martes, 5 de febrero de 2019

Barrionalismo


Hoy me he pasado un buen raro escuchando a Luis de la Cruz en Barrio Canino. El programa es largo, pero no se hace pesado y permite sumergirse en la tripa de Barrionalismo, el último ensayo del autor madrileño, con quien tuvimos la suerte de contar para la publicación de Contra el running. Corriendo hasta morir en la ciudad postindustrial (Piedra Papel Libros. Jaén: 2016). 

Ha pasado un tiempo desde que leí el ensayo de Luis y la escucha del programa me ha refrescado algunos de los temas por los que me interesé tras haber leído el ensayo, uno de los que mejor me lo hicieron pasar en 2018. Urbanismo defensivo, gentrificación, clasemedianismo, obsesión securitaria... Son conceptos con los que no estaba demasiado familiarizado y que Luis sabe desarrollar a través de la pequeña colección de artículos que dan cuerpo a este pequeño ensayo, donde la trama reflexiva se urde a través de la experiencia vivencial de un paseante, a menudo errático, como el propio autor.

Son muchas las páginas dobladas para volver sobre ellas. Algunas anotaciones al margen me recuerdan que tengo que leer tal o cual artículo, ver una película determinada, buscar en internet un documental... Porque Barrionalismo es un libro que, al menos para mí, está contado de tal manera que te invita a seguir investigando, y esa es una de sus fortalezas. Algo que es difícil de conseguir y que el autor logra conteniendo mucho el relato, poniendo ejemplos sencillos y, sobre todo, dándonos la oportunidad de acercarnos al tema en cuestión con una narrativa desbrozada de artificio, precisa y divulgativa al mismo tiempo.

No os cuento más, si estáis interesados en los temas relacionados con el urbanismo, la sociología contemporánea o la historia de los movimientos sociales, os va a encantar.

miércoles, 23 de enero de 2019

«Amados»


i

Hace mucho tiempo que tengo en la cabeza una historia de ciencia ficción con la que nunca me pongo. Supongo que será otro de los proyectos que se quedarán guardados en un cajón, pero el caso es que está ahí... De vez en cuando me escuece la idea de que no la llegue a escribir nunca. Es algo que pienso cuando leo un buen libro de ciencia ficción o cuando veo una película que me recuerda alguna parte del argumento (y es algo que me pasa a menudo). En todo caso, las historias no mueren mientras se las siga pensando y este libro, que todavía no he escrito, sigue bien vivo, resguardado del frío y de la escarcha aquí, en mi cabezota.

ii

Uno de esos libros de los que hablaba antes es Agua en los pulmones, una colección de tres relatos de ciencia ficción traducidos por Sofía Barker y editados por Pulpture Ediciones. Dos de esos no relatos no me han gustado demasiado, pero «Amados», de Lucy Taylor, es una auténtica barbaridad. Cambio climático, supervivencia extrema, antiguas especies que mutan a mil por hora... Y un paisaje desarbolado, cubierto de charcas y lagunas creadas tras la subida del mar, donde la vida está bajo amenaza permanente y la humanidad malvive, con pequeños grupos humanos que vagabundean mientras seres extraordinarios, antaño extinguidos, pretenden darles caza. Un relato muy bien cerrado, con una ambientación magnífica y que mantiene la tensión en todo momento. Genial.

martes, 8 de enero de 2019

Ser amable y comprensivo, a propósito del poema «Satisfacciones» de Bertolt Brecht

Bertolt Brecht jugando al ajedrez
Leo por caminos múltiples. Leo como todos. Un libro me va llevando a otro, un autor me va llevando a otro. Yo le llamo itinerarios de lectura. En este caso, creo que el hilo que me llevó al Penúltimos días, de Santiago Alba Rico, fue el Peces fuera del agua, de Jorge Riechmann. A su vez, ambos me recuerdan al Huérfanos de historia y utopía, de Armando B. Ginés, que editamos con Piedra Papel Libros el año pasado.

En todo caso, acabo de empezar el libro editado por Catarata, el de Santiago Alba Rico, y me está gustando mucho. Está formado por pequeños textos de tipo ensayístico sobre el estado actual del cuerpo, pareciera que incorrupto, del cadáver insepulto del capitalismo postindustrial. Se trata, no obstante, de un libro que parte de reflexiones que escapan al debate de los temas de actualidad menos noticiables, lo que sin duda se agradece.

De estas primeras páginas me quedo con un fragmento a propósito de lo placentero del ejercicio de dos virtudes que parecieran chirriar en el engranaje íntimo de la sociedad contemporánea: la comprensión y la amabilidad; una reflexión necesaria que toma como punto de partida el poema «Satisfacciones» de Bertolt Brecht.

Dice Santiago Alba Rico que «De todas estas "satisfacciones" diminutas [...] hay dos casi extinguidas, como los dinosaurios y los bisontes, incomplatibles con el orden del mercado capitalista  y que desde un coche último modelo o desde Disneylandia nos parecen extravagantes y perversas, casi escandalosas: "comprender" y "ser amable"».

sábado, 5 de enero de 2019

Aliméntame

Detalle de cubierta de Aliméntame 
Escribo huérfano, al fin, de Nueva Gomorra. Y la primera entrada que escribo en LBDL4 justo después del fallecimiento tiene que ver con un libro de relatos que tiene como fondo la paternidad (una paternidad agridulce, eso sí).

No es la primera ni será la última vez que hable de la colección de cuento de la editorial canaria Baile del Sol. Tampoco será esta la última vez que hable del especial interés que esta editorial tiene por los autores balcánicos, la mayoría de ellos poco conocidos en España y que tantos buenos ratos de lectura me han dado. Sin embargo, Aliméntame me ha parecido un libro irregular, demasiado irregular. Sí, ya sé, es lo más habitual en un libro de cuentos, pero después de leer algunos textos elogiosos sobre la narrativa de Roman Simić en internet, me esperaba bastante más.

No obstante, el libro tiene un cuento soberbio, muy redondo y muy abierto a la vez, que sin duda reeleré pronto. El relato se llama «Vacaciones estivales en invierno» y como todos los cuentos del libro, tiene la guerra de fondo. Solo por ese cuento, merece la pena seguirle la pista al escritor croata.

No me resisto a dejaros por aquí este fragmento:

viernes, 30 de noviembre de 2018

Una reseña de 'El Club de los Poetas Hiperviolentos'


Juan Cruz López (1979) es el autor de esta recopilación de narraciones cortas editadas por Piedra Papel Libros en el año 2016. Este es el tercer libro de relatos del autor; el primero fue 50 pasos para dar el salto… (2008) y el segundo Cuento y aparte (2009). 

El Club de los Poetas Hiperviolentos está compuesto por trece relatos que nos transportan al universo interior del autor, más bien a esa parte que lo define como enamorado de la escritura; es decir, a su posicionamiento ante el mundo como escritor impenitente, porque ese es el contenido esencial del libro: pasión por el papel y la pluma, simbólicamente hablando. ¿Usará Juan Cruz todavía papel y pluma para escribir? 

El primer relato que abre el libro es «Germania». Esta narración profundiza en una amistad perdida, doliente —las pérdidas suponen un daño emocional ineludible—, que tras el paso del tiempo se intenta recuperar, mas ya no es lo mismo, un abismo separa a los protagonistas. Es también la historia de una traición, de sombras que acosan en esas encrucijadas en las que los destinos se separan. «El odio» nos cuenta una historia de miedos a encontrarse de bruces con una verdad indeseada: ¿mi padre fue un héroe o un maldito cobarde? Quizá la respuesta no tenga, a fin de cuentas, demasiada importancia, pero para Jon sí la tiene y la búsqueda que inicia va a tener costes que hay que pagar. «Felicidad» es el apunte de un viaje antropológico en el que los indígenas estudiados sufren el acoso de la sociedad moderna, un acoso del que nadie se libra: «el mundo es un gran saco de mierda», dice el desesperado protagonista. La vuelta a la civilización es la vuelta al miedo: «Un miedo real y sutil que penetró en nuestras conciencias y, sin embargo, nos hizo despreciar el riesgo de una vida replegada sobre sí misma». 

«La historia de Leo» es tierna y en algunos párrafos me recuerda lo que soñaba yo de pequeño, y mis planes para conseguir ser en el futuro un gran escritor. De lo que menciono se deduce que Leo quiere ser escritor, y lo desea con una determinación férrea, sin titubear un instante en su firme decisión. Así van transcurriendo los años y la obra, su obra, crece pero no logra publicar nada, eso le estresa sobremanera. ¿Finalmente lo logrará? «La mansión dorada» es un cuento de terror, según Juan Cruz, en el que las páginas de un relato corto tienen, necesariamente, por exigencia del editor, que crecer a golpe de ingenio; pero, claro, en ocasiones la creatividad se ve envuelta, inesperadamente, por una oscuridad poblada de formas acechantes que agitan el corazón y hacen sudar las palmas de las manos. «Personajes» es una metáfora divertida en la que los protagonistas que habitan en el escritor pretenden emanciparse de él. Así, Conan, Paul Auster, un nazi o el mismísimo Julio Cortázar pululan por un cajón repleto de palabras y de frases escogidas. El escritor tendrá que decidir si dichos personajes viven o mueren; la rebelión de estos es efímera, él es el dios omnipotente que gobierna sus limitadas existencias. 

Todavía quedan más relatos, a cual más interesantes. «Pareja» explora un amor atrevido, cargado de poesía, en el que el miedo está presente —cuando no—. No me olvido de «Todos somos detectives» en el que se narran las peripecias de unos aprendices de brujo, del verso, claro. «Etnografía» es una narración dura, de horror y etnocidio en el que el inevitable hombre blanco, amparado en dioses y profetas, mancilla, viola y mata porque sí, porque puede hacerlo, hasta que es a su vez eliminado como lo que es: una plaga maligna. «Sin respuesta» es una reflexión sobre el sentido de la literatura para el que escribe: «Entonces me contestó, con la mirada del hombre más viejo de la tierra, que estaba hablando de la literatura como sucedáneo de la vida que no se tuvo». 

«Al otro lado del espejo» nos expone una máxima: no podemos protegernos del hecho mismo de vivir; el miedo mata la experiencia vital. «Nieve» coloca al amor en primer plano pero este es un amor sin palabras, una mera representación, sin promesas ni exigencias. Y por fin, «El Club de los Poetas Hiperviolentos», una locura hecha poesía en la que adoradores de la poesía se rebelan contra todo lo establecido, incluso contra sí mismos, en busca de un espacio único en el que ser con el verso, aunque eso les cueste romper con el mundo, tal vez hasta con los otros que aman… En realidad, al final, su hiperviolencia no era para tanto; si bien, cuando el pasado era presente para los protagonistas sí lo fue. El amor al papel y a la pluma tiene sus riesgos, unos riesgos que hay que asumir si se quiere penetrar en esa dimensión en la que las formas sutiles crean palabras hermosas, y estas, a su vez, confirman la presencia de dichas formas sutiles en el mundo material.

Ángel E. Lejarriaga

domingo, 18 de noviembre de 2018

Apuntes para la presentación de 'El nombre de los hombres', de Araceli Pulpillo

Portadilla del folleto
Hace mucho tiempo que no actualizo este blog. Entre el trabajo, la editorial y las mil historias pendientes, apenas si puedo sacar tiempo para este espacio que -así lo pensé muchas veces- debería visitar asiduamente.

En todo caso, hoy he tenido un poco de tiempo para montar un pequeño folleto que tenía entre manos desde hace meses. Se trata del texto que Araceli Pulpillo escribió para la presentación de El nombre de los hombres (Baile del Sol. Tenerife: 2016) en Madrid (nada menos que en octubre de 2016).

Hay dos formas de leerlo. O bien en mi perfil de Issuu. O en este enlace de Google Drive.

lunes, 23 de julio de 2018

Notas melancólicas para varios finales (del mundo)

El triunfo de la muerte, Brueghel (detalle)

Una amiga me ha pedido un texto sobre el fin del mundo y no sé muy bien qué demonios contarle. He anotado varias ideas que me rondaban la cabeza para mandarle una colaboración más o menos seria, pero me ha sido imposible darles forma, algo de continuidad. Por eso no se me ocurre otra cosa que pasarle estas notas embrionarias, melancólicas (con respecto a lo que podrían haber sido…), al cabo balbuceantes, que espero no le desagraden en exceso.

i

El fin del mundo, el de alguien en concreto al menos, proviene hoy de un recuerdo que me viene a la memoria no sé muy bien por qué. Hace varios años, mientras desayunaba antes de ir al curro, leí una noticia a la que le estuve dando vueltas durante unas cuantas semanas. En un pueblo de Jaén, ya no recuerdo cuál, a una madre se le había caído de los brazos su bebé y el niño había muerto tras golpearse la cabeza con el suelo. Recuerdo que, justo después de leer esa noticia, pensé en la fragilidad de la existencia, de nuestro mundo entero, y volví a guarecerme en un pensamiento antiguo: ni siquiera nuestra vida, en su sentido amplio, depende de nosotros mismos. Porque, cómo VIVIR tras un suceso así. Es imposible. Precipita el final (de todo) de una forma irrevocable.

ii

Una mañana desperté con un libro en la cabeza. Un libro entero, de ciencia ficción, basado en una historia postapocalíptica y terráquea. Podría ser una idea que hubiera muerto poco después de poner en marcha el día, tal vez inundada en el café o perdida en la vorágine de las primeras horas de trabajo, pero no: la historia siguió intacta durante toda la jornada. Hoy tengo anotadas varias páginas con su argumento, los personajes, el desarrollo de la trama y distintas variaciones del final. Como tantas otras ideas de este tipo, no sé si al final la acabaré desarrollando, pero eso no quita que todavía hoy tenga un libro entero en la cabeza, hilado de principio a fin, un relato postapocalíptico —como os decía— donde hay pocos personajes buenos y donde la especie humana se dirime entre la abolición de su cultura necrofílica o su extinción irremediable. Algo que quizá quede más cerca de lo que esperamos.

iii

Leer los ensayos apocalípticos de Jorge Riechmann produce una extraña sensación. Por un lado, siempre que cierro uno de sus libros sobre el proceso de barbarización subsiguiente al colapso de la civilización ecocida occidental, llego a la conclusión de que lo más sano y sensato a nivel individual sería desertar de todo antes de ver cómo el mundo se escurre por el desagüe de la estupidez. Por otro lado, hay un pensamiento que, de forma un tanto paradójica, me consuela y tranquiliza al mismo tiempo cuando pienso en el crack definitivo del planeta: si eso es así, si efectivamente nos vamos a la mierda por el cambio climático y sus consecuencias asociadas, aquí no se salvará nadie y, al menos en el desastre, quedaremos igualados de una maldita vez. Víctimas y verdugos, culpables e inocentes, pobres y ricos… Todos liquidados y juntitos en el mismo saco, como en las escenas del El triunfo de la muerte de Brueghel: un espanto socialista.

viernes, 8 de junio de 2018

La poesía pasará, eso está claro


X 

1 

La poesía pasará y nos encontrará solos, sucios y rendidos, echados contra la pared, adormilados, ciegos o en la inopia. La poesía pasará. Pasará con su rastro de asesina y su puñal entre los dientes, pasará con su disfraz de pelagatos, pareciera que borracha, sigilosa y trémula, como perro mojado recién salido de una tormenta de nieve. La poesía pasará y nos encontrará callados, ya con la lengua rota, descalzos, perdidos y viviendo a la intemperie. Abandonados como cachorros ciegos. 

2 

Nuestras manos cortadas, desparramadas por el camino. Nuestros cabellos grises. Nuestros hábitos de santos llenos de lamparones y raídos. El futuro contrahecho, inesperadamente oscuro, insuficiente. La poesía pasará desnuda entre los cadáveres descompuestos de las modas y los hits de primavera. La poesía se reirá a carcajadas de todos nosotros. 

3 

Desorientados, perdidos, no aventurados sino justo lo contrario, con la suerte negra de los derrotados soplando en el cogote, así, precisamente así, recorrerán los caminos los poetas hiperviolentos. Nadie mirará atrás, nadie torcerá la cabeza para ver por última vez la silueta erizada de la ciudad buitre, de la ciudad gato. Ni siquiera la poesía les servirá ya de bastón. No hallarán consuelo en el aplauso insulso y despiadado de sus cuatro amigos. 

4 

La poesía triturará los manifiestos, los recitales, las peleas de gallos, los libros prestados y perdidos en las fiestas interminables; la poesía pasará y acabará con los desiertos, las tristezas fingidas como los orgasmos viejos, las palabras necias y los besos negros en el callejón de atrás; la poesía pisoteará las modas, los gestos estudiados, las poses de opereta y los espejos. La poesía se nos meará encima, se reirá a carcajadas de nuestra bastarda contemporaneidad. 

5 

Todos los recitales dibujados en la memoria. Los pechos de L dentro de mi boca y su piel sudada, el olor de la felicidad. Las madrugadas perdidas en el Monte Cero, bajo las estrellas, contemplando el paisaje sosegado de la ciudad infierno. Los poemas agitados como botes de spray. El odio, los pómulos abiertos y las peleas y las peleas y las peleas… El club de los poetas locos, aquellos que se llamaron a sí mismos los poetas hiperviolentos. Mis amigos increíbles, mi última familia al cabo. 

6 

Vi a una mujer sonreírme desde el volante de un descapotable rojo. Era bella y era sexy, era joven y muy vieja a la vez. Me vio medio dormido a la sombra de un cartel publicitario; ni siquiera se bajó del coche. Me preguntó «qué haces ahí» y yo no supe qué contestarle. Le ofrecí un trago de la botella de vino que me hacía compaña. «Guárdate eso», dijo. «Viajo sola y el camino es largo. Pensé que podrías venir conmigo pero me he equivocado. Vuelve a tú rincón de penas. Y olvídame». Pero quién podría lograrlo. 

7 

En la punta de la lengua, a veces, una palabra para comenzar de nuevo. En la punta de la lengua, pero nunca en la lengua entera. Barrunto la esperanza, merodeo por sus contornos, pero no puedo atraparla. Queda poco tiempo y me siento inútil. Queda poco tiempo y me espanta la vejez. 

8 

Miro a través de los poemas viejos. Veo a grupos de jóvenes aullar en las terrazas de los edificios en ruinas de la ciudad buitre. Veo a los poetas deambular en las noches breves de los sueños largos, inacabados, nunca cumplidos; las noches de los juegos inocentes y los juegos sucios, del rock, la droga, el sexo y la poesía cobriza, maleable y dúctil, como el corazón de los poetas vándalos. Veo una casa oxigenada y un cuaderno limpio de polvo y paja, veo versos transparentes como el cristal, palabras para justificar una vida entera. Veo belleza. Una mujer que me sonríe desde el volante de un descapotable rojo. La poesía triturando todo, pasando por encima nuestro, merendándose la historia de la literatura necia, haciendo de las suyas, como una poeta hiperviolenta más. Dándonos la vida.  

9 

Duermo a la sombra de hechos pasados. Mi día a día es hoy y es mañana y es ayer, pero sobre todo ayer. No voy a encontrar salida, ya no me interesa. Tengo todo el laberinto dentro. 

10 

Toco mi cara. Reconozco, una a una, cada cicatriz, y ya son muchas. He vivido -pienso- y eso me calma, aunque dure poco. Supongo que valió la pena, pero es difícil afirmarlo hoy. Me miro y siento que perdí todas las guerras, que no merecí otra cosa. Quiero dormir mil años. Poeta hiperviolento soy, jamás estaré a salvo.

En La tribu del abecedario, Juan Cruz López (Piedra Papel Libros. Jaén: 2017).

domingo, 13 de mayo de 2018

Sacudirse el polvo

Borrador de La tribu del abecedario
No sé muy bien cómo ni en qué orden, pero hoy he decidido empezar a deshacerme de cosas. Lo contaba hace bien poco en Nueva Gomorra. Nuestro piso es pequeñito y entre nuestros libros, los de la editorial y todos nuestros papeles, apenas si nos queda espacio. En casa de archivero, papeles por doquier (y cero expurgo). No, ya en serio. Escribo este post con el ánimo de reafirmarme en mi decisión y, de paso, sigo dándole cuerda a este blog que espero que sobreviva al exterminio.

Una de las cosas que acabo de hacer es tirar uno de los primeros borradores de trabajo de La tribu del abecedario. Yo ya ni sé cuántos borradores he llegado a trabajar de ese libro, pero solo guardo el último. Tengo que hacer hueco a los nuevos proyectos, que parecen dormir el sueño de los justos porque nunca tengo tiempo para ellos. Porque esa es otra: a veces me pregunto si tengo que seguir escribiendo. No sé, pienso que si ahora mismo no me hiciera esa pregunta es que estaría muerto. Al fin y al cabo, lo que a mí me importa es disfrutar de la literatura y los libros, y, en cierta forma, eso ya lo hago a través de la lectura y la edición.

Sin embargo, cuando a veces me topo con alguna de las novelas que tengo a medias o con alguno de los libros de poemas o relatos que estoy a punto de terminar, me pregunto si no estaré haciendo el tonto trabajando en los libros de otros autores cuando los míos, que no me terminan de repeler del todo, esperan que les hinque el diente. Quizá sea algo que tenga que repensar despacio, pero sé con certeza que son estas preguntas las que me quitan las telarañas y me hacen sacudirme el polvo.

En fin, por lo menos siento que doy un paso adelante cuando pongo todo esto negro sobre blanco. Es como si la escritura, que la mayor parte de las veces no hace otra cosa que perderme, consiguiera muy de vez en cuando componer una cartografía emocional a través de la cual se puede conciliar lo nuevo y lo viejo, lo que sigue estando ahí porque nunca desaparece y lo que esperamos encontrar en esa zona oscura que todavía no sabemos cómo iluminar. La literatura se nos presenta entonces como un faro para náufragos. Y es esa luz, tenue y recurrente, la que me mantiene a flote.