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Fotografía de Jaime Villanueva |
Hace cuatro años, poco antes del
inicio del ciclo de elecciones de 2015, me propusieron escribir un artículo de
análisis sobre las candidaturas populares que, reclamándose municipalistas y
herederas del 15M, pretendían concurrir a las mismas con el afán de asaltar las instituciones y revitalizar
el proyecto democrático[1].
De allí nació Asaltados o asaltantes.
Municipalismo y movimientos sociales en la coyuntura electoral, un pequeño
texto, publicado originalmente en el número 17 de la revista Youkali, que luego editamos en formato
fanzine (Piedra Papel Libros. Jaén: 2015)[2].
A día de hoy, mediados de abril
de 2019, y a pocos días de retomar el ciclo electoral que dará cuenta de la
nueva composición del mapa político del Estado español (al menos en el plano
institucional), podemos revisitar el texto al que aludíamos anteriormente
desarrollando buena parte de sus líneas de análisis pero teniendo en cuenta,
eso sí, que muchas cosas han cambiado por el camino, incluyendo la aparición de
nuevos actores —y otros no tan nuevos— que han entrado con fuerza en la
partida.
No obstante, el relato sobre la
experiencia política de dichas candidaturas varía en función de la mirada y los
intereses de quien lo ponga sobre la mesa, por lo que hemos pensado que, para
ofrecer una visión de conjunto, quizás sería interesante plantearlo de la
siguiente forma:
Asaltantes
Sin duda alguna, uno de los
puntos fuertes del argumentario que en su día justificó la puesta en marcha de
las candidaturas municipalistas es que estas recogían lo mejor de la
experiencia del 15M, llevando a la arena de la política institucional buena
parte de sus reivindicaciones y generando un espacio de participación más
asequible a la gente (por lo que —explican— tenía de desgaste la apuesta por la
política asamblearia, a pie de calle, propiciada por el movimiento de los
indignados). Visto tal que así, la voluntad de conformar partidos, plataformas
y candidaturas de corte municipalista fue consecuencia lógica de una fase de madurez del 15M que, bajo su punto de
vista, permitió romper con el estancamiento e inoperancia en la que se hallaba
sumido dicho movimiento ya en 2014[3].
A partir de ahí, la lectura en
clave de éxito de la praxis política de estas candidaturas se cifra, ya no solo
por el triunfo electoral que ha posibilitado el control de grandes
ayuntamientos como Madrid, Barcelona, Cádiz, Zaragoza o La Coruña, sino por el
apoyo que dichas candidaturas han prestado a Podemos y sus confluencias para
conseguir que los sectores políticos a la izquierda del PSOE tuvieran una
representación sin precedentes en la democracia española[4].
Dicho esto, otro elemento que la
militancia afín a estas candidaturas pone constantemente encima de la mesa es
que este nivel de representatividad institucional se ha traducido de manera
directa en un poder político real que,
por un lado, ha posibilitado desarrollar a nivel legislativo distintas iniciativas
nacidas al calor de los movimientos sociales (fundamentalmente en la esfera
municipal, pero también en la autonómica y estatal) y, por otro, ha
revitalizado la gobernanza democrática de las ciudades, propiciando una gestión
más participativa de las instituciones (lo que, dicen, ha propiciado una cierta
regeneración del sistema democrático que ha conseguido enganchar y movilizar a
una parte de la ciudadanía desencantada con el sistema político).
En otro orden de cosas, para
quienes defienden una lectura positiva de la evolución de las candidaturas
municipalistas, otra prueba del éxito de este modelo de intervención política
ha sido la replicación del mismo a nivel internacional[5],
lo que ha propiciado la irrupción de una alianza, relativamente ecléctica, de
ciudades por el derecho a la ciudad que
pretenden vertebrar sus políticas de gobierno en torno a los ejes de 1) mayor
igualdad social, 2) menor huella ecológica, y 3) radicalización democrática
(algo que, además, ha de hacerse compatible con modelos de gestión eficaz que,
por ejemplo, sean capaces de reducir la deuda pública[6]).
Dicho esto, sabemos que el relato
anterior, explicitado tal que así, solo conforta a una parte de la izquierda
política local, en concreto aquella que, más que romper con el sistema de
representación actual, desde primera hora solo pretendía remozarlo a través de
varias vías como su radicalización, el repliegue del bipartidismo o la reforma
de la ley electoral. Un saco en el que, aun a riesgo de simplificar, habrían de
caber los militantes más pragmáticos
nacidos del 15M junto a aquellos sectores de la denominada vieja política que, al fin, encontraron en estas nuevas plataformas
una vía útil para ampliar su techo electoral[7].
Asaltados
No es un secreto para nadie que
la paulatina consolidación de estas candidaturas municipalistas ha corrido paralela
al reflujo de buena parte de los movimientos sociales o, para ser más exactos,
de la capacidad de movilización de los mismos; algo que, por un lado, ha contribuido a la merma de su capacidad de
intervención política (lo que ha favorecido la pérdida de su potencial
transformador) y , por otro, les ha restado independencia, perdiendo por ello
capacidad de aglutinar a sectores cada vez más amplios y dispares de las capas
populares de la sociedad[8].
Tampoco es un secreto para nadie
que las estructuras de partido de Podemos, sus confluencias o las distintas
marcas electorales que se reclaman municipalistas en el Estado español se han
fortalecido con la captación de militantes provenientes de los movimientos
sociales, lo que a nuestro entender ha debilitado a los mismos, no solo por su
incapacidad para cubrir los huecos dejados por dicha militancia, sino también porque
ha favorecido que sus luchas y, sobre todo, sus reivindicaciones concretas
hayan sido vehiculizadas por agentes externos, lo que ha mermado su capacidad
de interlocución y su independencia política, favoreciendo además que sus
demandas fueran leídas por la sociedad únicamente en clave electoral (y no como
parte de un programa propio que, en el mejor de los casos, podría impugnar la
legitimidad de las instituciones de gestión del capitalismo).
A nuestro entender, lo peor de
este reflujo de los movimientos sociales ha sido el aislamiento de los mismos,
su consiguiente hermetismo y la sensación de incapacidad, estancamiento y falta
de iniciativa de la que, una vez más, solo pretenden sacar tajada las distintas
ortodoxias, cuyas políticas de vanguardia, grupusculares y cainitas se hallan
siempre tan desacopladas de las necesidades de quienes padecemos las
consecuencias de este régimen criminal y ecocida.
Quizá por lo anterior, quienes
podamos identificarnos con este último relato seamos aquellos que, en un primer
momento, aspiramos a crear y fortalecer estructuras de participación política
que permitan contrabalancear el poder de las instituciones del régimen, en
primer lugar porque las consideramos irrecuperables para nuestros intereses,
claro, pero también porque la experiencia histórica nos demuestra que a lo
máximo a lo que podemos aspirar formando parte de su entramado parlamentario es
a cogestionar el desastre.
Y ahora qué…
Teniendo en cuenta todo lo
anterior, desde el ámbito libertario quizá resulta perentorio hacer un análisis
de nuestras debilidades que, sin dejar de tener en cuenta todas las
limitaciones externas que dificultan la socialización de nuestros discursos y
propuestas organizativas, ayude a entender por qué hemos sido incapaces de favorecer
un fortalecimiento sustancial, ya no solo de nuestras propias organizaciones,
sino de los movimientos sociales que podrían ser afines a nuestras praxis y
reivindicaciones.
Tal vez una buena opción sería
abrir bien los ojos, ser ambiciosos en el sentido de no conformarnos con la
majestad de nuestras ideas y estudiar
qué es lo que están haciendo bien aquellos colectivos, movimientos y
organizaciones que, lejos de amilanarse ante el estado de las cosas actual, han
conseguido ampliar y socializar sus luchas, transmitiendo su mensaje a cada vez
más gente y logrando transformar, a fuerza de organización y perseverancia,
parcelas de la realidad concretas que hasta hace bien poco parecían intocables.
El feminismo es un ejemplo, claro, pero si reducimos la escala todos tendremos
en mente federaciones, colectivos, asambleas o sindicatos de carácter
libertario que, al menos a nivel local, sectorial o territorial, han conseguido
amplificar su radio de acción, ganando mucha gente en el camino y consolidando
una posición de cierto peso que, al menos, les da la posibilidad de luchar por
la transformación efectiva de la sociedad en pro de los intereses de las clases
populares (aunque solo sea en su ámbito).
En un contexto progresivo de
desintegración social (azuzada por el deterioro de los vínculos, la hipertrofia
del ego y el solipsismo de las pantallas), que a medio plazo tendrá como
paisaje la conflictividad social ligada a las consecuencias del cambio
climático, se nos antoja urgente replantearse cómo podemos garantizar que en un
futuro inmediato nuestra ideas, prácticas y anhelos encuentren eco en capas cada vez más amplias de la sociedad. Y
ya no tanto con el ánimo de mantener
bien alta y diferenciada la bandera
del ideal revolucionario, sino por mera supervivencia. Del mundo en que
vivimos, sí, pero también de nuestra especie, del marco de ideas, acuerdos e
intereses socialmente construidos que garanticen la dignidad del ser humano y
de la vida misma.
Juan Cruz López
(Todo por Hacer, número 100, mayo 2019)
[1] “Hacia nuevas instituciones democráticas. De la crisis al
asalto de la política”, Fundación de los Comunes (Diagonal, 08/05/2015: https://www.diagonalperiodico.net/blogs/fundaciondeloscomunes/hacia-nuevas-instituciones-democraticas-la-crisis-al-asalto-la-politica).
[2] El artículo se puede
leer íntegramente en: https://issuu.com/piedrapapellibros/docs/asaltados_o_asaltantes_tripa_-_copi
[3] “El 15M
de 2014”, Sofía Pérez (El Diario,
13/05/2014: https://www.eldiario.es/sociedad/anos-despues_0_259324836.html).
[4]
Hablando, por ejemplo, del Congreso de los Diputados, la mejor marca del PCE
fue la de 1979, cuando obtuvo 23 diputados. En 2016, Unidos Podemos obtuvo 71
diputados.
[5]
“Barcelona, capital del municipalismo internacional”, Enric Bárcena (Sin Permiso, 25/06/2017: http://www.sinpermiso.info/textos/barcelona-capital-del-municipalismo-internacional)
y “Municipalismo global contra la ultraderecha”, Bernardo Gutiérrez (El Salto, Nº 24).
[6] “Carmena
presume de ‘milagro’: reducir a la mitad la deuda del Ayuntamiento de Madrid” (HuffPost, 19/11/2018: https://www.huffingtonpost.es/2018/11/19/carmena-presume-de-milagro-reducir-a-la-mitad-la-deuda-del-ayuntamiento-de-madrid_a_23593832/).
[7] Que en
el caso de Izquierda Unidad estaba en los 2.639.774 obtenidos en las Elecciones
Generales de 1996.
[8] Podemos: de movimiento social hacia la
institucionalidad política, Elio Pérez Aguiar (TFG, en línea).
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