lunes, 14 de abril de 2014

Entre tronos y pasos, pitos y flautas; un libro: "El poder y la gloria", de Graham Greene (apunte ligero)

Los cristeros, grabado de Fernado Castro Pacheco
Entre tronos y pasos, pitos y flautas, bares a reventar; así regreso a lo importante, aunque es difícil. Demasiadas tareas inconclusas. 

A un lado de la mesa, El poder y la gloria, de Graham Greene. Llevo un par de meses intentando sacar tiempo para hablar de él, pero nunca lo hago. Ahora me pasa que no me atrevo a escribir cuatro palabras ligeras sobre cualquier clásico. Creo que todo balbuceo sobra y para qué escribir lo que uno piensa al leer a tal o cual autor, tal o cual libro. Insistiremos. El libro lo merece y la situación también. 

Y tampoco me resisto a hablar de México... Yo solo sé que poco sabemos de eso que llamaron la Guerra Cristera. Difícilmente se pueda comprender ese episodio histórico en su total complejidad. Pero no estamos en tr(a)nshistoria. Volvamos al libro entonces. Nos quedaremos con un capítulo sublime, de lo mejor que he leído en mucho tiempo. Me refiero al Capítulo IV de la Segunda Parte. Una obra maestra, de verdad. La pequeña gran historia de una persecución. Esas páginas dan la medida del resto del libro. Es un placer, después de tanto, leer un libro donde la historia se cuenta de manera excepcional, conciliando un ritmo sostenido con una estructura relativamente compleja, donde varios personajes cargados de significación arropan la historia del protagonista: un sacerdote atormentado por su bajeza moral que, sin embargo, parece resistir con coraje y cierto orgullo los desaires de un destino obstinado por entonces en limpiar de un plumazo los privilegios del clero mexicano.

A partir de aquí, la historia crece con la historia personal. Otra guerra civil, en otro tiempo, librada con furor y fanatismo. Otra historia de salvapatrias, viejos y nuevos, de políticos corruptos, envenenados de odio, y curas bobalicones, empeñados en seguir medrando a costa de la incultura ajena. Nada nuevo bajo el sol.

Me asomo a la ventana. Los bares de la plaza están a rebosar. Ruido de tambores y trompetas. Una penitente con mantilla me mira con refinado orgullo. Su novio vocifera pidiendo un botellín. Qué fácil sería decir todo está perdido ahora. Miro el libro. Sonrío triste, pero sin desesperación. Vuelvo a mi encierro con cierta sensación de fracaso. Es lo que decía al principio... Guardo la novela al menos. Una anotación me recuerda que la noche será larga. Tengo que releleerlo, pienso.

martes, 25 de marzo de 2014

Narrativas no tan fantásticas


En aquellos años la bola de fuego no rodaba tan rápido. No había tantas cosas que hacer y el calendario apenas si apretaba. Cada mañana me montaba en el autobús, pasaba siete horas en el instituto, regresaba a casa y después de comer, me ponía a escribir. Lo hacía con una Olivetti que mis padres le habían regalado a mi hermana mayor. Se atascaba constantemente y al carrete apenas si le quedaba tinta, pero a mí me encantaba utilizarla. Por aquel tiempo escribía una novela de lo que hoy llaman narrativa fantástica. Se llamaba La alianza del metal y también la dejé a medias. Sé quedó en la página noventa y siete. Estuve trabajando en ella un par de años. Recuerdo que durante las clases solía apuntar en un cuaderno rojo ideas para darle continuidad a la historia. También inventaba personajes o dibujaba mapas. Mi amigo Javi me miraba de reojo y me daba un codazo de vez en cuando, como diciendo que dejara de hacer el payaso; pero nunca le hacía caso. Mi apuntes eran de risa. 

Los días pasaban volando. Mientras yo permanecía encerrado en mi habitación, mis padres parecían salir del agujero. Aquellos fueron buenos años. Mis hermanas seguían trabajando duro en el taller de confección, pero ya intuían que les quedaba poco para escapar de allí; cada una lo hizo a su manera, desde luego, pero las dos tuvieron que renunciar a mucho. Darme cuenta de ello fue muy importante. Crecí junto a ese espejo y aposté por no esquivar los palos. Por aquel entonces, no sabía lo que había detrás. 

La vida de mi familia era lo que quedaba fuera de los muros de mi habitación. Dentro, el chaval de diecisiete años que yo era entonces, intentaba escribir ―como decía al principio― su primera novela fantástica. Los años se sucedían, mes tras mes, con cierta intrascendencia; parecía que todos mis problemas se evaporaban por el hueco de la ficción. La literatura hacía que todo pasara rápido, que todo doliera menos. Pedía ayuda a través de los gritos de un personaje. Aprendí a contener la pena en los límites de la piel propia y eso, en cierta forma, me hizo más libre, aun pagando un precio quizás demasiado alto. La ficción me condenó al mutismo y hay historias que no deberían callarse. Así se fue llenando el pozo.

Soy consciente de quizá en aquellos años me aislé demasiado. También sé que a veces la imaginación se convierte en una cárcel que uno mismo elige y decora a su antojo. Quizá por todo esto nunca supe comunicarme bien con la gente que quiero… Por eso malinterpreté muchos consejos. Me construí en oposición a casi todos y aposté por un camino para el que tal vez nunca se acabe de estar preparado. Escribir, pasar tu vida enganchado a tu imaginación, es una determinación muy seria, porque, en cierta forma, la literatura nos aparta de los demás, y la soledad no es cosa de broma. 

Hoy en día no me arrepiento de nada. Rememoro aquellos años desde la nostalgia, pero sé que no he perdido demasiado. El camino es largo y siempre será más interesante elegir la ruta agreste, que a veces ni siquiera es la más dura. Mi senda atraviesa la jungla. Yo digo lo que escribió un día Patti Smith: «mi imaginación es tan densa que debo usar machete». 

Sé que escribo estas palabras con el ánimo de recomponer el puzle imposible de la memoria. Ya no hay vuelta atrás, pero quizá con este texto pueda poner en orden ciertos recuerdos que ahora, cuando ha pasado tanto, regresan sin pedir permiso. No sé; probablemente quiera decir lo que no pude decir entonces, dar explicaciones o justificar tanto mutismo. Da igual. Tengo la sensación de que este texto es lo más disparatado que he escrito en mucho tiempo. 

Todavía conservo aquella novela que dejé a medias. La dejé arrumbada en un archivador viejo. Ya no  me persigue la necesidad de acabarla. He comprendido que hay cosas que debieron ser hechas a su tiempo y que ya no tiene sentido volver sobre ello. Nos pasa a todos: cada uno cree haberse dejado media vida por el camino, pero hay que aprender a olvidar. No queda otra. La vida es demasiado larga como para llevar todos nuestros fracasos a cuestas.

Diciembre, 2010

domingo, 16 de marzo de 2014

La economía del don: Máscara, de Stanislaw Lem (1)


Mis amigos llaman a la puerta. Unos traen tarta, otros café. La mayoría me saben bien provisto de cerveza. Algunos traen vino. Tenemos una excusa para celebrar. Hoy voy a hablar de regalos.

La economía del don, así lo llamaremos. En antropología económica es un concepto fundamental. Alude a los sistemas económicos y políticos cimentados en el intercambio cooperativo de regalos y presentes; un sistema en absoluto inocente que, en la práctica, conlleva la estimulación de los recursos propios y la visibilización de las jerarquías y los vínculos solidarios de carácter horizontal.

EL TIEMPO

El día se ha gastado y aún no has vuelto a casa. Coges el autobús deseando llegar. No ha parado de llover desde hace una semana. Repasas mientras tanto la libreta donde apuntas las tareas pendientes. No sabes ni cómo has llegado allí. Deseas, una vez más, fugarte, dejarte solo en esa vieja casa que, sin embargo, te está brindando tantas alegrías. 

Cuando bajas del autobús, les ves abrir los paraguas. Se abren como hongos a cámara rápida. Probablemente ninguno de ellos sea venenoso. Si te pusieras a escribir en ese instante, podrías intoxicarte. Llegas a casa y abres la puerta pensando en la nevera. Caminas unos pasos y miras de reojo al buzón. Hay un paquete. Lo abres y sacas un libro. Es de L. Sonríes de oreja a oreja. Ya tienes para cenar.

EL LIBRO

He comprado muchos libros de Stanislaw Lem. Los he comprado después de leer una joya llamada Vacío perfecto. Biblioteca del Siglo XXI. Pues sí, después de leer esa especie de ensayo-ficción, empecé a buscar sus libros en librerías de viejo. De hecho, hacía poco que Rafa, el librero de Mimo, se había hecho con una biblioteca que atesoraba un montón de títulos de la mítica editorial Bruguera. Eso me ha permitido ir comprando poco a poco varias obras de ciencia ficción del autor polaco, del que -todo hay decirlo- lo desconocía todo hace apenas un par de años. No obstante, ahora le daré prioridad a Máscara. La edición de Impedimenta es deliciosa. 

LA MANO

No confío en los cables. Confío en el morado de la piel tras apretarla o darle un bocado. Confío en la reacción del cuerpo ante el calor ajeno, en las ganas de abrazar y dar cariño, en las ganas de amar sin medias tintas ni palabrería. Confío en todo aquello que nos ha hecho viejos. De todas formas, detrás de las palabras, detrás del texto, los libros, la afinidad, puede ocultarse algo que, al menos tú, no esperabas encontrar. La amistad va más allá del don.

La mano que compra el libro apenas si tiene un duro. Se gana la vida de mil maneras y es una valiente. Cuando está triste tengo ganas de arrasar con todo y abrazarla hasta partirla (o casi). La mano que mete el libro en un sobre acolchado está manchada de mancharse y de vez en cuando se vuelve descreída. Yo también. La mano que abre el sobre, sin embargo, sabe que al escribir esas palabras hay un gesto de confianza que nos hace intuir la pasión de lo inconsciente. Dar y recibir, ese es el trato. Libros que se cruzan. Su presencia a cada tanto. Muy pronto os iréis de viaje. 

jueves, 6 de marzo de 2014

Un ovillo en la garganta

i

El personaje quiere decir, quiere contar, pero al final guarda silencio. Hace días que no sale el sol y mientras barre, mira por la ventana. La niebla se cierne sobre las casas del monte. No hay gente en el bar de abajo y todavía no llueve. Se pregunta si eso fue todo.

Poco después, en la cocina, friega los platos con el cuerpo en otra parte. Literalmente, no está. El dolor de tripas es algo en lo que cae de tarde en tarde. Se trata, pues, de una sensación vaga, más difícil de identificar y, por tanto, mucho más turbia. El dolor es otra cosa. El dolor es limpio y cristalino, como los ojos de los pájaros, como el agua de un pozo olvidado a las afueras de una vieja aldea.

El personaje acepta, esta vez sí, una llamada. Discute con ella por un asunto menor. Ni una voz más alta que otra. Todo en su justa medida: el monocorde tono aséptico de los que no quieren mancharse. También aquí, la cobardía. También aquí, la pena como una bola de cañón entre los dientes.

ii

No, por mucho tiempo que permanezca bajo la ducha, no cesará la angustia. Tampoco extinguirá el dolor salir a caminar durante horas. Todo es más pesado. Todo es más urgente. Aquí no valen las recetas de los libros de autoayuda ni la miserable lección de los sepultureros. 

Cuando vuelve a casa, la noche le desploma sin apenas advertirlo. Lúcidamente, y ahora por primera vez, valora en su medida cuál ha sido la dimensión del daño. La sequía ha cuarteado su identidad y ahora todo son grietas. Nada sano puede crecer ahí. 

Al tirarse en la cama, se hace un ovillo y mira el reloj. Esa es su única certeza ahora. La vieja cicatriz custodia la lección de la supervivencia. Nada es tan grave. De madrugada, y tras el vértigo, el personaje cae rendido finalmente. Esa mañana, le hubiera gustado recordar el sueño. De hecho, despierta con un sabor nuevo en la boca, que no mitiga la náusea, pero, eso sí, le hace sonreír unos instantes. Por ahí se empieza. 

viernes, 28 de febrero de 2014

Breve apunte sobre La Repoblación, de José Ardillo


Esperaba más, desde luego, pero no esperaba menos. Decir eso de un libro, bajo mi punto de vista, ya lo justifica. Yo quiero una buena historia. Y además quiero que me la cuenten bien.

No me canso de leer literatura distópica. La repoblación, de José Ardillo, ha sido el último libro que he leído de este género. De nuevo la recurrente historia del lado oscuro de la revolución triunfante. Como en tantas otras novelas de este tipo, el poder y la corrupción inherente al mismo aparecen como ejes centrales de una narración bien estructurada, aunque quizá demasiado ligera.

Otro pero: demasiadas erratas; algunas imperdonables.

Y otro más: su estrechez; pues pareciera una novela escrita para el entorno militante.

No obstante, merece la pena leer el libro. Nos interroga y contribuye a poner en solfa algunas de nuestras certezas.También nos pone en sobreaviso. Contribuye a plantarnos una seria reflexión a propósito de la idea de progreso y, en ese sentido, contribuye a desmitificar los proyectos socialistas, de ahora y siempre, cimentados sobre la base del crecimiento ilimitado, la centralización político-económica y el desarrollo tecnológico al servicio del confort.

Por si fuera de vuestro interés, os copio el resumen que aparece en la cubierta:

En el reino de Harzan la revolución ha triunfado. Un nuevo mundo lucha por abrirse paso entre las ruinas del viejo régimen. La Nueva Cámara quiere imponer en el país un nuevo pacto económico y político que cambie las formas de los paisajes y los destinos de sus pobladores. Si en ciertas regiones las comunidades son capaces aún de sostenerse con los elementos naturales que les son más cercanos y accesibles, es necesario entonces destruir esta frágil solidaridad. Por todas partes es necesario imponer el reino de la Razón, la Libertad y el Progreso. 

En La Repoblación asistimos a la colisión entre dos mundos: la modernidad centralizadora y productivista contra los restos de un mundo disperso, rudo y autárquico. El protagonista, el joven Serban, enviado por el nuevo gobierno a la región de Molh-Dar, experimentará en sí mismo este enfrentamiento, esta divergencia de espacios y épocas. 

La Repoblación es pues un relato imaginario, una fábula, pero una fábula que intenta combatir esa idea tan extendida de que la historia progresa siempre en un sentido favorable a la humanidad.

domingo, 23 de febrero de 2014

Plop


Hoy solo vamos a hablar de un libro. En concreto, hoy solo vamos a hablar de Plop, la oscura novela del escritor argentino Rafael Pinedo. En España ha sido publicada por la editorial Salto de Página, que la editó a finales de 2007. 

Plop es una novela distópica inusual. La trama se sustenta en la historia de un personaje que asciende socialmente hasta convertirse en el reyezuelo de un extraño clan de desarrapados. El marco donde se desenvuelve la historia permanece desdibujado. Efectivamente, el paisaje donde crece la narración parece arrasado por alguna especie de cataclismo de origen incierto. Todo lo que vemos, por el contrario, es un mundo lleno de barro, donde los hombres sobreviven agrupados en clanes que parecieran sobreponerse a las circunstancias utilizando diferentes estrategias. En ese sentido, Plop es la historia de uno de esos clanes y, más concretamente, la historia de uno de sus líderes. 

Como decíamos anteriormente, es la historia del ascenso social del personaje principal la que sostiene la novela; un argumento que, contado a la manera de Pinedo, tiene algo de ensayo antropológico cuyo carácter ficcional pareciera no restarle verosimilitud. Por eso mismo, no sería demasiado aventurado leer la novela de Pinedo como un breve trabajo de antropología-ficción, donde, acaso una vez más, el papel protagonista recaiga de manera soterrada en la misma especie humana. 

En otro orden de cosas, un aspecto que llama la atención es el estilo seco y despegado de Pinedo. Un estilo que, al menos en nuestra opinión, posibilita un acercamiento a la historia poco mediatizado por elementos externos a la propia lógica interna de la narración. Finalmente, quizá sea el final del libro el aspecto menos cuidado de la obra, pues a pesar de adoptar una sugerente estructura circular, pareciera no haber agotado la potencialidad de una historia que probablemente hubiera merecido un recorrido mayor. No obstante, os invitamos a leer esta interesante obra.

- Reseña publicada en el número 5/10 del fanzine COTARRO.

lunes, 3 de febrero de 2014

Angustia


«¿Qué hacer?». Eso es lo que se pregunta Claudio. Al fin ha llegado la carta que estaba esperando desde hacía tanto. Ya la tiene entre sus manos. Esta mañana, al venir de correr, se ha encontrado con el cartero en el portal y se ha dado cuenta de que la carta que echaba en su buzón era la esperada, porque solo ella utiliza esos sobres de papel reciclado de color gris. Pero ahora todo son dudas. Mejor será, se dice, que me duche y me vaya al trabajo antes de que se haga tarde. Y así lo hace. Deja la carta encima de la mesa y se marcha a la oficina. 

La mañana transcurrirá entre nervios y un sentimiento pesado y turbio que le hace perder la concentración con facilidad y que le provoca náuseas. Al llegar a casa, sin embargo, la situación empeora y no tiene más remedio que vomitar. Al salir del servicio, ve la carta sobre la mesa del salón. Mientras se seca el sudor con una toalla, mira a su alrededor y comprueba, no sin cierta satisfacción, que la casa está visiblemente sucia. Sin pensárselo dos veces, se pone a limpiar. Quita el polvo, ordena, barre y friega a fondo la cocina, sus dos habitaciones, el despacho donde tiene su pequeña biblioteca, el pequeño balcón y, ya para terminar, el salón y los pasillos. Lo limpia todo, absolutamente todo, menos la mesa sobre la que está la carta. La mira y toma una decisión. Al subir una persiana, comprueba que se está haciendo de noche. Antes de echar un poco de limpiador sobre la mesa, agarra el sobre y luego pasa un trapo. Cuando acaba, se dirige a la cocina y tira la carta sin abrir al cubo de basura. Luego echa encima toda la mugre del recogedor. Cuando al fin se tira en el sofá, Claudio agradece que después del ejercicio se le hayan pasado las náuseas.


* La imagen que acompaña este post corresponde a un cuadro del jienense Santiago Ydañez.

lunes, 27 de enero de 2014

Ley


De pie sobre las ruinas. Entre las grietas, brota la hierba ya. No lo aprendiste solo... Por la mañana, se impone la luz. Va más allá del sol. Primero un pie. Primero un pie... Y luego el otro. Ya sabes, es fácil. No tengas miedo a caerte veinte veces. La ceniza de los ojos se va con agua limpia. Tienes polvo en la boca. Dejar de luchar es empezar a morir. Es ley de vida. Te dijeron que también es ley de muerte.

sábado, 25 de enero de 2014

Ya no le vi. Se fue perdiendo


Ya no le vi. Se fue perdiendo.

La última vez lo encontré en la biblioteca. Yo me escondí. No me atreví a saludarle. Le vi rebuscar libros en la sección de poesía. Tenía poco dinero, era normal. Supe qué libros estaba hojeando. Releía mucho. Me escondí detrás de una estantería cercana y le vi echar mano de un libro de pasta negra con las letras rojas. Sé cuál era; una antología de George Trakl. Le gustaba ese poeta. No sé por qué. Quizá no tanto por su biografía alucinante, ni por su doloroso final, sino por la cruda parquedad de sus poemas. Lo habíamos leído juntos.

Recuerdo una vez. Él había llegado molido del trabajo. Eran las tres o cuatro de la madrugada y yo estaba durmiendo en el sofá. No lo recuerdo bien, pero por aquel entonces estaba cerrando El libro del estómago y dormía bastante mal. Los dos dormíamos mal. Era invierno y llovía con fuerza. Hicimos el amor sin mirarnos a la cara. Tenía en la piel la marca de la pena y me abrazaba como si hubiera escapado de una tormenta. Lo sé, claro que lo sé... En aquel momento la muerte aparecía en su reflejo como un testigo ciego. Su silencio era tan impenetrable... Después nos duchamos con agua casi hirviendo y nos tiramos en el suelo del salón, sobre la alfombra. Presentíamos que la noche se haría larga. Entonces Trakl. Sacó ese libro, lo abrió por la mitad. Recitó un poema como quien reza una oración y supe que estaba cruzando los dedos, rogando suerte, pidiendo perdón, aunque no sé a quién. Sentí miedo... Lo supe. Que se estaba yendo ya, que no iba nunca a comprender que veía detrás de esa ventana por donde se colaban todos esos fantasmas.

Trakl es un nombre. Él también tiene. Nunca pensé que aquella sería la última vez que le viera. Salió con dos o tres libros y el gesto rehecho de quien escapó de un trance. No sé qué le pasaba... Pensé seguirle por la calle durante un tiempo, pero temí encontrarme con él de frente. Si hubiera sabido que le íbamos a perder el rastro, hubiera corrido detrás de él. Lo siento tanto... Da igual. No sé por qué le echo de menos. Yo no podía vivir con él. Me hubiera gustado aprender su lenguaje; el lenguaje de su cuerpo, de sus gestos, de sus silencios. Tal vez así hubiera podido interpretar aquellos poemas que encerraban tantos secretos.