martes, 21 de febrero de 2023

McCullers, forasteros y papeles viejos

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«Ser forastera es una actitud», escribe Jeen Shapland en la página 43 de Mi autobiografía de Carson McCullers. Lo escribe sabiendo que pasa de puntillas por encima de las raíces ajenas, en ciudades pequeñas donde resulta tan difícil socializarse como no acabar renunciando a lo que se quiere ser. Yo me siento ahí, en la condición de forastero que me otorga mi presencia en este pueblo castellano donde me encuentro a gusto, donde puedo trabajar tranquilo, donde apenas nadie me conoce y voy a mi bola. El pueblo donde se encuentra la cueva de la memoria de los míos, esa gente sin patria que cambió el mundo a su paso, aunque lo pagaran caro.

Pienso también en mis amigos, también forasteros sin remedio en pueblos y ciudades donde jamás pensaron vivir, y me viene a la memoria el relato congelado de mi colega Manuel, el Onetti, perdido en la estepa lituana, perdido ahora también en un pueblo leonés donde hace mucho frío y donde todavía resiste, como el jornalero de la cultura, expatriado e incansable, que sigue siendo aún.

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Jeen Shapland, que persiguió el rastro de Carson McCullers hasta escribir su historia con la pericia de quien ha mimado su intuición con obsesiones. Un libro precioso, valiente, una biografía que difumina sus límites hasta no saber de quién se cuenta la historia, si se habla de la vida de la escritora estadounidense o se habla de la vida de la escritora estadounidense. Porque ya no sabemos si hay mano que escribe o personaje que describe, a modo de espejo, a quien olfatea sus huellas desde hace tanto, tanto tiempo...

Leed este libro, no hace falta que os guste McCullers, os atrapará la historia de la propia biógrafa.

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Cómo no me va a gustar el libro si Jenn Shapland ha trabajado catalogando el archivo personal de la narradora norteamericana, cómo no me va a gustar el libro si la autora también es archivera:

Los archivos siempre evocan para mí una mezcla de restricciones agobiantes y desconcertante libertad. Son lugares completamente controlados, llegando incluso al tipo de papel y lápiz que puedes usar entre sus cuatro paredes, y que al mismo tiempo son totalmente permisivos: tus manos pueden sostener las cartas y los cuadernos de otras personas, tu mente y tu corazón pueden leerlos (p. 155).

He sentido eso muchas veces. Por suerte, llevo muchos años atado a un oficio que me permite conocer la vida privada de las personas, casi siempre muertos, y perderme por la geografía íntima de personajes que muchas veces fueron olvidados o, por el contrario, fueron aupados a la fama sin apenas merecerlo, manteniendo de puertas para adentro actitudes miserables que acaban impregnando la documentación que dejaron atrás.

Por eso entiendo también a la autora del libro: claro que no, querida Jenn, detrás de los papeles hay vidas completas; por eso es nuestro deber cuidarlos. Nosotros elegimos dedicarnos a ello.

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