martes, 3 de enero de 2017

Una lluvia que empapa


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No, desde luego que no fue fácil acercarse a esta novela. Acostumbrados como estamos al trato miserable o hagiográfico que suelen merecer los personajes anarquistas en la narrativa española contemporánea, emprender la lectura de una novela como Lluvia de agosto tiene como recompensa la refutación paulatina de nuestras sospechas; porque el libro de Francisco Álvarez tiene la osadía de adentrarse en la biografía de Buenaventura Durruti sin mayor ánimo -esta es mi opinión- que sumergirnos en la historia, humana y singular, plural y ambivalente, del movimiento libertario de principios de siglo. Ahí es nada.

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Y lo consigue. Efectivamente, con Lluvia de agosto atravesamos buena parte de los años dorados del anarcosindicalismo ibérico. Con un ritmo sostenido y un juego argumental que utiliza dos historias superpuestas, el autor consigue que el lector transite por los hitos más determinantes de la aventurada singladura del anarquismo ibérico. La vida de Durruti, sí, está presente y por supuesto que hay un acercamiento eficaz a su trayectoria personal y militante, pero quizá no sea lo más importante de la novela. Mucho menos lo es la verdad sobre su muerte, que a día de hoy sigue alumbrando ríos de tinta y que, todo hay que decirlo, difícilmente pueda conocerse a ciencia cierta.

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En todo caso, Lluvia de agosto cuenta con un doble aval: el primero el haber sido galardonada con el Premio 'Xoxefa Xovellanos' de novela, quizá el mayor premio de las letras asturianas, y el segundo el haber sido publicada por Hoja de Lata, una joven y pequeña editorial en cuyo catálogo encontramos otras joyas de trasunto libertario como Días de fuga o En cualquier caso, ningún remordimiento. Sea como fuere, el relato del libro del que nos ocupamos hoy se sostiene con los mimbres de las buenas historias y, en ese sentido, puede leerse como un cuento que, además, se cierra con un final a la altura del resto de la trama. Dicho lo dicho, no queda otra que dejarse sorprender y dejar de leer con la barrera echada. Seguramente así dejaremos de perder algunos trenes. O en la literatura al menos.  

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