viernes, 8 de junio de 2018

La poesía pasara, eso está claro


X 

1 

La poesía pasará y nos encontrará solos, sucios y rendidos, echados contra la pared, adormilados, ciegos o en la inopia. La poesía pasará. Pasará con su rastro de asesina y su puñal entre los dientes, pasará con su disfraz de pelagatos, pareciera que borracha, sigilosa y trémula, como perro mojado recién salido de una tormenta de nieve. La poesía pasará y nos encontrará callados, ya con la lengua rota, descalzos, perdidos y viviendo a la intemperie. Abandonados como cachorros ciegos. 

2 

Nuestras manos cortadas, desparramadas por el camino. Nuestros cabellos grises. Nuestros hábitos de santos llenos de lamparones y raídos. El futuro contrahecho, inesperadamente oscuro, insuficiente. La poesía pasará desnuda entre los cadáveres descompuestos de las modas y los hits de primavera. La poesía se reirá a carcajadas de todos nosotros. 

3 

Desorientados, perdidos, no aventurados sino justo lo contrario, con la suerte negra de los derrotados soplando en el cogote, así, precisamente así, recorrerán los caminos los poetas hiperviolentos. Nadie mirará atrás, nadie torcerá la cabeza para ver por última vez la silueta erizada de la ciudad buitre, de la ciudad gato. Ni siquiera la poesía les servirá ya de bastón. No hallarán consuelo en el aplauso insulso y despiadado de sus cuatro amigos. 

4 

La poesía triturará los manifiestos, los recitales, las peleas de gallos, los libros prestados y perdidos en las fiestas interminables; la poesía pasará y acabará con los desiertos, las tristezas fingidas como los orgasmos viejos, las palabras necias y los besos negros en el callejón de atrás; la poesía pisoteará las modas, los gestos estudiados, las poses de opereta y los espejos. La poesía se nos meará encima, se reirá a carcajadas de nuestra bastarda contemporaneidad. 

5 

Todos los recitales dibujados en la memoria. Los pechos de L dentro de mi boca y su piel sudada, el olor de la felicidad. Las madrugadas perdidas en el Monte Cero, bajo las estrellas, contemplando el paisaje sosegado de la ciudad infierno. Los poemas agitados como botes de spray. El odio, los pómulos abiertos y las peleas y las peleas y las peleas… El club de los poetas locos, aquellos que se llamaron a sí mismos los poetas hiperviolentos. Mis amigos increíbles, mi última familia al cabo. 

6 

Vi a una mujer sonreírme desde el volante de un descapotable rojo. Era bella y era sexy, era joven y muy vieja a la vez. Me vio medio dormido a la sombra de un cartel publicitario; ni siquiera se bajó del coche. Me preguntó «qué haces ahí» y yo no supe qué contestarle. Le ofrecí un trago de la botella de vino que me hacía compaña. «Guárdate eso», dijo. «Viajo sola y el camino es largo. Pensé que podrías venir conmigo pero me he equivocado. Vuelve a tú rincón de penas. Y olvídame». Pero quién podría lograrlo. 

7 

En la punta de la lengua, a veces, una palabra para comenzar de nuevo. En la punta de la lengua, pero nunca en la lengua entera. Barrunto la esperanza, merodeo por sus contornos, pero no puedo atraparla. Queda poco tiempo y me siento inútil. Queda poco tiempo y me espanta la vejez. 

8 

Miro a través de los poemas viejos. Veo a grupos de jóvenes aullar en las terrazas de los edificios en ruinas de la ciudad buitre. Veo a los poetas deambular en las noches breves de los sueños largos, inacabados, nunca cumplidos; las noches de los juegos inocentes y los juegos sucios, del rock, la droga, el sexo y la poesía cobriza, maleable y dúctil, como el corazón de los poetas vándalos. Veo una casa oxigenada y un cuaderno limpio de polvo y paja, veo versos transparentes como el cristal, palabras para justificar una vida entera. Veo belleza. Una mujer que me sonríe desde el volante de un descapotable rojo. La poesía triturando todo, pasando por encima nuestro, merendándose la historia de la literatura necia, haciendo de las suyas, como una poeta hiperviolenta más. Dándonos la vida.  

9 

Duermo a la sombra de hechos pasados. Mi día a día es hoy y es mañana y es ayer, pero sobre todo ayer. No voy a encontrar salida, ya no me interesa. Tengo todo el laberinto dentro. 

10 

Toco mi cara. Reconozco, una a una, cada cicatriz, y ya son muchas. He vivido -pienso- y eso me calma, aunque dure poco. Supongo que valió la pena, pero es difícil afirmarlo hoy. Me miro y siento que perdí todas las guerras, que no merecí otra cosa. Quiero dormir mil años. Poeta hiperviolento soy, jamás estaré a salvo.

En La tribu del abecedario, Juan Cruz López (Piedra Papel Libros. Jaén: 2017).

domingo, 13 de mayo de 2018

Sacudirse el polvo

Borrador de La tribu del abecedario
No sé muy bien cómo ni en qué orden, pero hoy he decidido empezar a deshacerme de cosas. Lo contaba hace bien poco en Nueva Gomorra. Nuestro piso es pequeñito y entre nuestros libros, los de la editorial y todos nuestros papeles, apenas si nos queda espacio. En casa de archivero, papeles por doquier (y cero expurgo). No, ya en serio. Escribo este post con el ánimo de reafirmarme en mi decisión y, de paso, sigo dándole cuerda a este blog que espero que sobreviva al exterminio.

Una de las cosas que acabo de hacer es tirar uno de los primeros borradores de trabajo de La tribu del abecedario. Yo ya ni sé cuántos borradores he llegado a trabajar de ese libro, pero solo guardo el último. Tengo que hacer hueco a los nuevos proyectos, que parecen dormir el sueño de los justos porque nunca tengo tiempo para ellos. Porque esa es otra: a veces me pregunto si tengo que seguir escribiendo. No sé, pienso que si ahora mismo no me hiciera esa pregunta es que estaría muerto. Al fin y al cabo, lo que a mí me importa es disfrutar de la literatura y los libros, y, en cierta forma, eso ya lo hago a través de la lectura y la edición.

Sin embargo, cuando a veces me topo con alguna de las novelas que tengo a medias o con alguno de los libros de poemas o relatos que estoy a punto de terminar, me pregunto si no estaré haciendo el tonto trabajando en los libros de otros autores cuando los míos, que no me terminan de repeler del todo, esperan que les hinque el diente. Quizá sea algo que tenga que repensar despacio, pero sé con certeza que son estas preguntas las que me quitan las telarañas y me hacen sacudirme el polvo.

En fin, por lo menos siento que doy un paso adelante cuando pongo todo esto negro sobre blanco. Es como si la escritura, que la mayor parte de las veces no hace otra cosa que perderme, consiguiera muy de vez en cuando componer una cartografía emocional a través de la cual se puede conciliar lo nuevo y lo viejo, lo que sigue estando ahí porque nunca desaparece y lo que esperamos encontrar en esa zona oscura que todavía no sabemos cómo iluminar. La literatura se nos presenta entonces como un faro para náufragos. Y es esa luz, tenue y recurrente, la que me mantiene a flote.

domingo, 4 de febrero de 2018

Las siete vidas de Larissa Reissner

No sé cómo me las estoy apañando, pero parece que al final La Banda de los 4 se ha convertido en mi blog sobre asuntos alemanes. Hoy volvemos allí. Pero vamos por partes. Hace unas semanas acabé de montar el último número de COTARRO. Si hubiera terminado antes Hamburgo en las barricadas y otros textos, de Larissa Reissner (Dirección Única, 2017), seguro que le hubiera reservado un hueco en el fanzine a la periodista polaca. Qué se le va a hacer, intentaré buscarle espacio en otro proyecto.

Acercarse a la biografía de Larissa Reissner es, de alguna manera, aventurarse por los caminos retorcidos, pero también apasionantes, de la lucha de clases en las dos primeras décadas del siglo XX. Periodista, miliciana, educadora, comisaria política, simpatizante de la oposición de izquierdas en la URSS, cronista de la guerra civil rusa, embajadora en Persia... Sus treinta años de vida dieron para todo eso y mucho más. De hecho, el relato que nos anima a escribir esta pequeña entrada, Hamburgo en las barricadas, da cuenta de uno de sus últimos viajes, el que realizó a Alemania en 1923 para testimoniar uno de los últimos coletazos del ciclo insurreccional de la izquierda germana: el malogrado putsch obrero de Hamburgo.

Larissa Reissner se adentra en las tripas de la revolución frustrada, analizando su desarrollo, entrevistando a los protagonistas y describiendo con viveza las causas y consecuencias del alzamiento. En su narración no hay desperdicio alguno. Tampoco hay sitio para la condescendencia. A través de su mirada contemplamos la crudeza de las luchas callejeras, la tibieza cómplice de aquellos sectores del proletariado que dieron la espalda a los insurrectos, la crudeza de la represión posterior... 

Represión, también, que su temprana muerte le ahorró padecer en el país de los obreros, en esa Unión Soviética que, más que iluminar, comenzó a arrojar sombras por doquier. Y es que, como cuenta Paco Ignacio Taibo en la apasionante conferencia que os enlazamos al final del post, todos sus amigos y camaradas, incluido su compañero Karl Radek, fueron asesinados en la purgas de Stalin. Injusto final, sin duda, para quienes -como la misma Larissa- habían depositado todas sus esperanzas e ilusiones en una revolución que, esperaban, acabara por redimir al mundo del trabajo.

martes, 9 de enero de 2018

Diario de un desesperado


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Este libro lleva medio año dando botes. Lo compré en una pequeña librería de Úbeda que, mira por dónde, tiene un buen puñado de títulos de una editorial cuyo catálogo es un auténtico tesoro, Minúscula. Ya he hablado en este blog, y también en Nueva Gomorra, de algunos de sus libros. El caso, decía, es que compré este libro hace meses con la intención de despacharlo en poco tiempo. Pero ha sido imposible. Diario de un desesperado no es un libro que se pueda leer rápido, o tal vez sí, pero en mi caso solo he podido avanzar regresando una y otra vez a los subrayados anteriores, bajando y subiendo por páginas, como si de un cuadro de Escher se tratara.

ii

Alemania, claro, y la oposición (de derechas) al nazismo. También un hombre, Friedrich Reck, un aristócrata arruinado por los tejemanejes de los nazis que, sin embargo, no se deja arrollar por ellos, convirtiéndose con el paso del tiempo en un personaje incómodo para el régimen. Precisamente, es su relato de los hechos, narrado a través de las anotaciones esporádicas de su diario, el que nos permite acercarnos a la historia íntima de un periodo de la historia en el que desobedecer, negarse a integrarse en el rebaño, te costaba la vida.

iii

Friedrich Reck marcó distancia con respecto a la posición cómplice de los círculos aristocráticos del país, aun siendo un contrarrevolucionario. En su diario deja claro qué opinión le merecieron las experiencias insurreccionales del ciclo revolucionario alemán (1918-1923). No podemos imaginarle solidario con respecto al destino de los miles de militantes de la izquierda alemana de todas las tendencias que acabaron con sus huesos en los campos de concentración a partir de 1934. Pero, eso sí, le vemos oponerse a las leyes antisemitas de Hitler, abjurando de la complicidad pusilánime de las distintas oligarquías germanas (grandes industriales, junkers, viejos conservadores de la República de Weimar). Más allá de eso, la posición política de Reck parace estar determinada por un individualismo insubordinable que desborda, incluso, su repudio clasista del ascenso de la turba nazi.

iv

Hace poco decía que, acabado el año 2017, había logrado no caer en la tentación de la elaboración de la clásica lista de los libros que más me han gustado del año (ya pasado). Sin embargo, llegado a este punto, no me quiero contener, y os confieso que el diario de Friedrich Reck, traducido por Carlos Fortea y -como os decía antes- publicado por Minúscula en 2009, es el libro que más me ha gustado del año pasado.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Sobre La tribu del abecedario

En la columna titulada «La mejor banda», publicada en el Diari de Girona en 1999, y recogida posteriormente en la compilación de textos críticos que publicó Anagrama bajo el título de Entre paréntesis, Roberto Bolaño ofrecía una de las principales claves para entender su obra y también su particular forma de interpretar la literatura. En este artículo, afirmaba rotundamente que si tuviera que asaltar el banco más vigilado de Europa o de América y pudiese elegir a los miembros de la banda con la que llevar a cabo semejante acción, no lo dudaría ni un momento: su banda estaría compuesta, no por mercenarios o delincuentes habituales, sino por poetas, pues, para Bolaño, no hay nadie en el mundo más valiente que ellos, ni que sea capaz de enfrentarse al desastre con más dignidad y lucidez. A continuación, proseguía afirmando que los jóvenes que deciden optar por fatigar el camino de la poesía no lo van a tener nada fácil, ni con sus familias, ni con sus compañeros, ni con sus profesores; pero no importa, saldrán sin duda adelante, pues bajo su aparente fragilidad, se esconden los tipos más duros del mundo. Bolaño siempre admiró la vida de los poetas, de los poetas auténticos, quiero decir, a causa de lo desmesurado de su apuesta, y esta admiración está presente en gran parte de su obra. De hecho, probablemente sea esta la clave para entender una novela como Los detectives salvajes, una obra que supone un tributo al valor de unos jóvenes que apuestan todo lo que tienen por la poesía, por la vida poética, una vida que solo merece ser vivida si es apurada hasta sus límites, de manera extrema, con absoluta intensidad, aunque esto signifique, por otra parte, acabar bailando al borde del abismo y aceptando que al final del camino tan solo aguarda el fracaso. Sin embargo, esta vida merece ser celebrada: vale la pena el gesto audaz.

Sobre este valor insobornable, sobre esta apuesta excesiva por la poesía, sobre esta afirmación de la vida frente a la rutina que nos adocena trata La tribu del abecedario, la última obra de Juan Cruz, una obra de carácter híbrido donde convergen el aliento narrativo y el discurso poético; una obra libre, como su autor, como sus personajes, que se niega a encajar en los géneros canónicos de la literatura y que, de hecho, los dinamita.

El origen de esta tribu hay que buscarlo en la anterior colección de piezas narrativas de Juan Cruz, El club de los poetas hiperviolentos, en cuyo antepenúltimo relato, precisamente el que da título al libro, nos presenta la génesis y la temprana diáspora de este grupo de vanguardia literaria, compuesto por unos jóvenes y valientes poetas que se enfrentan con agresividad y a través de acciones de terrorismo poético al statu quo de una literatura acomodaticia, cobarde y vendida; unos jóvenes que arrastran, sobre todo, una tremenda sed de vivir y que, por ello, son capaces de jugárselo todo a una carta. Es probable que estos mismos personajes, una vez que Juan dio por terminado el relato, lo hayan estado rondando y presionando de alguna manera con el objeto de instarle a no poner tan pronto un punto final a su epopeya, a desarrollar con más espacio aquella aventura, a contar qué fue de sus protagonistas una vez que el fuego fue sofocado. Y así tenemos esta nueva obra, La tribu del abecedario, que viene a ahondar en aquel episodio y donde se nos presenta la voz de cada una y de cada uno de estos poetas locos o hiperviolentos que, en esta ocasión, nos cuentan, cada cual desde su punto de vista, cómo vivió aquella experiencia transformadora y cómo, después de que todo terminara, han continuado recorriendo, de una forma u otra, su propio camino.

Veintisiete poetas pues, tantos como letras tiene el abecedario. Veintisiete testimonios de, en palabras del propio autor, «una juventud en llamas» que decide hacer frente al espanto cotidiano, al vacío de la sociedad contemporánea, a la alienación de una literatura amaestrada; una juventud salvaje que entiende que una vida digna de tal nombre solo puede ser heroica y, por qué no, violentamente osada. Una juventud, por otra parte, condenada al fracaso, pero un fracaso pleno de belleza orgullosa. Como escribe F, uno de los narradores protagonistas, «nada merece la pena si no puede venirse abajo». Esta es su historia, estos son los restos de aquel incendio, unos restos calcinados que continúan humeando en los cielos de la ciudad buitre, de la ciudad infierno.

Veintisiete voces entonces, veintisiete interpretaciones de lo que ocurrió en los gloriosos días en que rondaban la noche, sonámbulos y peligrosos, los poetas hiperviolentos. Veintisiete registros, distintas maneras de contar aquellas vivencias: del estilo seco y directo al lírico, del discurso alucinado a la expresión más bronca, del enrarecido lenguaje onírico a las palabras iluminadas del místico. Y también veintisiete trayectorias erráticas que muestran que, a pesar de todo, estos  nuevos hijos de la ira lograron sobrevivir a los días de violencia, alcohol, drogas, sexo, camaradería y poesía indómita. Algunos abandonaron la escritura, otros se encerraron en sí mismos, otros encontraron la paz, otros iniciaron una huida interminable hacia ningún sitio, otros, incluso, se dedicaron a la escritura de libros de autoayuda, mientras que otros permanecieron obstinadamente inéditos. Esta es la crónica de aquellos jóvenes que, hastiados de la sociedad del espectáculo, escogieron escapar de la pesadilla de la vida contemporánea buscando, tal vez, la salvación a través de su feroz amor a la literatura, a la poesía. Un amor capaz de transformarlos, de reinventar sus vidas, un amor intrépido que los empujaba a romper los límites, a trazar nuevos caminos no señalados por mapa alguno. Ya lo dejó escrito Baudelaire, un claro antecedente de estos poetas locos, en la última parte de su poema «El viaje», fragmento que se ha convertido en una especie de himno litúrgico para aquellos que entienden la literatura como una empresa arriesgada llamada a transformar la vida:

«¡Oh muerte, vieja capitana, cuánto nos pesa este país!
Ha llegado la hora. ¡Levemos el ancla!
Aunque el cielo y el mar son negros como la tinta,
¡ya sabes que nuestro corazón es resplandeciente!

¡Sírvenos ya tu veneno y que nos reconforte!
¡Abrasados por su fuego ansiamos hundirnos
en el abismo, Cielo o Infierno! ¿Qué importa?
¡Sumirnos en lo desconocido hasta alcanzar la novedad!»

Con La tribu del abecedario, Juan Cruz nos ofrece, por lo tanto, su propio Aullido generacional, un canto de amor sin condiciones a la literatura y al valor de aquellos que se niegan a someterse a los dictados del amo, y un homenaje, también, a toda aquella genealogía de autores heterodoxos que escribieron con sangre y vivieron al margen del orden y las instituciones, aquellos que apostaron por el lado salvaje de la literatura, desde François Villon, primer poeta hiperviolento, a los escritores de la generación beat, con Ginsberg, Kerouac y Burroughs a la cabeza; desde Baudelaire, Rimbaud y Lautreamont hasta Roberto Bolaño y sus cuates infrarrealistas, desde las veladas-tempestad de los furibundos dadaístas a las derivas libertarias de los distintos movimientos que nacieron del situacionismo. Un canto de amor, sí, pero cargado de dinamita. Un canto de amor cargado de dinamita, sí, pero también de felicidad, de esa extraña y apasionante felicidad que solo puede ofrecernos la literatura.

Desde luego, debo agradecer a Juan Cruz que haya escrito esta obra inclasificable: su lectura me ha regalado unos momentos de feroz y radiante júbilo. Es, os lo aseguro, una obra inspiradora. No obstante, las autoridades literarias advierten de que la lectura de La tribu del abecedario perjudica gravemente la salud, pues el lector que recorra sus furiosas y lúcidas páginas sentirá un deseo irrefrenable de vivir la noche sin fin, de trasegar alcohol hasta perder el conocimiento, de amar libre e intensamente, de celebrar la vida y el encuentro, de repartir alguna que otra hostia y, en definitiva, de ser valiente como nunca. Estáis avisados.

Y quisiera cerrar esta presentación con unas palabras que me han visitado de manera incesante mientras leía el libro de Juan. Una cita que conocí gracias a nuestra común amiga, Isabel Bono, y que, en mi opinión, resume certeramente el espíritu de estas páginas desafiantes. Es una cita del poeta y editor José Luis Gallero y dice así: «La vida está llena de trampas, pero todos mis amigos son poetas».

Sergio R. Franco

sábado, 30 de septiembre de 2017

Bandera blanca


i

Ya hace un año y medio, más o menos, de la publicación de El Club de los Poetas Hiperviolentos y todavía no he conseguido sacarme de encima esa sensación extraña, ambivalente y pegadiza, que arrastro desde que el libro salió de imprenta. Quizá la parte amarga tenga que ver con la pequeña decepción que me produjo el hecho de que la primera tirada saliera con varios errores de impresión graves. Curiosamente, como editor acabé descuidando mi propio libro, algo que ni por asomo me permito con el resto de trabajos de Piedra Papel, donde no es precisamente de cariño a nuestras ediciones de lo que andamos faltos desde que el proyecto echó a rodar.

ii

También pesó en su día que este libro de relatos saliera casi al mismo tiempo que El nombre de los hombres, mi primer poemario de cierta extensión. Uno por otro, al final apenas si le eché tiempo a la promoción de ambos libros, aunque nada más sangrante que el hecho de no haber organizado ni una mísera presentación de El Club de los Poetas Hiperviolentos, ni tan siquiera en Jaén, donde el evento hubiera sido una buena inyección de pasta en un momento en el que la editorial estaba tiritando. Sea como fuere, ninguna de estas contrariedades importaría lo más mínimo si no permaneciera en mi memoria el vívido recuerdo de la cantidad de horas de trabajo que hay detrás del libro.     

iii

Un libro en el que entré de lleno y sin pensármelo, como el que se siente perseguido y se esconde en un lugar donde sabe que nadie podrá localizarle. Un libro refugio que al final no lo fue tanto, no. Porque la literatura no salva de nada. Ni borra ni hace que olvides, ni consuela ni lastima. Solo consigue convertir unas cosas en otras, maquillar los traumas. En mi caso, la ficción que contamina el día a día, justo en el momento en el que escribí ese libro, me permitió escapar de cierta idea de condena que giraba en mi cabeza sin parar, como un pensamiento recurrente que iba ganando forma en mis pesadillas y que cobraba vida a cada tanto, robándome las ganas de luchar y la esperanza en un futuro un poco más amable. 

iv

Pero ahora me encuentro con un libro distinto. Un libro que se estira y que se ensancha, un libro que ha gustado a lectores que respeto y que, casi dos años después, se sigue vendiendo en las pocas librerías donde conseguimos colocarlo. Y no me digo esto para desprenderme del mal sabor de boca del que hablaba antes, qué va. Me digo esto porque aquí ya no hay ficción, sino constatación de un hecho: el cómo la mirada del lector modifica la lectura de la obra por parte de su propio autor. Y eso, en mi caso, hoy, conlleva un poco de paz. Aunque solo un poco, porque hablamos de un libro antónimo a esa idea, un libro hiperviolento del que -espero- no se sale indemne.

martes, 12 de septiembre de 2017

Cuatro yanquis


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Hace unos días conté en Nueva Gomorra, ese blog que dentro de poco cumplirá la friolera de diez años, que Pregúntale al polvo había regresado a casa. Con el libro también vino el recuerdo de su lectura y algunas divagaciones sobre la vida de John Fante, el autor de la novela. Reflexiones sobre lo injusto de su falta de reconocimiento en vida y sobre la manera en la que algunos autores acaban llegando a nosotros. En mi caso, y como en otros tantos, supe del autor italoamericano a través de Bukowski, precisamente en un momento en el que sus novelas me empezaban a cansar.


ii

De Sam Shepard no sabía nada cuando leí Crónicas de motel, publicado también en la mítica colección de narrativa de bolsillo de Anagrama, la colección Compactos. Allí encontré un diario poético compuesto por imágenes que ya me sugerían las lecturas de los cuentos de Carver. Imágenes de un país desconocido, el de los EE.UU. del fracaso, la ruina y la desesperación, un país al que nunca habría llegado si no fuera por la obra de los cuatro autores de los que hablo hoy.


iii

De Raymond Carver ya he hablado decenas de veces y en mil sitios. Sus relatos y poemas me han acompañado durante toda la vida y forman parte de mi paisaje emocional. De hecho, algunos de sus poemas me han arrancado de cuajo de momentos llenos de angustia y pasmo. También fue Carver el que dijo en su día que Richard Ford era el mejor escritor estadounidense vivo del momento. Palabras mayores de un maestro que nunca presumió de serlo y cuyos mejores años fueron aquellos diez últimos que pasó junto a su última mujer, Tess Gallagher, sin la que resulta imposible comprender la pujanza de la obra de su marido en las últimas tres décadas.


iv

Y yo no sé si fue el mejor autor estadounidense del momento, pero Rock Springs, la primera novela que he leído de Richard Ford, me ha hecho pensar que quizá Carver no andara demasiado desencaminado. Lo que sí es seguro es que los relatos de ambos están emparentados, compartiendo la obsesión por relatar las vidas de aquellos estadounidenses que seguramente no serían buenos ejemplos para la publicidad de la época. Eso sí, en los cuentos de Ford se cuenta más, hay menos silencio y, en cierto sentido, más impostación. Pero da igual, ojalá el resto de sus libros mantengan el nivel, porque me parece un escritor tremendo, al que sin duda seguiré la pista.

domingo, 2 de julio de 2017

El hombre de las gafas redondas: Carl Einstein y los lazos geométricos


Hace unos días, viendo un pequeño documental sobre Carl Einstein producido por la UNED, volví a pensar en las conexiones imaginarias que me llevan desde el historiador alemán a un puñado de nombres, escritores la mayoría, de los que suelo hablar en este blog: Benjamin, Zweig, Celan... Irremediablemente, esas conexiones, pensadas de manera geométrica, me hicieron recordar también los dibujos locos de Amalfitano, ese atractivo personaje de 2666, la novela de novelas de Roberto Bolaño; un libro del que también he hablado en varias ocasiones en este mismo blog.

Los esquemas de Amalfitano, en 2666, de Roberto Bolaño
El caso es que aquí está el mapa con esos puentes que menciono, un dibujo cutre el mío que recuerda a aquellos esquemas para estudiar filosofía que hacíamos en el instituto y que ayudaban tanto a simplificar la pesada historia de las ideas. No obstante, son vínculos que quizá no tengan demasiado que ver con lo historiable, con los hechos de los que se podría hablar con propiedad para, de una manera sólida, poder vincular a Carl Einstein con alguno de estos nombres antes citados. Los lazos de los que hablo son más bien de otro tipo, muy personales, apegados a mi propia biografía. De hecho, si no me acabo cansando, abriré una pequeña serie de entradas en LBDL4 para seguirle la pista a esos vínculos emocionales, esquivos y huidizos la mayoría de las veces, a los que quizá pueda echar el lazo si me detengo lo suficiente como para olfatear su rastro. Ya lo veremos.

domingo, 25 de junio de 2017

Lo importante ya está dicho


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Una red social, tan escrupulosamente atenta al calendario como al grosor de la cartera de su joven creador, me recuerda que hace un año publiqué un libro. Como si no tuviéramos bastante con las pesadillas, la maquinita también se encarga de ponernos frente a frente con un pasado que, a veces, queremos dejar atrás definitivamente. En todo caso, aquí está la imagen asociada a la fecha en la que leí, como recién nacido por segunda vez, El nombre de los hombres, ese poemario que me armó tanto por dentro y de cuya escritura no salí indemne.

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Un libro más. Una excusa para seguir habitando en las grietas de la literatura, ese espacio donde guarecerse del sometimiento, o eso quiero pensar. Lo he dicho en otras ocasiones, nuestros libros no son los más importantes. Jamás llegarán a serlo. Cada vez me encuentro con más autores a los que les satisface poco la lectura de los clásicos, incluso los contemporáneos, y solo pasan revista a las maravillosas novedades de su puñado de amigos, como si solo tuvieran tiempo para otear el eco de sus versos en la tripa de los poemarios afines. Qué pobreza. No sé qué sentido tiene la literatura entonces. 

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Más allá de lo anterior, la literatura no nos salvará de nada, aunque sea un nido amable. En mi caso, El nombre de los hombres es un texto que nace del dolor y la desilusión, de la falta de esperanza y, sin embargo, también de las ganas de luchar, del afán de no dejarse engañar por las monsergas de los sepultureros. Precisamente por lo anterior, mi propia lectura es lo que le da sentido a una obra que cada uno puede leer a su manera, o no leer siquiera. Porque, sí, la literatura es tan ancha, tan honda y gratificante que al final uno se da cuenta de que no importa el destino que corran nuestros libros. Lo importante ya está dicho, pero sigamos escribiendo. Como escribe Alberto García-Teresa en su último poemario, tenemos todo el presente por delante, y escribir es una buena forma de hacerlo vibrar.