sábado, 14 de enero de 2017

Tú como el otro

Foto de Michal Macku
He visto su rostro surgir del sueño. Nada había debajo de los párpados que no fuera esa sucia sensación a incertidumbre. Quisiera limpiar de la memoria el escorzo blanquecino contrapuesto al oscuro amanecer de aquellos días, cuando de nada me valió recordar que había nacido para caminar sin miedo. Nadie elige el suyo. El mío habita en los pliegues de esa piel que no comprendo, que no puedo leer porque se escapa de su propia humanidad. He sido incapaz de adivinar la marca de sus gestos en papel. La animalidad de sus palabras marca el ritmo con el que temo adivinarme uno de ellos. ¿Qué de mí queda en esa almohada crepitante? ¿Cuánto de vosotros heredé sin yo saberlo? No quiero respuestas… Necesito, únicamente, descansar de su mirada, salir del foco de mi propio espanto, ser capaz de imaginar y darle forma a la puntual iniquidad con la que suelo traicionar la pesadilla. Se trata quizás ―quiero decirme― de combatir el mal haciendo frente a su legado, ejecutando el baile a sabiendas de que, más allá de la impostura, existe una pequeña posibilidad de redimirnos de la culpa. Recuerdo la lección del matemático: menos por menos es más. Cruzo los dedos invocando un signo que me ayude a sortear la maldición de los cobardes. Quiero sacudirme el asco y eliminar la náusea. En el sueño, arrumbado en un rincón, me he visto temblar como un venado enfermo. Si tuviera ceniza para limpiar la habitación… De noche vuelvo a la cama con un arma en la conciencia. Quiero darle batalla. Que venga, pues, el rostro a destapar la caja. Ahora sé qué es lo que hay dentro y no me asusta. Ya comprendí el símbolo.

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