domingo, 4 de septiembre de 2016

Cosa cerrada (el cuaderno azul)


i

Escribo en las últimas páginas de un cuaderno que alguien me regaló hace mil años. Otra cosa que se cierra, pienso. En las páginas de antes, una veintena de relatos aguardan el momento en que les hinque el diente. Me revienta corregir.

ii

Leo uno al azar y no me reconozco en esas páginas. Cuál de mis máscaras pudo escribir eso. Algunas historias son luminosas, con personajes limpios, hechos de una pieza, que resisten con fiereza la presión de sus vidas asfixiantes, encajonadas en el desamparo, la soledad forzada, la precariedad laboral, la enfermedad mental o la inmovilidad física. En otros de esos cuentos ganan protagonismo los paisajes, construidos con retazos, casi fotográficos, de lugares periféricos, invisibilizados: polígonos industriales, fábricas abandonadas, pueblos fantasma, cubículos inhabitables, carreteras terciarias por las que no transitan coches, etc.

iii

Uno detrás de otro, y a cientos de kilómetros, los cuadernos se sostienen en una estantería que ya no frecuenta nadie. Se supone que yo soy el dueño. Pero no es así. Ayer, en la presentación de un libro, escuché al autor decir que la poesía nos hace libres. No es cierto. O no siempre. La escritura nos somete como una madre severa. No se puede escapar de lo real con la ficción. Y lo real da asco.

iv

Reviso las primeras páginas de este cuaderno azul y encuentro un cuento fechado en enero de 2010. Vieja costumbre de datarlo todo (felizmente abolida). Seis años después, esos relatos se plantan frente a mí como un espejo cóncavo. Me miro en él y parezco deforme, con mi imagen al revés. Empiezo a barruntar de qué alimento vive la ilusión del éxito. Me salpica la palabra como la sangre de un ajusticiado en plena calle por la mafia literaria. Se acaba el cuaderno al fin. Lo cierro con un punto que se prende en la retina como un interrogante. Todo se incendia luego. Y ya no hay más papel donde apuntar los daños.

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