya en el hostal. Llueve ligeramente y en la playa no hay nadie. «Deja la puerta abierta». «Te espero abajo». «Yo me quedo un rato; he visto un rastro al salir a pasear por la ruta de las líneas rojas». Por la noche las palabras se me antojarán mucho más limpias.

Perro comunista judío. Tirado como escombro en la orilla del cauce. Te imagino recorriendo el viejo sendero de los contrabandistas. A lo lejos, yo también veo la bahía de Portbou. Me echo mano a la nariz. Miro mis dedos manchados de sangre. Sé de dónde han venido los golpes. Conoces también cuál es el precio de refugiarse en la trinchera del pensamiento. De repente, miras a tu lado y te ves solo, bajo el fuego de artillería y atrapado en una niebla tan densa que apenas puedes andar dos pasos con seguridad. Recitas de memoria Vigilia, ese poema de Ungaretti que llevas tatuado en la lengua como un bendito talismán contra el espanto. Después, todo es distinto.

Perro comunista judío. Voy a entregarme contigo en la estación de tren, yo también voy a enseñar mis credenciales al policía malcarado que nos ha visto salir como fantasmas del túnel que atraviesa la montaña. Quizá con suerte ahora tengamos un final distinto. En todo caso, tampoco tengo miedo a quitar esos pestillos. Resplandece en la distancia el gesto. Le entrego finalmente el pasaporte. A ti te han detenido. A mí me dicen que se me permite pasar si olvido lo que ha de venir entonces. Justo en ese momento, me miras ―un guardia civil te tiene cogido del brazo― esperando la respuesta; mi respuesta. Pero yo callo. Ignoras que me llevará toda una vida redimir ese silencio infame.

Hace frío en la playa. Me tiro al agua para nadar hasta agotarme. No hay nadie en la arena y se está haciendo de noche. L tampoco está. Yo también siento ese peso... Pero cuánto pesa el peso que llevo encima. Pero cuánto pesa el peso que llevo encima. Pero cuánto pesa el peso que llevo encima.

martes, 9 de septiembre de 2014

La industria de la desesperación



Escogí este camino de saberme
perdido para siempre en el infierno.
Todavía los cortes no han sanado
y ya estoy deseando otra pelea.

AZAD DAULATI

Que vivimos en una sociedad de enfermos es algo que, a poco que apaguemos el televisor y miremos a nuestro lado, se nos muestra de manera tan evidente que de nada valen los fastos con los que pretende ocultar su decadencia el régimen. Huele a cieno bajo la pelliza del marqués.

La enfermedad mental, en alguna de sus formas obviamente, se incluye a día de hoy en el currículum existencial del más pintado; de hecho, y si aún no hemos caído en el saco, todos conocemos a personas muy cercanas que a lo largo de su vida han sufrido algún tipo de trastorno de esta clase.

Por otro lado, desde hace años asistimos a un proceso imparable en el que cualquier conducta que trascienda la norma es patologizada rápidamente, alimentando con ello las bases nutricias de lo que, sin temor a ser exagerados, podríamos llamar industria de la desesperación.

Sea como fuere, pareciera que la balsa de agua en la que aparentemente se ha convertido la sociedad posindustrial, no oculta en sus profundidades sino el cuerpo comatoso de un individuo sacudido en su fuero interno por las condiciones de muerte (que no de vida) a las que nos somete este verdadero estado del malestar.

Depresión, abulia, pánico, angustia, fobia social… Así empieza la lista inabarcable de nuestros enemigos íntimos.

Crecimos descreídos de los viejos cuentos y nos tragamos, sin embargo, el sapo de las sociedades lúcidas. En realidad, quedamos a la intemperie alimentados de un maná horneado en la cocina de los sepultureros. Desde luego, no seré yo quien no celebre la caída de los dioses de los viejos (y no tan viejos) salvapatrias, pero que no me vendan la falacia de que todo es mejorable con apenas un leve cambio de timón o colocando un nuevo rey en el palacio (lleve corona o lazo tricolor en el ojal). Bajo mi punto de vista, no hay farmacopea que sane lo que ya está muerto.

En ese sentido, articular una respuesta únicamente desde el territorio de lo personal, no me parece, al menos en primera instancia, la solución más lúcida. No apagaremos el fuego echando agua sobre nuestra propia cabeza.

Pero qué respuesta dar entonces en una fase de nuestra experiencia histórica donde el poder ha violado nuestra soberanía vital, en la que la servidumbre ha colonizado nuestro propio cuerpo y el capital nos disciplina apenas balbuceamos nuestros primeros deseos; qué respuesta dar, insisto, si en nuestra mente se cava la primera trinchera contra nosotros mismos.

Empecemos, se me antoja, renunciando al escapismo y la milagrería barata. Volvamos la mirada consecuente y acometamos la labor de ordenar nuestro taller sin más demora. Tenemos todas las herramientas para desarmar la megamáquina. Inventemos nuevas clases de ludismo: es perentorio acabar con la dominación desde sus bases psíquicas.

Una de esas herramientas es el orgullo. Otra nuestro salvaje instinto de colaboración. Aprender de la experiencia dolorosa y afrontar con apostura el sufrimiento inevitable, implica renunciar al veneno del autoengaño. Ninguna herida puede sanar en una sociedad abandonada a las promesas diseñadas por los ingenieros del consenso. Ya está bien de tantos sueños de postal. La vida es bella en su crudeza y no necesitamos salidas de emergencia ni paraísos de merengue.

Y empecemos a pensar ―ya finalizo― en la aventura, alegre y esforzada, que se abre detrás de la posibilidad de pararnos en seco, plantarnos ―uno a uno, cada cual en su sitio― y desobedecer las leyes no escritas que nos están robando la vida. Mandemos la compostura al pairo. A día de hoy, no queda otra que apostar fuerte.

- Este es mi primera colaboración en el Murray Magazine.

martes, 2 de septiembre de 2014

Detroitus (2)


i

He despertado con las mismas pesadillas hoy. No voy a hablar de ellas para no hacerlas presentes. Ya no puedo dormir más. Me asomo con cuidado a la ventana y veo algunos fuegos encendidos todavía. Ella no está. Hace semanas que se marchó a cazar agua y aún no ha regresado. El subfusil se encasquillaba; le dije que lo haría yo. Y no le dije... No quiero pensar en lo peor, pero mi mente se encarga de narrarme los cuentos más horribles que conozco; me invade su relato en ese instante en el que abro los ojos por primera vez. De nada vale dormir con el fusil al lado. Ahí al menos, el enemigo soy yo.

ii

Tengo hambre. He plantado en el jardín de atrás esa planta que llaman carne de escombro. Su fruto es carnoso y dicen que un poco amargo, pero aún no ha germinado nada. El frío es intenso y apenas si hay dos o tres horas de esa claridad plomiza que nos resulta tan amenazante. Si tuviéramos un perro... Me gusta, sin embargo, el viento del atardecer; barre el polvo de las calles y marca el ritmo con el que los otros se afanan en preparar el fuego para pasar la noche. Al menos aparentemente, es un momento en el que se respira cierta paz. No se oyen disparos. Durante ese instante pareciera posible reconstruir algo parecido a una comunidad primaria. Pero es imposible. Le pido demasiado a este desastre.

iii

Por la noche, cuando me pongo a escribir, recuerdo sin remedio nuestra antigua vida. Algunas veces, me siento acosado por el miedo y el arrepentimiento. Solo me consuela pensar en la profunda humanidad de esa congoja, esa angustia inextingible y dolorosamente mía. Ya sé que no vale de nada pensar qué hubiera pasado si nos hubiéramos quedado allí... No tengo noticias de nadie. No tengo noticias de nada. Esta maldita animalidad... Qué habrá sido de ella.

jueves, 24 de julio de 2014

Boca cerrada


i

Cierras los ojos cuando todo queda en silencio. No duermes entonces. Horas después sí. Ese es mi cálculo. Poco tardas en despertar. Sin descanso y sin aurora, abres los ojos acosado por el susurro de un enemigo que conoces a la perfección. Hoy te habla en sueños. Ayer te agarraba de las tripas como un veneno astuto.

ii

Sales a pasear cuando todavía es de noche. No hay nadie en las calles. Miras hacia arriba y ves prenderse alguna luz. Tú como ellos, tendrás que ir al trabajo. Antes, el paseo te sacude la vieja sensación de asfixia. Trincheras y máscaras. Una vez fuera, lejos de ti, todo parece transcurrir distinto. Ya no miras como antes. Ya ni tan siquiera ves.

iii

Entras en una cafetería. Solo estás tú y un camarero, medio dormido, que friega los platos de un público ausente. Pides un cortado. Miras la tele. Noticias. Quieres olvidarlo todo. Se suceden las imágenes como en una ensoñación líquida. El camarero baja el volumen y ahora solo ves la imagen de un hombre que enseña una foto. Clama. La foto es el horror, no eso que te pasa por la piel ahora -insisto- sino aquello que te cruje cuando te vuelves otro; no lo que resbala y luego se olvida, sino eso, lo que queda y permanece, la voz y esa maldita imagen que no te puedes sacar de la cabeza, como esta otra... Eso es. Él mientras tanto, clama. El otro, clama. Enseña la foto a una audiencia que cierra la boca. Callan. Ellos callan. Le miran y callan. Ese hombre abre los ojos con desesperación, luego los baja. Mantiene la foto en alto. Tú bajas la mirada también. Hoy no podrías soportarlo... Finalmente, callas; como ellos, tú.