domingo, 25 de junio de 2017

Lo importante ya está dicho


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Una red social, tan escrupulosamente atenta al calendario como al grosor de la cartera de su joven creador, me recuerda que hace un año publiqué un libro. Como si no tuviéramos bastante con las pesadillas, la maquinita también se encarga de ponernos frente a frente con un pasado que, a veces, queremos dejar atrás definitivamente. En todo caso, aquí está la imagen asociada a la fecha en la que leí, como recién nacido por segunda vez, El nombre de los hombres, ese poemario que me armó tanto por dentro y de cuya escritura no salí indemne.

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Un libro más. Una excusa para seguir habitando en las grietas de la literatura, ese espacio donde guarecerse del sometimiento, o eso quiero pensar. Lo he dicho en otras ocasiones, nuestros libros no son los más importantes. Jamás llegarán a serlo. Cada vez me encuentro con más autores a los que les satisface poco la lectura de los clásicos, incluso los contemporáneos, y solo pasan revista a las maravillosas novedades de su puñado de amigos, como si solo tuvieran tiempo para otear el eco de sus versos en la tripa de los poemarios afines. Qué pobreza. No sé qué sentido tiene la literatura entonces. 

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Más allá de lo anterior, la literatura no nos salvará de nada, aunque sea un nido amable. En mi caso, El nombre de los hombres es un texto que nace del dolor y la desilusión, de la falta de esperanza y, sin embargo, también de las ganas de luchar, del afán de no dejarse engañar por las monsergas de los sepultureros. Precisamente por lo anterior, mi propia lectura es lo que le da sentido a una obra que cada uno puede leer a su manera, o no leer siquiera. Porque, sí, la literatura es tan ancha, tan honda y gratificante que al final uno se da cuenta de que no importa el destino que corran nuestros libros. Lo importante ya está dicho, pero sigamos escribiendo. Como escribe Alberto García-Teresa en su último poemario, tenemos todo el presente por delante, y escribir es una buena forma de hacerlo vibrar.