sábado, 11 de marzo de 2017

Una juventud en Alemania


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Hace un par de años apenas si me sonaba el nombre de Ernst Toller. De hecho, recuerdo que su figura me empezó a interesar justo antes de escribir La memoria compartida de Otto Dix, una pequeña colaboración para la web Arte o Muerte. Pero a partir de entonces empecé a encontrarlo en todas partes. Primero, en la emocionante biografía sobre Erich Müsham que en su día escribiera Augustin Souchy, más tarde en todos los textos y artículos que leí poco después para investigar qué fue realmente la República de los Consejos de Baviera.

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Pero fue en otro libro donde el rastro de su biografía me cautivó de todas todas. Se trata de Ostende. 1936, el verano de la amistad, de Volker Widermann, una novela, pero solo en apariencia, que funciona en realidad como una biografía colectiva de aquella generación de escritores y artistas alemanes que tuvieron que huir de su país tras el ascenso del nazismo.

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Aunque hoy el protagonista es otro libro: Una juventud en Alemania, del propio Toller, editado recientemente por Pepitas de Calabaza en una edición deliciosa que bien vale su precio. En todo caso, no es la primera vez que hablo de este título. En Otro paseo alemán... mencionaba la edición que estaba preparando de la misma obra la editorial Contraescritura, a la que sigo la pista desde entonces. Volviendo al contenido, Una juventud en Alemania es una autobiografía incompleta del escritor. Incompleta porque acaba a los treinta años, justo cuando sale de la cárcel donde entró tras el aplastamiento de la revolución bávara. Antes de eso, recorremos un viaje por su infancia acomodada, su juventud rabiosa y su paso por las trincheras de la I Guerra Mundial. Mención aparte merecen los capítulos relacionados con el alzamiento consejista por su especial viveza, y también su prólogo, firmado por Carlos García Velasco, editor de la mítica Alikornio, que nos sitúa a la perfección en el contexto histórico y político de la época.

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De lo que vino después, de lo que llegó tras la victoria de los nazis y su huida de Alemania, no hablaremos hoy. Pero sí, quizá fue entonces, cuando cruzó la frontera para no volver jamás, cuando guardó esa cuerda en la maleta que -dicen- nunca olvidaba en sus viajes. Y que acabó usando en Nueva York.   

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