lunes, 30 de septiembre de 2019

«Ahora puedo recordar que una vez fui escritor»: correspondencia de Carl Einstein


Las últimas moscas del verano revolotean por el salón. Dentro de poco, el frío del otoño castellano dará cuenta de ellas. Sobre la mesa, un libro del que me cuesta apartarme, Carl Einstein en la Revolución española, una pequeña compilación de textos del crítico alemán que incluye varias cartas, una de ellas dirigida a Pablo Picasso. Copio un fragmento:

«No puede usted imaginarse hasta qué punto me siento feliz por haber luchado junto a sus compatriotas. Se trata probablemente del mayor recuerdo de mi vida. Y nadie que no lo haya vivido puede saber hasta qué punto me emociona la fidelidad de mis compañeros. Cuando nos reunimos, nos sentimos felices sin necesidad de decir gran cosa. Son hombres verdaderos, llenos de dignidad y devoción, unos magníficos soldados. Lo único que me preocupa es no haber hecho lo suficiente pese a haber dado todo lo que tenía. Créame, siempre estaré dispuesto a dar mi vida por su país, y no estoy haciendo literatura».

Claro que no lo hacía. Hoy, que no me puedo quitar de encima esta extraña desafección con respecto a la literatura, pienso en el Einstein cansado, derrotado en la guerra de España, el mismo que, en el intento de huir a Inglaterra, fue detenido y deportado a un campo de concentración. Pienso en aquellas cartas que le mantenían unido a su antiguo mundo, el de sus viejos amigos, un territorio afectivo que se acabaría estrechando cada vez más. Rotos los puentes, solo le quedó saltar de uno.

La historia de Carl Einstein siempre me ha sacudido. En una carta escrita a un amigo, el marcharte Daniel-Henry Kahnweiler, el 6 de enero de 1939 desde Barcelona, anotó: «Ahora puedo recordar que una vez fui escritor [...] Vivir sin miedo es la única manera de existir». Apenas tres meses después, acabaría la guerra y cruzaría la frontera con Francia. En ese país, que Einstein amó también hasta las trancas, pasaría su último año de vida, intentando huir de los nazis, sí, pero también cansado de un mundo que parecía sucumbir sin remedio al espanto del totalitarismo. Y ese cansancio no es una cuestión menor. Creo que lo sentían Zweig, Toller y Benjamin, entre otros. Yo solo estoy cansado de escribir y de no hacerlo al mismo tiempo. Nada comparable a lo vivido en esos años de tormenta. Pienso finalmente en la última carta de Benjamin a Theodor Adorno, en aquel fragmento en el que hablaba de la falta de esperanza para ellos y -cómo no hacerlo- me pregunto si habrá esperanza para nosotros.

Acabo con un fragmento de una carta que Gottfried Benn dirigida a su amigo Einstein: «En resumen, albergar esperanzas es: tener ideas equivocadas sobre la vida, sobre lo que esta exige y sobre lo que puede ofrecer y, principalmente, sobre lo que uno ha de hacer y soportar sin esperanza».

domingo, 15 de septiembre de 2019

Escribir contra la muerte: Yevguenia Yarovslávskaia-Markón


Hace una semana y poco, cuando escribí el último post del blog, no pensaba que me iba a dar de bruces con otro texto escrito poco antes del asesinato de su autor. De hecho, no sabía nada de Insumisa (Armaenia, 2018) hasta hace unos cuantos días, ya que no leí ninguna de las reseñas que celebraron la aparición del libro en España y nadie de mi entorno me lo había recomendado hasta ahora.

El descubrimiento del manuscrito de su autora también fue casual. Según nos cuenta Irina Fliege, Directora del Centro de Investigación e Información "Memorial" de San Petersburgo, lo encontró en el Archivo del Servicio Federal de Seguridad de la Región de Arjánguelsk. Sé de buena ley que los archivos siguen guardando joyas literarias que esperan ver la luz y por eso me sigue pareciendo imprescindible la labor de los investigadores que deciden dedicar su vida a rastrear la memoria de los olvidados.

No conozco demasiadas historias sobre el gulag y tampoco he leído mucho sobre el tema. De hecho, hace unos meses, justo después de leer El Imperio, de Ryszard Kapuscinski, apunté unas cuantas referencias literarias e históricas sobre la red de campos de concentración soviéticos. Insumisa, sin embargo, me parece un relato que va mucho más allá de ser un mero texto de denuncia de la crueldad del régimen comunista. De hecho, y quizá porque tengo demasiado cerca la lectura de La gente del Abismo (Gatopardo Ediciones, 2016), las partes del libro que más me han interesado son aquellas en las que Yevguenia Yarovslávskaia narra su inmersión en lo que ella misma llama el mundo del hampa y el lumpenproletariado.

Más allá de lo anterior, la breve autobiografía de la autora cuenta su desencanto con la Revolución rusa, los vaivenes de su militancia política, el viaje por Europa con su compañero -el poeta anarquista Aleksandr Yaroslavski- y su espiral de detenciones e internamientos que, poco después del cierre de su cuaderno, acabaría con su fusilamiento.

Finalmente, otra de las cosas que me parecen más valiosas de la edición del libro es la colección de anexos que acompaña a la autobiografía. Por un lado, la literatura procesal -interrogatorio, acta y sentencia a muerte de Yevguenia- nos permite observar de cerca la maquinaria legal que posibilitó la persecución política de la disidencia. Por otro lado, el testimonio del guardia A. I. Mislitsin, que da cuenta de las últimas horas de la autora, nos ayuda a comprender el equilibrio de fuerzas, a veces tan precario, que sostuvo el aparato represivo del régimen soviético.

Si queréis ampliar, os recomiendo que le echéis un vistazo al espacio del libro en la web de la editorial.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Escribir contra la muerte: Kanno Sugako, Nico Rost

Cuervos (1766), Maruyama Okyo 

Kanno Sugako, anarquista japonesa condenada a muerte por intentar atentar contra el Emperador nipón, escribió en su celda, viendo caer la nieve a través de los barrotes, un pequeño diario. Ella misma era consciente de que la amenaza inminente del patíbulo no podía robarle su libertad interior, aquella a la que aludía constantemente Stefan Zweig en El mundo de ayer: memorias de un europeo.

Escribió Sugako: «Aquí estoy, confinada por esta ventana embarrada, pero mis pensamientos aún abren sus alas en el libre mundo de las ideas. Nada puede retener mis pensamientos o interferir con ellos» (Reflexiones camino de la horca, Calumnia Editorial, 2019).

Ella, al igual que Nico Rost, prefirieron enfrentar la muerte desde una posición -para los dos inexcusable- que celebraba la vida hasta en sus peores momentos. Precisamente por lo anterior, ambos no quisieron deshacerse de sí mismos cuando, asediados por la fatalidad, podrían haber sucumbido a la desesperación, la renuncia a sus principios o la resignación. Y lo consiguieron escribiendo.

Goethe en Dachau, publicado por ContraEscritura en 2018, diario que da cuenta del paso de Rost por ese campo de concentración alemán, es otro ejemplo de lo anterior. Imaginar el esfuerzo del holandés por seguir el rastro de humanidad que habitaba en cada conversación, en cada saludo cortés, en cada muestra desinteresada de generosidad, en el afán de algunos presos por hacer honor a quienes eran antes de entrar en el lager (recordando un viejo poema, impartiendo una lección de biología, tocando el violín...), astilla la posibilidad de cualquier lectura aséptica de su relato. 

«El sol brilla sobre la nieve de las ramas de los pinos. Parece un cuadro de Maruyama Okyo», escribió en su diario Kanno Sugako poco antes de ser ejecutada, el 24 de enero de 1911. No creo haber conocido mayor gesto de fortaleza que ese: celebrar el brillo del sol sobre la nieve cuando todo está perdido... Quién hallara esa valentía ahora. 

sábado, 13 de julio de 2019

El socorrido espejo infantil

Cartel de las Juventudes Hitlerianas
Entre finales de 2018 y principios de 2019, se conmemoró el centenario de la Revolución alemana. En España la efeméride ha pasado más o menos desapercibida, aunque bien es cierto que varias editoriales le han hincado el diente al tema lanzando novedades relacionadas con este episodio histórico, sin duda mucho menos conocido que la Revolución rusa o el ascenso del nazismo (un proceso, este último, que no se podría explicar sin todo lo anterior). De todas esas novedades de las que os hablaba, os recomiendo dos: La Revolución de 1918-1919. Alemania y el socialismo radical, de César de Vicente Hernando (Catarata), y Rosa Luxemburg, en la tormenta, de Ana Muiña (La Linterna Sorda).

Pero hoy, en realidad, quería hablaros de otro libro de los que, precisamente, fueron prohibidos por el nazismo y que actualmente, le pese a quien le pese, siguen bien vivos. Me refiero a Juventud sin Dios, de Ödön von Hirváth, editado de manera primorosa por Nórdica en este mismo año.

«Ni ellos mismos lo saben. Se quedan frente a mí, sonriendo con sorna, perplejos. Sí, el hombre puede ser verdaderamente malvado y eso está ya en la Biblia. Cuando dejó de llover y las aguas del diluvio universal volvieron a retroceder, Dios dijo: "No volveré ya más a maldecir a la tierra por causa del hombre, pues los designios del corazón humano son malos desde su niñez"».

La trama de la novela gira en torno a un profesor de valores humanistas y un grupo de niños, sus alumnos, que parecen desenvolverse como peces en el agua bajo la cultura de la desigualdad implantada por el nazismo y reproducida de manera casi unívoca por la sociedad civil germana. A partir de ahí, un asesinato durante un campamento paramilitar al que asisten los alumnos y el profesor, dispara la trama, desenvolviéndose los últimos capítulos en el contexto del proceso judicial posterior, donde todos los protagonistas se retratan y se dirime la identidad del asesino.

Como no podía ser de otra manera, Juventud sin Dios se ha relacionado, por ejemplo, con La cinta blanca, la película de Michael Haneke, donde también aparece el tema de la emergencia de la malignidad del totalitarismo a través de la corrupción y adoctrinamiento dogmático de la infancia. Y no es un caso que podamos circunscribir exclusivamente a la denuncia del régimen nazi. En Los gritos del silencio, por ejemplo, la película de Roland Joffé centrada en la Camboya de Pol Pot, hay varias escenas en las que una niña, educada en los valores revolucionarios del nuevo régimen y sin mácula de ideología burguesa, aparece dirigiendo la ejecución de un supuesto disidente. Esto contaba Marta Rivera de la Cruz, periodista de El País, en su noticia «El Genocidio de Camboya»: «Se creó una raza de criaturas alienadas y violentas, capaces de rebanar el pescuezo a quien fuese capaz de traicionar a Pol Pot robando una fruta o un puñado de arroz crudo. Niños y niñas de ocho años fueron entrenados en el arte de la lucha contra los llamados youns: los extranjeros, culpables de buena parte de los males que habían sacudido al país en el pasado».

De vuelta a Alemania, pero en la del siglo XVI, encontramos un episodio parecido en Q, la fascinante novela de Luther Blisset, donde hay varios fragmentos en los que se menciona la potestad para ejercer justicia divina que tenían los niños durante el sitio de Münster, donde los fieles anabaptistas (quienes eran perseguidos, eso sí, de manera salvaje por católicos y luteranos) implantaron un desquiciado régimen teocrático bajo la dirección del sastre flamenco Jan van Leiden.

Aunque solo me haya detenido en estas pocas referencias para no alargarme en exceso, hay muchos más casos de productos culturales que, utilizando como espejo la maleabilidad de la infancia, tienen como telón de fondo la inmoralidad -e inhumanidad- de los regímenes totalitarios, presentando en la mayor parte de los casos la aquiescencia de las mayorías como una consecuencia lógica de un programa cultural y educativo tendente a la manipulación de masas que, mira por dónde, siempre está dirigido por un puñado de hombres pareciera que salidos del averno. Lo que, lógicamente, ayuda a liberar del peso de la complicidad a buena parte de la sociedad, que, en estos casos, se nos muestra únicamente como sujeto pasivo que tan solo reproduce los mecanismos de opresión que ella misma padece. Como si esos mecanismos no funcionaran de manera intencionada contra alguien y como si, al ejercerlos, no se estuviera fortaleciendo el mantenimiento de un sistema de privilegios que, obviamente, solo beneficia a una parte de esa misma sociedad. 

En ese sentido, y sin centrarnos exclusivamente en Juventud sin Dios, lo que menos me gusta de este tipo de novelas donde los niños son presentados como almas cándidas envenenadas por la propaganda es que, por un lado, minimizan la capacidad de agencia de los mismos y, por otro, abrillantan las interpretaciones teológicas de la construcción social de las dictaduras totalitarias, según las cuales estos regímenes fueran el resultado final de un plan maestro puesto en marcha por un reducido grupo de personas que supieran manejar a la perfección la mentalidad del resto. Y no fue tanto así. 

jueves, 4 de julio de 2019

3 poemas de La Tormenta #3


Hace tres años, Jordi Maíz, editor de Calumnia Edicions, nos propuso coeditar con Piedra Papel Libros una pequeña revista de poesía, sin periodicidad definida y una tirada modesta (con la idea de liberar en internet cada número cuando se hubieran agotado los ejemplares correspondientes). Sin pensarlo mucho, le dijimos que sí, y de esa afirmación salió La Tormenta, de la que ya llevamos 3 números. Para animaros a leerla, os dejo por aquí varios poemas de este último número.

*

He aprendido
a darme la vuelta y sostener
tu sueño y mi deseo

lo que no he aprendido aún
es a sujetarme el miedo
que me late en la boca
cuando oigo la noche
crecer entre nosotros

Yolanda Ortiz

SIN HORIZONTE

Únicamente el cielo
carece de horizonte.

Es terrible vivir
en este tiempo
de terror y espanto.

Mientras se viene y se va
la pesadilla horrenda,
callémonos amando.

Manuel Lombardo

MR. WONDERFUL

Los sueños se persiguen
infinitamente más rápido
si la línea de salida
parte de la calle Serrano.

Vanessa Basurto

Más información sobre este número de La Tormenta, aquí:
https://piedrapapellibros.com/2019/07/02/latormenta3poesia/

miércoles, 19 de junio de 2019

Replicantes y papeles viejos


Fotograma de Blade Runner 2049

Hace varios meses que leí Apuntes de cine de ciencia ficción, de autoría múltiple, editado por Antipersona en abril de este mismo año. Como hago en muchas ocasiones, dejo descansar el libro justo después de leerlo, y vuelvo a él para subrayar fragmentos de algunas páginas dobladas o perseguir nuevas referencias. En este caso, durante el último fin de semana revisité el libro con el ánimo de hacerme con las películas y series que mencionan los distintos autores en sus artículos.
Blade runner 2049 ha sido una de esas películas, y he de decir que -a pesar de haber leído previamente algunas críticas funestas- me ha gustado mucho, quizá por el grato recuerdo de la novela de Philip K. Dick y porque varias de sus escenas abordan un tema, el de la preservación de la información, que siempre me ha interesado, y no solo por el simple hecho de dedicarme profesionalmente a la gestión documental.
En una de las escenas de la película, un "archivero-replicante" le cuenta a K, el personaje protagonista (un blade runner replicante de segunda generación, mejorado y obediente a los designios de una jefa de policía humana), que después del "apagón", algo parecido a un cataclismo informático que sumió a la humanidad en un colapso civilizatorio de terribles consecuencias, se perdió toda la información contenida en los soportes de almacenamiento digital, por lo que solo se conservó la información volcada en soporte papel.
Pareciera que este es un problema futurible, pero el problema de las pérdidas irreparables de información contenida exclusivamente en soportes de conservación de tipo informático, es una constante en el mundo de los archivos. De hecho, algunos de estos problemas han salido a la luz pública debido a su especial relevancia. La pérdida de los archivos de MySpace entre 2003 y 2015 ha sido una de esas noticias, pero no es la única.

Fotograma de Blade Runner 2049

Volviendo a la escena a la que aludíamos con anterioridad, en un momento de ella el “archivero-replicante” saca una especie de rectángulo de cristal que pareciera dar soporte a un expediente personal que resulta estar dañado. Precisamente ese soporte de conservación ficticio, un cuadrito de cristal que pareciera contener toda la información de un antiguo replicante díscolo, nos recuerda las láminas de cuarzo en las que algunos ingenieros japoneses están trabajando para ofrecer una solución a los problemas de durabilidad de la mayor parte de los dispositivos de almacenamiento digital; una línea de investigación de la que se habla en el documental El fin de la memoria, donde se hace un repaso bastante completo a todas las problemáticas asociadas a la falta de durabilidad de los sistemas de almacenamiento de datos actuales.  

Fotograma de Blade Runner 2049

También hay otra escena relacionada con el gremio de archiveros; hablamos del fragmento en el que K, que anda investigando su propio pasado, descubre que "alguien" ha arrancado un año entero del libro de registro de un orfanato donde, intuye, podría encontrar respuestas a buena parte de sus preguntas. Será precisamente ese vacío documental, producto del robo o la destrucción intencionada, lo que le impida hallar respuestas. Y es aquí donde aparece un tema central en el debate actual sobre el acceso a los archivos, ya sean privados o públicos: la custodia profesional como garantía de acceso a los archivos que conservan información que, entre otras cosas, otorga derechos a las personas (el derecho a saber, el derecho a la memoria o, incluso, el derecho a la identidad). Recordemos el problema de las miles de familias de bebés robados cuyo acceso a los archivos hospitalarios les ha sido negado de manera reiterada, argumentando en algunos casos que muchos expedientes han sido expurgados debido a su antigüedad.
En definitiva, hablamos de problemas reales, de aquí y ahora, que nos afectan a todos y que entre todos debemos afrontar. Por eso mismo me congratula pensar que la ciencia ficción de hoy día, como en sus mejores tiempos, sigue siendo mucho más que un género de entretenimiento.

sábado, 1 de junio de 2019

De verde y pardo: ecología y nazismo en la Alemania de los años treinta

Grupo wandervögel (Berlín, año 1930). Fuente: ADN-ZB/Archiv Deutschland

Hace relativamente poco, durante la presentación en la librería Traficantes de Sueños del fanzine El bibliocausto en la España de Franco (Piedra Papel Libros, 2018), de Francesc Tur, surgió en el debate posterior una especie de interrogatorio público a propósito de la naturaleza del fascismo español. La mayoría coincidimos en que, en buena medida, el régimen franquista justificó la mayor parte de su acción política sobre valores reaccionarios, de conservación, vinculados a la Iglesia católica y, por tanto, muy alejados del discurso público del que, al menos en un primer momento, se dotaron los partidos fascistas de Italia y Alemania.

Leyendo el primer capítulo de Ecofascismo. Lecciones sobre la experiencia alemana (Virus, 2019), que se titula Ecologismo fascista. La «rama verde» del partido nazi y su antecedentes históricos, de Peter Standenmaier, no hago sino reafirmarme en lo que hablábamos antes. Desconocía totalmente las conexiones entre el movimiento nacionalsocialista y los grupos que, ya en los años treinta, defendían el respeto a la naturaleza, la puesta en marcha de una agricultura ecológica -o al menos no sometida al industrialismo- y abominaban de la vida en las ciudades bajo el régimen de la economía industrial. 

No os exagero si os digo que, en un capítulo de apenas cuarenta páginas, tengo marcadas más de la mitad porque hay fragmentos a través de los cuales el lector puede tomar conciencia de la estrategia de encuadramiento de masas puesta en marcha por el NSDAP. La recuperación del movimiento de los wandervögel, un nombre por el que se conocía a los jóvenes que buscaban un modo de vida más sencillo y "auténtico" alejándose de la ciudad, es buen ejemplo de lo anterior; pero hay muchos más. No cabe duda de que, a día de hoy, poca gente relacionaría el nacimiento del ecologismo con los primeros pasos del nazismo, pero, por ejemplo, el zoólogo Ernst Haeckel, quien acuñó el término «ecología» en 1867, creía "científicamente" en la superioridad de la raza nórdica, en los perjuicios de las mezclas raciales y en los beneficios para la salud de la nación de la eugenesia y otras políticas activas de control racial.

Si os interesa el tema, haceos con el libro. La segunda parte, de Janet Biehl, no me ha interesado tanto porque está relacionada con la conexiones entre el movimiento ecologista y los movimientos de extrema-derecha en la Alemania posterior a la II Guerra Mundial, pero también anima a investigar algunos de estos vínculos. En definitiva, un acierto de Virus

martes, 30 de abril de 2019

Asaltados y asaltantes: historia inmediata de cuatro años de municipalismo electoral


Fotografía de Jaime Villanueva
Hace cuatro años, poco antes del inicio del ciclo de elecciones de 2015, me propusieron escribir un artículo de análisis sobre las candidaturas populares que, reclamándose municipalistas y herederas del 15M, pretendían concurrir a las mismas con el afán de asaltar las instituciones y revitalizar el proyecto democrático[1]. De allí nació Asaltados o asaltantes. Municipalismo y movimientos sociales en la coyuntura electoral, un pequeño texto, publicado originalmente en el número 17 de la revista Youkali, que luego editamos en formato fanzine (Piedra Papel Libros. Jaén: 2015)[2].

A día de hoy, mediados de abril de 2019, y a pocos días de retomar el ciclo electoral que dará cuenta de la nueva composición del mapa político del Estado español (al menos en el plano institucional), podemos revisitar el texto al que aludíamos anteriormente desarrollando buena parte de sus líneas de análisis pero teniendo en cuenta, eso sí, que muchas cosas han cambiado por el camino, incluyendo la aparición de nuevos actores —y otros no tan nuevos— que han entrado con fuerza en la partida.

No obstante, el relato sobre la experiencia política de dichas candidaturas varía en función de la mirada y los intereses de quien lo ponga sobre la mesa, por lo que hemos pensado que, para ofrecer una visión de conjunto, quizás sería interesante plantearlo de la siguiente forma:

Asaltantes

Sin duda alguna, uno de los puntos fuertes del argumentario que en su día justificó la puesta en marcha de las candidaturas municipalistas es que estas recogían lo mejor de la experiencia del 15M, llevando a la arena de la política institucional buena parte de sus reivindicaciones y generando un espacio de participación más asequible a la gente (por lo que —explican— tenía de desgaste la apuesta por la política asamblearia, a pie de calle, propiciada por el movimiento de los indignados). Visto tal que así, la voluntad de conformar partidos, plataformas y candidaturas de corte municipalista fue consecuencia lógica de una fase de madurez del 15M que, bajo su punto de vista, permitió romper con el estancamiento e inoperancia en la que se hallaba sumido dicho movimiento ya en 2014[3].

A partir de ahí, la lectura en clave de éxito de la praxis política de estas candidaturas se cifra, ya no solo por el triunfo electoral que ha posibilitado el control de grandes ayuntamientos como Madrid, Barcelona, Cádiz, Zaragoza o La Coruña, sino por el apoyo que dichas candidaturas han prestado a Podemos y sus confluencias para conseguir que los sectores políticos a la izquierda del PSOE tuvieran una representación sin precedentes en la democracia española[4].

Dicho esto, otro elemento que la militancia afín a estas candidaturas pone constantemente encima de la mesa es que este nivel de representatividad institucional se ha traducido de manera directa en un poder político real que, por un lado, ha posibilitado desarrollar a nivel legislativo distintas iniciativas nacidas al calor de los movimientos sociales (fundamentalmente en la esfera municipal, pero también en la autonómica y estatal) y, por otro, ha revitalizado la gobernanza democrática de las ciudades, propiciando una gestión más participativa de las instituciones (lo que, dicen, ha propiciado una cierta regeneración del sistema democrático que ha conseguido enganchar y movilizar a una parte de la ciudadanía desencantada con el sistema político).

En otro orden de cosas, para quienes defienden una lectura positiva de la evolución de las candidaturas municipalistas, otra prueba del éxito de este modelo de intervención política ha sido la replicación del mismo a nivel internacional[5], lo que ha propiciado la irrupción de una alianza, relativamente ecléctica, de ciudades por el derecho a la ciudad que pretenden vertebrar sus políticas de gobierno en torno a los ejes de 1) mayor igualdad social, 2) menor huella ecológica, y 3) radicalización democrática (algo que, además, ha de hacerse compatible con modelos de gestión eficaz que, por ejemplo, sean capaces de reducir la deuda pública[6]).

Dicho esto, sabemos que el relato anterior, explicitado tal que así, solo conforta a una parte de la izquierda política local, en concreto aquella que, más que romper con el sistema de representación actual, desde primera hora solo pretendía remozarlo a través de varias vías como su radicalización, el repliegue del bipartidismo o la reforma de la ley electoral. Un saco en el que, aun a riesgo de simplificar, habrían de caber los militantes más pragmáticos nacidos del 15M junto a aquellos sectores de la denominada vieja política que, al fin, encontraron en estas nuevas plataformas una vía útil para ampliar su techo electoral[7].

Asaltados

No es un secreto para nadie que la paulatina consolidación de estas candidaturas municipalistas ha corrido paralela al reflujo de buena parte de los movimientos sociales o, para ser más exactos, de la capacidad de movilización de los mismos; algo que, por un lado, ha contribuido a la merma de su capacidad de intervención política (lo que ha favorecido la pérdida de su potencial transformador) y , por otro, les ha restado independencia, perdiendo por ello capacidad de aglutinar a sectores cada vez más amplios y dispares de las capas populares de la sociedad[8].

Tampoco es un secreto para nadie que las estructuras de partido de Podemos, sus confluencias o las distintas marcas electorales que se reclaman municipalistas en el Estado español se han fortalecido con la captación de militantes provenientes de los movimientos sociales, lo que a nuestro entender ha debilitado a los mismos, no solo por su incapacidad para cubrir los huecos dejados por dicha militancia, sino también porque ha favorecido que sus luchas y, sobre todo, sus reivindicaciones concretas hayan sido vehiculizadas por agentes externos, lo que ha mermado su capacidad de interlocución y su independencia política, favoreciendo además que sus demandas fueran leídas por la sociedad únicamente en clave electoral (y no como parte de un programa propio que, en el mejor de los casos, podría impugnar la legitimidad de las instituciones de gestión del capitalismo).

A nuestro entender, lo peor de este reflujo de los movimientos sociales ha sido el aislamiento de los mismos, su consiguiente hermetismo y la sensación de incapacidad, estancamiento y falta de iniciativa de la que, una vez más, solo pretenden sacar tajada las distintas ortodoxias, cuyas políticas de vanguardia, grupusculares y cainitas se hallan siempre tan desacopladas de las necesidades de quienes padecemos las consecuencias de este régimen criminal y ecocida.

Quizá por lo anterior, quienes podamos identificarnos con este último relato seamos aquellos que, en un primer momento, aspiramos a crear y fortalecer estructuras de participación política que permitan contrabalancear el poder de las instituciones del régimen, en primer lugar porque las consideramos irrecuperables para nuestros intereses, claro, pero también porque la experiencia histórica nos demuestra que a lo máximo a lo que podemos aspirar formando parte de su entramado parlamentario es a cogestionar el desastre.

Y ahora qué…

Teniendo en cuenta todo lo anterior, desde el ámbito libertario quizá resulta perentorio hacer un análisis de nuestras debilidades que, sin dejar de tener en cuenta todas las limitaciones externas que dificultan la socialización de nuestros discursos y propuestas organizativas, ayude a entender por qué hemos sido incapaces de favorecer un fortalecimiento sustancial, ya no solo de nuestras propias organizaciones, sino de los movimientos sociales que podrían ser afines a nuestras praxis y reivindicaciones.

Tal vez una buena opción sería abrir bien los ojos, ser ambiciosos en el sentido de no conformarnos con la majestad de nuestras ideas  y estudiar qué es lo que están haciendo bien aquellos colectivos, movimientos y organizaciones que, lejos de amilanarse ante el estado de las cosas actual, han conseguido ampliar y socializar sus luchas, transmitiendo su mensaje a cada vez más gente y logrando transformar, a fuerza de organización y perseverancia, parcelas de la realidad concretas que hasta hace bien poco parecían intocables. El feminismo es un ejemplo, claro, pero si reducimos la escala todos tendremos en mente federaciones, colectivos, asambleas o sindicatos de carácter libertario que, al menos a nivel local, sectorial o territorial, han conseguido amplificar su radio de acción, ganando mucha gente en el camino y consolidando una posición de cierto peso que, al menos, les da la posibilidad de luchar por la transformación efectiva de la sociedad en pro de los intereses de las clases populares (aunque solo sea en su ámbito).

En un contexto progresivo de desintegración social (azuzada por el deterioro de los vínculos, la hipertrofia del ego y el solipsismo de las pantallas), que a medio plazo tendrá como paisaje la conflictividad social ligada a las consecuencias del cambio climático, se nos antoja urgente replantearse cómo podemos garantizar que en un futuro inmediato nuestra ideas, prácticas y anhelos encuentren eco en  capas cada vez más amplias de la sociedad. Y ya no tanto con el ánimo de  mantener bien alta y diferenciada la bandera del ideal revolucionario, sino por mera supervivencia. Del mundo en que vivimos, sí, pero también de nuestra especie, del marco de ideas, acuerdos e intereses socialmente construidos que garanticen la dignidad del ser humano y de la vida misma.

Juan Cruz López
(Todo por Hacer, número 100, mayo 2019)




[1] Hacia nuevas instituciones democráticas. De la crisis al asalto de la política”, Fundación de los Comunes (Diagonal, 08/05/2015: https://www.diagonalperiodico.net/blogs/fundaciondeloscomunes/hacia-nuevas-instituciones-democraticas-la-crisis-al-asalto-la-politica).
[3] “El 15M de 2014”, Sofía Pérez (El Diario, 13/05/2014: https://www.eldiario.es/sociedad/anos-despues_0_259324836.html).
[4] Hablando, por ejemplo, del Congreso de los Diputados, la mejor marca del PCE fue la de 1979, cuando obtuvo 23 diputados. En 2016, Unidos Podemos obtuvo 71 diputados.
[5] “Barcelona, capital del municipalismo internacional”, Enric Bárcena (Sin Permiso, 25/06/2017: http://www.sinpermiso.info/textos/barcelona-capital-del-municipalismo-internacional) y “Municipalismo global contra la ultraderecha”, Bernardo Gutiérrez (El Salto, Nº 24).
[6] “Carmena presume de ‘milagro’: reducir a la mitad la deuda del Ayuntamiento de Madrid” (HuffPost, 19/11/2018: https://www.huffingtonpost.es/2018/11/19/carmena-presume-de-milagro-reducir-a-la-mitad-la-deuda-del-ayuntamiento-de-madrid_a_23593832/).
[7] Que en el caso de Izquierda Unidad estaba en los 2.639.774 obtenidos en las Elecciones Generales de 1996.
[8] Podemos: de movimiento social hacia la institucionalidad política, Elio Pérez Aguiar (TFG, en línea).

miércoles, 10 de abril de 2019

En el Abril Literario 2019


Llevo mucho tiempo detrás de los libros. De hecho, ahora mismo me mantengo casi siempre del lado del editor, ya que desde que estoy al timón de Piedra Papel Libros apenas si me queda tiempo para escribir. El próximo sábado, en todo caso, estaré del otro lado, hablando de mis libros con los vecinos de mi pueblo. Además estaré acompañado de mi amigo Javier Infantes, profesor de literatura, que conoce mi trabajo de primera mano desde hace años.

Si os apetece, os invito a que os paséis. Ojalá que haga buen tiempo y que podamos compartir un buen rato en el parque que está junto a mi casa. Después podemos echarnos unas birras en el bar del pueblo. Seguro que lo pasamos bien. Ya sabéis que libros y cervezas es un plan que nunca falla.