sábado, 28 de marzo de 2020

Razón para aferrarse


He aprovechado estos días de confinamiento para montar una pequeña plaquette con cuatro poemas seleccionados de una antigua serie, Razón para aferrarse, cuyos poemas se han ido publicando aquí y allá, pero que nunca ha visto la luz de manera independiente y unificada.

Espero que os gusten.

Os dejo por aquí el enlace de descarga:

lunes, 23 de marzo de 2020

«La Caja de Lot» y «Caja de Formas», una aventura editorial subterránea



Conocí a Sergio R. Franco a principios de 2010. Prácticamente recién aterrizado en Jaén, tuvo la genial idea de poner en marcha un ciclo de recitales, «En la masmédula (poesía)», en el que coincidimos un buen puñado de poetas de la ciudad y donde tuvimos la oportunidad de conocer de primera mano la obra de los mejores poetas de Málaga, que son muchos. Por allí pasaron Antonio Blanco, María Eloy, Beatriz Ros, Isabel Bono…
Aquel ciclo de recitales, cuyos carteles —diseñados por Judit Dato— conectaban, además, con el mapa sentimental de nuestros referentes literarios (pues en ellos aparecían los rostros de algunos de los poetas y escritores que más admiro y admiramos de los siglos xx y xxi), supuso el punto de partida para una estrecha colaboración entre Sergio R. Franco, Ángel Rodríguez, Yolanda Ortiz y yo; colaboración que, poco después de la clausura de «En la masmédula (poesía)», se tradujo en la organización del ciclo mensual de recitales «La Caja de Lot», que desde su inicio se ha venido celebrando en el bar Tijuana y que tomó como nombre una de las secciones de mi antiguo blog, «Nueva Gomorra».
Con el paso del tiempo, «La Caja de Lot» se fue consolidando como un espacio poético con muchas más dimensiones que la estrictamente literaria. Más allá de su evidente espíritu celebratorio, «La Caja de Lot» ha servido de lugar de encuentro para los poetas de Jaén de todas las generaciones. También se ha convertido en un espacio privilegiado para otear, sobre todo, el panorama poético andaluz. Y, cómo no, «La Caja de Lot» nos ha brindado la oportunidad de hacernos con las obras de los autores participantes, cuyos libros difícilmente podrían haber llegado a nuestras manos por las dificultades para la distribución que suelen tener los pequeños sellos editoriales de poesía y porque apenas si nos quedan librerías en Jaén.
Por otro lado, y de forma paralela a «La Caja de Lot», se fueron creando otras iniciativas culturales vinculadas al mundo de la poesía, como «El Club de los Imberbes» o el «Slam Jaén», que nutrieron la escena poética local de nuevos ingredientes, favoreciendo la aparición de nuevas voces y contribuyendo a la generación de un tejido emergente de actividades culturales que, en cierta forma, favoreció la presencia pública de jóvenes autores, generó puentes de diálogo entre poetas de distintas edades y, todo hay que decirlo, animó en cierta forma el ambiente cultural de la ciudad, bajo mi punto de vista demasiado dependiente de las iniciativas institucionales y mediatizado por el complejo de inferioridad que siempre trae aparejado el estar comparándose con otras ciudades permanentemente.
Sin embargo, con el paso del tiempo y la definitiva consolidación de la escena poética de la ciudad, algunos pensamos que no había una relación equilibrada entre esa esfera pública, celebratoria, vinculada a los recitales y distintos saraos literarios, y el paupérrimo tejido editorial jiennense, de tal forma que era recurrente que buena parte de los autores locales que pasaban por «La Caja de Lot» nos comentasen sus dificultades para publicar de manera decente, sin recurrir a la autoedición o a las editoriales instrumentales de las que solicitan dinero a cambio de poder publicar.
Fue a partir de lo anterior cuando pensé que quizá estaría bien abrir una colección de poesía en mi pequeña editorial, Piedra Papel Libros, hasta entonces especializada en el ensayo político, la historia social y el relato corto. Así nació «Caja de Formas».
El nombre es un guiño evidente a la procedencia de la iniciativa, pero también hace alusión al juguete con el que los niños entrenan su razonamiento espacial. Además, el diseño cerrado, muy compacto, de la colección (diez títulos de los que ya han sido publicados nueve*) pretendía poner en valor el concepto que hay detrás de «Caja de Formas», que no es otro que permitir un acercamiento a las distintas formas de entender la poesía que, a día de hoy, persiguen y encuentran la excelencia de maneras muy dispares; también en Jaén.
Desde ese momento, nueve títulos han encontrado cobijo en esta modesta colección que, a pesar de ello, nos ha brindado muchas alegrías a todos, empezando por los editores y terminando por todos los lectores que nos han felicitado por el desarrollo de la misma y con los que hemos tenido el gusto de compartir impresiones en las presentaciones y recitales organizados al calor de la salida de los distintos títulos publicados hasta ahora.
El primero de ellos fue No hay nada que huya, un libro de poemas que Joaquín Fabrellas, escritor jiennense experto conocedor de la obra de Manuel Lombardo Duro, estuvo incubando durante años y que supuso el relanzamiento de su trayectoria literaria tras un largo periodo de mutismo editorial.
Ni que decir tiene, del poeta malagueño Antonio Blanco, a quien tuvimos la suerte de escucharle recitar en una de las citas de «En la masmédula (poesía)», fue el segundo título de la colección. Su presentación en Jaén tuvo cabida en uno de los recitales de «La Caja de Lot» y fue una de las noches más memorables del ciclo.
Por su parte, Cuaderno de veredas, de José Pastor, tercer título de la colección, fue el primer libro de poemas del autor afincado en Las Alpujarras, muy querido en Jaén, que previamente había publicado en formato fanzine bajo el mítico sello Ediciones Raro y al que me une su especial querencia por la literatura bloguera.
 Poemas rescatados de las llamas, de Víctor Mesa, se convirtió en el cuarto libro de la colección, siendo el primer poemario de relativa extensión publicado por el autor jiennense. Hablamos de un libro que puede leerse como un viaje hacia el futuro de toda una generación asediada por la precariedad existencial que, sin embargo, resiste con lo que tiene: el amor, la amistad y el compromiso con la vida.   
Al ecuador de la colección llegamos con Las voces indomables, de Manuel Lombardo Duro, cuya obra seguimos desde hace años con fidelidad y que ya había publicado Nadie de nada con Piedra Papel Libros, un poemario extenso de carácter antológico preparado y prologado por José Viñals.
El sexto libro de la colección fue Pequeñas canciones para un circo mudo, de Ángel Rodríguez, uno de los organizadores de «La Caja de Lot». Se trata de una obra muy particular en la bibliografía de Rodríguez, pues se compone de poemas cortos, muy simbólicos, a través de los cuales se entrevé una historia personal de desamor marcada por la melancolía y el desconsuelo.
Vonlenska. Una historia finita, de Araceli Pulpillo, coeditora también de Piedra Papel Libros, se convirtió en el séptimo título de «Caja de Formas», siendo el primer poemario de relativa extensión publicado por la poeta de Rus, la más joven del grupo, que con una versión escueta del mismo había ganado previamente el Premio “Facultad de Humanidades” convocado por la Universidad de Jaén.
Por su parte, Manual para nadie, de Isabel Tejada, prologado por la escritora madrileña Layla Martínez, se convirtió en el octavo libro de la colección, dando continuidad a la trayectoria editorial de esta prolífica poeta jiennense, cuya obra ha recibido merecidos reconocimientos en distintos certámenes poéticos, y que animó durante mucho tiempo el programa de literatura Baldosas amarillas, emitido por la radio de la Universidad de Jaén. 
Finalmente, Bóveda celeste, de Sara M. Bernard, noveno título de la colección, ha sido también el primer libro de la periodista y escritora malagueña afincada en Galicia, conocida por su magnífico blog «Libres para nada» y que esperamos presentar pronto en Jaén.
Si todo sale bien, pretendemos cerrar la colección «Caja de Formas» con una obra inédita** de Yolanda Ortiz, otra de las coorganizadoras de «La Caja de Lot», y sin duda una de las voces con más futuro del panorama poético local. Con la publicación de su libro, cuya fecha de salida aproximada es hasta ahora incierta, llegaremos al final de esta pequeña aventura editorial que, al fin y al cabo, nos ha servido a todos como excusa para seguir celebrando la amistad, la literatura y el amor a la vida. No en vano, lo mejor de la poesía es eso.

Juan Cruz López
Artículo en Piedras Lunares

* A día de hoy, ya se han publicado los diez títulos de la colección.
** Tierra de malvas es el nombre del libro de Yolanda Ortiz que cerró la colección.

sábado, 18 de enero de 2020

Paisajes imperiales (y II)

Paisajes de El imperio, de Ryszard Kapuscinski. Del pintor y el poeta.


De Bruno Schulz decía un alumno suyo que a veces, cuando no tenían ganas de trabajar en clase, le pedían que les contara un cuento y él siempre accedía. Cada vez que pienso en la vida de Bruno Schulz, imagino el terror que le debió acompañar durante la ocupación nazi de Polonia. Schulz era judío y durante un tiempo pudo librarse de la muerte gracias a sus cuadros. Literalmente. Parece que fue un oficial de las SS quien tomó a Schulz bajo su protección, animándole a que pintara para él varios frescos y murales con los que decorar su casa. Sería otro maldito nazi quien, por un tema de rencillas personales con el protector de Schulz, le acabara matando de un disparo en la cabeza en plena calle. El asesino se llamaba Karl Günter. Que su nombre no se borre de la historia: fue él quien acabó con la vida de uno de los creadores más sobresalientes de la historia contemporánea de Polonia.


Yeghishe Charents, armenio, fue otro de los poetas revolucionarios que se enrolaron en el Ejército Rojo durante la Revolución rusa. Él también confió en el potencial salvífico del socialismo, creyó como otros tantos en la belleza de la destrucción y puso su pluma al servicio del PCUS. Durante años, cientos de artistas y poetas giraron la cara cuando la mano de hierro se cernió sobre otros compañeros de viaje... Nadie sabe muy bien qué oscuros mecanismos te acababan conduciendo al patíbulo durante el periodo de las purgas estalinistas, pero lo que sí sabemos con certeza es que Charents también fue víctima de ellas. Murió asesinado en 1937. Dice Kapuscinski que Charents era el poeta más preclaro de Armenia. A poco que uno lee cuatro cosas sobre él en internet, entiende que se le puede considerar uno de los mejores poetas armenios del siglo XX. También acabaron con su vida sin pestañear, sin considerar por un segundo qué sería lo que la historia contaría de sus asesinos. Llegados a este punto, pensar en Lorca es irremediable.  

lunes, 16 de diciembre de 2019

Paisajes imperiales (I)

Paisajes de El Imperio, de Ryszard Kapuscinski. Del templo y el músico loco.


5 de diciembre de 1931, Moscú. Por orden de Stalin, una pléyade de artificieros vuela por los aires la catedral de Cristo Salvador de Moscú, uno de los tempos religiosos más grandes de Rusia, cuya construcción finalizó en 1883. En su lugar, los planificadores comunistas querían construir el gigantesco Palacio de los Soviets, un proyecto que habría de ser coronado con una estatua de Lenin de 100 metros de alto. El estallido de la II Guerra Mundial abortó el proyecto. En 1961 se construyó en el mismo sitio una piscina pública.


Shogomon Gegorvi Soghomonian, llamado Komitas Vardapet (1869-1935). Músico armenio, nacido en Kütahya, en el antiguo territorio del Imperio Otomano. Le vio las orejas al lobo cuando los turcos le apresaron y estuvieron a punto de matarle durante el genocidio armenio. Solo la presión internacional sobre Turquía logró salvar su vida. Después de tan traumática experiencia, perdió la razón y acabó sus días en un psiquiátrico parisino donde murió a los sesenta y seis años. Está considerado un héroe nacional de su país.

lunes, 30 de septiembre de 2019

«Ahora puedo recordar que una vez fui escritor»: correspondencia de Carl Einstein


Las últimas moscas del verano revolotean por el salón. Dentro de poco, el frío del otoño castellano dará cuenta de ellas. Sobre la mesa, un libro del que me cuesta apartarme, Carl Einstein en la Revolución española, una pequeña compilación de textos del crítico alemán que incluye varias cartas, una de ellas dirigida a Pablo Picasso. Copio un fragmento:

«No puede usted imaginarse hasta qué punto me siento feliz por haber luchado junto a sus compatriotas. Se trata probablemente del mayor recuerdo de mi vida. Y nadie que no lo haya vivido puede saber hasta qué punto me emociona la fidelidad de mis compañeros. Cuando nos reunimos, nos sentimos felices sin necesidad de decir gran cosa. Son hombres verdaderos, llenos de dignidad y devoción, unos magníficos soldados. Lo único que me preocupa es no haber hecho lo suficiente pese a haber dado todo lo que tenía. Créame, siempre estaré dispuesto a dar mi vida por su país, y no estoy haciendo literatura».

Claro que no lo hacía. Hoy, que no me puedo quitar de encima esta extraña desafección con respecto a la literatura, pienso en el Einstein cansado, derrotado en la guerra de España, el mismo que, en el intento de huir a Inglaterra, fue detenido y deportado a un campo de concentración. Pienso en aquellas cartas que le mantenían unido a su antiguo mundo, el de sus viejos amigos, un territorio afectivo que se acabaría estrechando cada vez más. Rotos los puentes, solo le quedó saltar de uno.

La historia de Carl Einstein siempre me ha sacudido. En una carta escrita a un amigo, el marcharte Daniel-Henry Kahnweiler, el 6 de enero de 1939 desde Barcelona, anotó: «Ahora puedo recordar que una vez fui escritor [...] Vivir sin miedo es la única manera de existir». Apenas tres meses después, acabaría la guerra y cruzaría la frontera con Francia. En ese país, que Einstein amó también hasta las trancas, pasaría su último año de vida, intentando huir de los nazis, sí, pero también cansado de un mundo que parecía sucumbir sin remedio al espanto del totalitarismo. Y ese cansancio no es una cuestión menor. Creo que lo sentían Zweig, Toller y Benjamin, entre otros. Yo solo estoy cansado de escribir y de no hacerlo al mismo tiempo. Nada comparable a lo vivido en esos años de tormenta. Pienso finalmente en la última carta de Benjamin a Theodor Adorno, en aquel fragmento en el que hablaba de la falta de esperanza para ellos y -cómo no hacerlo- me pregunto si habrá esperanza para nosotros.

Acabo con un fragmento de una carta que Gottfried Benn dirigida a su amigo Einstein: «En resumen, albergar esperanzas es: tener ideas equivocadas sobre la vida, sobre lo que esta exige y sobre lo que puede ofrecer y, principalmente, sobre lo que uno ha de hacer y soportar sin esperanza».

domingo, 15 de septiembre de 2019

Escribir contra la muerte: Yevguenia Yarovslávskaia-Markón


Hace una semana y poco, cuando escribí el último post del blog, no pensaba que me iba a dar de bruces con otro texto escrito poco antes del asesinato de su autor. De hecho, no sabía nada de Insumisa (Armaenia, 2018) hasta hace unos cuantos días, ya que no leí ninguna de las reseñas que celebraron la aparición del libro en España y nadie de mi entorno me lo había recomendado hasta ahora.

El descubrimiento del manuscrito de su autora también fue casual. Según nos cuenta Irina Fliege, Directora del Centro de Investigación e Información "Memorial" de San Petersburgo, lo encontró en el Archivo del Servicio Federal de Seguridad de la Región de Arjánguelsk. Sé de buena ley que los archivos siguen guardando joyas literarias que esperan ver la luz y por eso me sigue pareciendo imprescindible la labor de los investigadores que deciden dedicar su vida a rastrear la memoria de los olvidados.

No conozco demasiadas historias sobre el gulag y tampoco he leído mucho sobre el tema. De hecho, hace unos meses, justo después de leer El Imperio, de Ryszard Kapuscinski, apunté unas cuantas referencias literarias e históricas sobre la red de campos de concentración soviéticos. Insumisa, sin embargo, me parece un relato que va mucho más allá de ser un mero texto de denuncia de la crueldad del régimen comunista. De hecho, y quizá porque tengo demasiado cerca la lectura de La gente del Abismo (Gatopardo Ediciones, 2016), las partes del libro que más me han interesado son aquellas en las que Yevguenia Yarovslávskaia narra su inmersión en lo que ella misma llama el mundo del hampa y el lumpenproletariado.

Más allá de lo anterior, la breve autobiografía de la autora cuenta su desencanto con la Revolución rusa, los vaivenes de su militancia política, el viaje por Europa con su compañero -el poeta anarquista Aleksandr Yaroslavski- y su espiral de detenciones e internamientos que, poco después del cierre de su cuaderno, acabaría con su fusilamiento.

Finalmente, otra de las cosas que me parecen más valiosas de la edición del libro es la colección de anexos que acompaña a la autobiografía. Por un lado, la literatura procesal -interrogatorio, acta y sentencia a muerte de Yevguenia- nos permite observar de cerca la maquinaria legal que posibilitó la persecución política de la disidencia. Por otro lado, el testimonio del guardia A. I. Mislitsin, que da cuenta de las últimas horas de la autora, nos ayuda a comprender el equilibrio de fuerzas, a veces tan precario, que sostuvo el aparato represivo del régimen soviético.

Si queréis ampliar, os recomiendo que le echéis un vistazo al espacio del libro en la web de la editorial.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Escribir contra la muerte: Kanno Sugako, Nico Rost

Cuervos (1766), Maruyama Okyo 

Kanno Sugako, anarquista japonesa condenada a muerte por intentar atentar contra el Emperador nipón, escribió en su celda, viendo caer la nieve a través de los barrotes, un pequeño diario. Ella misma era consciente de que la amenaza inminente del patíbulo no podía robarle su libertad interior, aquella a la que aludía constantemente Stefan Zweig en El mundo de ayer: memorias de un europeo.

Escribió Sugako: «Aquí estoy, confinada por esta ventana embarrada, pero mis pensamientos aún abren sus alas en el libre mundo de las ideas. Nada puede retener mis pensamientos o interferir con ellos» (Reflexiones camino de la horca, Calumnia Editorial, 2019).

Ella, al igual que Nico Rost, prefirieron enfrentar la muerte desde una posición -para los dos inexcusable- que celebraba la vida hasta en sus peores momentos. Precisamente por lo anterior, ambos no quisieron deshacerse de sí mismos cuando, asediados por la fatalidad, podrían haber sucumbido a la desesperación, la renuncia a sus principios o la resignación. Y lo consiguieron escribiendo.

Goethe en Dachau, publicado por ContraEscritura en 2018, diario que da cuenta del paso de Rost por ese campo de concentración alemán, es otro ejemplo de lo anterior. Imaginar el esfuerzo del holandés por seguir el rastro de humanidad que habitaba en cada conversación, en cada saludo cortés, en cada muestra desinteresada de generosidad, en el afán de algunos presos por hacer honor a quienes eran antes de entrar en el lager (recordando un viejo poema, impartiendo una lección de biología, tocando el violín...), astilla la posibilidad de cualquier lectura aséptica de su relato. 

«El sol brilla sobre la nieve de las ramas de los pinos. Parece un cuadro de Maruyama Okyo», escribió en su diario Kanno Sugako poco antes de ser ejecutada, el 24 de enero de 1911. No creo haber conocido mayor gesto de fortaleza que ese: celebrar el brillo del sol sobre la nieve cuando todo está perdido... Quién hallara esa valentía ahora. 

sábado, 13 de julio de 2019

El socorrido espejo infantil

Cartel de las Juventudes Hitlerianas
Entre finales de 2018 y principios de 2019, se conmemoró el centenario de la Revolución alemana. En España la efeméride ha pasado más o menos desapercibida, aunque bien es cierto que varias editoriales le han hincado el diente al tema lanzando novedades relacionadas con este episodio histórico, sin duda mucho menos conocido que la Revolución rusa o el ascenso del nazismo (un proceso, este último, que no se podría explicar sin todo lo anterior). De todas esas novedades de las que os hablaba, os recomiendo dos: La Revolución de 1918-1919. Alemania y el socialismo radical, de César de Vicente Hernando (Catarata), y Rosa Luxemburg, en la tormenta, de Ana Muiña (La Linterna Sorda).

Pero hoy, en realidad, quería hablaros de otro libro de los que, precisamente, fueron prohibidos por el nazismo y que actualmente, le pese a quien le pese, siguen bien vivos. Me refiero a Juventud sin Dios, de Ödön von Hirváth, editado de manera primorosa por Nórdica en este mismo año.

«Ni ellos mismos lo saben. Se quedan frente a mí, sonriendo con sorna, perplejos. Sí, el hombre puede ser verdaderamente malvado y eso está ya en la Biblia. Cuando dejó de llover y las aguas del diluvio universal volvieron a retroceder, Dios dijo: "No volveré ya más a maldecir a la tierra por causa del hombre, pues los designios del corazón humano son malos desde su niñez"».

La trama de la novela gira en torno a un profesor de valores humanistas y un grupo de niños, sus alumnos, que parecen desenvolverse como peces en el agua bajo la cultura de la desigualdad implantada por el nazismo y reproducida de manera casi unívoca por la sociedad civil germana. A partir de ahí, un asesinato durante un campamento paramilitar al que asisten los alumnos y el profesor, dispara la trama, desenvolviéndose los últimos capítulos en el contexto del proceso judicial posterior, donde todos los protagonistas se retratan y se dirime la identidad del asesino.

Como no podía ser de otra manera, Juventud sin Dios se ha relacionado, por ejemplo, con La cinta blanca, la película de Michael Haneke, donde también aparece el tema de la emergencia de la malignidad del totalitarismo a través de la corrupción y adoctrinamiento dogmático de la infancia. Y no es un caso que podamos circunscribir exclusivamente a la denuncia del régimen nazi. En Los gritos del silencio, por ejemplo, la película de Roland Joffé centrada en la Camboya de Pol Pot, hay varias escenas en las que una niña, educada en los valores revolucionarios del nuevo régimen y sin mácula de ideología burguesa, aparece dirigiendo la ejecución de un supuesto disidente. Esto contaba Marta Rivera de la Cruz, periodista de El País, en su noticia «El Genocidio de Camboya»: «Se creó una raza de criaturas alienadas y violentas, capaces de rebanar el pescuezo a quien fuese capaz de traicionar a Pol Pot robando una fruta o un puñado de arroz crudo. Niños y niñas de ocho años fueron entrenados en el arte de la lucha contra los llamados youns: los extranjeros, culpables de buena parte de los males que habían sacudido al país en el pasado».

De vuelta a Alemania, pero en la del siglo XVI, encontramos un episodio parecido en Q, la fascinante novela de Luther Blisset, donde hay varios fragmentos en los que se menciona la potestad para ejercer justicia divina que tenían los niños durante el sitio de Münster, donde los fieles anabaptistas (quienes eran perseguidos, eso sí, de manera salvaje por católicos y luteranos) implantaron un desquiciado régimen teocrático bajo la dirección del sastre flamenco Jan van Leiden.

Aunque solo me haya detenido en estas pocas referencias para no alargarme en exceso, hay muchos más casos de productos culturales que, utilizando como espejo la maleabilidad de la infancia, tienen como telón de fondo la inmoralidad -e inhumanidad- de los regímenes totalitarios, presentando en la mayor parte de los casos la aquiescencia de las mayorías como una consecuencia lógica de un programa cultural y educativo tendente a la manipulación de masas que, mira por dónde, siempre está dirigido por un puñado de hombres pareciera que salidos del averno. Lo que, lógicamente, ayuda a liberar del peso de la complicidad a buena parte de la sociedad, que, en estos casos, se nos muestra únicamente como sujeto pasivo que tan solo reproduce los mecanismos de opresión que ella misma padece. Como si esos mecanismos no funcionaran de manera intencionada contra alguien y como si, al ejercerlos, no se estuviera fortaleciendo el mantenimiento de un sistema de privilegios que, obviamente, solo beneficia a una parte de esa misma sociedad. 

En ese sentido, y sin centrarnos exclusivamente en Juventud sin Dios, lo que menos me gusta de este tipo de novelas donde los niños son presentados como almas cándidas envenenadas por la propaganda es que, por un lado, minimizan la capacidad de agencia de los mismos y, por otro, abrillantan las interpretaciones teológicas de la construcción social de las dictaduras totalitarias, según las cuales estos regímenes fueran el resultado final de un plan maestro puesto en marcha por un reducido grupo de personas que supieran manejar a la perfección la mentalidad del resto. Y no fue tanto así. 

jueves, 4 de julio de 2019

3 poemas de La Tormenta #3


Hace tres años, Jordi Maíz, editor de Calumnia Edicions, nos propuso coeditar con Piedra Papel Libros una pequeña revista de poesía, sin periodicidad definida y una tirada modesta (con la idea de liberar en internet cada número cuando se hubieran agotado los ejemplares correspondientes). Sin pensarlo mucho, le dijimos que sí, y de esa afirmación salió La Tormenta, de la que ya llevamos 3 números. Para animaros a leerla, os dejo por aquí varios poemas de este último número.

*

He aprendido
a darme la vuelta y sostener
tu sueño y mi deseo

lo que no he aprendido aún
es a sujetarme el miedo
que me late en la boca
cuando oigo la noche
crecer entre nosotros

Yolanda Ortiz

SIN HORIZONTE

Únicamente el cielo
carece de horizonte.

Es terrible vivir
en este tiempo
de terror y espanto.

Mientras se viene y se va
la pesadilla horrenda,
callémonos amando.

Manuel Lombardo

MR. WONDERFUL

Los sueños se persiguen
infinitamente más rápido
si la línea de salida
parte de la calle Serrano.

Vanessa Basurto

Más información sobre este número de La Tormenta, aquí:
https://piedrapapellibros.com/2019/07/02/latormenta3poesia/