sábado, 18 de enero de 2020

Paisajes imperiales (y II)

Paisajes de El imperio, de Ryszard Kapuscinski. Del pintor y el poeta.


De Bruno Schulz decía un alumno suyo que a veces, cuando no tenían ganas de trabajar en clase, le pedían que les contara un cuento y él siempre accedía. Cada vez que pienso en la vida de Bruno Schulz, imagino el terror que le debió acompañar durante la ocupación nazi de Polonia. Schulz era judío y durante un tiempo pudo librarse de la muerte gracias a sus cuadros. Literalmente. Parece que fue un oficial de las SS quien tomó a Schulz bajo su protección, animándole a que pintara para él varios frescos y murales con los que decorar su casa. Sería otro maldito nazi quien, por un tema de rencillas personales con el protector de Schulz, le acabara matando de un disparo en la cabeza en plena calle. El asesino se llamaba Karl Günter. Que su nombre no se borre de la historia: fue él quien acabó con la vida de uno de los creadores más sobresalientes de la historia contemporánea de Polonia.


Yeghishe Charents, armenio, fue otro de los poetas revolucionarios que se enrolaron en el Ejército Rojo durante la Revolución rusa. Él también confió en el potencial salvífico del socialismo, creyó como otros tantos en la belleza de la destrucción y puso su pluma al servicio del PCUS. Durante años, cientos de artistas y poetas giraron la cara cuando la mano de hierro se cernió sobre otros compañeros de viaje... Nadie sabe muy bien qué oscuros mecanismos te acababan conduciendo al patíbulo durante el periodo de las purgas estalinistas, pero lo que sí sabemos con certeza es que Charents también fue víctima de ellas. Murió asesinado en 1937. Dice Kapuscinski que Charents era el poeta más preclaro de Armenia. A poco que uno lee cuatro cosas sobre él en internet, entiende que se le puede considerar uno de los mejores poetas armenios del siglo XX. También acabaron con su vida sin pestañear, sin considerar por un segundo qué sería lo que la historia contaría de sus asesinos. Llegados a este punto, pensar en Lorca es irremediable.  

lunes, 16 de diciembre de 2019

Paisajes imperiales (I)

Paisajes de El Imperio, de Ryszard Kapuscinski. Del templo y el músico loco.


5 de diciembre de 1931, Moscú. Por orden de Stalin, una pléyade de artificieros vuela por los aires la catedral de Cristo Salvador de Moscú, uno de los tempos religiosos más grandes de Rusia, cuya construcción finalizó en 1883. En su lugar, los planificadores comunistas querían construir el gigantesco Palacio de los Soviets, un proyecto que habría de ser coronado con una estatua de Lenin de 100 metros de alto. El estallido de la II Guerra Mundial abortó el proyecto. En 1961 se construyó en el mismo sitio una piscina pública.


Shogomon Gegorvi Soghomonian, llamado Komitas Vardapet (1869-1935). Músico armenio, nacido en Kütahya, en el antiguo territorio del Imperio Otomano. Le vio las orejas al lobo cuando los turcos le apresaron y estuvieron a punto de matarle durante el genocidio armenio. Solo la presión internacional sobre Turquía logró salvar su vida. Después de tan traumática experiencia, perdió la razón y acabó sus días en un psiquiátrico parisino donde murió a los sesenta y seis años. Está considerado un héroe nacional de su país.

lunes, 30 de septiembre de 2019

«Ahora puedo recordar que una vez fui escritor»: correspondencia de Carl Einstein


Las últimas moscas del verano revolotean por el salón. Dentro de poco, el frío del otoño castellano dará cuenta de ellas. Sobre la mesa, un libro del que me cuesta apartarme, Carl Einstein en la Revolución española, una pequeña compilación de textos del crítico alemán que incluye varias cartas, una de ellas dirigida a Pablo Picasso. Copio un fragmento:

«No puede usted imaginarse hasta qué punto me siento feliz por haber luchado junto a sus compatriotas. Se trata probablemente del mayor recuerdo de mi vida. Y nadie que no lo haya vivido puede saber hasta qué punto me emociona la fidelidad de mis compañeros. Cuando nos reunimos, nos sentimos felices sin necesidad de decir gran cosa. Son hombres verdaderos, llenos de dignidad y devoción, unos magníficos soldados. Lo único que me preocupa es no haber hecho lo suficiente pese a haber dado todo lo que tenía. Créame, siempre estaré dispuesto a dar mi vida por su país, y no estoy haciendo literatura».

Claro que no lo hacía. Hoy, que no me puedo quitar de encima esta extraña desafección con respecto a la literatura, pienso en el Einstein cansado, derrotado en la guerra de España, el mismo que, en el intento de huir a Inglaterra, fue detenido y deportado a un campo de concentración. Pienso en aquellas cartas que le mantenían unido a su antiguo mundo, el de sus viejos amigos, un territorio afectivo que se acabaría estrechando cada vez más. Rotos los puentes, solo le quedó saltar de uno.

La historia de Carl Einstein siempre me ha sacudido. En una carta escrita a un amigo, el marcharte Daniel-Henry Kahnweiler, el 6 de enero de 1939 desde Barcelona, anotó: «Ahora puedo recordar que una vez fui escritor [...] Vivir sin miedo es la única manera de existir». Apenas tres meses después, acabaría la guerra y cruzaría la frontera con Francia. En ese país, que Einstein amó también hasta las trancas, pasaría su último año de vida, intentando huir de los nazis, sí, pero también cansado de un mundo que parecía sucumbir sin remedio al espanto del totalitarismo. Y ese cansancio no es una cuestión menor. Creo que lo sentían Zweig, Toller y Benjamin, entre otros. Yo solo estoy cansado de escribir y de no hacerlo al mismo tiempo. Nada comparable a lo vivido en esos años de tormenta. Pienso finalmente en la última carta de Benjamin a Theodor Adorno, en aquel fragmento en el que hablaba de la falta de esperanza para ellos y -cómo no hacerlo- me pregunto si habrá esperanza para nosotros.

Acabo con un fragmento de una carta que Gottfried Benn dirigida a su amigo Einstein: «En resumen, albergar esperanzas es: tener ideas equivocadas sobre la vida, sobre lo que esta exige y sobre lo que puede ofrecer y, principalmente, sobre lo que uno ha de hacer y soportar sin esperanza».

domingo, 15 de septiembre de 2019

Escribir contra la muerte: Yevguenia Yarovslávskaia-Markón


Hace una semana y poco, cuando escribí el último post del blog, no pensaba que me iba a dar de bruces con otro texto escrito poco antes del asesinato de su autor. De hecho, no sabía nada de Insumisa (Armaenia, 2018) hasta hace unos cuantos días, ya que no leí ninguna de las reseñas que celebraron la aparición del libro en España y nadie de mi entorno me lo había recomendado hasta ahora.

El descubrimiento del manuscrito de su autora también fue casual. Según nos cuenta Irina Fliege, Directora del Centro de Investigación e Información "Memorial" de San Petersburgo, lo encontró en el Archivo del Servicio Federal de Seguridad de la Región de Arjánguelsk. Sé de buena ley que los archivos siguen guardando joyas literarias que esperan ver la luz y por eso me sigue pareciendo imprescindible la labor de los investigadores que deciden dedicar su vida a rastrear la memoria de los olvidados.

No conozco demasiadas historias sobre el gulag y tampoco he leído mucho sobre el tema. De hecho, hace unos meses, justo después de leer El Imperio, de Ryszard Kapuscinski, apunté unas cuantas referencias literarias e históricas sobre la red de campos de concentración soviéticos. Insumisa, sin embargo, me parece un relato que va mucho más allá de ser un mero texto de denuncia de la crueldad del régimen comunista. De hecho, y quizá porque tengo demasiado cerca la lectura de La gente del Abismo (Gatopardo Ediciones, 2016), las partes del libro que más me han interesado son aquellas en las que Yevguenia Yarovslávskaia narra su inmersión en lo que ella misma llama el mundo del hampa y el lumpenproletariado.

Más allá de lo anterior, la breve autobiografía de la autora cuenta su desencanto con la Revolución rusa, los vaivenes de su militancia política, el viaje por Europa con su compañero -el poeta anarquista Aleksandr Yaroslavski- y su espiral de detenciones e internamientos que, poco después del cierre de su cuaderno, acabaría con su fusilamiento.

Finalmente, otra de las cosas que me parecen más valiosas de la edición del libro es la colección de anexos que acompaña a la autobiografía. Por un lado, la literatura procesal -interrogatorio, acta y sentencia a muerte de Yevguenia- nos permite observar de cerca la maquinaria legal que posibilitó la persecución política de la disidencia. Por otro lado, el testimonio del guardia A. I. Mislitsin, que da cuenta de las últimas horas de la autora, nos ayuda a comprender el equilibrio de fuerzas, a veces tan precario, que sostuvo el aparato represivo del régimen soviético.

Si queréis ampliar, os recomiendo que le echéis un vistazo al espacio del libro en la web de la editorial.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Escribir contra la muerte: Kanno Sugako, Nico Rost

Cuervos (1766), Maruyama Okyo 

Kanno Sugako, anarquista japonesa condenada a muerte por intentar atentar contra el Emperador nipón, escribió en su celda, viendo caer la nieve a través de los barrotes, un pequeño diario. Ella misma era consciente de que la amenaza inminente del patíbulo no podía robarle su libertad interior, aquella a la que aludía constantemente Stefan Zweig en El mundo de ayer: memorias de un europeo.

Escribió Sugako: «Aquí estoy, confinada por esta ventana embarrada, pero mis pensamientos aún abren sus alas en el libre mundo de las ideas. Nada puede retener mis pensamientos o interferir con ellos» (Reflexiones camino de la horca, Calumnia Editorial, 2019).

Ella, al igual que Nico Rost, prefirieron enfrentar la muerte desde una posición -para los dos inexcusable- que celebraba la vida hasta en sus peores momentos. Precisamente por lo anterior, ambos no quisieron deshacerse de sí mismos cuando, asediados por la fatalidad, podrían haber sucumbido a la desesperación, la renuncia a sus principios o la resignación. Y lo consiguieron escribiendo.

Goethe en Dachau, publicado por ContraEscritura en 2018, diario que da cuenta del paso de Rost por ese campo de concentración alemán, es otro ejemplo de lo anterior. Imaginar el esfuerzo del holandés por seguir el rastro de humanidad que habitaba en cada conversación, en cada saludo cortés, en cada muestra desinteresada de generosidad, en el afán de algunos presos por hacer honor a quienes eran antes de entrar en el lager (recordando un viejo poema, impartiendo una lección de biología, tocando el violín...), astilla la posibilidad de cualquier lectura aséptica de su relato. 

«El sol brilla sobre la nieve de las ramas de los pinos. Parece un cuadro de Maruyama Okyo», escribió en su diario Kanno Sugako poco antes de ser ejecutada, el 24 de enero de 1911. No creo haber conocido mayor gesto de fortaleza que ese: celebrar el brillo del sol sobre la nieve cuando todo está perdido... Quién hallara esa valentía ahora. 

sábado, 13 de julio de 2019

El socorrido espejo infantil

Cartel de las Juventudes Hitlerianas
Entre finales de 2018 y principios de 2019, se conmemoró el centenario de la Revolución alemana. En España la efeméride ha pasado más o menos desapercibida, aunque bien es cierto que varias editoriales le han hincado el diente al tema lanzando novedades relacionadas con este episodio histórico, sin duda mucho menos conocido que la Revolución rusa o el ascenso del nazismo (un proceso, este último, que no se podría explicar sin todo lo anterior). De todas esas novedades de las que os hablaba, os recomiendo dos: La Revolución de 1918-1919. Alemania y el socialismo radical, de César de Vicente Hernando (Catarata), y Rosa Luxemburg, en la tormenta, de Ana Muiña (La Linterna Sorda).

Pero hoy, en realidad, quería hablaros de otro libro de los que, precisamente, fueron prohibidos por el nazismo y que actualmente, le pese a quien le pese, siguen bien vivos. Me refiero a Juventud sin Dios, de Ödön von Hirváth, editado de manera primorosa por Nórdica en este mismo año.

«Ni ellos mismos lo saben. Se quedan frente a mí, sonriendo con sorna, perplejos. Sí, el hombre puede ser verdaderamente malvado y eso está ya en la Biblia. Cuando dejó de llover y las aguas del diluvio universal volvieron a retroceder, Dios dijo: "No volveré ya más a maldecir a la tierra por causa del hombre, pues los designios del corazón humano son malos desde su niñez"».

La trama de la novela gira en torno a un profesor de valores humanistas y un grupo de niños, sus alumnos, que parecen desenvolverse como peces en el agua bajo la cultura de la desigualdad implantada por el nazismo y reproducida de manera casi unívoca por la sociedad civil germana. A partir de ahí, un asesinato durante un campamento paramilitar al que asisten los alumnos y el profesor, dispara la trama, desenvolviéndose los últimos capítulos en el contexto del proceso judicial posterior, donde todos los protagonistas se retratan y se dirime la identidad del asesino.

Como no podía ser de otra manera, Juventud sin Dios se ha relacionado, por ejemplo, con La cinta blanca, la película de Michael Haneke, donde también aparece el tema de la emergencia de la malignidad del totalitarismo a través de la corrupción y adoctrinamiento dogmático de la infancia. Y no es un caso que podamos circunscribir exclusivamente a la denuncia del régimen nazi. En Los gritos del silencio, por ejemplo, la película de Roland Joffé centrada en la Camboya de Pol Pot, hay varias escenas en las que una niña, educada en los valores revolucionarios del nuevo régimen y sin mácula de ideología burguesa, aparece dirigiendo la ejecución de un supuesto disidente. Esto contaba Marta Rivera de la Cruz, periodista de El País, en su noticia «El Genocidio de Camboya»: «Se creó una raza de criaturas alienadas y violentas, capaces de rebanar el pescuezo a quien fuese capaz de traicionar a Pol Pot robando una fruta o un puñado de arroz crudo. Niños y niñas de ocho años fueron entrenados en el arte de la lucha contra los llamados youns: los extranjeros, culpables de buena parte de los males que habían sacudido al país en el pasado».

De vuelta a Alemania, pero en la del siglo XVI, encontramos un episodio parecido en Q, la fascinante novela de Luther Blisset, donde hay varios fragmentos en los que se menciona la potestad para ejercer justicia divina que tenían los niños durante el sitio de Münster, donde los fieles anabaptistas (quienes eran perseguidos, eso sí, de manera salvaje por católicos y luteranos) implantaron un desquiciado régimen teocrático bajo la dirección del sastre flamenco Jan van Leiden.

Aunque solo me haya detenido en estas pocas referencias para no alargarme en exceso, hay muchos más casos de productos culturales que, utilizando como espejo la maleabilidad de la infancia, tienen como telón de fondo la inmoralidad -e inhumanidad- de los regímenes totalitarios, presentando en la mayor parte de los casos la aquiescencia de las mayorías como una consecuencia lógica de un programa cultural y educativo tendente a la manipulación de masas que, mira por dónde, siempre está dirigido por un puñado de hombres pareciera que salidos del averno. Lo que, lógicamente, ayuda a liberar del peso de la complicidad a buena parte de la sociedad, que, en estos casos, se nos muestra únicamente como sujeto pasivo que tan solo reproduce los mecanismos de opresión que ella misma padece. Como si esos mecanismos no funcionaran de manera intencionada contra alguien y como si, al ejercerlos, no se estuviera fortaleciendo el mantenimiento de un sistema de privilegios que, obviamente, solo beneficia a una parte de esa misma sociedad. 

En ese sentido, y sin centrarnos exclusivamente en Juventud sin Dios, lo que menos me gusta de este tipo de novelas donde los niños son presentados como almas cándidas envenenadas por la propaganda es que, por un lado, minimizan la capacidad de agencia de los mismos y, por otro, abrillantan las interpretaciones teológicas de la construcción social de las dictaduras totalitarias, según las cuales estos regímenes fueran el resultado final de un plan maestro puesto en marcha por un reducido grupo de personas que supieran manejar a la perfección la mentalidad del resto. Y no fue tanto así. 

jueves, 4 de julio de 2019

3 poemas de La Tormenta #3


Hace tres años, Jordi Maíz, editor de Calumnia Edicions, nos propuso coeditar con Piedra Papel Libros una pequeña revista de poesía, sin periodicidad definida y una tirada modesta (con la idea de liberar en internet cada número cuando se hubieran agotado los ejemplares correspondientes). Sin pensarlo mucho, le dijimos que sí, y de esa afirmación salió La Tormenta, de la que ya llevamos 3 números. Para animaros a leerla, os dejo por aquí varios poemas de este último número.

*

He aprendido
a darme la vuelta y sostener
tu sueño y mi deseo

lo que no he aprendido aún
es a sujetarme el miedo
que me late en la boca
cuando oigo la noche
crecer entre nosotros

Yolanda Ortiz

SIN HORIZONTE

Únicamente el cielo
carece de horizonte.

Es terrible vivir
en este tiempo
de terror y espanto.

Mientras se viene y se va
la pesadilla horrenda,
callémonos amando.

Manuel Lombardo

MR. WONDERFUL

Los sueños se persiguen
infinitamente más rápido
si la línea de salida
parte de la calle Serrano.

Vanessa Basurto

Más información sobre este número de La Tormenta, aquí:
https://piedrapapellibros.com/2019/07/02/latormenta3poesia/

miércoles, 19 de junio de 2019

Replicantes y papeles viejos


Fotograma de Blade Runner 2049

Hace varios meses que leí Apuntes de cine de ciencia ficción, de autoría múltiple, editado por Antipersona en abril de este mismo año. Como hago en muchas ocasiones, dejo descansar el libro justo después de leerlo, y vuelvo a él para subrayar fragmentos de algunas páginas dobladas o perseguir nuevas referencias. En este caso, durante el último fin de semana revisité el libro con el ánimo de hacerme con las películas y series que mencionan los distintos autores en sus artículos.
Blade runner 2049 ha sido una de esas películas, y he de decir que -a pesar de haber leído previamente algunas críticas funestas- me ha gustado mucho, quizá por el grato recuerdo de la novela de Philip K. Dick y porque varias de sus escenas abordan un tema, el de la preservación de la información, que siempre me ha interesado, y no solo por el simple hecho de dedicarme profesionalmente a la gestión documental.
En una de las escenas de la película, un "archivero-replicante" le cuenta a K, el personaje protagonista (un blade runner replicante de segunda generación, mejorado y obediente a los designios de una jefa de policía humana), que después del "apagón", algo parecido a un cataclismo informático que sumió a la humanidad en un colapso civilizatorio de terribles consecuencias, se perdió toda la información contenida en los soportes de almacenamiento digital, por lo que solo se conservó la información volcada en soporte papel.
Pareciera que este es un problema futurible, pero el problema de las pérdidas irreparables de información contenida exclusivamente en soportes de conservación de tipo informático, es una constante en el mundo de los archivos. De hecho, algunos de estos problemas han salido a la luz pública debido a su especial relevancia. La pérdida de los archivos de MySpace entre 2003 y 2015 ha sido una de esas noticias, pero no es la única.

Fotograma de Blade Runner 2049

Volviendo a la escena a la que aludíamos con anterioridad, en un momento de ella el “archivero-replicante” saca una especie de rectángulo de cristal que pareciera dar soporte a un expediente personal que resulta estar dañado. Precisamente ese soporte de conservación ficticio, un cuadrito de cristal que pareciera contener toda la información de un antiguo replicante díscolo, nos recuerda las láminas de cuarzo en las que algunos ingenieros japoneses están trabajando para ofrecer una solución a los problemas de durabilidad de la mayor parte de los dispositivos de almacenamiento digital; una línea de investigación de la que se habla en el documental El fin de la memoria, donde se hace un repaso bastante completo a todas las problemáticas asociadas a la falta de durabilidad de los sistemas de almacenamiento de datos actuales.  

Fotograma de Blade Runner 2049

También hay otra escena relacionada con el gremio de archiveros; hablamos del fragmento en el que K, que anda investigando su propio pasado, descubre que "alguien" ha arrancado un año entero del libro de registro de un orfanato donde, intuye, podría encontrar respuestas a buena parte de sus preguntas. Será precisamente ese vacío documental, producto del robo o la destrucción intencionada, lo que le impida hallar respuestas. Y es aquí donde aparece un tema central en el debate actual sobre el acceso a los archivos, ya sean privados o públicos: la custodia profesional como garantía de acceso a los archivos que conservan información que, entre otras cosas, otorga derechos a las personas (el derecho a saber, el derecho a la memoria o, incluso, el derecho a la identidad). Recordemos el problema de las miles de familias de bebés robados cuyo acceso a los archivos hospitalarios les ha sido negado de manera reiterada, argumentando en algunos casos que muchos expedientes han sido expurgados debido a su antigüedad.
En definitiva, hablamos de problemas reales, de aquí y ahora, que nos afectan a todos y que entre todos debemos afrontar. Por eso mismo me congratula pensar que la ciencia ficción de hoy día, como en sus mejores tiempos, sigue siendo mucho más que un género de entretenimiento.

sábado, 1 de junio de 2019

De verde y pardo: ecología y nazismo en la Alemania de los años treinta

Grupo wandervögel (Berlín, año 1930). Fuente: ADN-ZB/Archiv Deutschland

Hace relativamente poco, durante la presentación en la librería Traficantes de Sueños del fanzine El bibliocausto en la España de Franco (Piedra Papel Libros, 2018), de Francesc Tur, surgió en el debate posterior una especie de interrogatorio público a propósito de la naturaleza del fascismo español. La mayoría coincidimos en que, en buena medida, el régimen franquista justificó la mayor parte de su acción política sobre valores reaccionarios, de conservación, vinculados a la Iglesia católica y, por tanto, muy alejados del discurso público del que, al menos en un primer momento, se dotaron los partidos fascistas de Italia y Alemania.

Leyendo el primer capítulo de Ecofascismo. Lecciones sobre la experiencia alemana (Virus, 2019), que se titula Ecologismo fascista. La «rama verde» del partido nazi y su antecedentes históricos, de Peter Standenmaier, no hago sino reafirmarme en lo que hablábamos antes. Desconocía totalmente las conexiones entre el movimiento nacionalsocialista y los grupos que, ya en los años treinta, defendían el respeto a la naturaleza, la puesta en marcha de una agricultura ecológica -o al menos no sometida al industrialismo- y abominaban de la vida en las ciudades bajo el régimen de la economía industrial. 

No os exagero si os digo que, en un capítulo de apenas cuarenta páginas, tengo marcadas más de la mitad porque hay fragmentos a través de los cuales el lector puede tomar conciencia de la estrategia de encuadramiento de masas puesta en marcha por el NSDAP. La recuperación del movimiento de los wandervögel, un nombre por el que se conocía a los jóvenes que buscaban un modo de vida más sencillo y "auténtico" alejándose de la ciudad, es buen ejemplo de lo anterior; pero hay muchos más. No cabe duda de que, a día de hoy, poca gente relacionaría el nacimiento del ecologismo con los primeros pasos del nazismo, pero, por ejemplo, el zoólogo Ernst Haeckel, quien acuñó el término «ecología» en 1867, creía "científicamente" en la superioridad de la raza nórdica, en los perjuicios de las mezclas raciales y en los beneficios para la salud de la nación de la eugenesia y otras políticas activas de control racial.

Si os interesa el tema, haceos con el libro. La segunda parte, de Janet Biehl, no me ha interesado tanto porque está relacionada con la conexiones entre el movimiento ecologista y los movimientos de extrema-derecha en la Alemania posterior a la II Guerra Mundial, pero también anima a investigar algunos de estos vínculos. En definitiva, un acierto de Virus