sábado, 13 de septiembre de 2014

Cruzando la frontera




Estoy aquí con los que lloraron
arena en los campos, los que fueron ceniza,
los que siguieron viajando como fuga sin sentido

Ángel CRESPO

Te veo por el hueco de la historia. He recorrido el sendero mirándote la espalda. Fatigado y en cuclillas, dibujas en el polvo un símbolo que nadie entiende. Luego escupes… Lisa te recuerda que tenemos que seguir. Toses con fuerza y te acabas reincorporando. Sobre las piedras, hay un reguero de gotas de sangre. A lo lejos, ya se ve la bahía de Portbou. Yo me contengo.

Citaste a Kafka en la última hora. Dijiste que todavía quedaba esperanza para los demás… Para vosotros, sin embargo, no. Para vosotros barro en la boca y cal en la tumba. Que nadie les recuerde, dijeron. Pero yo digo contigo; yo digo con Arendt, digo con Crespo, digo con L. Son pequeñas nuestras palabras, claro, pero aquí están. Nadie contaba con ellas. Dos jóvenes perdidos en las tripas de la historia perra, siguiendo tus pasos de explorador insomne, diciendo contigo que más vale claudicar en un juego en el que uno marca sus reglas que inclinar la cerviz ante el jefe de los sepultureros.

Al llegar a la estación, me doy cuenta de todo. Huías de una muerte segura y encontraste otra muerte nueva, tu as bajo la manga. Jamás oveja, tras el click de los pestillos, la morfina resplandece en tu viejo maletín de piel. Ahí está el lago… No te hacen falta piedras en los bolsillos para poder hundirte. Llevas el peso de tu pueblo encima, llevas el peso de tu condición errante e inconforme, llevas el peso tú como nosotros, Walter del miedo a la vida confundida entre las órdenes de un kapo. La escena durará muy poco.

Yo miro la ventana. L y yo plantados frente a ella. Algunos veraneantes nos observan de reojo sin comprender muy bien qué hacemos. Siempre sobrevuela una especie de sospecha basta, poco disimulada. A nosotros nos da igual. Alzamos la vista, ausentes, sin saber ni tan siquiera cuáles son nuestras preguntas. No me importa demasiado saber qué pasó detrás de esas cortinas. A pesar de ello, barrunto la respuesta desde mi propia habitación, ya en el hostal. Llueve ligeramente y en la playa no hay nadie. «Deja la puerta abierta». «Te espero abajo». «Yo me quedo un rato; he visto un rastro al salir a pasear por la ruta de las líneas rojas». Por la noche las palabras se me antojarán mucho más limpias.

Perro comunista judío. Tirado como escombro en la orilla del cauce. Te imagino recorriendo el viejo sendero de los contrabandistas. A lo lejos, yo también veo la bahía de Portbou. Me echo mano a la nariz. Miro mis dedos manchados de sangre. Sé de dónde han venido los golpes. Conoces también cuál es el precio de refugiarse en la trinchera del pensamiento. De repente, miras a tu lado y te ves solo, bajo el fuego de artillería y atrapado en una niebla tan densa que apenas puedes andar dos pasos con seguridad. Recitas de memoria Vigilia, ese poema de Ungaretti que llevas tatuado en la lengua como un bendito talismán contra el espanto. Después, todo es distinto.

Perro comunista judío. Voy a entregarme contigo en la estación de trén, yo también voy a enseñar mis credenciales al policía malcarado que nos ha visto salir como fantasmas del túnel que atraviesa la montaña. Quizá con suerte ahora tengamos un final distinto. En todo caso, tampoco tengo miedo a quitar esos pestillos. Resplandece en la distancia el gesto. Le entrego finalmente el pasaporte. A ti te han detenido. A mí me dicen que se me permite pasar si olvido lo que ha de venir entonces. Justo en ese momento, me miras un guardia civil te tiene cogido del brazo esperando la respuesta; mi respuesta. Pero yo callo. Ignoras que me llevará toda una vida redimir ese silencio infame.

Hace frío en la playa. Me tiro al agua para nadar hasta agotarme. No hay nadie en la arena y se está haciendo de noche. L tampoco está. Yo también siento ese peso... Pero cuánto pesa el peso que llevo encima. Pero cuánto pesa el peso que llevo encima. Pero cuánto pesa el peso que llevo encima.

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